martes, 31 de julio de 2007

SOLARES, Fabricio Estrada


1. Introducción.
Fabricio Estrada es el autor de Solares, Ed. Pez Dulce, Tegucigalpa, 2004. Solares nos remite espontáneamente al inmortal poeta de Octavio Paz, “Piedra de sol”.
En estos apuntes veremos cómo el poemario responde a la tarea de declarar al menos una palabra sobre los hechos, aunque el poeta se sienta “un sol caído en desgracia” (Hijo del sol). Este poema marca la coordenada y la actitud fundamental –que no la única, como trataremos de ver en este comentario- de nuestro autor.


2. Realidad, desencanto y sublimación.
Estrada aborda la realidad reflexivamente y la escucha con afinado oído. Los golpes y tumbos de la vida contemporánea, como río atronador, no le hacen perder de vista la utopía: «perla escondida / en la ostra de mi mano».
Hay desencanto, decepción en Solares. La época actual, ficticia y vana, es engañosa: «El sol reflejado en anillos y cadenas. / Esta época es la época del insecto». El poeta, consciente de su paso por la historia, exclama: «Voy pasando entre luces / con una vela de oscuridad en las manos / como alma en pena entre los vivos».
No obstante la desilusión de la posmodernidad, Estrada visiona el mundo que desea. Plasma en su poesía la realidad que anhela su corazón: «De esos días / en que todo me induce al abrazo / e intuyo que vos, allá, en tu canto / me incluís en la vida, / me hacés ser la vida… / De esos días son los que hablo».
Solares nace en la urbe, lugar donde se conjuga el estrés y el vaivén humano. Lo cotidiano entra a formar parte de la cosmovisión de nuestro artista: «Si debo llorar / aprovecho el almuerzo, / entre las doce y una, como Dios manda, / luego sonrío y voy llameando por los pasillos, / pródigo de consejos y hablando del clima».
En Solares hay una intención de comprender el mundo y de aprehender la propia condición humana en el mundo. Un manifiesto vuelo de virtualidad nos desvela la más atrevida proposición del poeta: «El mundo tiene vastedad de sueños… / En un vuelo de teas el pensamiento debe buscar el pasto seco del silencio / y hacerlo crepitar / con voces ardientes / que lleguen a confundir al mismísimo sol».
No deja de haber un tono meditativo y filosófico. El influjo de “Cántico Cósmico” de Ernesto Cardenal –vedado y de telón de fondo- está vigente en Solares: “Al principio somos la idea, / las sombras que presienten las formas / las formas que son las ideas / y éstas, flotando sobre las sombras».
El ilustre Jorge Luis Borges, en su obra “Historia de la eternidad”, hace su presencia en Solares. La transitoriedad del mundo, de las cosas y hasta de las ideas, sacude los bastidores de la conciencia de Estrada. El concepto de lo eterno, palpado por un ser que vive una existencia donde todo caduca, pierde vigencia y es superado por nuevas técnicas y conocimientos. «El inmortal corre peligro. Se aburre. Rotos / los sellos, no hay secretos en el mundo… / El inmortal sueña / la muerte».
La realidad, las cosas mismas, son relativas: «Porque tal vez nada, hermano, / nada de lo que hablamos sea absoluto». Así, entre la esperanza y la nostalgia, el poeta teje su propia telaraña: «Vamos gastando palabras, / entera la esperanza, / perfecta / la nostalgia».
El rescate de las raíces aparece extraordinariamente cifrado en el poema “Cuscatlán” (ver también “Y si el país es todo un nombre”). Uno lee este poema y tiene la impresión de introducirse al reino de los poetas mexicanos náhuatl. Asimismo, Amanda Castro, contemporánea de Estrada, podría estar intertextualizada especícamente con su obra “Onironautas”. Estrada canta: «A caminarte vine, / Cuscatlán, / con agujas de pino para unirte… / A caminarte vine, Cuscutlán, / y no hay paso, / y no hay tierra que andar / y no hay medida para estrecharte / ni mayor sangre para hundir mis huellas».
Pablo Neruda en su poema “Machupichu”, uno de los más grandes y profundos del autor chileno, cantó lo nacional como un canto universal. Estrada empieza a universalizar Honduras –lo particular- en cuanto con su lira se ensaña afectivamente de su tierra y sus hechizos: «Ahora la tierra es basta / en Jamastrán del surco… / Vengan lluvias lejanas del Mocorón, / a engrosar los cauces y a besar convulsas las tierras bajas del Aguán… Hombres de poca fe y de mucha tierra».
La vocación poética es ya un hecho, una consagración en Estrada: «Defiendo esta rosa [la poesía] con mi espina dorsal… En tu templo de paja / fuego endiosado soy, / y me bendigo / en la terrible certeza / de ser tu tiempo y de ser nada a la vez».
El caracol, que oculta todo el misterio del mar en su espiral infinita, atrae la sensibilidad de Estrada y lo concita a buscar la música primigenia: «Caracol sonoro e íntimo / que se lleva al oído en busca / de la canción primera».
El poeta conjura la tristeza y la soledad con las palabras: «Amargo silencio / endulzo su grano con palabras… Ahí te escondés / tristeza torva y perseguida, / yo le miro de cuando en cuando como hélice».
Las calles representan los caminos por los que transitamos. Por ellas llegamos al punto al cual tendemos: «Las calles nos aclaran la vida, / la lluvia nos limpia y expulsa por desagües hacia el mar».
El poeta busca una explicación a los porqué, cómo y cuándo de las cosas. Sin embargo, nadie puede dar explicación y respuesta a todo. Es imposible. El conocimiento, hoy más que nunca, es fragmentado y parcial. No obstante, cada uno tiene que hallar sus propias respuestas para poder conservar la esperanza. Sería consolador recordar en este otero del pensamiento “Cantos de vida y esperanza” de Rubén Darío; “Esperanza en tiempos de crisis” del ensayista español, Pedro Laín Entralgo; el poema “Olmo viejo” de Antonio Machado; o el soneto “La araña” de Juan Ramón Molina.
Salares responde a una explícita actitud de desenmascarar todo aquello que desfigure la verdad meridiana: «No hay necesidad de que amanezca / para aclarar las cosas… El magma de la sangre / está explotando / en mi volcánico pecho».
El poeta, de suyo, es un ser apartado, reflexivo y observador; un ser atípico, no de las masas, sino de retiros en los que contemplar las cosas y replantearlas: «Huyamos de la estepa diaria… / Vámonos tras la vida / con fiera ternura, / Vámonos en busca del manantial y la lluvia».

2. La ironía, sazón agridulce de un poeta hijo de esta época.
La sentencia de Szymborska: “Soy hija de mi época / pero no por obligación” nos permite inferir la actitud básica del poeta. La ironía quevedesca desmonta la figura histriónica y bufona de los “papagayos”, iluminados y actores de aplausos: «Despertá de una buena vez, / los papagayos pueblan el techo».
Hay momentos de poesía realista y descarnada, atrevida y sin formato que la encorsete: «Me niego al juego / a costa de volverme humano y atropellable».
Bajo mi óptica, el oficio de poeta de Estrada es acendrado y numinoso: «La boca se bebe el tamaño de las palabras… la palabra que se gesta en milenios de calcio».
El poeta critica a los que, como gatos, presumen de videntes, prudentes y siempre caen de pie: «Ay de los hiperbóreos gatos… Ay de los gatos del Karnak… Ay de los gatos equilibristas… Ay del gato inmolado en todo barrio… Ay de todos los gatos,… / parcos serenos, caerán siempre de pie».
El poderoso con pies de barro, el elefante de cuello blanco, que es capaz de acabar con quien salga a su paso, es de ese tipo de seres al que le gusta «caminar de perfil entre la gente… Luz del desierto, / sonrisa ambigua y divina».
Las ideas monstruosas y cargadas de furia hay que desterrarlas: «Es urgente olvidarlas… y entregarse, luego, sumiso, / sin ninguna armadura a la espada sedienta de gloria / que toda tijera / enfrenta en sus sueños / como en una encrucijada».
El poemario nos revela a un aeda inconforme ante el mundo que le ha tocado vivir. Es notoria una especie de cólera callada: «Tan sólo un poder absoluto, / -la rabia tal vez- / podría descifrar el acertijo de su abandono, / esa inútil muestra de arrojo en mis puertas, / famélica y humilde» (El acertijo que arde en mi patio); «Asustado, / terriblemente abandonado, / salto en la espuma, / con la rabia canto / la lluvia del mar» (Entre dientes).
Ser hombre es ser “disperso”. Sólo la mujer puede devolverle la unidad esencial: «El hombre nace disperso, / busca su propia mitad / y un día la encuentra… y la mujer, conmiserada, / busca reunirlo». (Lo revelado).

3. Juicio crítico.
Solares es el sueño de ver un mundo nuevo, iluminado, donde la «luz primordial» reaparece, limpia y pura. Es la idea de lo eterno versus lo pasajero y cambiante. Es la realidad transformada, el universo libre de manipulación, y virgen. Utopía de un alma que visualiza, en medio de una época escuálida, un tiempo sin muertes ni miedo. Visión exacta de un nuevo génesis en el cual todo estará «empezando y empezándonos de nuevo siempre de nuevo».
La búsqueda de sentido, conciencia de la realidad, ojo crítico ante los acontecimientos y de la vida humana, el mito y el símbolo, ansia por hallar la armonía del mundo exterior y del mundo interior, son aspectos transversales en todo el poemario de Fabricio Estrada.
Solares, es el testimonio, más que de una persona, la que lo escribe, de una época, de un generación dispersa, que no se halla a sí misma porque se confunde con los estereotipos de la posmodernidad. En este sentido, el poeta es fiel a lo que escribe y coherente en su modo de enunciarlo poéticamente. Aunque su poesía, ligera de equipaje, no guste a todos, siempre nos acerca a la verdad de un autor audaz.
En el poemario vamos a hallar momentos menos musicales, poéticamente menos trabajados y desiguales. A veces se relativiza el verso libre con versos circunstanciales como el siguiente: «Supongo (y esto se nota, es cierto), / que para ser feliz / hay que tener mal gusto». A mi juicio, los versos-frases desafortunadas en un libro de poesía, aunque estén bien construidas, tienen que incluirse en otros géneros literarios.
Salvo lo anterior, estamos ante un poemario, Solares, que los estudiosos deberán considerar en la nómina de la poesía actual hondureña. Tengo la corazonada de que si Fabricio Estrada aplica a su vocación poética todo su talento y acervo intelectual producirá una obra que será reconocida en el ámbito literario.
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Localización tierra natal, República Dominicana