domingo, 5 de agosto de 2007

METAFÍSICA DE ARISTÓTELES

Por uno de esos impulsos del conocimiento –excúsenme la aparente pedantería- me leí este año 2003 la monumental metá tá physicá (Metafísica) de Aristóteles. Confieso que retrasé por más de quince años su lectura, no así la Metafísica de Heidegger la cual leí hace unos cuantos años.
No sé porqué tardé tanto en introducirme en la obra aristotélica –con otras obras suyas ya lo había hecho-, tal vez porque sabía de antemano que iba a entrar en un universo racional que me iba a dejar fuera de combate.
No es ociosa la afirmación de que la Metafísica de Aristóteles es el libro de todos los libros, algo así como el ADN de la filosofía de todos los tiempos.
Mi pretensión no es sino la de reseñar mi paso –fundamental para mí- por el mayor de los libros de filosofía.
Yo quería saber si, en efecto, Aristóteles podía demostrar la existencia de Dios. El habla te todo y razona todo progresivamente, hasta que al fin aterriza en lo que yo quería encontrar por mí mismo. Quería llegar, desde la filosofía, a lo que Martín Heidegger llama “instancia última”.
Aristóteles introduce su reflexión señalando las ciencias más comunes y las mejores. En su apuro demuestra que la ciencia mejor y más perfecta la posee Dios en grado sumo, que es causa y principio (Libro I, 10).
A la altura del Libro XII, después de muchas demostraciones lógicas, Aristóteles afirma: “Necesariamente tiene que haber alguna entidad eterna, inmóvil… Ha de haber un principio tal que su entidad sea acto. Además estas entidades han de ser inmateriales, puesto que son eternas” (Libro XII, 1071, 5-15).
Aristóteles sostiene que “hay algo que mueve siendo ello mismo inmóvil, estando en acto, eso no puede cambiar en ningún sentido… Se trata de algo que existe necesariamente, es perfecto, y de este modo es principio” (ídem, 1027, 5ss). En Dios hay vida, pues la actividad del entendimiento es vida y él se identifica con tal actividad. Y su actividad es, en sí misma, vida perfecta y eterna. Afirmamos, pues, –dice literalmente el sabio- “que Dios es un viviente eterno y perfecto. Así, pues, a Dios corresponde vivir una vida continua y eterna. Esto es, pues, Dios” (ídem, 1072, 25).
Lo más interesante de mi lectura ha sido haber recorrido la cátedra del sabio de Grecia, perdido a veces por la densidad conceptual, pero un verdadero deleite en búsqueda de la verdad y del conocimiento más profundo al que la razón humana puede aspirar: el metafísico y teológico.
Yo había estudiado las cinco vías de Santo Tomas de Aquino que, como se sabe, están inspiradas en Aristóteles, pero al fin tuve el placer de incursionar el inmenso pozo de la inteligencia del griego.

Contemplar la verdad suprema constituye para mí la mejor de los hallazgos de mi existencia y una de las razones por las que estoy dispuesto a dar la vida.
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