viernes, 19 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Preludios" (1980)


Preludios”, (1980). Este poemario de Giovanni Quessep inicia con una elegía que parte de la convicción de que, después de muchos desvelos de búsqueda existencial de la belleza, de vuelos presumiblemente altos, «Nada tiene ese azul / para darte la dicha, / nada esos árboles donde habitan / princesas que no son de la tierra». Sin embargo, el poeta, pese a esa desazón y vacío, mantiene una actitud positiva: «y aún conservas la esperanza, un vuelo».

El tono elegíaco adquiere relevancia en este reposado poemario, cuya fuerza radica precisamente, en reafirmar el compromiso con el arte. Bajo el supuesto de que «Quizá todo ha pasado / nada ya hay que hacer», de que ya todo está escrito y dicho en el arte, en la poesía, el bardo se resiste a la teoría del cansancio artístico, a la repetición y falta de novedad en la poesía: «Pero mis ojos buscan y hallan / lo que no tiene nombre» porque tiene la certeza de que «hay algo que no conocemos / y espera nuestra canción en el alba».

La desdicha de la que da cuenta el aeda se dice, no de la desdicha que proviene del fracaso o el infortunio social o económico, sino del destierro del bosque encantado. Él no es por naturaleza un duende o un hada, pero como poeta goza del privilegio de la visión de la fábula y se le concede únicamente poetizar, fabular, –desde fuera, como un exiliado– la leyenda: «La desdicha me acerca a mi destino / y a mi naturaleza verdadera […] Esperanza no tengo si no es en la leyenda».

El pasado, la belleza, la música que brota de la naturaleza, del cosmos, perdura en el tiempo. La misión del poeta es rescatar todo eso. Aún más, aquellas cosas que se ocultan a nuestros ojos e incluso lo que se nos resiste, tras afanosa búsqueda, a ser encontrado, son objeto de desvelos para nuestro aeda. Lo imposible se hace eco en el intelecto y de aquí se materializa en la palabra: «El alma sueña / lo que no hallamos y hace de ello un canto».

Preludios” es un libro cuyo vuelo es de crucero, es decir, un texto en el que autor adquiere la altura ideal de su obra creadora. La “poética de la fábula” a la que he hecho alusión en mi comentario al poemario “Madrigales de vida y muerte”, es en verdad, una clave de lectura que, al menos a mí, me ha servido para escudriñar el periplo de la obra poética de Quessep. El poeta teje y desteje un único discurso, el de la vida, el de la dicha de su alma, inmersa en el sueño y la leyenda «sin que ni tú ni yo sintiéramos / su edénico rumor de alondra, / fábula que se teje / del tiempo a nuestras manos, / sin que nada en nosotros revele que ya somos / pétalos de la rosa indescifrable».

El paraíso, el jardín de la inocencia, la felicidad, son fugaces. El hombre aspira a la felicidad y la busca, cosa, por cierto, legítima desde todo punto, pero algo lo impide. El carácter inmanente de nuestra naturaleza, esto es, nuestra dimensión antropológica, que de suyo es débil y vulnerable, frena o retarda la felicidad. El hombre tiende a la felicidad plena y eterna por naturaleza, pero a penas saborea bocados de la misma. El poeta se pregunta, al hilo de nihilismo, con el relato de Adán y Eva de telón de fondo: «¿No puede el hombre ser feliz? Por un designio / escrito en su memoria, lo dorado del tiempo / se mueve en la ceniza / y aparecen la culpa y la caída, pues todo edén es transitorio».

La obra poética conjunta de Giovanni Quessep está tejida, como hemos dicho, en la fábula, en la leyenda, el único lugar donde el sueño es realidad y donde la realidad es trascendida por el deseo y lo anhelos del alma. Existe la felicidad y la dicha, breves, sí, truncas, sin embargo inventarla poéticamente es un acto que sana las heridas y la fatalidad del mundo y la sociedad. El poeta levanta un escudo anticrítica: «No espero sino el escarnio, la burla / de quienes saben que la dicha no existe».

El poeta insiste en el hallazgo de ese reino perdido o, mejor, escondido. Percibe una voz que le llama a rescatar los retazos de la eternidad que se le revela como fábula: «alguien me nombra, y pienso entonces / que no todo he perdido de la vida […] y existo para alguien, para un azul o reino solitario, / pero es fiel mi demonio y torna el sufrimiento, / mi pasión en los valles de la muerte». Hay, definitivamente, una causa por la que el poeta se juega todas sus cartas: la poesía, su fábula favorita: «Juzgadme si queréis, / pero deseo irme / al mágico Jardín que en nuestra vida / teje y desteje la invisible rosa».

El amor, que aparece por primer vez como fuente de sentido existencial, se convierte en materia esencial del pensamiento de nuestro autor: «No quiero sino el amor / que me acerca a los míos […] Sólo quiero el amor, / lo celeste, lejos de todo». El aeda descubre, al fin, cuál es su destino, su última conquista: «Destino del poeta es el amor. / En tu país sin nombre ¿acaso has visto / a la que amó mi alma, a la celeste / pasión que me redime de la vida?». El destino del cultor de la palabra es, por tanto, sublime.

En “Preludios” se reafirma aquel pensamiento presente en “El ser no es una fábula”: «Todo te pertenece en esperanza». El poeta sabe que el amor es vida, su esperanza. Hay, pues, un giro en la poética de Quessep. Vuelve a resonar, como instrumento de fondo, el ruiseñor de Keats de “Duración y Leyenda”: «Ese pájaro no destinado a la muerte», sino al amor. La instancia última heideggeriana es, para el poeta, el amor, la vida. Esto es, en verdad, lo que dura, la leyenda. ¿No será que el Jardín, símbolo clave en toda la obra de Quessep, es un símbolo de la nostalgia de la felicidad y del amor? Queda lejos, creo, la desoladora atmósfera de “Madrigales de vida y muerte”: «Estoy cansado de llamar / a la puerta de los que amo». Y se perfila a un poeta maduro, no sólo en el oficio, sino en el pensar.

La vida, como el mar, es una paradoja. Mientras la dicha nos viene en la desdicha, como la bella flor en el fango, aguardamos que «el mar retorne a nuestra barca». Lo que buscamos es el goce del alma en las cosas pequeñas y diarias. Quessep se apoya en John Keats para sentenciar sus “Preludios”: «A thing of beauty is a joy fore ever (Una cosa bella es un goce eterno)».
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