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martes 13 de marzo de 2012

ALBERT MARCUSE, La dimensión estética

ALBERT MARCUSE, La dimensión estética. Edicions 62, Barcelona, 1982.

Sigo la traducción al catalán de Jaume Creus y de J. F. Ivars.


Introducción

Una de las particularidades del pensamiento de Marcuse nace de la idea freudiana de la fantasía. La fantasía es la capacidad de la persona de producir representaciones imaginarias. En la capacidad imaginativa del arte, confluyen las capas más profundas del inconsciente y los productos –la obra de arte- de la consciencia.

Marcuse se inspira también en Kant en su concepción del arte en su “crítica del juicio estético”. El juicio estético se alimenta del sentimiento del placer. De Kant, por otra parte, toma Marcuse la idea de placer estético como ámbito de la sensibilidad y de la belleza: El placer estético está relacionado con la ‘pura forma’ del objeto, cuya percepción constituye la belleza.

La dimensión estética

El ensayo “La dimensión estética” está enfocado más específicamente a la literatura que a las demás artes. Para Marcuse el arte puede ser revolucionario, sobre todo si se produce “un cambio radical en el estilo y la técnica”. Esta dimensión no dice nada respecto a la cualidad, autenticidad y verdad de la obra.

La obra de arte revolucionaria, en el sentido más genuino de la palabra, comprende la percepción, comprensión y denuncia de la realidad establecida, la manifestación de la liberación. La literatura es revolucionaria solamente en relación consigo misma, como contenido convertido en forma.

La tesis que Marcuse plantea es esta: «Las cualidades radicales del arte, es decir su denuncia de la realidad establecida y su invocación a la bella ilusión de liberación, se fundamentan precisamente en aquellas dimensiones en que el arte trasciende su determinación social y se emancipa del universo pacífico del discurso y la conducta, manteniendo de tal manera su irrefrenable presencia».

Según la tesis marcusiana, el arte crea su propia atmósfera en la cual es posible la subversión de la propia experiencia del arte, pues «el mundo que forma es reconocido como una realidad que es eliminada y deformada en la sociedad establecida». Así, pues, la «lógica interna de la obra de arte culmina en la irrupción de otra razón, de otra sensibilidad» que desestabiliza la sensibilidad reinante.

La forma estética, para Marcuse no es sino «el resultado de la transformación de un contenido determinado (un hecho actual o histórico, personal o social) en una totalidad autónoma: un poema, una obra teatral, una novela, etc.». Se opera una transformación estética por medio del lenguaje, la percepción y la inteligencia en su empeño por revelar la esencia de la realidad, del hombre y la naturaleza.

La función crítica del arte

El arte tiene una función crítica de la realidad. La obra de arte, según este autor, es auténtica por el contenido convertido en forma, y no por la forma en sí misma. De tal suerte que forma estética, autonomía y verdad se corresponden unas con otras, es decir, hay una correspondencia inseparable entre ellas. La verdad del arte radica en la fuerza que tiene para romper la realidad establecida socialmente, para descubrir lo que es real sin fisuras. De esta ruptura brota la forma estética, de suerte que el arte revela, con su ficción, la verdadera realidad.

La lectura que hace Marcuse del arte está relacionada con su visión marxista de la realidad. De ahí que, según él, el arte tiene su propio mundo con otro principio: «El mundo del arte tiene otro principio de realidad, el de la alienación, y solamente en tanto que alienación cumple el arte una función cognoscitiva: informa de verdades no comunicables en ningún otro lenguaje; en definitiva, contradice».

El arte, por otra parte, brota también del Eros: que es, en el fondo te todo «la profunda afirmación de los impulsos vitales en su lucha contra la opresión instintiva y social». Por eso el arte se opone a la sociedad establecida y su principio rector es el de la transformación, el cambio de la realidad dada como real. La alegría o la tristeza, Eros y Tánatos es una constante en la vida humana y no se resuelve en la lucha de clases.

La sociedad sigue presente en el arte, cuyo reino es autónomo. Lo está al menos de tres maneras: El arte constituye la sustancia de la representación estética, en primer lugar; y configura el ámbito de posibilidades de lucha y liberación, en segundo lugar; y, en tercer lugar, la posición del arte en la división social del trabajo, esto es, trabajo manual e intelectual, que confiere a la actividad artística de un carácter elitista.

El arte y el progreso

El arte, en definitiva, tiene una dimensión progresista, rompe con el origen de clase social, rompe con el entorno y rompe con la esclavitud de clase de familia. El arte contribuye a la lucha por la liberación de toda forma de alienación social o de clase. De esto se desprende que el arte no puede medirse ni por el origen familiar o social de los artistas ni por sus ideologías ni por si aparece la impronta o no de la clase oprimida en sus obras. Esto es evidente en autores como Poe, Proust, Baudelaire, o Valèry.

El arte, sostiene Marcuse, desafía la realidad establecida para poner en evidencia lo que es, en verdad, real. Esta realidad real, digámoslo así, se consigue por medio de la ficción, de la imaginación que es capaz de crear una realidad más real que la que la que está establecida socialmente. Esto es posible porque el arte tiene sus propios códigos, es decir, su propio lenguaje con el que ilumina la realidad. La nueva realidad que produce el arte sólo es posible gracias a este lenguaje que le es propio.

Por medio del arte el artista puede transmitir verdades universales, verdades por demás transhistóricas. El arte apela a una consciencia que va más allá de la simple noción de clase, apela a la consciencia de seres humanos, a la consciencia de especie que desarrolla sus capacidades y facultades más genuinas.

Marcuse acaba reconociendo que, si bien es cierto que el arte tiene una dimensión política, por sí mismo no puede cambiar el mundo ni la realidad, pero puede, afirma, «transformar la consciencia y los impulsos de los hombres y mujeres capaces de cambiarlo».

El arte posee una fuerza productiva diferente a la del trabajo, pues su fuerte, sus cualidades son subjetivas, cuestión esta que choca con la noción objetiva de la lucha de clases. ¿Cómo puede el arte convertirse en un factor transformador de la consciencia?

El drama, la poesía y la novela tienen que contribuir a la transformación de la realidad de la cual se nutren para lograr la obra de arte. La realidad ha de conformarse con la estética, se le ha de someter. La realidad en la obra de arte deviene en realidad estética. La transformación de la realidad en realidad estética se vuelve denuncia y reconocimiento del mal. Por lo que la transformación de la realidad por el arte es una forma de salvar aquello que es posible salvar. En definitiva, el arte es una promesa de liberación, no sólo de la realidad, sino también de la estética e incluso de la belleza como atributo de la estética.

El arte lucha contra la noción de un progreso idealista de la humanidad y contra el exceso de confianza en el mismo. Esto es lo que hace verdadera a la obra de arte. El arte verdadero no se conforma con un final feliz, porque el reino de la libertad está más allá de la mímesi, de la apariencia y de realidad conocida y dada socialmente.

Incompatibilidad entre arte y realidad

El mundo del arte y el mundo real no coinciden, hay entre ellos una escisión insuperable. Por más que el artista quiera reconciliarlos no podrá conseguirlo. La obra de arte rompe con la realidad cotidiana, cuenta con ella como materia dada, pero debe conservar su autonomía. Porque si se sujeta a la realidad, bajo el pretexto de quererla superar, no lo logrará, sencillamente porque hay un abismo que separa la realidad real y la realidad estética.

Marcuse se empeña en sostener que en el «mundo ilusorio», es decir, ficticio, el mundo que es fruto de la imaginación creativa –que es el mundo del arte-, las cosas aparecen tal como se nos muestran y como deben aparecer. Por lo que el mundo real aparece más falso que el fundo inventado.

Memoria e idealidad en el arte

El arte tiene la cualidad de conservar la memoria de los hechos, pero también la capacidad de suscitar el mundo posible. Ella revela una nueva forma de ver el mundo. Aunque también es verdad que el arte no puede trasladar su visión de la realidad tal y como ella lo concibe. Esto se debe a que el arte, como parte constitutiva, tiene una fuerte carga de idealidad, sin embargo la esperanza que la sostiene no queda en un puro ideal. Su materialización se sitúa fuera de ella.

El lenguaje liberador de la obra de arte, recurre a imágenes liberadoras de la muerte y de la destrucción de la voluntad de vivir. Este es, en la afirmación estética, el elemento emancipador.

El arte, en definitiva, conserva la cualidad de «idea reguladora» en la lucha por la transformación del mundo. Más allá de las promesas de las fuerzas de producción y las luchas de clases, «el arte representa el objetivo final de todas las revoluciones: la libertad y la felicidad del individuo».

Crítica a la ‘razón estética’ marcusiana

Marcuse recurre a Kant y a Freud para sostener sus argumentos sobre estética, a veces oscuros. Su visión del arte está tamizada por una lectura marxista de la realidad, de la relación de los hombres, la lucha de clases y la productividad. Le atribuye al arte poderes subversivos, liberadores y progresistas.

Marcuse me resulta más convincente cuando habla de la función crítica del arte y de evocar el mundo posible, deseable. El arte es capaz de crear, aunque sea en fantasía, ficticiamente, el mundo que deseamos. La noción de marcusiana de que el arte puede «transformar la consciencia y los impulsos de los hombres y mujeres» para operar en ellos la posibilidad de cambiar el mundo es, sencillamente, iluminador y esperanzador.

Su visión del mundo y de la realidad es pesimista. El mundo real, el que vemos y en el que vivimos, no es real, ni bueno; no lo es porque no se corresponde con el ‘mundo ficticio’ que produce el arte. Para él la verdadera realidad es la que produce el arte, la realidad estética. La realidad real, la realidad histórica, es sombría, fea, imperfecta, hecha a imagen y semejanza de la sociedad. Por lo que hay que combatirla, transgredirla y romper con el orden establecido.

A mi juicio, como se ciñe más a una comprensión de estética en el ámbito literario, con la consabida connotación ideológica, da la impresión de que el campo de visión se reduce. Tal vez si su pensamiento hubiera sido más abarcador y menos político, hubiera podido llegar más lejos. Sin embargo, su ensayo es aleccionador e intuitivo.

La ‘razón estética’ marcusiana del arte se queda en la esfera de lo utópico. La libertad y la felicidad humanas siempre estarán ahí como posibilidad, como esperanza, como deseo. ¿Es posible alcanzar la libertad por el arte? ¿Podemos ser felices gracias al arte y solamente por el arte?

miércoles 8 de febrero de 2012

ODA A IRLANDA


Me conociste antes que la lluvia,

Antes que la luz del sol te conocía.

Te pensé, Irlanda, con el arado de Seamus Heaney

Y entré en tus surcos como entra la palabra en la retina.

Oh gris quietud, oh cielo tapizado de ancestral humus!

Llevaste por tus calles mi sombra con asombro.

James Joyce posó a mi paso. Nunca llega

Del todo Ulises a Ítaca. Mas su luz

Sigue destilando leche que los años agradecen.

Dublín, húmeda de tradición

Vibra con fuerza luminosa y verde.

Abre en mí los códices, los secretos guardados

En la fábula del cinturón de agua del río Liffey.

Joyce, Beckett, Wilde, Jeats, emergen

En el Temple Bar como estrellas.

Me invitan a un trago de luz, a recostarme

Contra el piano que es un hombre, un vaso,

Una flauta celta.

Yo he venido a ti, Irlanda, en busca del alma

Tallada en la piedra de tus iglesias.

Vine a besarte las orillas, a cortarte

El pelo rojo de tus muchachas. Vine

A que me sueñes, a que me hurtes

La inocencia y las fronteras.

En ti, Irlanda, las tardes maduran precozmente.

¿Te vienes conmigo al puente Calatrava?

Vayamos por el carril izquierdo y entremos

A la acuarela de All Hallows College.

II

Hay en tu espalda un muro caído,

Una historia bruñida, un verso en el aire,

Un hombre que acaba de nacer en el iris.

¿Podrá la sangre germinar la niña que un día

Será alba? ¿Será semilla la palabra de Jeats o Joyce?

Háblame desde dentro, muéstrame tus heridas calladas,

Tu genio, tus hombros. Baje el ruiseñor

De Jeats, muja la vaca en la memoria de Heaney.

Suba yo a la punta de la aguja en tu centro infinito.

Oh Dublín, oh Irlanda yo te beso el ala,

El gris asedio de la lluvia.

Isla tú, tapiz del océano Atlántico

Como Quisqueya, mi cuna de espumas. Hoy eslabono

Tu pequeñez con la perla del Caribe

Para que crezca la fraternidad de tus olas,

El elogio de tus orillas, la sinfonía de tus aedas

Que zarpan de tus puertos

Cada vez que abrimos sus libros.

Irlanda, las campanas te llaman en lo alto

Para que nunca olvides tu Norte.


III


Te declaro, Irlanda, vitral de mis ojos,

llanura que en la lengua reverdeces.

No tienes que mirarme, tan sólo déjame beber el té

a tu lado, mientras se despereza la tarde

y beso el último retazo de luz.


Tus calles anidan el extraño vértigo,

el anonimato sórdido.


La lluvia pertinaz lava el gris amargo,

el invierno y la neblina pensativa.


Te queda fuego en el habla,

licor en tus ojos vikingos.


Me hospedas en tus manos.

Duermo en la lividez de tus hijas.

¿Cómo olividar el agua turbia del Liffey?

¿Cómo no ver el vuelo del ave

en su soledad? ¡Qué ignorancia ciega

al osado orbitar de la razón

cuando toda la música adquiere nombre!


En la memoria de mi cámara

me llevo el brasero de tus siglos.


Las botas con las que he recorrido tus sueños

han dejado en tu piel un húmedo mapa

que no olvidarás.



(Dublín, febrero 2012)

***

lunes 30 de enero de 2012

COMENTARIOS DEL LIBRO DE POEMAS Arca de amasar diluvios de Fausto leopardo Henríquez

Aquí, la Poesía es la expresión del contenido humano del hombre, del poeta. Contenido de gran riqueza, sedimento de vivencias pasadas, y de esas otras que lo son del presente.

De sus vivencias de cada día en el ahora, cuando el alma serenada del poeta, sometido a la contemplación, nos es entregada en los poemas, que extrae de lo más hondo de su propio ser. Y nos llegan con refinado acento de tristeza, que nos impresiona y nos conmueve:

... “La noche y la muerte dormitan.
Vigila la luz conmigo para no perecer
en el torbellino de la oscuridad.”

El libro deja un viento suave en el alma el cual se transforma en Amor, dando a conocer su mejor paisaje, soñando, en el arco iris del tiempo, ciclo inalterable, que, en perfecto contrapunto, colorea sus caminos siempre cenicientos, distantes, partidas y llegadas, hermanándolos a frases de la nostálgica vela siempre encendida, como luz bienhechora del pasado, que sirve al poeta para conseguir poemas llenos primavera y esperanza:

...“El tiempo se detiene
encima de mi escritorio, olvida
que es sueño su alma de ángel”…

Mueve el poeta el sentimiento, perfectamente concertado con la claridad de la palabra. Y así, sensitivo tiene el espíritu en perfecta vibración en sus versos limpios, consistentes, alados, según requiera el día, la noche y el momento donde la razón se eleva razón se eleva para ser una razón poética.

… “Parálisis del árbol
que tema pasar la noche a solas”…

Es abra de un poeta en plenitud, un hombre joven que vive eh un mundo difícil, su espe-ranza es la fuerza del Amor:

… “De rama en rama fuiste pene-trando los contornos,
secretamente, con timidez de Ángel que no sabe
estar en la tierra porque sus alas le tiemblan”...

Escribir es una acción que solo brota desde un aislamiento defendiendo una soledad buscada, salirse del “laberinto de la vida”, crear poemas, sueños e ilusiones. El alma se refuerza en un mundo donde toda persona tiene que ser defendida. El poeta descubre un mundo que es solamente suyo:

“Un cirio, entre sollozos, no dormía por velarte.
Ni las rosas tiemblan tanto ante la tijera,
como el sol que vio hundirte aquel medio día
en los jardines de la Eternidad”.

Entusiasma el lenguaje variado y bien llevado. Las palabras propias de de nuestra querida América que hacen sentir cierta. Me-lancolía.

“Maíz mujer mujer,
fecundo grano
multiplica la tierra madre.
Mazorca desgranada
la vida que injertas.”

Seguir comentando su poesía, la profundidad de su pensamiento, sería un tema largo. Nuestra querida tierra, nuestro suelo en ge-neral terrestre, sus habitantes de todos los lugares sufren tragedias y dolor que dejan muchas cicatrices. A. los poetas nos toca., donde el Amor dibujó una sonrisa llena de aroma, escribir, reconocer la falta de moral y puede resultar que el remedio se encuentre en la explicación de poesía-filosofía, esa especie de veracidad y Verdad, entre la belleza y la luz llegar a la inteligencia de los hombres, y encontrar verdades para la vida.

Siga usted escribiendo, viva, sueñe, sienta, todo lo que arde en su pensamiento, elévese como sólo ustd sabe hacerlo en el poema, todo suavemente en silencio, sin ruido, sin palabras, el Amor vendrá en el Amanecer, cuando todo renace, se agrande el rocío y se hará todo un sueño en el Atardecer.

***

lunes 26 de septiembre de 2011

POEMA “ODA AL PADRE”

POEMA “ODA AL PADRE”

de Pedro José Gris

(Comentario interpretativo)

Por Fausto Leonardo Henríquez

ODA AL PADRE

El de los cabellos azules
(Nelson vivió lo que escribo en el agua)


Del vaho de la tierra palpitante de noche
asciende vaporoso jugo letal
de angustia
y turba mi cabeza,
en su origen de sangre primigenia,
esa extensión inmensa de sangre y de criaturas
subterráneas. ..
El gris, acerado sentimiento, me obliga
a entrar al agua
a refrescar un poco la existencia
En un baño de espadas disueltas
en luna líquida y en agua
he empezado a nacer de nuevo
desnudo en la sal, en la consumación de la blancura
La vida se vierte, meditabunda, se pierde
se perfuma
se embriaga...
la noche es un aroma de muy viejos rosales
y un viento muy sabio de adolescentes labios
que besan, que besan
que besan...
La tarde, simplemente, se hace olvido...

El Mar, el Mar, el Padre de estos seres,
impasible y agónico enciende misterioso
sucesivos alborozo de silencio...
Nada... más que vivir
la vida se presiente...
La tarde
lentamente...
nos suma a su memoria
es decir, a su luz, a su música, a sus rosas...
¡Y más allá del Tiempo, de la sucesión misteriosa,
del oleaje,
la eternidad resplandece en su hondura intangible
¡Hacia ti convergen la mediatez del Tiempo,
la agonía del agua, el soplo de la luz
en la Nada Perfecta
más allá de la Forma y de la Belleza!
¡Epifanía pura de cristales de instantes!
¡Marejada del Uno mágico y derramado
en cristales eternos!
¡Oleaje esencial sin distancia, sin Tiempo!
Oh Mar, oh Padre de los siglos,
Padre de estos seres vibrantes
que ahora toco en mi dispersión,
en su fluir viviente,
en su latir cósmico.
Oh Mar, oh Padre mío desde la noche; desde la sal,
desde la consumación de la blancura!
Oh dicha de este hijo en tus noches extrañas
donde se escuchan vuelos, donde el Padre medita
el abismo que acecha a todo hombre...
y desde su meditación se elevan truenos.
Oh Padre, sosegad a la noche hasta hacerla
imagen del pasado.
Oh Padre, sosegad esta visión de sangre que me abruma;
abre tu inmensidad,
mira sangrar mi cuerpo
herido en tu dolor, en tu belleza
ahogado en tu clarísima tristeza...
Oh vasta tumba azul donde los siglos
mueren.

Delirante arrebato de impresionante belleza. Así califico en una primera lectura el poema que hoy ocuparán estas líneas: Oda al Padre. Advierto que lo que diga será una penúltima palabra, si no la última de la que otros puedan decir. Vayan éstas como un humilde tributo a quien tengo alta consideración y admiración.

Empezamos. Oda al Padre es un poema de hondo aliento metafísico. Para entenderlo o tal vez para degustarlo es preciso introducirse en su atmósfera. Pienso que sólo desde ahí se puede gozar un poema emblemático del interiorismo.

La tierra, en su estado primigenio, creacional, cuando aún palpitaba el misterio de la vida en el vaho que preanunciaba el despertar de un Ser desconocido, concita al poeta al grado de transportarlo a una experiencia poética, a una visión de la belleza total incomparable.

La tierra late en consonancia con el corazón del poeta que se ve envuelto por una atmósfera de sombras. Él es barro con aliento vital, mas con un dejo divino que no acaba de cristalizarse, aun deseándolo, lo cual le causa una terrible angustia que se agranda en la medida en que ésta le calcina y lo arrincona en alucinaciones: “Del vaho de la tierra palpitante de noche/ asciende vaporoso jugo letal/ de angustia/ y turba mi cabeza”.

El poeta intuye el origen anterior a lo primero. Queda turbado por la angustia que lo despoja del tiempo y lo sitúa “en su origen de sangre primigenia”. Visiona un espacio inconmensurable habitado por seres extraños: “esa extensión inmensa de sangre y de criaturas subterráneas”.

El agua también, además de la tierra, es un símbolo de la vida, de la divina y la terrena. El poeta la utiliza para bañarse en ella y no para calmar la sed, en sentido inverso al poemario La Sed del Junco de Tulio Cordero, o de aquellos versos de Amado Nervo: “inútil la fiebre que aviva tu paso/ no hay fuente que pueda saciar tu ansiedad/ por mucho que bebas/ el alma es un vaso/ que sólo se llena de eternidad”.

El agua de la que habla el poeta es un agua en la que se introduce forzosamente, todo él, existencialmente, con su pensamiento y sus ideas. El poeta José Ángel Valente dijo en este sentido lo siguiente: “Tomar un baño es una breve/ solución general contra la nada”.

Es toda su vida, el complejo de toda su estructura vital como ser humano la que entra a sosegar dentro del agua, como si fuese, digamos, una placenta transhumana: “el gris, acerado sentimiento, me obliga/ a entrar al agua/ a refrescar un poco la existencia”.

La revelación de la belleza queda consignada inigualablemente en estos versos: “En un baño de espadas disueltas/ en luna líquida y en agua/ he empezado a nacer de nuevo”. De ese baño surge el poeta como criatura nueva, como si hubiera recibido un bautismo de intangible dinamismo creacional.

El agua eterna regenera los insondables sentimientos, la existencia misma. Ernesto Cardenal en Cántico Cósmico (can. 28) percibe esta realidad trascendente, lo cual confirma la autenticidad universal de la obra de Pedro José Gris: “La vida es la duplicación del don recibido. La vida tiene sólo una función: nueva vida. De vida en vida. Vida trascendiéndose la vida”.

A Gris no le basta haber nacido una vez, sino que necesita nacer de nuevo, otra vez, para sentirse vivo, humanamente otro: “He empezado a nacer de nuevo/ desnudo en la sal, en la consumación de la blancura”.

Tierra y agua son germen de la vida, y, ambos arquetipos se unen para alumbrar la novedad sublime del aedo. Tierra y agua se unen para revivir su existencia. Sin embargo, la vida nueva que nace del agua atribula y abate al poeta en la reflexión, porque él no puede quedarse indiferente ante ella. Tal vez la razón última de su tribulación es que no puede detener o aprisionar la vida en sus manos: “La vida se vierte, meditabunda, se pierde/ se perfuma/ se embriaga”.

Por otra parte, la noche adquiere un matiz interesante y contrasta con “luna líquida”, “nacer de nuevo”, “blancura”. La noche es el lugar de la angustia, del acorralamiento existencial. El célebre poeta Vicente Aleixandre nos da una idea de la noche vista por nuestro poeta: “La noche es más oscura que un corazón sin vida”. Es esta circunstancia, la noche, la que hunde al poeta en una meditación profunda. En la memoria se registra la noche de la vida, porque “la tarde, simplemente, se hace olvido”.

El tiempo y la eternidad son, también, nervios de este fantástico poema, Oda al Padre. El tiempo, por una parte, se muestra como algo mediato, sujeto al reloj y a lo finito. Lo mediato está hondamente ligado a lo tangible y a lo inmanente. Dicho con otras palabras, lo que sucede en el tiempo cronológico se encamina hacia lo caduco y a la muerte. Este campo no es el deseado, es el que está más lejos, en lo infinito y eterno.

De ahí la otra cara del tiempo, el no-tiempo, la eternidad. Es un tiempo sin tiempo donde todo perdura y es estable. El único movimiento que se da en la eternidad, según el poeta, es el “resplandor” de la belleza, de lo impalpable y absoluto. Es ese resplandor lo que trastoca el alma y la separa del mundo, aunque sea sólo por un instante: “Y más allá del Tiempo, de la sucesión misteriosa, del oleaje, la eternidad resplandece en su hondura intangible”.

Hacia la eternidad, como los ríos que bajan de los montes, corre el tiempo y todo lo que está, en apariencia, sujeto a él. La eternidad trasciende toda forma y belleza. Es el lugar de la Nada Perfecta. La región donde el Ente Total heideggeriano y la Nada son lo mismo: “¡Epifanía pura de cristales de instantes!”.

En esta misma línea escribió Octavio Paz en su poema “Piedra de Sol”: Lo que llamamos Dios, el ser sin nombre, / se contempla en la nada, el ser sin rostro / emerge de sí mismo, sol de sol, plenitud de presencias y de nombres”.

La impronta de la filosofía griega antigua sirve de acicate al bello decir de Gris. Es un recurso carente de estereotipos, es decir, natural y espontáneo, pero sabiamente manejado en el momento creador del poeta. Nos referimos al Uno. El Uno se le revela mágicamente en el cristal jadeante del mar inmenso: “Marejada del Uno mágico y derramado/ en cristales eternos!”.

Las olas que van y vienen pierden, de súbito, el sentido del tiempo y la distancia. El lector puede ver el universo del poeta. Hasta puede presentir un oleaje eterno, invisible e inquieto, cuyo lugar está al otro lado de la realidad. Existe una simpatía entrañable entre el aeda y el lector que logra adentrarse en su visión.

El mar, de nuevo el agua, adquiere una cualidad divina, celestial sin dejar de ser terrenal. Lo mitifica y le atribuye la paternidad de las edades y de todos los seres que ven. Juan Ramón Jiménez, para quien el mar significaba tanto, pareciera que, al menos en la forma, esté presente en Gris: “Oh mar, Padre de los siglos, Padre de estos seres vibrantes que ahora toco en mi dispersión”.

En el clímax de la visión poética de nuestro autor, se da una especie de repulsión heideggeriana, esto es, el Ente Total atrae pero al mismo tiempo repele. Te seduce, pero te rechaza. Atraído por el Mar, por el Padre, el Uno, el poeta se ve, al mismo tiempo, arrojado fuera de él, disperso. Es regresado el tiempo, al mundo común.

En las “noches extrañas” el poeta ha sentido gozo, dicha. Ha experimentado una incalificable cercanía con el Padre, el Mar. La empatía y reciprocidad con los mismos, conceptos de los que habló Aranguren han recreado el alma sensible de Gris. Por otra parte, y en el mismo orden de ideas, las palabras de Matos Paoli, en una carta a enviada al poeta J.M. Morales, empalman con la percepción de nuestro poeta cuando afirma: “Sólo lo Absoluto puede satisfacer tu ardor de maravilla”. Gris está ubicado radicalmente en el orden del Absoluto y sólo una vivencia poético-relgiosa lo puede redimir de su hambre de belleza.

Al término del poema el aeda pide, abiertamente al Padre que “sosiegue la noche”. Cuando la experiencia de lo maravilloso, sea poética o religiosa, es demasiado densa, aun si es breve, es irresistible. De ahí la súplica al Padre de atenuar el arrobamiento.

La noche aquí no es la noche sanjuanina. No, es, a mi juicio, una noche metafísica o trascendente, producida por la angustia existencial de estar ante una visión de la belleza que emana de la eternidad, del Uno, del Padre, del Mar, de la que el poeta se ve arrojado y dispersado por ser un ente finito. No sin causa sostiene B. R. Candelier en su obra El Sentido de la Cultura: “El arte es fruto de la angustia, del dolor y del sufrimiento”.

Oda al Padre es un poema profundo y muy denso conceptualmente. Contiene un ritmo interno alucinante, no sin un alto sentido estético y goce intelectual. Es una visión que desasosiega al poeta, que tiene que trascender e ir al lugar donde ya nada lo abrume.

Tengo el presentimiento de que en Oda al Padre se dan dos momentos cumbres: el contacto con la belleza humana y la alucinación encantadora de la belleza divina. Friedrich Hölderlin (Hiperión, I, 2) escribe algo sobre esto: “El primer hijo de la belleza humana, de la belleza divina, es el arte... La segunda belleza es la religión. Religión es amor de la belleza”. Oda al Padre es una obra de arte bajo el influjo de las dos bellezas hölderlinianas, mas también del inconsciente religioso, natural y adquirido por el poeta en su entorno cultural.

Herido de eternidad el poeta suplica al Padre que le abra la morada inmensa donde él habita, mas como es un simple mortal con la semilla de Dios sembrada, y nacida de nuevo, cae, herido ante la belleza total y se queda gimiendo en la “vasta tumba azul donde los siglos mueren”.

lunes 12 de septiembre de 2011

COMENTARIOS DEL LIBRO DE POEMAS Arca de amasar diluvios.

COMENTARIOS DEL LIBRO DE POEMAS Arca de amasar diluvios.

Escritor Fausto leopardo Henríquez. Santo Domingo.

Por Sofía Sala

Aquí, la Poesía es la expresión del contenido humano del hombre, del poeta. Contenido de gran riqueza, sedimento de vivencias pasadas, y de esas otras que lo son del presente. De sus vivencias de cada día en el ahora, cuando el alma serenada del poeta, sometido a la contemplación, nos es en­tregada en los poemas, que extrae de lo más hondo de su propio ser. Y nos llegan con refinado acento de tristeza, que nos impresiona y nos conmueve:

... “La noche y la muerte dormitan.

Vigila la luz conmigo para no perecer

en el torbellino de la oscuridad."

El libro deja un viento suave en el alma el cual se trans­forma en Amor, dando a conocer su mejor paisaje, soñando, en el arco iris del tiempo, ciclo inalterable, que, en perfecto contrapunto, colorea sus caminos siempre cenicientos, distan­tes, partidas y llegadas, hermanándolos a frases de la nostál­gica vela siempre encendida, como luz bienhechora del pasado, que sirve al poeta para conseguir poemas llenos primavera y esperanza:

...“El tiempo se detiene

encima de mi escritorio, olvida

que es sueño su alma de ángel”…

Mueve el poeta el sentimiento, perfectamente concertado con la claridad de la palabra. Y así, sensitivo tiene el espíritu en perfecta vibración en sus versos limpios, consistentes, alados, según requie­ra el día, la noche y el momento donde la razón se eleva razón se eleva para ser una razón poética.

… “Parálisis del árbol

que tema pasar la noche a solas”…

Es abra de un poeta en plenitud, un hombre joven que vive eh un mundo difícil, su esperanza es la fuerza del Amor:

… “De rama en rama fuiste penetrando los contornos,

secretamente, con timidez de Ángel que no sabe

estar en la tierra porque sus alas le tiemblan"...

Escribir es una acción que solo brota desde un aislamiento de­fendiendo una soledad buscada, salirse del “laberinto de la vida", crear poemas, sueños e ilusiones. El alma se refuerza en un mundo donde toda persona tiene que ser defendida. El poeta descubre un mundo que es solamente suyo:

“Un cirio, entre sollozos, no dormía por velarte.

Ni las rosas tiemblan tanto ante la tijera,

como el sol que vio hundirte aquel medio día

en los jardines de la Eternidad".

Entusiasma el lenguaje variado y bien llevado. Las palabras propias de de nuestra querida América que hacen sentir cierta. Melancolía.

“Maíz mujer mujer,

fecundo grano

multiplica la tierra madre.

Mazorca desgranada

la vida que injertas."

Seguir comentando su poesía, la profundidad de su pensamiento, sería un tema largo. Nuestra querida tierra, nuestro sue­lo en general terrestre, sus habitantes de todos los lugares sufren tragedias y dolor que dejan muchas cicatrices. A. los poetas nos toca., donde el Amor dibujó una sonrisa llena de aroma, escribir, reconocer la falta de moral y puede resultar que el remedio se encuentre en la explicación de poesía-filo­sofía, esa especie de veracidad y Verdad, entre la belleza y la luz llegar a la inteligencia de los hombres, y encontrar verdades para la vida.

Siga. Vd. escribiendo, viva, sueñe, sienta, todo lo que arde en su pensamiento, elévese como solo Vd. sabe hacerlo en el poema, todo suavemente en silencio, sin ruido, sin palabras, el Amor vendrá en el Amanecer, cuando todo renace, se agrande el rocío y se hará todo un sueño en el Atardecer.

viernes 2 de septiembre de 2011

Palabras sobre Arca de amasar diluvios

1. JUAN MIGUEL DOMÍNGUEZ PRIETO. Fausto Leonardo Henríquez, en Arca de amasar diluvios, oye en sí la cadencia del asombro, que es el ritmo no métrico del más allá: el más acá entrañado hasta las transfiguraciones. Cuanto más se cree, más urgencia se siente por apresurarse a la niñez –hacia la que confluyen, si las hay, y en este poeta las hay, esta creencia y aquel canto.

En el tiempo de presentar estas composiciones, fuera se advierte la vieja incuria espartana hacia la realidad de la niñez y el misterio del poeta; como si en el renacer de la iniquidad no pudieran ambos nunca desclavarse. Y es que no pueden, si hay verdad. A uno y otro balbuceo, en esencia, los clava el mismo clavo: el de los sabios y entendidos del bajo reino, para quienes resulta un infierno el cielo de lo que permanece infante sobre el corazón e inefable en los labios. Baste decir que Fausto Leonardo es un poeta para que deba escucharse todo esto anterior. O que él hace la senda que lleva a nacer de nuevo, para que piensen qué pureza nos espera en su canto. La única fuente que me salva / …aún mana.

Es para pararse, la eternidad que hay en este hermoso testimonio. No sé qué que queda balbuciendo: salva… mana. Abrevadero de calma… hamaqueados. Sí. Pero, para infancia o canto, se precisa el dolor, la cruz. Clavo, se lee arriba; clavo que ahora se glosa más. Esta poesía entraña la paradoja cristiana de la sed propia que es al otro a quien sacia, la incomprensible querencia de hacerse al humus como semilla por navegar, de raíz, la humillación y la oscuridad de otros. Y es, el canto de ello, apaciguado. Porque hay esperanza –con la inocencia conquistada–. Poesía hacia la Luz, entre el martirio de la semilla.

2. DRA. TEONILDA MADERA. El poemario Arca de amasar diluvios es un entrañable ejercicio de intimidad que revela la soledad irremediable del drama humano. La voz poética utiliza un despliegue de figuras retóricas que transmutan la realidad de su mundo empírico en un mundo de ensueño creado a través de la magia de la poesía. Los balsámicos efectos del misticismo que fluye en el texto ponen de relieve la pugna que existe entre lo sacro y lo profano. La inusitada sutileza que emana de los versos de este poemario apunta hacia un desarraigo emocional que la memoria evoca. El hombre, el poeta y el cura que cohabitan en esta obra se redimen a través de la catarsis del lenguaje poético que le da la fuerza y la libertad que conduce hacia el ascenso divino donde el alma atormentada alcanzará la paz deseada. Fausto Leonardo Henríquez está adscrito al Interiorismo. Es por eso que su poesía es un resplandor sublime que nos hechiza.

3. DR. BRUNO ROSARIO CANDELIER. Apelado por la creación poética, que comparte con su vocación sacerdotal y su inclinación mística, Fausto Leonardo Henríquez es un singular cultor y promotor de las letras. Este valioso poeta dominicano encauza, con el lenguaje de las imágenes, lo que concita su intuición ante la verdad, la belleza y el misterio, mediante una visión lírica, metafísica y simbólica afín a su sensibilidad social, espiritual y estética. Su poesía canaliza el sentido de lo viviente intuido mediante la energía interior de la conciencia, que el poeta expresa desde la perspectiva de su sensibilidad profunda, por lo cual asume la vertiente interiorista de la creación con la connotación trascendente de hechos, fenómenos y cosas. Sin desvirtuar la dimensión estética y mística de su creación, hace de la poesía un vínculo humanizante y sublime a favor del más hermoso sentido de la vida, como se manifiesta en esta nueva obra poética, que confirma y potencia su talento creador.

4. POETA JOSÉ ACOSTA. Los seres comunes viajan al pasado pero no saben traer nada de allí; son fantasmas de sus propias historias. El poeta verdadero, en cambio, en cada viaje trae del pasado ese soplo de vida que echa a andar las palabras. Como los candelabros, saben delinear su sombra. En el poemario Arca de amasar diluvios, el escritor dominicano Fausto Leonardo Henríquez hace de su pasado un tótem que lo protege de la vacuidad del presente. Cada verso es un pez en la punta de un sedal lanzado en el mar de lo ido, un ladrillo bullicioso en la pared del lenguaje. La voz poética abre una puerta y mira. “La muerte ha sembrado el campo”, nos dice. Y como si le hablara a sus recuerdos, pide: “Sube a mis hombros, apóyate/ En la columna que sostiene la noche, reposa”. El poeta ve y rescata, sufre y canta, siente y prodiga. Y como si supiera que todo pasado es oscuro, nos dice: “Vigila la luz conmigo para no perecer/ en el torbellino de la oscuridad”. Poemario que, en lugar de letras, está hecho de nostalgia, de senderos, hojarascas, cafetales y maíz. Un viaje que alumbra.

Nota: texto publicado en poemario "Arca de amasar diluvios".

domingo 21 de agosto de 2011

PRESENTACIÓN LIBRO "ARCA DE AMASAR DILUVIOS" DE FAUSTO LEONARDO HENRIQUEZ


El poemario El arca de amasar diluvios, del escritor dominicano Fausto Leonardo Henríquez, fue presentado en un acto celebrado en la Academia Dominicana de la Lengua con la participación de intelectuales y escritores de la capital dominicana.

El director de la Academia, Bruno Rosario Candelier, ponderó la nueva obra del escritor interiorista al interpretar la dimensión estética y espiritual de su creación

poética. Al iniciar la presentación del poeta dominicano, señaló: “El sentimiento estético y la vocación contemplativa, fundamento de la creación poética y aliento de la lírica mística, se hallan entrañablemente unidas al sentido de la belleza y el impacto del misterio. Se hermanan en su dimensión espiritual, mediante la sustanciación de las vivencias y la

valoración de lo Absoluto. Arrancan de una misma fuente, el corazón humano, en cuya articulación desatan las más ardientes pasiones en el ámbito interior de la sensibilidad profunda. La conjunción expresiva de esas apelaciones entrañables se concilia en la palabra, vértice de la sensibilidad estética y fragua de la pasión mística”.

El poemario de Fausto Leonardo Henríquez explora, lírica y estéticamente, la vertiente telúrica del paisaje campesino y el origen sagrado de lo creado, al instaurarse en pleno campo cibaeño y, mediante oportunas imágenes poéticas, el hablante lírico recrea simbólicamente la Creación del Mundo y “revive” ese estadio primordial, genesíaco y original, para sentir el Mundo en forma empática. Mediante la descripción del impacto emocional que la realidad proyecta en su interior, se aprecia su inserción en la dimensión singular de lo viviente.

El poeta asume una actitud vitalista, luminosa y radiante. Desde el aliento espiritual de su visión del Mundo, con mirada profunda, holística y poética, retoma fenómenos y elementos y reconstruye sus vivencias para recrearlas poéticamente. Su aliento creador, interiorizado y bíblico, se reconcilia con el sentido de lo viviente y, en tono empático y gozoso, suma a su dimensión estética la vertiente espiritual de sus percepciones trascendentes. El pasaje siguiente describe el singular estado del éxtasis místico:“Desperté en un mundo/ donde no oía el ruido arenoso de los carros,/ lejos del mundo y el grotesco/ tambor de la violencia./ Vi el cielo abierto como un túnel iluminado/ por el cual entraban, vestidos de blanco, /silbando, los lirios. / Cuando entré en un clima sobrenatural/ tocaba mi piel y la sentía como de aire,/ y al hablar no hacía falta la voz,/ sino la mirada/ y la sinceridad del cristal desnudo/del alma rutilante”.

Con su visión amorosa, el poeta místico siente que el Universo se abre a su corazón y así lo experimenta nuestro agraciado creador al comprobar que el Mundo se recrea cada día ante las pupilas asombradas de quien contempla la belleza de la Creación, como la ven los que miran por primera vez las cosas, los que creen en el milagro y los que disfrutan las maravillas del Universo. El poeta lo expresa simbólicamente: “En el hueco de mis manos/recojo tu voz /y me la bebo”.

La sensibilidad trascendente se potencia en los poetas que sienten el llamado de la Fuerza Espiritual del Universo, como se aprecia en este creador dominicano, que recibió el don del sacerdocio, el don de la mística y el don de la poesía, plasmados en una obra de inspiración espiritual y estética bajo la iluminación mística del Interiorismo. Poeta signado por lo sagrado, Fausto Leonardo Henríquez hace de la poesía un vínculo sublime en procura del más hermoso sentido de la vida, vale decir, desde la más cabal consagración poética.

La Academia Dominicana de la Lengua reconoció al escritor dominicano Fausto Leonardo Henríquez, quien obtuvo el XXIX Premio Mundial de Poesía Mística, Fernando Rielo 2009. El acto contó con la presencia de académicos, escritores, y familiares del padre Henríquez. Fue encabezado por Bruno Rosario Candelier, director de esta Corporación, quien entregó el pergamino de reconocimiento en el marco de la presentación de la obra del escritor vegano, el poemario El arca de amasar diluvios.

Fausto Leonardo Henríquez vive la fe con auténtica entrega, su labor sacerdotal y escritural no están separadas, ya que su poesía es testimonio y manifestación de la grandeza divina, afirmó Rosario Candelier al presentarlo y precisó que el escritor ha podido comunicar esta vivencia a través de su poesía gracias a su capacidad de creación. Subrayó que la producción literaria del sacerdote-poeta evidencia que está dotado de tres dones: el don de la poesía, con la capacidad para testimoniar la verdad y la belleza; el don sagrado de la mística, con el que comunica el impacto que produce el vivir cotidiano en contacto con lo divino; y el don sagrado del sacerdocio, razón por la cual en su vida y su obra fluye un vínculo entrañable con la Divinidad. “Este valioso poeta dominicano encauza, con el lenguaje de las imágenes, lo que concita su intuición ante la verdad, la belleza y el misterio, mediante una visión lírica, metafísica y simbólica afín a su sensibilidad social, espiritual y estética. Su poesía canaliza el sentido de lo viviente intuido mediante la energía interior de la conciencia, que el poeta expresa desde la perspectiva de su sensibilidad profunda, por lo cual asume la vertiente interiorista de la creación con la connotación trascendente de hechos, fenómenos y cosas. Hace de la poesía un vínculo humanizante y sublime a favor del más hermoso sentido de la vida, como se manifiesta en esta obra poética, que confirma y potencia su talante creador”.

Al señalar que Fausto Leonardo Henríquez es un valioso exponente del Movimiento Interiorista, dijo también que la obra de este autor dominicano posee tres aspectos fundamentales, a saber: el aliento telúrico que permea el texto; la energía religiosa, en sentido trascendente; y la energía lírica que brota como un sentimiento especial de la sensibilidad del poeta en tanto amanuense de la Fuerza Espiritual del Universo. “Hacer poesía es acercase a Dios, todos los días”. Con esta frase inició el sacerdote-poeta su participación, señalando que su obra poética aplica los postulados estéticos del Interiorismo, movimiento literario fundado y dirigido por Bruno Rosario Candelier, cuya estética tiene cultores tanto en América como en España. El poeta y sacerdote dominicano agradeció el homenaje conferido por la Academia y acaparó la audiencia presente al leer varios de sus poemas.

Fausto Leonardo Henríquez nació en La Vega, Rep. Dominicana, el 20 de noviembre de 1966. Presbítero de la Congregación de la Misión y Licenciado en Teología, ha publicado los siguientes libros de poesía: Claridades, 1994; Sucesiones, 1995; La Seducción del Aire, 1999; La Otra Latitud, 1999; Muestra Poética, 2002; Ínsula Presentida, 2004; Antología Mayor del Movimiento Interiorista, 2007. Fundador y Editor de la revista CriticArte. Citado en varias antologías del Movimiento Interiorista, entre ellas, La Creación Interiorista y Poesía Mística del Interiorismo, de Bruno Rosario Candelier. Es Dirigente Internacional del Movimiento Interiorista, de cuya Comisión Intelectual forma parte. Fue columnista de opinión (1998-2008) de La prensa hondureña. Fausto Leonardo Henríquez ganó el XXIX Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, concedido en Roma, por su poemario Gemidos del ciervo herido. Según el jurado del galardón, este conjunto de poemas expresa, con dominio y destreza literaria, "la superación, la esperanza y el gozo de lo divino en lo humano y de lo humano en lo divino". Actualmente reside en Valencia (España), donde ejerce como sacerdote de su Congregación.

Santo Domingo, ADL, 14 de julio de 2011.

Nota: He tomado esta publicación de la crónica de la Academia Dominicana de la Lengua. Ver aquí.

JOSÉ ACOSTA, La Multitud, novela, 2011.

LA MULTITUD

En la búsqueda de la memoria originaria

La Multitud, Santuario, Rep. Dominicana, 2011, del escritor dominicano José Acosta, sale a la luz con una intencionalidad clara: la de sacudir la conciencia, es decir, de revolver, como hiciera Miguel de Unamuno con sus y novelas, la imaginación del lector. Esa revuelta de la razón no es otra cosa que un intento de pensar el mundo de forma diferente, aguda e intuitiva. Dicho lo cual, querría centrarme en lo que considero el argumento central de la obra, bastante original, por cierto.

El personaje clave de La Multitud, Hugo Santana, representa al hombre culto, solitario, reflexivo, pero vacío. Su actitud ante la vida es la de ‘romper la línea recta’ por la que avanzan los mortales con el fin de hallar la ‘cosa’ y sus otras posibilidades. La ceguera, el miedo y la alucinación embargan el alma insaciable de Santana.

Santana trata de conocer la fuente originaria de la sabiduría, o sea, el punto de partida del conocimiento humano. En su diálogo con los diferentes personajes, él sostiene que hay una ‘primera memoria’ consustancial a nosotros. Esa memoria conserva grabado todo lo que aconteció en el Paraíso.

Santana, naturalmente, no logra explicar qué fue lo que pasó con esa ‘memoria originaria’, pero tiene la intuición o certeza, racional, por supuesto, de que la traemos con nosotros en los genes; con la sola desgracia de que hemos olvidado todo. No recordamos lo que guarda la memoria, ya que algo impide que fluya el recuerdo.

El narrador, Acosta, articula un discurso sicológico. Sus personajes dan cuenta de las angustias existenciales, de la realidad, del pasado y del futuro, del yo, de la eternidad. De todas esas inquietudes universales del género humano, encarnadas en Santana, la del miedo a sí mismo es la más temible. Miedo a su yo, a la verdad que subyace en su interior.

Así las cosas, Acosta, que lleva el hilo conductor de su obra, cerca a Santana al punto de hacerlo topar frontalmente con la autociencia de la muerte, es decir, de la temporalidad de la vida humana. La muerte, no como tragedia, sino como una forma de ‘detenerse en el tiempo’, de ‘quedarse sin futuro’, que completa el círculo de la vida.

La muerte, pues, para Santana, solamente se da cuando el hombre ‘decide vivir en algún lugar de su pasado’. Quedarse en el pasado, o, lo que es lo mismo, en la memoria, es una forma de negar el presente y, por ende, de morir.

José Acosta, que acumula ya varias novelas, introduce en su ficción a un poeta real. Me refiero al poeta Pedro José Gris (cap. 12, pág. 110) para explicar la ‘teoría de los saltos’, tesis defendida por Gris para quien la humanidad avanza cualitativamente por acumulación de energía o de conocimientos.

La Multitud, plantea, pues, la cuestión teórica, filosófica si se quiere, de que «todo conocimiento, habido y por haber, le fue otorgado al hombre en el momento supremo de la creación, allá, en el Edén perdido».

El hombre puede pararse ante la puerta del conocimiento primigenio, la fuente misma de toda sabiduría. Esa puerta que se abre con el deseo de saber. Una vez saciado ese deseo, tan sólo queda la sensación de no haber conseguido nada.

La ‘teoría del conocimiento’ de la que discuten los personajes de La Multitud, consiste pues, en que los conocimientos que el ser humano adquiere a lo largo de su vida brotan de una fuente originaria (Paraíso) y llegan a la memoria consciente de mentes privilegiadas que introducen en el mundo nuevos inventos y tecnologías.

Hay ocultos en los genes humanos ‘facultades extraordinarias’. Hemos heredado de Adán la sabiduría, pero para recordarla es preciso ejercitar la memoria, la primera memoria. Para llegar a ella, esto es, para llegar al Paraíso, es necesario viajar mentalmente. Nosotros somos Adán. Buscamos el Paraíso perdido. Y, en esa constante búsqueda, nos afanamos por mejorar el mundo y la existencia humana.

Adán comenzó nombrando las cosas, ‘acumulando’ los nombres de las cosas y pasándolos de una generación a otra, hasta hoy. El pasado humano es localizable «en los huesos, en las piedras, en las huellas que fue dejando a su paso el carbono».

Cada descubrimiento, cada nuevo hallazgo de la ciencia y la tecnología, cada conocimiento adquirido por ‘acumulación’, no es sino un intento del hombre por retornar al Paraíso. En el Jardín de la memoria, el primer hombre, Adán, escondió todos los secretos del cielo y la tierra.

En realidad, lo que consideramos comúnmente como nuevo descubrimiento, no es sino un recordar lo que ya sabíamos. Recordar es reaprender la sabiduría primigenia de la que fuimos privados en el Paraíso.

Pues bien, esos son los hilos filosóficos que mueven la ficción de José Acosta en esta interesante novela que podemos leer, si se quiere de un par de sentadas. La clave narrativa de Acosta está, sin duda alguna, en que sabe lo que quiere decir, y, lo que es más importante, sobre todo cara al lector, es que sabe cómo decirlo. Y con eso digo todo.

Por Fausto Leonardo Henriquez

Localización tierra natal, República Dominicana

COMENTARIO JR SOSA

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