martes, 31 de julio de 2007

HABITACIONES SORDAS, Gustavo Campos


Gustavo Campos (San Pedro Sula, 1984) publica su primer poemario, “Habitaciones sordas[1]” (HS) por la editorial Letra Negra, Guatemala, 2005. HS es el primer libro del poeta hondureño, Campos. A mí me ha impactado esta primera obra. En estas líneas ofrezco una lectura interpretativa que, soy consciente de ello, no agota, ni mucho menos, otras posibles lecturas. Apenas si aporto algunas pistas para quienes deseen seguirle los pasos, con miras al futuro, a este notable creador de la zona norte de Honduras. Allá vamos.
1. Sufrimiento, dolor y muerte, golpes misteriosos que invitan a la dicha del paraíso.
Gustavo Campos es un poeta joven y su reflexión acerca de la vida misma y todo lo que a ella afecta, está tamizada por una visión desgarrante, de mucho impacto. Su personal visión del sufrimiento, de la muerte y del amor inquieta y sacude al lector, a quien no deja indiferente con sus versos tejidos con imágenes crudas.
Campos abre su poemario con estos versos: “No me pondré el espíritu, la piel, el suspiro, / ni la escalera para subir latido a latido a los roces de la piedra vida”. Estas dos últimas palabras esconden el coraje que encierra el poema-rio y, en definitiva, desvelan los sentimientos de fracaso ante la partida de la mujer soñada. La resignación, la conciencia de que se perdió la amada hace reaccionar al poeta: “Iba a expulsarme del fondo de la sombra”, “No me tiraré como piedra en un agua / terriblemente muerta”. La atmósfera de frialdad, muerte y ahogo resume el estado de ánimo que padece el artista: “¡Desdichados relámpagos de carne!”
Los golpes de la vida, es decir, las decepciones, los desengaños amorosos, las heridas emocionales causan en el ser humano, y más en los artistas por su sensibilidad, estados de ánimos sombríos y depresivos. En algunos casos, ciertos artistas no resisten fuertes tormentas, prefieren acabar por la vía rápida su paso por el mundo, el caso de nuestro autor es distinto, asume una lucha tenaz: “Latir se volverá la costumbre estoica”; “Lloraré desdichado, / buscaré oportunidades enamorándome de un cuerpo de piedra”; “Mejores son los golpes de la lluvia negra. / Mejores los negros besos eternos”.
El mundo es un lugar de sufrimiento, de dolor y fracaso. Esta visión doliente de poeta empaña el horizonte y nubla el panorama de forma tal que, al parecer, no existe vida excepto la noche: “El mundo, experto en sufrimientos”. Toda probabilidad de bienestar es engañosa, una sórdida promesa: “El cielo sería una esperanza rígida, infierno blanco”; “Horizonte negro, te lloraría mi dignidad oscura / de laberinto”.
No cabe duda, Campos escribe desgarrado. El amor, herido, ha muerto. No hay espacios donde quepa excepto en la tumba: “Para el amor no hay mar, / está demasiado muerto. / Para él no hay niebla… para el amor no hay una lluvia con atardecer”.
2. Habitaciones sordas, mundo poético inventado para aliviar el desengaño, el desamor.
No faltan toques ingeniosos en el joven poeta Campos en su notable empeño por poetizar su experiencia: “Nunca te he amado, zarza fría”. Si esa zarza fuera la del Sinaí bíblico sería de orden divino, pero creo que se refiere a una diva de orden humano. Resulta llamativa la bipolaridad del aeda quien zahiere, por un lado, a la presunta “zarza fría”, con una evidente intención de repulsa y resentimiento; y por el otro, se ensimisma en la poquedad de su existencia. Me llama poderosamente la atención: “Soy mugre, no humano. / No valgo más que hojas caídas, que cenizas. / Me sustento entre charcos”.
Las imágenes que usa el poeta son un espejo que refleja con nitidez su estado emocional, sus vivencias humanas. Es placentero ver esas hojas caídas sustentándose en las aguas de los charcos. A medida que se avanza en HS hallamos a cada paso a un poeta sacudido por sus vivencias, fragmentado, solo, sin más mundo que el que inventa poéticamente para mitigar el sufrimiento: “Sin amor, / con algunas desmerecidas lunas”.
Olvidar a la amada supone para el amado la pena de muerte, el suicidio. Es preferible el resquemor de haberla perdido, que no el de olvidarla, porque en el fondo el recuerdo es una forma de tenerla viva en la memoria: “Una helada lluvia baña su sombra. / Ella es primavera en niebla: olvidarla es anunciar mi muerte”.
La persistencia de la emoción poética que vapulea la conciencia de bardo Campos choca continuamente en un punto, el de una vida azarosa. No porque la vida en sí le dé náuseas al poeta, sino por los chascos que ha tenido en lo que al amor concierne: “La vida no es muy cierta y el amor son restos del heno eterno. / Rememoro una antigua primavera… a mi paso hay innecesarios labios… Busco mohos del amor que siempre me será negado”.
3. El tono lújubre de Habitaciones Sordas.
Una nota esencial de este poemario es la sensación atroz de naditud y vaciedad existencial: “Tengo en mí la bruma, la máscara oscura de la ciénaga… Soy fútil, / menos polvo”; “Nací sobra, légamo. / Nací excesivamente piedra”. A la par de esa impronta de sinsentido de la vida también surte al paso el aspecto sobre el cual Campos articula el poemario: el tono lújubre.
El poeta apela constantemente al símbolo de la muerte y a todas sus manifestaciones. Esto es, a sus formas y variables de la muerte, no tanto como problema, sino como consecuencia del afecto perdido, del amor roto, destrozado: “Sus cenizas se reúnen aún después del fuego. / Los lugares muertos son la vida que jamás se agota… / En coma mis labios buscan su sombra”.
Hay una música elegíaca en casi todos los textos del poemario: “El desdichado zorzal canta su última vez desde el abismo: / los pájaros muertos se hacen pesadillas y laberintos”. Digamos que lo que el poeta pretende es “crear un cementerio de metáforas”.
El desenfado del poeta, aliñado con un deje de coraje y determinación, es frecuente en HS. Es un tono agridulce, enojado. Es una forma de estar despierto, autodeterminante. Lastimado, pero dispuesto a afrontar la despedida del ser amado: “Es hora de llevarme mi último aliento… Hora de llevarme la ternura enfurecida de mis gestos, / que esperó volar a otro cuerpo./ Me llevo algunos cuadros bellos de la vida, / para adornar mi habitación oscura y sorda./ Adiós a la angustia que siempre he tenido”.
En HS hay una impronta baudelairiana. Este dato es un hallazgo que está omnipresente en el tema, en el tono y en la estructura interna del poemario. El poeta, acuciado por la angustia, por una fuerza demencial, exclama: “Déjenme morir/ porque estas cenizas se han congelado… Dejen que los gusanos me besen/ como jamás me han amado”.
Los versos de HS estremecen por su fuerza y diafanidad. Las imágenes de muerte -como hemos dicho arriba- conforman la atmósfera fundamental del poemario de Campos. ¿Qué es lo que inunda el alma del aeda que es capaz de exclamar: “Déjenme morir y disolver esta piedra de niebla”. Hay, sin duda, en HS una extraña confidencia, una franca confesión de un alma atormentada. El testamento de HS es “déjenme morir”, un poema desgarrador, atroz casi sartriano. Tal vez sea, después de “Tus ojos me alejaron del camino”; “Desde las extraviadas olas en orden solitario” el poema más importante de HS.
4. Apuntes para una lectura comparada.
HS, que sale publicado a la par de “Morir todavía”, de Giovanni Rodríguez, contiene influencias, sutiles, por supuesto, de este último. La temática de “Morir Todavía” es refinada, más subliminal y metafísica. En cambio, en HS es más descarnada, realista y onírica.
Campos y Rodríguez han compartido mucho antes de publicar y se conocen tanto como las palmas de sus manos. Debo decir, además, que el léxico de “Morir todavía” -que está influenciado por la Poética Interior- está presente de una forma innegable en HS. Para ser preciso en esta afirmación podemos hallar “metasemas” (vocablos provenientes del Interiorismo) como “sombra”, “abismo”, “niebla”, “noche”. Sin embargo, la aplicación de éstos no es lo mismo en HS que en “Morir todavía”. En éste refieren la realidad trascendente y en aquél la realidad imaginaria inmanente. El influjo, por tanto entre los dos poetas es generacional y lexical.
Otra concordancia entre HS-MT es el tratamiento que recibe en cada obra la muerte como factor preponderante. Para Campos la muerte es más surrealizante y onírica, para Rodríguez, en cambio, es más heideggeriana, o sea, más metafísica. Una lectura comparada de ambos autores nos revelarían otras similitudes. Aquí sólo apunto unos indicios que podrían llamar la atención.
5. Resurgir de la muerte, de las cenizas, como ave Fénix.
El único lugar posible donde el poeta halla la oportunidad de renacer es “en un nido de zorzales”. Es decir en la música, la poesía. El zorzal, que aparece nombrado cinco veces en el poemario, es un símbolo de la melodía, de la música, del canto, de la poesía.
El zorzal, o lo que es lo mismo, la lira y música de la poesía es el sustento para el aeda: “Comeré zorzales muertos./ Comeré sus picos./ Sus alas./ Sus patas./ Comeré/ ese último gusano que/ hay en su buche”. Este alimento le da al poeta energía para hacer vibrar al zorzal que hay en su pecho, a su corazón. Esta vez lo hace con dureza: “Me repugnas ahora,/ que mi corazón es un zorzal envenenado”. En el lodo o cieno nacen las más bellas flores. El corazón, aunque envenenado, “es el fruto del lodo”, es la parte bella y sutil que, rodeada de muerte, golpes, abismos, abandono y resequedad amorosa, conserva el amor.
El poeta, a pesar de su experiencia de desengaño amoroso, reconoce que “sí existe el amor”. La pérdida de la mujer amada ha supuesto para el poeta la muerte. Esto es lo que canta, en definitiva, Campos, “ir a la tumba sin ella”. Ella, la que lo hirió de muerte y que sin embargo, “se puede amar”.
Un vitalismo furioso caracteriza a Campos. Verbaliza su propia realidad con desnuda franqueza. Eso es lo que llama la atención en HS: “Mi peste me ha aislado./ Quiero desaparecer/… Mi sombra siente asco, se escalofría al tocar/ el borde de mis pasos… Qué trémulo el pozo hondo que me orienta cuando avanzo./ Lloro sombras a mi paso”.
Síntesis: A mi juicio considero que los siguientes ejes vertebran el poemario que nos ha traído hasta este punto: 1. HS encierra el canto adolorido de un bardo que, a temprana edad, ha sido capaz de poetizar su propia experiencia de sufrimiento, dolor y muerte. 2. HS es una creación con la clara intencionalidad de construir un mundo poético en el que poder habitar, sublimar el vacío existencial. 3. El texto contiene un tono eminentemente lújubre, mediante el cual expone las variantes de tánatos. Sin embargo, no por ello el poemario pierde consistencia, al contrario, la conserva y la potencia. 4. Hay un posible influyo de la obra y pensamiento contemporáneo de “Morir Todavía”, obra tamizada por el Poética Interior, así como de algunos usos de metasemas de la fuente interiorista. 5. El amor es, en el fondo, el aliento soterrado del poemario, la única posibilidad de seguir viviendo. 6. La poquedad que trasuda el yo poético es tremenda: emula escenas de terror, de anirismo, de pesadillas que el lector puede visualizar con espanto: “¿Quién besará con un inédito asco mi carne muerta?”
[1] Este título es de un verso de Julio Cortázar del poema “Objetos Perdidos”: Por veredas de /sueño y habitaciones sordas / tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos”.
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Localización tierra natal, República Dominicana