martes, 31 de julio de 2007

VENUS EN EL CAMPO, José Adán Castelar

José Adán Castelar, Venus en el campo, ed. Pez Dulce, Tegucigalpa, 2000.
Este poemario escrito en el otoño del poeta, deja, en la primera lectura, una estela de goce y emoción estética. Algo así como el buen vino que se cata y luego se vuelve a probar, convencidos de que el vino añejo es doblemente bueno y grato al paladar.
Venus en el campo es un libro sencillo, sobrio y enternecedor. Su sencillez lírica contrasta con la maestría de su autor. No puedo eludir la referencia de “Poemas de la vida sencilla”, del clásico del siglo veinte español, José María Pemán.
El libro tiene dos partes: En Zoo Menor y Venus en el campo. En la primera, Castelar, concitado por la belleza y lirismo que despierta la flora y la fauna, (tierra, aldea, loros, árbol, zorzal, colibrí, gata, vaca, gallo, hormiga, cangrejo, zanates, etc.) elabora su material poético.
Zoo Menor es la música secreta y casi imperceptible. Castelar la oye con ternura, con empatía, como si escuchase una sinfonía de Bethoven. Menor quiere decir –no poco relieve- sino belleza, armonía, música escondida en cada elemento de la naturaleza: «El verano es recuerdo de tumbas / y exilios. Y una flor levanta / manos extinguidas. Rumor del agua, nombre del paisaje».
La precisión del bello decir es un logro que se alcanza cuando se peina canas. Castelar tiene la virtud de nombrar con poco, mucho: «Estaba llena de pájaros y carcos. // Pequeña, hoja o nube. Cabía / en un grito solitario» (La aldea).
La belleza y lirismo en nuestro aeda va unida a la palabra, no a cualquier palabra retórica, sino a la palabra poética que sale de su alma: «Y los sapos, en el agua / de los patos diurnos, croan su amor bajo la luna» (Nocturno); «Tiempo verde-montaña. / Estación / cuarteada por senderos… / Hojas amontonadas como años» (Loros).
La lectura de Venus en el campo nos lleva al abrevadero de la ternura cósmica: «Azahar de preguntas. / Quietud / que abraza.» (Arbol); «Entre las hojas que ocultan misterios… canta el zorzal» (El Zorzal); «Agitado por la naturaleza… / tiembla el colibrí en su rayo de prisma» (El colibrí).
El pasado vuelve a la memoria con una impresionante claridad: «También mi ayer es un argüir de alas» (El cuervo). Así como el pasado se redime al recordarlo, no es menos desgarrador saber que el presente tiene algo de nosotros mismos que se lleva a pedazos en sus garras: «he sufrido… por todo aquello que nos abandona sin explicación» (la cucaracha).
El famoso clarín de la mañana aún tiene algo que decirnos de la mano del poeta: «Donde cante un gallo, / allí viven / el hombre y el amor».
La poética de Venus en el campo es reposada y tranquila, a lo Gracilazo. Aún más, hay una impronta casi mística, por la contemplación de los seres diminutos.
Las cosas que toca el poeta transmuta verdad y belleza: «Flor contrahecha. / Huella de los astros errantes» (El cangrejo); Los zanates son la «miseria del vuelo que no tiene paisaje»; «Argén lejano, gris / marginal… / Y las vacas son la noche / pastando: de sus ubres cuelga / la estrella del lago» (Las vacas frente al lago).
En la segunda parte: Venus en el campo, cambia el ritmo el poemario. Pasa de lo bucólico a lo urbano e imaginativo. Sin embargo, el hilo conductor siempre sigue siendo el primero, el rural: «Derramada, sobre el lago, luce la noche» (Tiempos).
Nada le es ajeno al poeta, ni la luna en su delgadez: «con dulzura / hunde el cielo su ancla en mi pecho… Y como el pasado, / es memoria que oscila» (Medialuna).
Venus es la estrella «que miró Darío», cercana, que yace «temblando como un cisne, solitaria, baja». El poeta no sólo mira a Venus, sino que la compadece por su soledad abisal, por el frío que la sobrecoge y aturde en el cielo: «Allí está: y busca compañía, / algún pecho, / unas manos».
El poema La Sabana me trae a la memoria algunas metáforas del poeta dominicano Manuel del Cabral y también de Huidobro. Castelar escribe: «El caminante: una llama; / y el perro detrás, traspasado / por la sombra de vuelos». (La sabana). «Sobre el camino / un caballo que se va agrandando a medida que se aleja» (V. Huidobro).
La nota urbana es clara, pero es menos estimada por Castelar, acaso por hostil: «Venenos y trampas en los rumbos del día» (Tegucigalpa); «pobres mujeres vestidas por la llovizna, / ruidosos vendedores de baratijas… Fuentes secas. Voces enredadas en el miedo» (Tarde en el Parque Central); «Mi calle / es el vientre de la luna, / el mástil de las aves migrantes» (Avenida Jerez).
Pienso que los mejores poemas del libro son: Un lugar, Árbol, Ver, Vacas frente al lago; Medialuna, Venus en el campo, La sabana y caminante.
Las palabras: cirros, vencejos, trenes, cisne, dan un aire modernizante al poemario. Reflejan el andamiaje de la cultura universal y un claro ejemplo de dominio del castellano.
Finalmente, concluyo con los siguientes puntos valorativos: 1. El poeta utiliza un lenguaje lírico natural y diáfano, apenas si hay pose. 2. La constante referencia a los elementos de la naturaleza empalma con la ternura cósmica, es decir, la empatía con las cosas creadas. 3. Gran precisión en el uso de la palabra. 4. La pobreza y la miseria queda conscientemente sublimada en el conjunto de la obra. 5. La sencillez no se riñe con la belleza, lirismo y el buen gusto, aunque a veces hay destellos comunes y poco atractivos. 6. Hay más intensidad y gracia poética en los poemas menos descriptivos. 7. Preponderancia de lo bucólico en contraste con lo urbano. 8. Poesía de la madurez, apartada del arrebato irreflexivo.
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