martes, 31 de julio de 2007

CUERPO DE JUGUETE, Rubén Berríos

En este nuevo libro de literatura infantil, Cuerpo de Juguete, de Rubén Berríos, volvemos a encontrar a un autor consumado en su vocación de escritor de lectores pequeños. Cada texto o poema está precedido por un dibujo atractivo del pintor Juan Ramón Laínez.Como en Papalote, Berríos vuelve a tocar en Cuerpo de Juguete el género poético infantil. A mi juicio sólo algunas personas, siendo adultas, tienen la habilidad, la creatividad y el “sentido infantil” –capacidad de abstracción de los elementos de la sicología y mundo de la primavera de la sociedad, la niñez- para traer al papel experiencias y emociones impactantes.Hay cinco ejes en este nuevo trabajo de Rubén Berríos, los cuales pueden permitir una clave de lectura, una manera concreta tanto para interpretar Cuerpo de Juguete como para acercarnos a aquellas inquietudes principales del autor que son, en definitiva, el mensaje que quiere comunicar a sus pequeños grandes lectores.Dichos ejes son: la ternura, la naturaleza, el heroísmo, el divertimento y el drama de la vida real. Vamos a comentar cada punto, con ejemplos incluidos, para que sea una auténtica lectura.
1. La ternura. Inmerso en la condición paternomaternal nuestro autor, abstraído por la dimensión corpórea del niño pequeño escribe: “Y cuando / mi pequeño / no se quiere dormir / tomo sus manos / beso su frente. / Fugaz recorro / su cuerpo de juguete / y le canto al oído” (Cuerpo de juguete).Berríos atrapa momentos dulcísimos y tiernos entre el niño y la madre, instantes de felicidad y emoción que nacen de un beso y un abrazo. Es impresionante imaginar el abrazo de amor inabarcable y el beso totalizante de la madre: “Cuando te abrazo, / Mamá, / poso mis manos / en la cintura del mundo. / Cuando me besas, / todos los niños, / todos los niños del globo, / juntan sus labios / para besarme” (Mamá).Berríos elabora una simpática letrilla para dormir a una niña. Introduce los elementos de la noche (luceros, luna, estrellas) para crear una atmósfera tranquila. También introduce elementos naturales de suma simpatía y atracción infantil: mariposa, palomita, flores. Veamos: “Duerme, / mi mariposa, / mi ajonjolí. // Descansa, / Palomita, / mi flor de hicaco. / Las niñas amanecen / entre las flores” (Canción de cuna).
2. La naturaleza. El poeta infantil, Berríos, acude al mundo natural para despertar la imaginación infantil por medio de imágenes plurisignificativas que la mente percibe sin necesidad de razonamientos.En el poema “Camellos verdes” los cocos adquieren atributos humanos: el llorar de los niños. El toque final no pudo se menos brillante y poético: “En sus cuerpos de almendra, / dulce manantial / navega”.Un dato esencial en el mundo imaginario de Berríos es la sospecha de que los animales sueñan, como los niños. Esta intuición lleva al autor a comparar los sueños de los niños con los de los venados. El venado, aunque es de monte, se acerca al niño como un peluche, como un juguete. Come, huele y sueña como un niño. “Una rama de peces, / remolino de luz, / es el venado cuando sueña” (El venado).La naturaleza es sorprendente, misteriosa y tierna. El coqueteo amoroso del viento y las palmaras –recreación empática de los elementos cósmicos- es una danza que exhibe la armonía y simpatía de las cosas creadas: “Las palmas / acarician / el rostro / vacilante / del viento” (Las palmas y el viento”.En todos los textos que enfatizan el mundo natural, hay un esbozo de “empatía cósmica”, es decir, una vital comunicación entre autor y las criaturas. Dicho con otras palabras, hay una relación emocional que hermana al autor con las cosas creadas: “Dinosaurios pequeños, / en sus ojos se anida / la ternura de un niño” (Las iguanas).
3. El heroísmo. Quienes conocen los textos “Caracol de cristal”, “Canción de mar y canela” y “Papalote” –todos de nuestro autor- sabrán que el tema heroico no aparece allí. Es original y nunca nicho. Incluyo el enfoque. Estamos ante un texto muy importante. A un adulto, por ejemplo, la estatua de Morazán, su espada y su caballo le recuerda cuán arduas luchas y batallas debió afrontar el héroe. Para una adulto, la estatua de Morazán le infunde respeto y admiración; jamás se le ocurriría profanarla.En cambio, un niño quisiera ser Morazán, tener su caballo y su espada para jugar con otros niños. Este concepto que introduce Berríos es muy valioso porque el héroe, aunque lo es en verdad, se encarna en la fantasía de un niño. Berríos rescata al prócer, lo revive. Y este es su aporte.El niño admira la estatua de Morazán y su corcel, pero los desea, no para ser un héroe, sino para divertirse, jugar y entretenerse: “Desde tu bronce, / Morazán, / nos miras. / Tus sueños, / Morazán, nos iluminan. / Dame tu bronce, Morazán, / dame tu espada / y déjame jugar con tu caballo” (Dame tu espada, Morazán).
4. El divertimento. Con cuarta manera de allegarse a la mentalidad de los niños y niñas, Berríos, nos lleva al terreno de lo festivo, lúdico y artístico. A modo de canción escribe: “La Luna, / niña pequeña, / camino con pies de plata. // Niña pequeña, / la Luna, camina con pies de espuma, / con la brisa de sus manos / va soltando los luceros” (La barca del cielo).De toda situación los niños pueden sacar partido, inclusive el niño que hay en Berríos, cuando, al percatarse de la alegría de una niña que sonríe, escribe: “Y en tus labios / de fiesta, / mi pequeña, / se enciende para siempre / la sandía” (Coplas).El retozo con las palabras es característico de “Papalote”, pero, de soslayo, también aparece aquí con una divertida canción: “Arroz, / caracol, / perejil, / zacate de limón. / Mi niña, yo pienso en ti” (Canción para mi niña).
5. El drama de la vida real. Berríos es consciente de que la violencia doméstica y social, forma parte, querida o no de la misma vida de la niñez de Honduras y de cualquier parte del mundo. Es decir, los niños no sólo juegan y se divierten, también sufren el drama de un mundo que los utiliza y los maltrata. Este dato es también fundamental en la literatura infantil de nuestro autor.El poema “Paloma” asciende gradualmente de forma desgarradora. El niño que gozaba de su infancia, se torna elegíaco. Después de la tragedia, la fantasía se vuelve pesadilla. Nunca se vuelve a ser niño después de ser destazado. El poema es una crítica a la perversa acción de una sociedad que detesta el asesinato, pero que los tolera, aunque secretamente, para su provecho. Se trata del tráfico de órganos de niños: “Yo era un niño / pequeño, / paloma, / luz, / venado de alegría... // Dispersaron mi cuerpo / traficantes de niños”. Berríos, un hombre de paz, contrapone el sentido de las armas para que los niños las usen, no como lo hacen los adultos, sino para lo que los niños las quisieran: “Las armas / se callaron / para siempre. / En el acto los Niños y las Niñas / las llenaron de pájaros, / estrellas / y muñecas. Las colmaron de amor” (Niños y armas).Si las armas pueden ser domesticas por la fantasía infantil, no así la guerra destructora. El drama de la guerra es, tal vez, uno de los que más afectan a cualquier ser humano. Y no digamos a los niños. Extrañamente, Berríos nos lleva al abrevadero de esta terrible verdad del mundo en que vivimos como para que caigamos en la cuenta de que en una guerra se hacen cenizas, no solamente los edificios, sino también los cuerpos de los niños.Concitado por la guerra de Irak, y por ende, por el dolor de los niños que miran la hostilidad humana, Berríos, como un ave herida escribe: “Los niños ya no juegan, / ya no sueñan, / ya no cantan. No pintan las líneas de los países... Los niños ya no abrazan los luceros / ni les cubren los ojos / con sus manos amigas... Los niños dejaron de ser niños... desde que los Halcones Rubios / los convirtieron en cenizas en Irak” (Los niños en Irak).Hasta aquí hemos visto cinco momentos de “Cuerpo de juguete” que, obviamente, no agotan una lectura más minuciosa y crítica. No obstante, para que nos hagamos una idea concreta, los ejes señalados, a saber: la ternura, la naturaleza, el heroísmo, el divertimento y el drama de la vida real nos permitirán leer con otros ojos un libro que parece simple, pero que está lleno de significados.


EL CARACOL DE CRISTAL

La portada de este impecable libro de cuentos para niños, El Caracol de Cristal, (Educa, Costa Rica, 1998), constituye la antesala de un mundo deslumbrante y fantástico.
El Caracol de Cristal es una obra fruto de la madurez, como la de su autor, Rubén Berríos; obra que muestra una actitud literaria vital, vigorosa y sublime.
La presentación, diagramación, así como los dibujos (auténtica obra de arte) realzan el contenido de los cuentos, todos brillantes.
Asimismo, los dibujos acercan al lector, especialmente a los niños ( y a los que tienen alma como los niños) al territorio inventado por Berríos, al sueño quimérico, fabuloso de los pájaros y las arañas.
Berríos es un maestro que concentra lo mucho en lo poco, es decir, en pocas palabras dice, porque provoca la imaginación del lector, más que lo que significan las palabras mismas. Ahí radica, a mi juicio, su genio.
Nuestro autor, alma de ángel, alma de niño grande, se apoya en los elementos naturales: pájaros, arañas, caracoles, cangrejos, etcétera, para llenarlos de ternura, de una ternura sobrenatural.
En el cuento “El pájaro de pico de oro”, podemos percibir lo anteriormente dicho: “en su cantar alegre nacía la mañana..., su trino era el más bello de la tierra”. Hay en estas palabras creativas una impronta angelical que transporta al lector a percibir con el alma el nacimiento luminoso del día.
Berríos logra, y esta es su cualidad más saliente, que haya amanecer en los gorjeos de una delicada avecilla. Increíble delicadeza que hace que unas palabras alumbren un nuevo día.
Los cuentos de Rubén Berríos son fábulas dulces, delicadas y de vibrante intensidad. Asombra imaginar y hasta ver, cómo un puñado de cortas líneas de clásica noción (enunciado, nudo y desenlace) queda perfectamente logrado en cada cuento. “El sueño de la araña” y “El caballito de san Juan”, ilustran lo que acabamos de afirmar.
Hay, en El Caracol de Cristal, cuentos impregnados de buen humor y divertimento. Reír a mandíbula batiente es propio de los seres humanos. Véase El gallito y su pantalón apretado y La boda de plata. Son deliciosas sus narraciones.
Otros cuentos son tan breves como estrellas fugaces, mas no por ello dejan de tener la belleza y el encanto.
A modo de exégesis o interpretación del cuento que hace honor al título de la obra que nos ocupa, El Caracol de Cristal, querría extraer algunas ideas de interés para el lector. Porque creo que es un cuento antológico, escrito con un lenguaje impecable, de perlas. Condimentado con elementos claves de la cultura hondureña: el maíz y el caracol.
El Caracol de cristal no es sino el espejo del alma de Berríos, el espejo de su imaginación. En él expresa las emociones de un niño sensible, que gusta jugar mables, como a todos los que fuimos niños y disfrutamos de ese absorbente, entretenedor y lindo juego.
El niño de El caracol de cristal es un niño silvestre, es decir, rural, campesino, pariente de agricultores. Acaso Berríos retrate su infancia en este pasaje sustancioso.
El niño, que es en realidad el niño que lleva Berríos dentro, y que es él mismo, se admira en el sentido místico, poético o nirvánico de la palabra. El niño posee la capacidad de la sorpresa, del asombro. Sólo quien posee esta virtud puede entablar un diálogo con la naturaleza y los seres que la pueblan.
Esta cualidad es propia de las personas con un alto índice de autorrealización y de felicidad. De seres humanizados y humanizantes, de los que sabemos que jamás serán enemigos de la Creación de Dios.
No todos los niños tienen la virtud de contemplar un caracol de cristal y acercársele con los ojos sorprendidos y la boca paralizada por un suspiro maravilloso, y entrar en él hasta viajar por un espacio infinito e insólito.
El niño escucha el rumor del mar al aproximarse el caracol de cristal. La experiencia de Berríos queda fantásticamente esbozada en este pasaje. Resalta poética y sublimemente el pasado vivido.
El autor asocia el murmullo de las olas con uno de los momentos felices de su vida. El vuelo de las gaviotas representa el vuelo de la imaginación hacia un mundo maravilloso y fantástico que sublima la realidad circundante.
Hay un deseo, que es un profundo anhelo, de que el mundo llegue a ser lo que fue: el paraíso perdido y orinal. Dicho de otro modo, cuando Berríos fabula e imagina lo hace en virtud de un deseo inconsciente de regresar al génesis de creacional, lo cual constituye un esfuerzo por trascender la temporalidad.
El Caracol de cristal, extrañamente, habla con el niño. ¿En qué idioma? ¿en el que imagina, sueña o inventa el pequeño? Lo cierto es que hay una fusión suprasensorial entre el caracol, que es como otro niño, por su tamaño y preferencias, y el verdadero niño que palpita en el alma del artista.
El diálogo que se desata entre El caracol de cristal y el pequeño, enciende con la claridad de los espejos, una amistad instantánea. El valor de la amistad resaltada en este antologable cuento es análoga a la estableció el Principito y el lobo, según la pequeña y eterna obra de Antoine de Eixuperie.
Berríos, el niño del cuento, viaja por espacios divinos, eternos, aunque momentáneos, y navega en barquitos de papel sin hundirse en el fondo del mar, excepto en el océano de la completud de la inocencia y el éxtasis en el que se sumen los niños cuando juegan.
El mar, como a Ulises Laertíada, transporta al niño hacia la Isla del sueño. Sólo viajando hacia el interior del caracol de cristal podremos llegar a la onírica isla del goce pleno, al lugar donde todos decimos, atónitos, ¿será un sueño?
Este cuento es una llamada a entrar al interior del caracol de nuestra alma, lugar desde donde la persona humana podrá resurgir al encuentro con la naturaleza, en empatía con el entorno y el cosmos.
La experiencia sublime del niño en su andadura por el laberinto de El Caracol de cristal es breve, como todos los eternos instantes. Y esto es así porque en lo temporal, lo eterno tan sólo es un suspiro, un relámpago de miel, un corto sueño que querríamos fuese interminable. Pero no, hay que volver a la dura realidad objetiva.
El final del cuento que hemos analizado es memorable: «al día siguiente, el viento despeinaba la cabellera rubia de las matas de maíz».
Para escribir una obra como la de El caracol de cristal es preciso ser un ángel o como mínimo tener el alma de ángel. Califico de excepcional este libro de cuentos y a la persona que lo escribió.



APUNTES A CANCIÓN DE MAR Y CANELA

Ruben Berríos, como muchos de nosotros sabemos, tiene el don natural de la composición infantil. "Canción de mar y canela" es su más reciente libro. Lo más emblemático, en mi opinión, de Rubén Berríos, en esta nueva producción (Faben Grupo Editorial Norma, 2001, Costa Rica) es crear "placer y goce" en la lectura, esto es, emoción artística.

Las imágenes y personajes empleados en la elaboración del lenguaje son seres que adquieren vida y son de fácil empatía. El lector los ve como sus amigos, lo cual hace que uno sienta afecto por ellos.

Las ilustraciones de Vicky Ramos, Isabel Fargas y Alvaro Borrasé son delicadas, tiernas. Es más, son vitales para despertar en el lector fantasías que vienen a enriquecer el texto escrito.

Canción de mar y canela está bien presentado. Su portada es ya una síntesis de su contenido. El papel color yema de huevo y su sobrio colorido lo hacen atractivo.

Tanto Canción de mar y canela como los demás libros de Berríos son piezas de un puzzle de la literatura infantil hondureña que, ojalá, puedan ser como una escuela de aprendizaje para nuevos escritores.
REQUIEM PARA UN CARACOL
La muerte de Rebén Berríos, literato renombrado no sólo en Honduras, me causó un gran pesar. Se apagó un estrella de la literatura hondureña, la estrella que brilló para niños y adultos con el mismo fulgor.
Era una estrella casi solitaria porque el género de literatura que cultivaba (el infantil) no tiene en el territorio hondureño más que a unos poquitos cultores a penas emergentes. Pero aún si hubiera una legión de literatos para niños, Rebén siempre sería un maestro consumado en su categoría.
Se nos fue Rubén al cielo como un papalote, pero el hilo de su recuerdo siempre estará prendido a nosotros. Él que siempre miró al cielo para cantar la hermosura el cosmos y alegrar el corazón de los niños, ahora brilla para Dios como una criatura de luz y de vida. El hombre que yo traté tenía el alma limpia, la mente pura y buenos sentimientos.
Irradiaba humanidad por los cuatro costados. Su capacidad de asombro y fantasía le permitieron reconstruir el mundo de la niñez que el adulto pierde por los normales afanes del mundo. Rubén se iba a las escuelas a contarles sus travesuras literarias a los niños y si veía que les gustaban asumía que iba por buen camino, si no, a corregir el material.
Rubén escribió, que yo haya leído y recuerde de viva voz, Canción de mar y canela, El caracol de cristal, Papalote, Espiga Ceremonial y Cuerpo de juguete. La literatura para niños es un género que requiere unas condiciones emocionales y artísticas especiales, las cuales, juzgo yo, tenía Rubén Berríos. Él cría en lo que hacía y estaba convencido que su vocación literaria, tardía, era escribir para divertir y entretener con trabalenguas, adivinancias, leyendas, cuentos y poemas, a la niñez. Llegó la hora de rescatar sus obras y revalorar sus aportes al acervo de la cultura del país. Si Honduras fuera un caracol,
Rubén Berríos sería su rumor de mar. Él, como un caracol de cristal, seguirá resonando en la mente de los niños con rumor de mar y canela. Ahora es cuando empieza a vivir su alma de niño con cuerpo de juguete.
Su memoria quedará prendida como un papalote, no cabe la menor duda, de quienes le hemos tratado y estimado. En alguna ocasión me pidió que orara por algunas intencines suyas, ahora lo hago por ti, alma de niño, que veas cara al cara al Creador. Requiescat in pace.
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