domingo, 5 de agosto de 2007

TEMBLOR DE LA ESPERA, Taty Hernández


“Temblor de la espera”, 2003, Taty Hernánde Durán, nacida en el año 1960, Jarabacoa, República Dominicana. Estamos ante la primera obra poética de nuestra autora.

Taty introduce su obra con un poema que alude a uno de los mitos más tradicionales de la cultura dominicana: La Xiguapa. Lo auténtico de la Xiguapa es que existe realmente en la imaginación. Si existiera fuera de lo imaginario, dejaría de ser real y verdadera.

El gusto o encanto de la Xiguapa –en la visión poética de nuestra autora- es que es una mujer que “navega entre la visión y el sueño”. Podríamos decir que la Xiguapa simboliza a la mujer dominicana, bella y encantadora. Ella está entre lo divino y lo humano. Como los dioses del Olimpo. La Xiguapa es a la cultura dominicana lo que las Sirenas para los griegos, lo que Beatriz a Dante o lo que Dulcinea a Don Quijote.

La Xiguapa reside como náyade quisqueyana o como Hera que habita con su omnipresencia en todos los rincones de la isla: “Nazco y moro en el alma / de la cordillera. /… La savia de la tierra me anda toda / desde los pies hasta los ojos”.

Otro eje de la poesía que nos presenta Taty Hernández es la visión que tiene sobre el cuerpo (Balada para un cuerpo). Ella contempla poéticamente el cuerpo en reposo, dormido. En él capta la serenidad y la paz como si estuviera en un paraíso: “duerme este cuerpo / como las noches / del río”.

Yacer con uno mismo, conscientes de la transitoriedad de nuestra existencia, es sentir que el tiempo no es más que una coartada que nos echa en cara nuestra estancia en el mundo: “en la rueca que hila el tiempo / tuerzo senderos.// soy fugaz sombra en el espejo”.

El cuerpo estará solo, dormido, pero alberga en su interior las emociones: “Si creo / si vivo / si lloro: vivo”. El cuerpo no es un ente inerte, late. Sin embargo, persiste un vacío que reclama la experiencia, el gozo vivido: “las manos ríen / ¿dónde está su regocijo”.

El cuerpo es como un volcán, cuyas energías, en apariencia apagadas, en cualquier momento pueden eclatar: “el fuego / vigilante del deseo / recorre el cuerpo”.

Hay un reconocimiento del cuerpo que parte de una observación deliberada, como quien quiere hallar algo más que apariencias: “hay unos ojos /que miran el cuerpo”. Lo interesante de nuestra autora es que, sin dejar de ser sensual, expresa una fina y sobria visión del cuerpo, positiva y complaciente.

A ello contribuye, pienso yo, su sensibilidad poética y su capacidad de aprehender poéticamente el cuerpo como un haz de fuerzas que, aunque tranquilas, pueden “al roce de las hojas” sacudir todas sus potencias.

Nuestra poeta, tal vez sin proponérselo, nos hace ver un tipo de mujer doliente, llorosa y triste (Figura en el alma). Esa tristeza deviene por la imposibilidad de alcanzar un objetivo, un amor, una cosa: “hurgando en la búsqueda / de un quijote sin dueño. // Lo alcanza, lo toca, / se le escapa entre los dedos, / al traspasar la eternidad”.

Por otra parte, en Mujeres-Pájaros, nuestra autora, más optimista, pretende superar “otras huellas”, las del pasado, para buscar nuevos derroteros que marquen la diferencia, sobretodo para aquellas mujeres que sucederán esta generación: “mujeres-pájaros, / no hay motores en nuestras alas, / solo voz en nuestras plumas”.

Voz en las plumas, es decir, en el tintero. Las mujeres con voz en las plumas son las que pueden proyectarse desde la escritura, el pensamiento y las artes y en otros ámbitos sociales. La mujer dasamordazada habla y se hace oír por la palabra escrita que repica como una campana ante la sordidez de una cultura que le ha cerrado las puertas.

Debo decir, que nuestra poeta no hace un manifiesto contra nadie. Ella se posiciona a favor de una mentalidad abierta, sin cerrojos. Mujeres-Pájaros es un canto de esperanza para la mujer, cuyos “vientres enjaulan semillas / fabricantes de caminos”.

Por otra parte, “Tranfixión”, “En el grito soterrado de mis vellos” y “Plegaria” nuestra poeta expone un nuevo tono –el erótico- en Temblor de la Espera.

Este nuevo aspecto de la poesía de Taty Hernández me obliga a citar la obra “Llama Doble” de Octavio Paz, autor que estudia con riguroso método las bases del erotismo.

Sin caer en el paroxismo de las palabras en la evocación erótica, Taty Hernández teje un significativo poema, Transfixión -tal vez sea, de los tres citados, el que mejor exponga su visión sobre el erotismo- que transcribo a continuación: “Desnuda mi piel, / que tu aliento arrope mi templo, / que tu silueta vista mis sentidos.// Transpórtame al universo.// Desanda el amanecer / con la sensibilidad de tus dedos, / urge la búsqueda del goce y / la canción de mis quejidos.// Paséame en tu cuerpo.// Regocíjate en la comunión de mis colinas, / mientras danzamos / de vientre a vientre, / de palpitar en palpitar.// Oblicuamente en tus caderas. // Otorguémonos la vida, / que es transfixión / en la profundidad / regresante del deseo”.

La mujer cuenta con su voz, sus manos y vientre para lograr nuevas sendas. La mujer es mucho más que un cuerpo objeto de complacencias para el hombre. La mujer también puede ser artífice del presente y del mañana. Una de sus principales victorias es la de ser portadoras de unas entrañas con capacidad para alumbrar caminos nunca antes traillados: “Nuestras manos esculpen / quehaceres de puertas / nunca cerradas. // Nuestros vientres enjaulan semillas / frabricantes de caminos”.

La autora vuelve a exponer con elegancia su erotismo: “Te deseo en el grito soterrado de mis vellos.// Te regalaré dos plumas de colibrí que llevo en mi seno”. Y en Plegaria dice con vibrante fuerza: “Duerme en la aurora de mis quebradas.// En la locura de mis cuevas encenderé cocuyos / para iluminar tu partida / y despertarás en mi voz”.

Taty Hernández Durán en su primera obra “Temblor de la Espera” toca varios registros: el mítico (Xiguapa), el sensual (Balada para un cuerpo), el realista (Figra en el alba), el utópico (Mujeres-Pájaros) y el erótico (Transfixión, En grito soterrado de mis vellos y Plegaria).

Cuando latido, vida, nostalgia, soledad y erotismo se juntan en un mismo puerto, como sucede en Temblor de la espera, la poesía es la única que salva: “Busco la vida para no dormir la palabra”. De la vida depende la palabra, sino ésta es sólo muerte y nada más.

Temblor de la espera es una suerte de yacimiento creativo en la pluma de nuestra autora. Valoro positivamente el uso diáfano del lenguaje y la correspondencia de las imágenes con aquello que evocan.

Finalmente, Taty Hernández Durán asume el compromiso de atestiguar su paso por la poesía dominicana actual y lo hace con excelencia de quien diseña su propio porvenir.
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Localización tierra natal, República Dominicana