martes, 31 de julio de 2007

EXPLORACIÓN AL HORMIGUERO, Rolando Kattán

Rolando Kattán es el autor de Exploración al Hormiguero, Ed. La Sexta Vocal, Tegucigalpa, Honduras, 2004.
El poemario está dividido en dos partes: Especies y Hábitat. Ambas conservan la impronta de un poeta acuciante, desenfadado y decidido.
El hombre hace ruido, mas hay secretos ocultos que guardan la armonía de las cosas (11)[1]. La modernidad le ha impuesto al hombre un modus vivendi de etiquetas y estereotipos, a menudo inaceptables. Sin embargo, llagado por la inexorable muerte, saborea el amargor de la contingencia, la finitud (12).
En este mundo de espejos, luces y virtualidad los niños parecen ser los únicos que viven ajenos y sustraídos de las preocupaciones, el amor pasajero y el afán de lucro. Tal vez los niños sean los que hayan comprendido que la tierra es su mejor aliada: “Sabrán ellos que la tierra será su única compañera eterna” (13).
A pesar de la alienación y vacío de la posmondernidad, la necesidad de Dios o de un dios, que esté por encima de las fuerzas humanas sigue vigente: “Compadécete y hazme / a imagen y semejanza de ese hombre cualquiera” (14).
La transitoriedad, la nostalgia y la vuelta al pasado –solicitud del alma al poeta– forma parte de esa dimensión permanente del ser humano que llamamos memoria. Uno se mira en los abuelos, en las fotografías, en los objetos heredados. Al topar con todo ello nos damos cuenta de que algo se nos quedó por el camino, pero al mismo tiempo algo nos ha llegado, aunque sea en una fotografía: “que burla la vejez / con una quieta mirada” (15).
El poeta se propone un canto para salvar su tiempo, para arropar el pasado. Esto le convierte en un “dictador de rosas”, en un “buscador de nuevos caminos” para darle de nuevo el toque primero a cada cosa: “dramatizar el primer beso / con las caricias amañadas por los años” (17).
Testigo de la ciudad, (esta impronta empalma con la segunda parte, como veremos más abajo) el poeta mira el amor furtivo, libre, cuyos códigos, pautados por los instintos y las prisas, se ve obstaculizado por la gente (19). De la cotidianidad extrae sugestivas imágenes como esta: “las calles juegan a empinarse” El horror urbano resulta aleccionador: “la vista camina ofendida” (20). Las luces de la noche son engañosas y lo que ellas, como estrellas, reflejan: “He visto florecer estrellas… / ya te he visto lo suficiente en este mundo / tan falso como tus ojos” (22).
Kattán ensaya giros propios con atinado hallazgo del lenguaje: “parido he sido de mis entrañas” (23). Juzga el experimentalismo genético. El dominio del mundo devendrá por la manipulación genética: “nuevo imperio / que se gesta en probetas de lobos” (23).
Hay una actitud fundamental en Rolando Kattán: desmitificar las mentiras verdaderas de la época que le ha tocado en suerte, es decir, reinventar de nuevo mitos, leyendas y tópicos. Quiere exponer su propia visión del mundo y de las cosas: “empezaré de nuevo / a aprender los trazos de mi sonrisa / a buscar el final del arco iris… / desalfabetizarme con cada conquista… estar seguro / de que la moneda más grande es el sol” (24).
Los sueños son semillas de esperanza –esta impronta aparecerá otra vez al final del poemario– anhelos profundos de un poeta joven que busca definir su ser en el mundo: “Sueños: pudrámonos con la esperanza de despertar” (25).
Nuestro poeta, con un lenguaje mediatizado por una sociedad enferma, descubre en ésta actitudes humanas de soberbia y maldad: “las hienas rondan la noche / se ríen / saben que los pájaros me ven con prepotencia” (26). Sólo al final: “cuando el sol muera / la luz… / despejará sin reflejos ni sombras / los oscuros rostros del hombre” (28).
Mientras, ¿qué nos queda? No hay respuesta, salvo que “los senderos que quedan son de roca y fuego”. Pero el camino que hay que recorrer, ¿cuál será? El poeta sólo pregunta, no da respuestas. Después de todo: “¿Qué camino deberán buscar mis pasos / si no pueden pisar los suelos / en donde se quedaron las flores?” (28).
Trastocado por la grandeza de la libertad, Kattán, incasillable, parece haber dado con la máxima que rige su universo personal: “Soy una pieza con una función no establecida… un dios absoluto de mis pasos” (29).
El poeta tiene conciencia de la realidad y de la historia de Honduras, vejada por manos intrusas y abusivas: “Sus huellas digitales ya sólo son pedazos / en manos ajenas” (33).
Pero también las cosas pequeñas no les son ajenas. El poema “Elegía a una hoja” es la fiel muestra de que estamos ante un joven creador con gran potencia y sensibilidad: “Vieja y virgen / dibujó algunas palabras clandestinas. / Sufre en silencio / con un bozal de espinas doradas / callada. / Como un agujero blanco que se traga todo / se abandona al viento”.
Kattán escribe sintiendo con profundo pesar la grave situación de su país, cuya historia (glosa unos versos de Roberto Sosa: “se puede escribir en un fusil… en una gota de sangre”). Honduras es el país de los ciegos, la que “agoniza en una esquina”.
Nuestro autor asume la tarea de presentarnos un cuatro, Hábitat, de quienes viven en la urbe, ateridos por la marginación, el hambre y el miedo. Los cuadros de pobreza de la ciudad, asumidos por el poeta con sinceridad, porque “ser sincero es ser potente”, como dijera Rubén Darío, dan forma y contenido a esta segunda parte: “Ellos curan sus pies cortados con la lluvia… / En la íngrima pobreza / la sonrisa se pierde en un censo” (40). “Se traga la voz / porque / la noche debe haberla vestido de miedo. / Habita las esquinas / con el hielito de sus ojos hecho pedazos” (41). “La extravagancia del hambre / le cambió la voz / por esa flauta que invoca al fuego” (42). “los niños / que enjuagaban su boca / con las lluvias sucias de las noches” (43).
Decepción y desencanto es lo que resuma el creador al ver que es muy poco el compromiso genuino por el país, Honduras. Los que pudieron ser luz que sitúen el rumbo de los próceres de antaño, dieron la espalda al país: “Mi bandera es tierra / no retazos: / tierra pisada y sin nieve. / Un árido camino al que las estrellas / le dieron la espalda” (45). Los protagonistas de la vida pública están muy ocupados en el poder y el flujo de la economía, por eso en “Honduras ya no hay volcanes”, (idem), hombres y mujeres con visión de futuro, capaces de erupcionar nueva savia a las conciencias indolentes.
También Kattán explora el hormiguero de la ciudad, sobre todo de noche, y se halla con un panorama terrible: “cristos maquillados con la mugre de otros. / Costales de latas y harapos que cargan las penas… / piernas enmalladas / que pisan la desgracia con un tacón que llega al cielo… Son niñas / que huyen de la noche en barquitos de cartón… autobuses llenos de rabia” (46).
A pesar de todos los hallazgos en el hormiguero que es Honduras, Rolando Kattán, espera una nueva época, cómo y cuándo, no se sabe, pero sí sabe que un día será el gran día en que canten los gallos: “¿A qué hora cantarán entonces los gallos de barro?” (48) Un día la justicia será respetada en los estrados: “Temis podrá caminar desnuda sin peligro” (49).
De ahí su canto final: “Honduras / cuando madure / será una fruta deliciosa” (51). Lo que viene a confirmar el poeta Antonio Machado, “late corazón, no todo se lo ha tragado la tierra”.
[1] A partir de este momento, salvo indicación, los números entre paréntesis remiten a la página del poemario Exploración al Hormiguero de Rolando Kattán, Ed. La Sexta Vocal, Tegucigalpa, Honduras, 2004.
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