domingo, 17 de mayo de 2009

ODA A POZO COLORADO

I


Juan I, príncipe de los árboles,

Crecía a la vera del camino, custodiado

Por las mayas que un día ardieron entre quejidos.

Eran los tiempos en que las cotorras

Aparecían en bandadas y graznidos,

Y el Edén aún pervivía en Pozo Colorado.


El hueco de tambor del tronco de aguacate,

El buey que masticaba su soledad,

El gallo doméstico, la guama floreada,

Formaban un cuadro campestre.

El olor a café colado de la abuela,

El manso pilón de moler, el zumbador

En las flores mojadas, el niño sin camisa,

Y la joven con un calabazo de agua,

Era el diario inconsciente de mi inocencia.


Las golondrinas hacían garabatos en el aire,

Y sus pitidos festeros alegraban las matas de cana.


II


La luna corría entre las nubes. Ese extraño huir

De plata deslumbró mis ojos, que aún no pensaban.


La flor de Pascua, que nacía cada año,

Crecía en la orilla de los caminos

Que siguen sin envejecer.


El fogón de leña me enseñó la brevedad

Del tiempo, cuán pronto se consume el más robusto

Tronco o rama seca. Allí, en la cocina, sin saberlo,

Veía al fuego instruir mi razón todavía niña.


En Pozo Colorado aprendí el secreto

De los manantiales, la música verdadera

Que fluía de la tierra. El olor a ciruelas silvestres -el jobo-

Las sombras que cubrían bajo las hojas

Los mangos maduros, pervive aún en la memoria,

En mi olfato, como esencia de un elixir de dioses.


III


El seto de tabla de palma dejaba colar

La astuta luz del amanecer.


Vi a mi padre hacer el nido,

lo vi clavar el futuro,

Cubrir el techo con láminas que refulgían

Cuando el sol las azotaba.


Mi padre contenía en sus labios un silbo largo,

Un rezo que se le iba por la mirada

Cuando escrutaba el cielo al caer la tarde

Con la silla en dos patas.


Yo tan sólo era. Vivía sin más sueño que el de oír

Al carpintero perforar las robustas palmeras,

En cuyo corazón brotaba la vida.


De las quebradas, las jaibas, las rabiosas

Jaibas que vaciaban las orillas del río Dajao.

¿Qué busca la jaiba en la cueva? ¿A qué viene

Ese afán de profundidad? ¿Qué hay

en lo más hondo de la cueva que allí buscan

su consuelo y su descanso?


IV


Las tormentas, los misteriosos relámpagos,

Cuyos fuetes partían troncos y abrían los cielos,

Imponían su imperio en el rural paraje de Pozo Colorado.


Los sembrados de maíz, maní, batata y yuca,

Indicaba cuán fértil y buena era la tierra. El rocío

Alegraba las hierbas que los animales

Comían con alegre voracidad.


Los insectos del campo, felicidad de mi niñez.

En el destello del pozo se bañaban las ramas

Frondosas de los árboles y las arañitas

Patas largas caminaban sin hundirse.


Por las noches, los grillos, los eternos insomnes.

Ah, los cocuyos, almas en pena que rompían

Las tinieblas con sus dos focos del más allá.


Las chicharras agitaban sus maracas

A la hora en que la brisa de adormilaba,

Y el sopor de la tarde tostaba las hierbas.


El campo, con sus secretos, se quedó en mi memoria.

Todo está como en un paraíso encantado, vivo,

Real como una fábula.


V


El ojito de sol que traspasaba el zinc,

Moneda de luz, movediza e inatrapable.


El relincho del caballo, Sacapelos,

El canto del gallo manilo; Cañón,

El perro fiel y cazador de gatos monteses,

La radio de pilas que sintonizaba arenosas emisoras,

El tabaco seco del rancho, era mi reino,

La tierra a la que quiero volver.


Deseo el retorno, el encuentro sincero

Con la quebrada que apenas llora,

Con la cigua que anida las piedras que tiré a su nido.


Quiero el fututo para anunciar mi vuelta,

Mi regreso al Charco Colín y nadar

En su quieto ojo de agua, para levantar

Las piedras de los ríos, para llorar

De alegría como ruiseñor en los naranjos.


VI


Llevo en mi macuto el trueno que desgajaba

La prodigiosa nube, los granizos que caían

Como bolas o canicas, el viento de la tormenta,

El olor a tierra arada, el mugido de la vaca parida,

El raro rebuzno de Milla, que sacara en aparejo

A Tomasa hasta el Molino que, de tan cansado,

Apenas si mueve las alas.


En mi macuto llevo los cuentos añejos,

El ladrido de los perros de caza, a Duque;

La risotada de los peones en el conuco.


Llevo en mi macuto el chisporroteo

De la leña del fogón, el canturreo

De las gallinas ponedoras, las maripositas

A la luz de los pabilos de las lámparas,

El garabato de coger café y el colín temible

De chapear broques.


En mi macuto llevo el sudor del conuco,

El lodo mañanero, el vapor de la leche

En el desayuno. Llevo la lima afiladora,

El grano ansioso de nacer.


Llevo el fuete

Con que Agustín azotaba al buey pinto.

Llevo en mi macuto el maíz en flor,

El tabaco listo para coger, la tierra

Cuarteada por la batata, la amapola colorada,

El racimo de guineo maduro en el arroyo.


Llevo el mango pinto, el vuelo sonoro

De la tórtola y el relajo de las ciguas

En el nido de las palmas.


En mi macuto llevo el manantial de agua,

La tina de Mendre, la conversación del machete

Que desbroza el sembrado; llevo la zanja del arado,

Y el resollar de la yunta de bueyes; el estallido

Del fuete, la mata de palma que retoza

Con la brisa.


Llevo en mi macuto el olor del café tostado,

El brillo azul de los ojos de Honorio y

Su sombrero de aplacar el sol; llevo los nombres

Abuelos, las bendiciones y el “Dios te críe”.


En mi macuto llevo el dolor, la muerte

De mi padre Emilio, el “le acompaño

En sus sentimientos” y el ruido ronco

De la tierra que cayó sobre su cajón

El día de su entierro.


Dios lo resucite, que sus escasos huesos

Se revistan de luz, que su nombre nazca

Como en los conucos el maíz.


Nuestros antepasados han dejado su sangre

En nuestros cuerpos. No han muerto, viven

En nuestros apellidos como la arena en el fondo

De los ríos.


Ellos en nosotros por siempre.


VII


El gato montés, forzado a subir en un árbol,

tenía el espanto en sus ojos encendidos.

Los canes, abajo, azuzaban el terror,

babeante el instinto, desesperada la caza.


Los felinos se repelían, mas se atraían.

Los canes mordían el vacío, agónicos; llenaban

el hondón del monte con su furia desatada.


Arriba el gato alzado prendía sus uñas de la rama,

en un intento desesperado de vencer su miedo,

acumulado en el espinazo engrifado y su rabo combo.


Abajo los canes olían la desesperación gatuna

y aguardaban la hora del desquite. Con sus ladridos

martillaban los oídos de su presa, la cual, al fin,

aventuró la fuga, lanzándose al vacío, mas Duque y Cañón,

al tocar tierra, atraparon al lince con tan sólo una ráfaga

de sus colmillos.


VIII


El charco de agua en el río Dajao

tenía un corchón de hojas mullidas en el fondo.


Los chicos nadaban como peces. Unos

se tiraban como delfines desde las peñas enriscadas.

Sus cuerpos desnudos relampagueaban

cuando, con el salto mortal, vencían la gravedad


El charco era un cajón, un hueco que sólo algunos

lograban travesar de lado a lado, fondeando el turbio telar.


Las sombras de los gigantes árboles refrescaban el aire.

Era la vida en estado puro, original.


Entre gritos y juegos de "panqueos", un niño

aprendía a nadar, morados los labios de frío,

con dos galones flotantes en sus brazos.

El niño supo que podía surcar el agua,

vencer el peso de su sombra

montado a caballito sobre los dos termos

atados a su abdomen.


Había en el Cajón una red secreta, natural, una fábula

para ser vivida y no para ser contada.


El cielo se abrió en el río y mostró su edén más límpido.

Tal vez aquello era la vida del Jardín del Edén.


El Cajón se convirtió así en una alberca para calmar

el sopor de las tardes tórridas.


Allí el tiempo nunca pasó, porque todo era eterno, intemporal.

Nunca Peter Pan ha salido de El Cajón

porque sus sueños flotan aún sobre aquellas aguas

encantadas.


IX


Llovía. Era, acaso, la primera vez que tenía conciencia

de una tempestad.


Los relámpagos abrían literalmente el cielo.

Algunos fogonazos caían sobre los cogollos de las palmeras.

No sabía por qué, pero es bellísimo ver

cómo un rayo se come de un bocado una mata de coco.


Por el estrecho sendero un filo de agua lavaba mis pies.

El barro forjó zapatos pegajosos. Las nubes,

revueltas por el viento y los relámpagos,

se vaciaban sin piedad. Las quebradas

despertaron por primera vez en años.


El cielo y la tierra escribieron en mi memoria

estas celestes travesuras. Y se borraron

las clases de primaria que llevaba

garabateadas en las pupilas.


X


Las cambiantes escenas de la luna, su cara redonda, cada noche

era para mí un banquete.


Cuando no era la luna, las estrellas; las luciérnagas del espacio.

En Pozo Colorado, en las noches de cielo raso,

sus tintineos suscitaban en mí un placer que me unía

al misterio de lo que, sin conocer, admiraba.


Yo no hacía preguntas aún, sólo gozaba.

Tan sólo vivía para la felicidad, porque entonces existía.


Volví a ser feliz cuando la luna ocultó el sol (España, 1995)

totalmente para mostrarme las constelaciones y las Pléyades.

Ellas, las estrellas, brillaron para mí con total fulgor,

tanto que, aunque quedara ciego, las vería parpadear

en su residencia celeste.


Sólo esta vez donde brillan las estrellas, no tiene luz el sol.



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BREVE COMENTARIO

AL POEMA DE FAUSTO LEONARDO HENRÍQUEZ

(Moca, 18 de mayo de 2009)

Emocionante visión lírica y bucólica del campo, impregnada del aliento telúrico y la evocación emotiva y nostálgica de las vivencias campesinas. Me fascinó la “Oda a Pozo Colorado”, poema en el que has aunado, al mejor Criollismo, el aliento sutil del Simbolismo y el grávido acento del Interiorismo. Tiene tu poema el encanto telúrico de la lírica de Tomás Morel y un singular dejo de la cavilación trascendente de la poesía de Domingo Moreno Jimenes.


Me fascinó el verso en que simbólicamente aludes al “afán de profundidad” que atribuyes a las jaibas o “las mayas que un día ardieron entre quejidos”, entre otras tantas expresiones hermosas y sugerentes de tu poema telúrico.


El final del poema tiene la huella espiritual y bíblica del alma sacerdotal que encarna tu caudalosa sensibilidad interior.


Te felicito, buen hombre, por esa hermosa evocación lírica, telúrica y simbólica de tus vivencias campesinas, que forman parte entrañable de una visión del Mundo humanizante, luminosa y trascendente, como es tu vida y tu obra, que nos enorgullece a los que te conocemos y queremos.


Bruno Rosario Candelier

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