lunes, 8 de septiembre de 2008

LA PESTE

Albert Camus, Nobel de Literatura, en su célebre novela “La Peste” de 1947, destaca que el gran sufrimiento de su época, el más hondo y generalizado, era la “separación”. Separación de la familia, de la sociedad, de uno mismo. La causa era la guerra, el exilio, interior y exterior; el hambre y, el peor de todos, la muerte.


Este hallazgo me trae hoy aquí con un hormigueo en la conciencia, en la cabeza. Pienso en nuestro continente, en nuestros países y miro a Honduras con objetividad, la que se puede, y trato de no abstraer demasiado cuál es su talón de Aquiles, su punto más débil y doloroso, lo que más le rasga sus sentimientos. En mi opinión considero que “la peste” que asola a Honduras es un tejido de cosas que tiran las unas de las otras: la violencia, la inseguridad, el desempleo, la miseria, la emigración, el hambre, la corrupción.


El Estado paternalista está separado del pueblo. La justicia está separada del pueblo. El Congreso está separado del pueblo, de la sociedad. El Estado no sufre el dolor de los miserables. Consuela con la mentira, con confites, sin embargo, la realidad se le impone con su peso inexorable. Al fin la necesidad aplasta a la demagogia y por eso se echa la gente a las calles. Esto me hace pensar que puede más la lágrima de una madre que el discurso de un presidente. En fin, sólo el “comal” conoce cuánto calienta el fuego.


Todavía hay gente que vive en su burbuja de cristal, gente que no cree que la violencia o la muerte puede tocar a sus puertas, como en Egipto o en Orán de la que habla Camus y se refugian en el aire acondicionado de los moles o suben los muros a sus casas. Hay quien desafía la peste llevando una vida suntuosa, ostentando con el lujo en charcos de miseria.


Miles de familias se han visto brutalmente separadas de sus seres queridos por un secuestro, un asesinato o porque un día partieron en manada con los “coyotes” en busca de un norte.


Es terrible negociar con el hambre de los pobres. No se puede sepultar en vida la esperanza de quien, con el sudor de su frente, desea ganarse el pan. Con la fuerza del amor podemos aplastar una montaña. Hagamos bien nuestros “negocios” para que ceje la peste, y dé lugar a una nueva época en la que, no sin otras luchas y dificultades, sintamos que no son tantas las cosas que nos separan.

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Localización tierra natal, República Dominicana