lunes, 6 de agosto de 2007

MORIR TODAVÍA, Giovanni Rodríguez


1. Introducción.
Morir Todavía (MT) es la primera obra poética de Giovanni Rodríguez publicada en Letra Negra, Guatemala, 2005. La obra está dividida en tres partes (Antes, Durante y Después) las cuales responden a una única unidad temática.
Desbrozaremos MT para ahondar en sus versos y en la trama que nos presenta su autor, no vista en la joven poesía hondureña de los últimos diez años o, al menos, de inicio de siglo veintiuno. Y me atrevería a decir que su voz brilla con singular fuerza. Esta afirmación se fundamenta en el hecho de que MT aborda un tema lineal.

El enfoque es una vertiente heredada de la estética interiorista porque aborda una veta de lo trascendente: la muerte. Esto lo vamos ver con ejemplos palpables. Con ello, aclaro, no introduzco la afirmación de que el autor sea interiorista en el presente, pero MT apunta a serlo. Si esto es verdad, como vamos a demostrar más abajo, tenemos transustanciada en Honduras, con frescura, la Poética Interior.


2. La angustia[1] y el tiempo: dos lados de una misma moneda.
En la primera parte de MT hay dos palabras que fluctúan con intensidad: la angustia y el tiempo. La primera es de carácter metafísico y la segunda de carácter inmanente. La angustia nace de lo hondo del alma al verse impelida por la muerte. La angustia es metafísica y toca las fibras más profundas del ser del poeta, quien trata de traducir su combate interior por medio de imágenes cautivadoras. La angustia se agudiza ante la muerte, que aboca, a su vez, a la nada. La pregunta fundamental que nos sale al paso sería: ¿existo para la muerte? O, ¿cómo puedo trascender la muerte? De otra manera, ¿cómo puedo superar la angustia ante la muerte, ante la nada? MT trata de responder a esas preguntas desde la poesía, es decir, de la palabra hecha imagen. La existencia angustiada sólo puede sobrepasar su estado situándose en la cumbre de la trascendencia, o sea, en la metà tà físiká. Lo podemos ver en “Miedo que padece de sí mismo”:
A tientas en lo oscuro,
Insinúo mi rostro en el espejo.
La mirada busca el ojo de su angustia
Y el gesto hace flotar
Su indómito animal de escalofríos.
Asomo una palabra
Y no vuelvo

Pero no sólo en el poema anterior se detecta el problema de la angustia ante la muerte. En “Retorno a la infancia” leemos: «Un viento, / envejecido, / naufraga en mi frente; / se oye, / desde mi piel, / pausado hacia adentro, / el chasquido de la muerte que gotea». Tal vez el ejemplo más agudo de la angustia –que está latente en todo el libro- lo encontramos en “Visión del moribundo”:

«No tardará la angustia en convocar al miedo,
En hacer caer la sombra de mi frente,
Crecerán los gritos:
Palabras agrietadas del alma,
Y aún así
Seguiré respirándome la vida,
Siendo hombre todavía,
Desde la raíz del aire,
Desde la agonía de estar vivo»

El tiempo, por otra parte, es el revés de la angustia. El poeta llega a descubrir la terrible verdad de estar de paso por el mundo. La conciencia de la finitud y la brevedad de nuestra estancia terrenal jalonan el interior del poeta: «La espera llena el alma de minutos, / las palabras, los ecos / deletrean su tiempo” (Visión del moribundo). «Que el tiempo, / ese animal infatigable devorador de hombres, / empiece a devorarme” (Antesala de la muerte).

El aeda se empeña en trascender lo tempóreo para curar la herida que le causa la finitud. Pero el anhelo de trascender el tiempo lo acorrala en el abismo de la muerte y de la nada. Y, al no poder dar el salto al vacío sin, por la consciencia de ser y de estar el mundo como existencia finita, le sale al paso la angustia. A mi juicio, esta es la causa que da lugar a MT, el cual fluye suavemente, deslumbra, provoca y deleita.


3. Simbología interiorista.
MT es una obra construida con imágenes y símbolos de la realidad trascendente, única vía para comunicar los estados interiores. El poeta usa imágenes y símbolos para comunicar su estado interior y sus heridas: «De tarde en tarde, / de sangre en sangre, / un hombre empieza / y otro aprieta las venas que dan al corazón / para tocarse el tiempo» (De tarde en tarde). La tarde acuna la noche; la sangre, la vida, el latido. La noche alberga el secreto mundo de la tumba, de la muerte. El corazón, en cambio, tiembla de vida, airoso, en un ritmo de sístole y diástole como tratando de conjurar la muerte.
El paso por el tiempo, la lenta caminata de los días y su inexorable fatiga, surcan los pensamientos del aeda: «Llevo días cansados en mi espalda,… Los llevo intactos, con el último gruido del sol / y la única pestaña de la muerte. // Vivo y viajo solo / con estos días cansados en mi espalda» (Atardeceres sin tregua).
El poeta utiliza los símbolos propios del interiorismo. A saber: sombra, noche, muerte, niebla, espejos, sol, ser, oscuridad, etc., para acercar lo impalpable y suprasensorial al lector: «Tarde, / un latido después, / llego a recoger mi sombra[2]» (Pasos antes de la muerte); «La niebla humedece las esquinas, / asfixia la mirada, / vuelve incierta la vida» (Medianoche).
El uso de la simbología interiorista o de la trascendencia es para, de alguna forma, descubrirnos la realidad (metafísica) que escapa a los sentidos: «Mi huella es tibia, / alguien se ha ido / con mi rostro / a escrutar lo eterno» (ídem). El poeta es testigo de una misteriosa presencia del Ser, la cual queda insinuada en los siguientes versos: «No sé quién viene leyendo mis pausas, / arrebatándome el aire / algo más que un grito; / no sé qué rumbo llevan esas hojas, / esas criaturas dormidas, / ¿acaso las empuja quien me espera» (Aniversario).
La dimensión interiorista de la poesía de MT enaltece la creación de este notable poeta que a ratos ausculta el misterio que se le descubre hasta en las cosas pequeñas de la creación: «Todo existe en las entrañas de sí mismo: / las hojas miran a sus propios huesos, / las flores no conocen / el color exacto de la noche» (Medianoche).
El poema “A una ventana[3]” es memorable. Lo transcribo tal cual para que se pueda apreciar en toda su profundidad.
¿De dónde vienes, Sol,
De qué cielo aún intacto por mis ojos
Sales a explicarme el día?
Yo que aún he de habitar la noche,
Víctima del frío,
Yo que tengo en la boca
Acumulados todos los silencios
No te creo,
Cómo creerte si lo destruyes todo,
Si en un grito de luz
Rompes los besos de los enamorados.
La noche es buena para ser amada,
En ella
Las sombras son más fieles a los cuerpos
Y yo estoy solo,
Hombre y sombra soy lo mismo,
Estoy solo,
No quiero sentir sobre mi rostro
El grito de toro día desvelado

El “pequeño dios” huidobriano es sólo una vana pretensión ante la muerte, que siempre llega: «Pequeño dios: / sobrevives otra noche / y cada verso / es una lágrima / que ha de beber tu muerte postergada» (Comunicación nocturna).

El símbolo más cotizado por el poeta es la noche, sobre todo en la primera parte del poemario. La muerte es negación de la claridad, de la vida. Es noche, tumba, lugar de sombras. En un intento de exorcizar la muerte, de negarla y reafirmarse en la vida el poeta descubre una luz. El contraste, sorpresivamente esperanzador, deviene con la aparición del Sol: «¿De dónde vienes, Sol, / de qué cielo aún intacto por mis ojos / sales a explicarme el día?» Sol que es una figura innombrada, acaso por innombrable, pero reconocida por el poeta.
Testigo de algo que no es tiempo el aeda se aventura a comunicarlo como novedad y como hallazgo, como si tratara de demostrar –de forma inconsciente claro- su compromiso con el arte: «Rescatado de mí, / piedra que sobrenada / el néctar de la eternidad, / deambulo equinoccional, remoto, hacia un mar que desvanece sus olas» (Debajo de todos los olvidos).

4. El miedo a la muerte, horror vacui.
Si la primera parte de MT es interesante, más lo es la segunda, porque en ella el poeta se descubre tal cual es, no un dios huidobriano, sino el simple mortal capaz de estremecerse, sufrir y temer la muerte: «padezco el frío de mis huesos»; «tengo miedo y mi rostro ya no grita» (Durante, III, IV). Hay en el libro una fuerte dosis de humanidad y sinceridad. En este sentido, “ser sincero es ser potente” como diría Rubén Darío.
Angustia, miedo, dolor, son palabras goznes, claves de la trama poética de MT, cuyo objeto no es sino el de descubrirnos que se trata, no de un miedo a la muerte natural, corporal, sino de la muerte en el orden suprasensorial o metafísico. De ahí que podamos inferir que MT articula una metafísica de la muerte, cuyo presupuesto básico es la angustia, es decir, el horror vacui de ir a parar a la nada, que es la muerte más vacía y absurda que se pueda pensar.
La secesión de los días, la cadena cotidiana y el costumbrismo mecánico que impone la sociedad de principios del siglo veintiuno, pretende hacer del género humano autómatas. Pero ese mismo aluvión de cosas ha hecho que aparezcan individuos capaces de trascender lo cotidiano, como es el caso de Giovanni Rodríguez, para dar un salto cualitativo hacia el sentido profundo de la existencia: «Busco el principio de la arena, / el sueño donde quedó la vida» (En el camino de los regresos perdidos). No resulta fácil atinar el rumbo porque se nos nubla la senda, sin embargo, el poeta lo intenta a toda costa: «soy el mismo que escribe el laberinto a los caminos» (ídem).
Pese a lo repetitivo de la vida, siempre tiene algo nuevo que nos sorprende. Siempre se puede llegar alto. La vida se hace necesaria, pero también la muerte como: «la muerte es innecesaria para serlo» (Conclusión).
Sólo el orbe sobrenatural, o sea, trascendente y metafísico queda libre de toda afección material. El poeta lo intuye. Salva para sí mismo ese único reino donde moran los ángeles: «Nada hay / en el ala del ángel / que deba transgredir con la palabra» (Autosilencio).
El germen originario de la vida subyace en las venas. Este hallazgo del yo profundo da una vuelta de timón al poemario y lo enrumba hacia la esperanza última del ser: «algo entre la sangre, (entre los afilados impulsos de la sangre, / antiguo galope de latidos… / la más reciente forma de estar vivo» (Hora de las horas que se van). La muerte, sea como noche, grito o espejo, no es más que una “circunstancia” orteguiana que se diluye: «Pero la muerte es sólo una sombra pasajera» (Otra vez la noche). Hay, pues, un germen de la vida en el hombre, pero no cabe duda de que «algo muere despacio / de luces y de sombras» (ídem).

5. Enraizamiento de MT en la tradición universal e hispanoamericana.
Cuando Giovanni Rodríguez me entregó el legajo de poemas de MT, tuve una fuerte impresión de estar ante un tipo de poesía con claros ribetes universales. Quiero decir que, sin forzar la comparación, MT es una obra con rasgos universales y, por ende, hispanoamericanos. Lo cual hace aún más importante la obra. Veremos abajo por qué.
La muerte, que sugestiona metafísicamente al poeta, trastoca su yo profundo y lo sitúa ante un panorama donde solamente se mira la muerte. Lo digo con Ovidio: “Adonde quiera que dirijo la mirada, no veo sino la imagen de la muerte, a la que temo en mi vacilación angustiosa y a la vez la invoco en mi temor[4]”. Francisco Quevedo también escribió algo semejante: “Y no hallé cosa en que poner los ojos / donde no viese imagen de mi muerte[5]”. Marco Aurelio dice de la muerte: “La muerte es el descanso de la impronta sensitiva, del impulso instintivo que nos mueve como títeres, de la evolución del pensamiento, del tributo que nos impone la carne[6]”.
El tema de la muerte ha cuestionado a hombre y mujeres de todas las épocas y culturas de todos los tiempos. Es un tema eminentemente universal. Nadie puede quedar inerme ante su venida. El poeta Giovanni Rodríguez nos ofrece su personal visión sobre el tema de la muerte. Así como ha habido poetas que han escrito sobre el amor, el joven poeta –y precisamente en una época en que, por el goce del momento, trata de ocultar el problema de la muerte- Rodríguez ha preferido tocar otra fibra que ataña y afecta a los hombres y mujeres.
Lo hace, no partiendo de cero, sino enraízado en la tradición hispanoamericana. Xavier Villaurrutia con su obra “Nostalgia de la muerte[7]” está de telón de fondo en “Morir Todavía”. Desconozco si el poeta ha leído a Villaurrutia. En cualquier caso, MT empalma prodigiosamente con la obra del célebre poeta mejicano. Comparando las dos obras, salvando el tiempo y las motivaciones, hallo un feliz paralelismo entre ambas. Villaurrutia, por su parte, asocia la noche con la muerte: “La noche vierte sobre nosotros su misterio, / / y algo nos dice que morir es despertar” (Nocturno miedo). La sombra –metasema interiorista- forma parte del léxico de “Morir Todavía” como hemos demotrado arriba, pero también lo es de “Nostalgia de la muerte”: “¿Será mía aquella sombra / sin cuerpo que va pasando?” (Nocturno grito). Los ejemplos podrían multiplicarse si hacemos un estudio comparado más pormenorizado de las dos obras, pero mi cometido no es ese como ya se sabe. De lo que no cabe duda es de que MT aborda la cuestión de la muerte desde una vertiente universal e hispanoamericana, no exenta de hallazgos y similitudes que, me figuro, son inconscientes e involuntarios. Si esto es así, el autor puede estar seguro de que ha empezado su historia literaria con buen pie.
Otro poeta mexicano, no menos importante, José Goroztiza, de la misma época de Villaurrutia, oborda también el tema de la muerte, pero desde otro ángulo, lógicamente. Su obra “Muerte sin fin” es una obra fundamental en la poesía mejicana del siglo veinte. Goroztiza se ve sacudido por el tiempo y la muerte, aspectos estos, como ya hemos visto, presentes en “Morir Todavía”. Aquejado por el tiempo escribe Goroztiza: “Es el tiempo de Dios que aflora un día, / que cae, nada más, madura, ocurre, / para tornar máñana por sorpresa… Es un vaso de tiempo que nos iza en sus azules botareles de aire y nos pone su máscara grandiosa”.
Su visión de la muerte no tiene fin, el poeta mejicano lo dice así de forma insuperable: “Largas cintas de cintas de sorpresas / que en un constante perecer enérgico, / en un morir absorto, / arrasan sin cesar su bella fábrica / hasta que –hijo de su misma muerte, / / gestado en la aridez de su escombros- / siente que su fatiga se fatiga… / muerte sin fin de una obstinada muerte, / sueño de garza anochecido a plomo / que cambia sí de pie, mas no de sueño, / que cambia sí la imagen, / mas no la doncellez de su osadía”
No sé, pero hallo en “Nostalgia de la muerte”, “Muerte sin fin” y “Morir Todavía” una feliz coincidencia, aunque nos parezca forzosa. Llamémosle intertextualidad, inconsciente literario o como querramos. Pero creo que estamos ante un fenómeno de la conciencia poética de cada autor. Unos en su tiempo, Villaurrutia y Goroztiza, y el otro, Rodríguez, en el suyo.[8] Este último, con prematura hondura, empezó a ser universal por cantar lo humano, la muerte.
[1] Cf. Heidegger, M., ¿Qué es la metafísica? Ed. Veinte, Buenos Aires, 1974, págs. 39-56.
[2] Los grandes poetas tienen amagos bellísimos de corte metafísico. Veamos a Borges: “Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte es fatigar las largas soledades / que tejen y destejen el Hades / y ansiar mi sangre y devorar mi muerte” (El laberinto).
[3] Este poema tiene un paralelo en el poema “Esta Ventana” del interiorista dominicano José Acosta. Asimismo hay un ensayo “Metafísica para una ventana” del también dominicano Pedro A. Valdez. El influjo del primero es incuestionable, ya que su obra fue leída y estudiada en la época (1998-1999) en que Giovanni Militaba en “Los Novísimos”.
[4] Publio Ovidio Nasón, Tristes, Libro I, 20-25.
[5] Francisco Quevedo, Heráclito cristiano, Sal. 17. vv. 13-14
[6] Marco Aurelio, Meditaciones, Libro VI, 28
[7] Javier Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, Ed. Yocoacán, México, 5ª ed. 2005.
[8]
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