lunes, 15 de agosto de 2011

FAUSTO LEONARDO HENRIQUEZ: EN EL GRITO DE UNA NOCHE LARGA

Por Henry Santos Lora


He vuelto a la tina, ubre del campo. Un niño

En mitad de la vida mira surtir

De la peña el cielo.

(Fausto Leonardo Henríquez)


l. Introito

Antes del libro está el hombre. En el hombre está el sacerdote, está el poeta, está el grito de ese hombre que vive, siente y padece su entorno, que siente y padece las humanas cosas, y que al mismo tiempo las exterioriza en la forma que sabe hacerlo. Ese hombre es Fausto Leonardo Henríquez, y la forma que utiliza para canalizar sus recuerdos, sus sufrimientos, sus anhelos es la poesía. Ella lo impulsa hacia el mundo exterior, luego de regresar de un viaje hacia dentro de si mismo.

ll. Aspectos generales de la obra

En el libro que hoy presentamos: Arca de amasar diluvios, están presentes diferentes momentos de la vida de su autor. Acontece que la obra poética entraña un gran compromiso para el autor de la misma, ya que este queda de alguna manera reflejado en ella, a diferencia de otros géneros literarios en donde no necesariamente el yo profundo del autor queda en el trasfondo de la obra. La obra poética, en definitiva, es una obra de creación pura. Es sencillamente una obra que seduce y despierta los reflejos que subyacen en los espejos del alma. Es la sublime experiencia del alma humana que se sirve de los sentidos interiores como lo es la intuición para auscultar las grandes verdades ocultas en los elementos sensoriales de la naturaleza y de las cosas que nos rodean. En el libro que hoy nos ocupa unas veces habla aquel niño de paisajes remotos, otras veces habla el hombre de la vida humana o de la vida contemplativa, pero en la integridad y esencia de la palabra poética de Fausto Leonardo Henríquez, siempre se encuentra la esencia de un ángel. De un ángel volando sobre los límites posibles de la poesía. En cada verso de este libro encontramos una alegría estética, expresada con sinceridad y con mucha pureza. Es un alma cantando a la vida, a la naturaleza, y a las cosas que nos atormentan.

La belleza es un anhelo del espíritu humano. La poesía despierta ese sentido estético, o lo que es lo mismo, despierta el anhelo de la belleza sublime o del misterio profundo. Nos impresiona un atardecer o la expresión frágil y hermosa de una flor, también el dolor, el tormento, las zonas grises y oscuras se convierten como nos refiere otro poeta, Julio Adames: en latigazos de sombras. Pero, otras veces, la poesía es una comunión entre el hombre y nuestro Creador. Es el momento estelar de la misma: nos referimos a la poesía mística. El Padre Fausto Leonardo, a través de toda su producción literaria ha dejado evidenciado que en él existe esa llama teopática que lo conduce necesariamente hacia una dimensión trascendente de ver y sentir las cosas. En él hay un gran poder contemplativo, a través del mismo canaliza los llamados valores de la conciencia, que de acuerdo a lo señalado por el maestro don Bruno Rosario Candelier, forman parte de esos valores: la luz espiritual, el amor puro, la paz interior, la belleza sublime, la verdad profunda, el vínculo entrañable y el bien supremo. El escritor, Fausto Leonardo Henríquez, definitivamente a lo largo de toda su producción literaria alcanza momentos de un gran sentir místico, logrando el arrebato propio de los grandes creadores, como ocurre en su libro anterior Gemidos del ciervo herido, en donde sacia su sed infinita de Dios, siguiendo las huellas de los grandes iluminados de la poesía mística como San Juan de la Cruz, Fray Luis De León, Santa Teresa de Jesús, Juan Pablo Segundo, entre otros. Empero, cabe señalar, que la obra que hoy nos ocupa no entra en los límites de la poesía mística, ya que la misma ha sido creada a partir de otras premisas poéticas. Arca de amasar diluvios es, sin embargo, una obra en la que el poeta se canta a sí mismo, porque vuelve sobre él, para degustar lo que fue, lo que recuerda, lo que sufre o disfruta. No obstante, no puede escapar de algunas vetas místicas que el propio título de la obra deja entrever, al igual que muchas partes del libro, porque Fausto ante todo es un poeta contemplativo, con una vocación pura hacia lo místico. Miembro de la Congregación para la Misión de los paúles o padres vicentinos, sus trabajos apostólicos lo han llevado por otras tierras, lejos de su lar nativo. Cabe destacar que su permanencia en Honduras, de alguna manera lo ha marcado. Vemos cómo esas vivencias alimentan de manera efectiva la memoria poética del autor del libro hoy nos ocupa. De igual forma nos trae vivencias de otros lugares como es el hecho cuando le canta, por ejemplo, a esa avecilla ingenua como lo es el zorzal, el cual habita en gran parte de Europa y otras partes del mundo. El particular canto de esta avecilla ha sorprendido al poeta, el cual en una especie de contra-canto, le dedica algunos versos:

Tu lira suena pura antes del amanecer,

resguarda la flor de tu pico…

¿Quién te llooraa en la penumbra? Los follajes

Embelesados y quietos. ¿Quién te besa

La frente?. Un hombre despierto,

Con vida en los ojos.

El autor del libro cuando pregunta: ¿Quién te llora en la penumbra? Los follajes están embelesados y quietos, está dejando caer un telón mágico de palabras para ocultarse detrás de él. Ese que puede nombrar en la penumbra y que tiene vida en los ojos: no es otro que el propio poeta que está despierto, porque sólo él tiene vida en los ojos, porque sólo él puede ver las cosas que otros no pueden ver. Y así nos trae múltiples imágenes aprehendidas de otras realidades. Pero, en definitiva, el espíritu vegano, ese llamado de la tierra amada: esa energía telúrica, ese ímpetu emocional que nace de la tierra misma que nos vio nacer, en algún momento a nuestro autor le ha sorprendido y le ha cautivado, lo cual deja plasmado en más de un momento, y así nos refiere en el poema titulado: “Me crece el grito”, lo siguiente:

Me crece el flamboyán por dentro,

y la ciudad. Todo mayo florece por dentro.

Qué vegano, qué hijo de esta tierra, o aún pudiéramos decir: qué visitante o advenedizo a la ciudad de La Vega, pudiera ignorar lo que es y significa para nosotros el árbol del flamboyán. El poeta Fausto Leonardo, identificado con su pueblo, nos sigue diciendo:

Me crecen las calles que limpia el sol.

me crecen los árboles,

lavados por la lluvia…

… Me crece el caminar de la gente.

Me crecen las miradas

y los cuerpos vírgenes. Me crecen

los días y el tiempo que muere.

Me crece el grito dentro: Dios.

Este interesante poema que aparece en la página No. 61 del libro, permite a Fausto Leonardo Henríquez, retornar a su pueblo natal. Encontrándose en Valencia, España, vuela por los inmensos océanos entre América y Europa, huye hacia el pasado, y se refugia en él, y de él retorna cargado de vivencias infinitas que nos la regala a través de esa catarsis poética. Lo que deja evidenciado al nombrar el período de su infancia entre árboles, raíces, caminos montañosos y cafetales. Vuelve a su origen, en busca de esas vivencias perdidas, pero guardada en la memoria poética. También en este poema evidencia un grito desgarrador, porque es oportuno señalar que el libro: Arca de amasar diluvios entre muchas otras cosas es un grito que nace del hondón del alma. Es por ello que desde la portada misma del libro nos remite a un gesto de dolor que se expresa a través de la pintura de la artista plástica española Clara Bou Puchault que con genialidad y maestría traza las líneas síquicas de una parte del libro. Pintura ésta que llama poderosamente la atención, pues refleja un estado de desesperación, a través de un grito humanizado, que no necesariamente nace del dolor propio del autor del libro, sino más bien del dolor ajeno que lo siente como propio. Todo lo cual en el contenido de la obra recobra la cordura y el éxtasis poético. El autor de Arca de amasar diluvios, le canta, entonces, a la locura, al dolor, al sufrimiento de la carne, a los laberintos de la conciencia, pero con sublime belleza y recogimiento. A esos episodios humanos que tantas veces quisiéramos ignorar, pero que están ahí. A esos laberintos inescrutables del alma y de la razón humana. Es el momento en que el poeta se vuelve un estudioso de la mente humana, desafiando los métodos y las terapéuticas modernas, cuando nos dice en su poema “Locura”, refiriéndose a un personaje de nombre Gregorio, lo siguiente:

Humanidad hundida en tus ojos.

En un rapto de lluvia

Se te fue la consciencia.

Tu cuerpo quedó como único testigo

de que aún vivías,

a la espera de atrapar

tu cordura en alguna parte.

¿Qué bosques crecieron en tu demencia?

¿Por qué te fuiste a ese abismo

a donde la memoria se borra y abunda la tiniebla?

Cuál de nosotros no recuerda haber visto caminar por nuestras calles, a cuántos personajes en la orfandad de la locura. En cambio, el poeta lo ha visto al igual que nosotros, pero se ha detenido frente a su desgracia humana y desamparo, y en un gesto de misericordia describe esa locura. Igual ocurre cuando se identifica con los estados misérrimos y de soledad, levantando también su canto de solidaridad humana, cuando nos expresa: Me duele el hombre,/ Su mirada caída, su voz sin asta,/ Su noche deslunada… Sube a mis hombros, apóyate/ En la columna que sostiene la noche… Preguntamos, entonces, ¿cuál es esa columna que sostiene a la noche?, de la que nos habla aquí el autor de Arca de amasar diluvios. Indudablemente, el autor de estos versos convierte el dolor terrenal en una especie de preces o súplicas al divino Creador.

Hay también en este libro una especie de interpretación o crítica pictórica, a un cuadro fundamental de una artista también fundamental de la historia de la humanidad, se trata de la Gioconda de Leonardo da Vinci. Fausto Leonardo desafía el pincel y el lienzo del gran genio italiano, al mismo tiempo que va dibujándose asimismo a través del escrutinio de la enigmática obra de Da Vinci. Aquí habla el poeta-hombre, el poeta-ser humano, el poeta que trata de salvarse asimismo, inmerso en las espesas brumas humanas, cuando nos dice lo siguiente:

Hay noches rocosas, brumas sin fin

Rodean el simple gesto labial

Que me nombra y te nombra…

La otra parte del universo, la que husmean

Los sentidos como perros, es mi mundo aterrenal.

Soy pintura con sentidos, nada perturba

Mi reino…

Este es mi ser: oleo consciente…

Tú, Orfeo, por encima de las noches y los días,

Me verás aquí, antigua, trascendida en el tiempo.

En esta parte final quiero hacerles una revelación: en la Pág. No. 15 del libro, encontraremos ese lugar que no es más que un refugio donde se esconde Fausto Leonardo cuando los demás duermen. Acontece que en el poema Arca de amasar diluvios, el cual le da nombre al presente libro, expresa lo siguiente: La noche y la muerte dormitan/ Vigila la luz conmigo para no perecer/ en el torbellino de la oscuridad. Y nos sigue diciendo: no estoy sino lejos, en el arca, amasando diluvios. Y así nos regala ese diluvio de sensaciones y olvidos, abriéndonos de par en par su escondite, para que entremos en él. Aprovechando que la tierra toda se encuentra sumergida bajo las aguas de tantos hechos negativos que atormentan y preocupan a la humanidad de hoy. Entonces, a la espera de ese tiempo de calma, nos sigue diciendo: Aquí sólo las pupilas de tus ojos/ tienen vida, dolor y ramas de olivo. Mientras llega ese ramo de olivo, el poeta, como el gran Noé bíblico, trata de refugiarse en esa arca, y allí amasar diluvios que no son más que poemas.

Arca de amasar diluvios no es más que un grito que ha estremecido a la noche. A una noche larga. Tan larga que se ha convertido en “un territorio nuevo” en la mente del poeta, en donde han nacidos nuevos mundos y jardines verticales de prosas inauditas cuando éste nos canta, por ejemplo, lo siguiente: Vuelo de la noche/ … Boca tánata de íncubos sin rostro/¿Adónde me llevas, noche? En tus ancas/ recorro fauces, …/ Huecos llenos de cielo, impalpables máscaras yacentes en la abierta/ Negrura. ¿Qué soy entre cielo y tierra?/Qué tierra soy o qué cielo?/ Un territorio nuevo es mi mente,/ Antiguo reino encriptado/ En la bóveda de la memoria. (Noche, Pág.No. 27). Este libro no es más que una amalgama de los múltiples colores que el alma humana puede irradiar. Es un arcoíris de sensaciones, presagios y sombras.

lV. Evocación

Entre un reencuentro y una despedida y otra, ahora le digo: vuelva poeta de vez en cuando a su terruño, a su patria chica, prendida siempre de sus pensamientos, vuelva junto a los vetustos flamboyanes, y háblenos de sus heridas y de cómo el flamboyán sangra y se desangra por sus ramas. Y haga que recordemos siempre que la ciudad cabe en la cascara del flamboyán, y que todos estamos presentes en él, bajo su follaje, bajo su verdor y su sombra. Poeta, en su larga y sagrada misión por el mundo, siempre usted dejará sentir su presencia a través de los versos del poema Herida del flamboyán, cuando aún lejos de su tierra, nos deje escuchar ese canto que nace del hondón de su alma, al dejarnos plasmado en relación al árbol del flamboyán, lo siguiente:

La ciudad se desangra por tus ramas.

¿A qué se deben las heridas que te pueblan

el cuerpo?

Ay, árbol,

no gimas, detén tu hemorragia

Que se te va mayo por tus flores.

Ven a mis brazos para consolarte. No temas,

Dime lo que sienten tus raíces.

Te voy a hacer un cielo, un Edén en mis aposentos.

Nadie oye tu pasión, nadie se acerca

a tu cruz lavada en sangre.

La ciudad cabe en tu cáscara, todas las muertes.

Están vivas en ti.

lll. Breve contexto literario del autor

Casi al terminar, quiero expresarles que después de leer algunos fragmentos del libro Arca de amasar diluvios, y de tratar de sintonizar con los efluvios que del mismo manan como un pozo inagotable de sentimientos y vivencias, quién, entonces, se atrevería a decir que La Vega no es una tierra de poetas, si desde Emilio García Godoy, Rubén Suro, Luis Manuel Despradel, pasando por José Mármol, cuya poesía nació entre nosotros, Pastor de Moya y Julio Adames, entre otros tantos, hasta llegar a Fausto Leonardo Henríquez, La Vega no ha hecho otra cosa que no sea regalar parte de su alma poética. El Padre Fausto Leonardo, por muchos años ha venido escribiendo y publicando, importantes artículos de critica literaria, compartiendo sus responsabilidades sacerdotales con la de escritor y poeta. Siendo párroco, por varios años, en San Pedro Sula, Honduras, realizó una importante carrera de escritor y ensayista en Centroamérica. Allí puso en circulación la revista internacional CritcArte, hoy editada y publicada desde Valencia, España. De igual manera ha puesto en circulación varias obras poéticas, siendo el libro Gemidos del ciervo herido, la obra galardonada y que le mereció el pasado año de 2010, el Premio Internacional de Poesía Mística, Fernando Rielo, otorgado en Roma, Italia, lo cual constituye un alto honor para la República Dominicana, el haber conquistado esta presea internacional. He ahí su ganador, he ahí un hijo de este pueblo levantado y erguido por encima de muchos escritores del mundo. Esto último unido a todos sus aportes, talentos y virtudes. Ante todo un hombre de fe, un hombre humilde, un hombre de trabajo. Uno de los más sólidos intelectuales veganos y del país, un activo importante de nuestra sociedad dominicana que a diario sirve como mensajero de la paz y de los auténticos valores vernáculos que nos distinguen como nación. Padre Fausto Leonardo Henríquez, tan vegano como cada uno de nosotros, poeta como pocos, sacerdote y amigo que nos llena de orgullo, finalmente le digo, en nombre de todos: Felicidades y bienvenido a casa.

Muchas gracias

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Localización tierra natal, República Dominicana