martes, 31 de julio de 2007

APUNTES CRÍTICOS: Heber Sorto

Aquí les hago una entrega de mis apuntes críticos a uno de los poetas contemporáneos de Honduras, Héber Sorto, que promete, a todas luces, ser un poeta del pueblo. Su sensibilidad artística, su estilo llano y elegíaco hacen de él una figura acorde con los tiempos y con el sentir de sus paisanos.


CANTO NUESTRO

“Canto Nuestro”, de Héber Sorto, Ed. Universitaria, Tegucigalpa, Honduras, 2000. Canto nuestro alberga momentos importantes en la creación poética. Basta uno o dos poemas en una obra, que a fin de cuentas es lo que perdura en la memoria colectiva, para que un poeta se sienta afortunado.
Con seguridad, Sorto logra lo dicho en los poemas: Nostalgia de una infancia trascendente, Canto Nuestro y Viaje a la capital. Estos poemas, en el conjunto del poemario, son los que mejor revelan la calidad creadora de nuestro joven poeta.
En Nostalgia de una infancia trascendente, el poeta, apelado por el pasado, regresa a su mundo interior para salvar parte de su existencia. Como si el presente fuera para sí un desierto inhóspito en el cual la única fuente que le salva del tedio es el oasis de su infancia.
En la infancia reina la alegría, la ilusión y la capacidad de asombro ante la naturaleza y ante los acontecimientos vividos. Todo ese universo concita al Sorto y lo estremece de nostalgia.
He aquí el poema: “Si recordara los pasajes de mi infancia/ diría / que aún conservo en la hondura de los talones, / la sensación que causan las espinas.// También diría que conservo: / el legítimo tamaño de mi nombre, / la búsqueda de mi niñez ilusionada, / los sabios refranes de mi padre / y los tropeles de potros salvajes / bajo los cuales transito.// Los colores que el arco iris germina / después de una larga tormenta, / ese sentimiento que el elogio produce / cuando se es niño bajo un sol argumentado / en un paraíso indestructible / y las coplas que nos hablan de la muerte / con las palabras más dulces y tiernas, / se enredan en las cercas / de otra escuela/ y en los brazos de otros niños / con los que nunca estuve”.
El poema Canto Nuestro es un poema esencial en la obra de Sorto. Por varias razones: una porque es el fiel reflejo de la idiosincrasia hondureña, es decir, muestra el espectro de un pueblo paciente que, lejos de pretender vana grandeza, tiene su propia filosofía de la vida.
En este poema Sorto deja asentada su conciencia intelectual, su modo de percibir su mundo y su sociedad. No tolera las mentiras pintadas de verdad. Sabe de los desengaños de un país que, al fin y al cabo, vuelve a encontrarse consigo mismo.
Sorto preconiza que el hondureño no es rapaz ni es el resultado de una tierra mal habida y sombría. El final del poema descuella de forma inesperada. El poeta apunta a lo sacro de la hondureñidad: el amor.
“Dejemos para otros los volcanes / de la sabiduría, / nosotros nomos distintos: / una paciencia nos asiste. / La vida la entendemos simplemente. / La lluvia tardía y los frutos que caen / en el solar ajeno / sabemos que no son nuestros. / Vivimos rodeados de incontables espejismos / pero conocemos dónde encontrarnos / aferrados a la realidad. // No somos aves que sacan ojos en vez de peces, / no somos los frutos oscuros de esta tierra, / entre nosotros está el amor, / nada puede perdernos, / nada”.
“Viaje a la capital”, manifiesta un estado emocional del poeta: la nostalgia. Mientras viaja en autobús, el poeta queda atrapado por la nostalgia y la soledad, sus dos compañeras de viaje, del viaje de su vida. En mi opinión, el hallazgo poético reside en empalmar el correr, el viajar, con el correr de un arroyo, símbolo del correr del tiempo y de paso por la vida.
El poeta se ve a sí mismo en el correr del arroyo, pero con una diferencia capital: que al arroyo no le importa que queda atrás, y al ser humano sí. El arroyo no se inmuta ante lo que deja atrás, pero sí el poeta. Este contraste es lo que universaliza, de repente, el poema “Viaje a la capital”.
Una constante en Héber Sorto, que encontramos en el conjunto de su obra, es la soledad y la nostalgia. La combinación de ambas suponen para el aeda un desgarramiento dolosoroso.
Desasido de lo que más quiere, indefenso en su peregrinar, busca en su memoria una lo que califico de “razón poética” para subsistir durante su viaje, que, posiblemente, dure toda la vida. Viaje a la capital es en realidad un viaje al propio yo, a un yo elegíaco que pervive gracias a la poesía.
“Viaje a la capital: No estoy a gusto / atrás quedan las manos agotadas de mamá / las alargadas casas, aún sostenidas / en los flancos de la calle en que crecí / invadiendo los almacenes del sueño, / rescatándolos, / aferrándolos a mis conquistas. / Atrás dejo una historia, / un cielo pequeño, / un viento de ciudad que no descansa / hermanos que me esperan, / talleres acelerados, / puentes en construcción. / El autobús avanza; / se hunde en sus razones. / En mi interior la nostalgia escribe. / Un arroyo puede correr y correr / sin darle importancia a lo que deja / los hombres no, los hombres tenemos nostalgia. / La soledad va de mi brazo / su rostro es amplio y encorvado / como una rótula enorme. / Todo es ausente y doloroso, todo, en el transcurso de este viaje”.

ARTE POÉTICA

Arte Poética tiene dos partes, las cuales están interrumpidas tan sólo por un suspiro para continuar la lectura hasta el final de la misma. En la primera parte el poeta se refugia bajo la acacia de la poesía, pues “la poesía es una acacia”, en la que se resguardan los alados pensamientos y las emociones del creador, como aves migratorias que, en catervas, arriban y vuelan bulliciosas. A este árbol viene el poeta a tocar la lira orfeica.
Es, precisamente, bajo este árbol donde el poeta quiere tocar fondo en lo concerniente a la búsqueda de la belleza, yendo por caminos en los que se requiere ir desbrozando todos los obstáculos con tenaz bizarría: “conocer el fondo por insistencia, no por raíces”.
Ávido de la imagen poética, en esencia, del “arte poética”, Héber Sorto, transido de fértil palabra, acarrea su imaginación hasta atraparla en un ángulo sonoro. De ahí su insistencia por “perseguir los versos que huyen como océano”. Esa persecución le trae una dulce recompensa: “sembrar una lámpara para que nazca la luz”.
Se aprecia, sin embargo, en Héber, una cierta reminiscencia, loable por su vinculación con la tradición literaria, referente a los clásicos. La fugacidad de las cosas, la transitoriedad conmueve el alma del poeta: “Todo fluye”, Heráclito; “todo pasa y todo queda”, Antonio Machado; “todo pasa, todo transcurre”, dice el poeta que nos ocupa.
Esta inquietud se prolonga a lo largo de la primera parte y, de forma subterránea, en la segunda. Una de las claves de lectura del poemario es el tiempo. El tiempo, tal como lo concibe Sorto, no es un tiempo que confronta lo temporal con lo eterno, ni es una pregunta que lo aboca al ser o a la nada, al estilo heideggeriano; ni es, en definitiva, un cronómetro que le crea angustia y le aboca a la experiencia cercana de la muerte.
El poeta es ese tiempo que, mientras tiene sentido de vivir en el mundo, teje el poema para curar la herida de su temporalidad. Digamos como que querría permanecer en el tiempo, pero en la poesía. El tiempo, es decir, el poeta, “habla, escribe, siente cómo la sangre se desborda / sin salirse de su centro”.
Sencillamente el tiempo es un “poeta que teje un océano para los peces sin estanque”.
Sin embargo, el tiempo para nuestro joven poeta, como en todo poeta que vislumbra un tiempo sin tiempo, que mira al través de su espejo, es la antesala de otro tiempo: la eternidad, lugar donde volverá a nacer sin relojes: “hasta que el tiempo llegue a su nuevo nacimiento”.
Hay, además, un tiempo que es memoria del pasado, de lo vivido, de lo perdido: “los garabatos del árbol de enfrente, los sobresaltos, / los postes del alumbrado que nunca descansan, / los años que suben / por las manos, por las memorias del destiempo, / esta casa que golpea en todas partes... / la ventana abandonada al doblar la esquina, / las aceras, los muros”.
El tiempo pasado, nostalgia que rescata lo lejano, concita al poeta. El poeta regresa, desde la memoria, a salvar aquel pasado con la poesía: “regreso a esta casa... / El cuarto tiene las uñas largas, / de todos lados salen los recuerdos y se entrechocan por abrazarme”.
El tiempo, en suma, es la piedra sacrificial sobre la cual se inmola el yo del poeta, quien deja como testamento estos versos: “sólo quiero esconderme en una sala de cuna, / en el río que transcurro”.
La segunda parte, está vertebrada por un tipo de neorromanticismo. Sorto se recrea pensando en la mujer que ama: “ella y yo estuvimos / como el agua que une las hojas en el arroyo”. Esta es una imagen llena de emoción y de una fuerza poética intensísima.
La figura femenina acorrala la sensibilidad de Sorto: “mujer, tu transparencia no cabe en los espejos”. Es como si el poeta quisiera divinizar, como Dante a Beatriz, a la mujer que ha idealizado.
La mujer que sueña el poeta es como una araña (Penélope en la Odisea) que teje y desteje con su belleza las tiernas trampas de la seducción: “aquella mujer introdujo su cuerpo en el traje de araña”; “tengo prisa por regresar a tu boca, a tu pelo... / si no regreso a tu boca y a tu pelo, / nada es bueno”.
La juventud despierta de Sorto, bulle y arde de pasión: “te besaré en silencio / para que el río no suene, / ni las piedras”. Estos versos rezuman una candidez asombrosa y una inmensa erupción ocultada en el silencio.
Su pensamiento, como un pájaro prisionero en su jaula, espera la llamada de quien le obsesiona: “tu voz en el teléfono, / a la una de la tarde, / tiene frío en los labios”.
La consumación del amor acabará engendrando un nuevo fruto: “alguna vez, como las ciruelas, tendrás una semilla / en tu vientre”.
El poeta, que vive la primavera de la juventud, antes de que le llegue el otoño, lejano aún, tiene la visión apriorística de esta ineludible realidad: “siento la caída de la última hoja”. También ese otoño anticipa al lector el cese de su lira, de su palabra.
Impulsado por la misma fuerza creadora nuestro autor logra el clímax poético con estos versos alentados por una vivaz imaginación: “para que el río siga muriéndose en el mar / y el mar se incline al cielo”, lugar de la divinización y eternización de las criaturas; donde todo adquiere plenitud.
La obra de Heber Sorto, Arte Poética, se circunscribe en un tipo de poesía que oso denominar con la más vanguardista corriente española, “Poesía de la Experiencia”, de la cotidianeidad, del acontecer de la realidad común.
Arte Poética es una magnífica obra que entronca a su autor en un peldaño de la literatura actual hondureña. Sin embargo, hay en ella momentos de baja intensidad poética, especialmente en la primera parte, al inicio de la misma. A veces peca de “prosaísmo”.
El título no corresponde con la unidad y totalidad del libro y el romanticismo le resta originalidad temática a la segunda parte. Buen libro de poesía. Los jóvenes hallarán en él una clara referencia y empatía emocional. Esperamos el siguiente.


LA VENTANA
Héber Sorto ha escrito LA VENTANA (Ed. Casablanca /Pez Dulce, 2001). La VENTANA es, tal vez, la obra más sólida, a mi entender de las publicadas por Sorto. En ella hay momentos poéticos muy bien logrados. Esta obra es ya un definitivo aterrizaje al mundo de la madurez creadora de su autor.
Les comento, a modo de tertulia, que el evento estuvo afectivamente bien cubierto. Héber se sintió, tengo la certeza, como en casa, debido a que estuvo rodeado de numerosas personas que estamos siguiendo muy de cerca sus pasos hacia la definitiva consagración a la poesía.
En mi agenda tuve la feliz oportunidad de atrapar durante la presentación de LA VENTANA valiosas ideas –y otras que luego me formé con la lectura minuciosa del poemario- acerca de la obra y de la persona de Héber Sorto.
Las comparto con todos ustedes con miras a un mayor conocimiento de uno de los jóvenes poetas hondureños con visos de lograr una buena obra con los años. La poesía de Sorto en La VENTANA es alusiva, realista y enumérica.
El poeta recitó los poemas: Episodio, Ventana, En estos días, Pequeñez y Homenaje. Noté intuitivamente en la nueva poesía de Héber un cambio, acaso un salto cualitativo, respecto a sus libros anteriores.
La clave está en que la obra anterior a LA VENTANA estaba ribeteada por un tipo de poesía amorosa, aunque ya destellaba en ella lo que hoy vemos con claridad meridional: el desgarramiento interior a causa del tiempo que le ha tocado vivir al poeta: “El horizonte llora de espaldas como el océano, / que los niños golpean el río para deshacer las tormentas”.
Para ser más precisos, la poesía de Héber está injertada en y a su tiempo. Dicho de otro modo, poesía y tiempo confluyen en Héber sin repelerse. En este sentido, su poesía es una poesía de la identificación. Su visión del mundo está tácitamente ligada al sentir de la gente de su tiempo, la cual vive una realidad caótica: “hay peores cosas que ser triste en los jardines”; “la fábula es lo que he vivido / y el lado roto de la vida, lo que crece”.
Otra nota fundamental en la obra Sorto es la insistente preocupación por la muerte, la cual le arroja con dureza a la misma realidad contemporánea que lo concita, existencialmente, a nombrarla con el bello decir: “La muerte viene sin lágrimas / hacia un territorio minado de fragilidades”.
En LA VENTANA Héber ensaya a conjugar el ritmo al modo arterial de sístole y diástole, esto es, procura que la emoción poética que lo arrebata desde el primer verso, refleje la voz interior y el tono personal, al tiempo que juega con las palabras que al lector común satisfará.
El escritor Armando García aseveró en la presentación de LA VENTANA que los versos de Héber, eran "versos temerosos de la historia, hechos con vergüenza", es decir, como quien sabe que será enjuiciado por lo que hace y escribe. No se equivocó Armando.
El prólogo del libro tiene muy buenas intenciones, y pocas razones. Otro aspecto frágil de LA VENTANA es que se presenta como una "breve-antología", cuando en realidad lo que ha hecho el autor es insertar unos cuantos poemas sueltos de sus libros anteriores. Además, las antologías, breves o no, las hace otra persona ajena al autor.
En síntesis, en la poesía desgarrada de Héber hay una evolución sustantiva: el paso del placer como fuente de inspiración, al dolor de la realidad, a la tragedia de su tiempo. Esto es una muestra palpable la madurez humana de nuestro poeta. Aún más, significa que hay una mayor profundidad en la percepción de la realidad y los acontecimientos de la época.
En Héber Sorto tenemos a un poeta de la cotidianidad, esto es, técnicamente hablando, a un creador que podemos situar en la Poesía de la Experiencia.


CABALLOS MARCHITOS

La nueva obra poética de Héber Sorto, Caballos Marchitos, Central Impresora, 2004, San Pedro Sula, Honduras, retoma la temática creativa de sus pasadas publicaciones: Canto Nuestro, (1994); La última mejilla del horizonte (1997); y Arte Poética, (Ediciones Paradiso, 2000).
Tristeza e infancia constituyen la sístole y diástole de la poesía sortiana. El niño agazapado galopa a caballo paciendo versos: «Los potros de la tarde comen hierba / y la música triste se convierte en río».
El poeta consolida una lírica nutrida por la naturaleza: El viento, el zunzun de las abejas y el jolgorio de los pájaros lo atraen al «ruido vital de tus raíces».
En el hombre hay algo que pasa y algo que queda. El pasado regresa a la memoria sensible como en una resurrección de la primeras experiencias de la vida: el hombre «se busca en los envases vacíos del tiempo». La nostalgia es esa sombra que envuelve al hombre, al ser humano. El tiempo no pasa en balde, queda su rescoldo ardiendo en los recuerdos.
El hombre de la urbe transita por las calles y se encuentra con los peatones, lámparas, reflectores y bombillas. Las heridas y los cansancios, cónsones de modernidad, abruman: «Los peatones que pasan con la herida planta del amor».
Tenemos que experimentar la soledad a veces con dolor, porque, aunque somos seres sensibles y nos realizamos en relación con un tú, con los otros, no estamos exentos de vivir con dolor: «Ni el mar, ni la montaña, / un río. / Sólo mi sombra, y me duele».
El binomio muerte-vida aparece inexorable en la conciencia poética de nuestro autor: «La muerte viene sin lágrimas / a un territorio minado de fragilidades»; «La vida es una gota cayendo en el centro del océano».
El tono vallejiano, o sea, elegíaco, hace más perceptible la vivencia del poeta Héber Sorto: «La tristeza montada en su caballo / viene con mi voz doblada bajo el brazo».
De suyo el hombre anhela un mundo nuevo, por eso lucha, crea y sueña, pero resulta que tarda en llegar la utopía. Entonces uno cae en la cuenta de que «Aquí no hay nada, no existe nada», salvo dolor e impaciencia: «La fábula es lo que he vivido / y el lado roto de la vida, lo que crece».
En un país doliente como Honduras, en el cual la esperanza avanza en medio de la crisis, Sorto iza su poesía para atestiguar su paso por el tiempo, su tiempo. Al poeta le duele la tala de árboles, la sangre vertida, la situación de los pobres descalzos, el abandono, la tristeza colectiva: «Nada de lo suficientemente visto puede sorprenderte».
El padre y el hijo, ya adulto, se acercan. La vía de aproximación es el recuerdo. El tono elegíaco en la creación sortiana atrapa al lector, pues es característico de nuestro poeta el gemido del alma: «Tenía la piel llena de hilos oscuros y membranas empezaron a volar las cenizas / de mis viejas fogatas… miré la lluvia peinando las calles…, mis caballos marchitos / habían vuelto».
El quehacer poético sortiano está tamizado por el dato urbano: «La vida pasa: va en bicicleta, en autobuses, a pie, con bastón, cojeando; pero va apurada». No es la primera vez que afirmo que la poesía de Héber Sorto está muy ligada a la Poesía de la Experiencia, esto es, a la poesía cotidiana. Este es un dato que no podemos obviar en la creación de nuestro joven poeta. A caballo entre la impronta elegíaca están sus mejores versos: «Voces descarriadas que cabalgan desde afuera… la quebrada que baja con bastón por la montaña».
Caballos Marchitos dice mucho de Sorto, pero más de su país: «Todas las mañanas / este país abre los ojos / y se echa a rodar / calle abajo»; «Por qué amamos la tierra en que nacemos / aunque tenga una rata muerta en la memoria?». Este apego a la tierra, como pasó a Pablo Neruda, es lo que universaliza lo particular. Cuanto más arraigada esté la poesía, más global es. Este puede ser el caso de la poesía de Sorto.
Para César Vallejo la figura de la madre es fundamental. Algo hay de esto en Caballos Marchitos: «Mi madre, rosa de hierro, me lleva de la mano». La indefensión del hijo contrasta con la seguridad que le imprime la madre. El poeta ve alejarse la etapa en que la madre lo llevaba de la mano y siente que «El viento, con los ojos rotos, sigue a caballo». El viento se lleva todo, pero no la infancia.
La fuente principal que concita la vocación poética de Sorto es, sin duda, la infancia. Hay en ella muchas vivencias y remembranzas que pujan por salir. De ahí el constante trote de los caballos de sus recuerdos. El poeta tiene que explotar ese yacimiento, es decir, debe quemar esta etapa que, de seguro, le llevará a una poesía que converja con las percepciones de la madurez.
Pienso que nuestro poeta, insisto en su juventud, aún está en búsqueda de su propia voz. Primero tiene que agotar la poesía de reminiscencia, para entrar de lleno a un tipo de poesía cónsone con su yo actual: «Crecí imaginando mariposas»; «A la edad de once años hacer un papalote / ni ser bueno ante la lágrima / que venía en busca de mi ojo».
Juicio crítico: Como el oro cedaceado en los ríos es la poesía de Caballos Marchitos. Esto es, el poeta nos sorprende con imágenes notablemente bellas y bien trabajadas: «La luz se inclina para cruzar los charcos»; «El hombre se busca en los envases del tiempo»; «El ciego cruza la calle para llegar a muchos ojos»; «La quebrada que baja con bastón de la montaña»; «Ninguna llave podría abrir o cerrar un gesto». De otro lado, hay otro tipo de imágenes que demuestran un forzoso intento –pose innecesario- por poetizar: «Aquí gatea la poesía»; «Árbol con aves en la cabeza»; «Los músculos del alma»; «Los pétalos de la luna»; «La corona de los ojos de la noche».
Sorto tiene una gran cualidad: el uso natural de la palabra. A ello hay que sumar la frescura de sus imágenes más logradas. Le hace falta balancear poéticamente el uso de imágenes que realmente expresen lo que siente y experimenta. Su lírica, más que intelectual y chispeante, como es el caso de Fabricio Estrada, -contemporáneo suyo- se consolida en la línea vallejiana. Caballos Marchitos es aún semilla de la obra cumbre de nuestro poeta.
Nota: hay unos errores notorios que se deben al descuido de edición: Ver en “Estos días” (pág. 22) el gerundio “alcanzando” está fuera de lugar. “Tembloroso y amable” aparece simultáneamente en los poemas “Mis caballos marchitos” (pág. 23) y “Ausencia” (pág. 24). Creo que es una repetición innecesaria y más si están uno después del otro. Finalmente, en el poema “Como en otras ocasiones” pág. 46) aparece un temible error de tecla: “Resvalan”/ resbalan.

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