jueves, 10 de enero de 2008

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Octavio Paz ha escrito un tomo completo acerca de Juana Inés de la Cruz, una monja intelectual de Nueva España, de origen mexicano. Paz nos da su visión histórico literaria de la brillante Sor Juana Inés.
Hubo otra mujer, también monja, Sor Leonor de Ovando, de principios del descubrimiento, que destaca por ser la primera mujer poeta en habla castellana. No fue tan prolífica como Sor Juana Inés ni tan brillante, juzgo yo, como ésta. Pero sí tiene el mérito de iniciar la aventura femenina en suelo criollo.
Sor Juan fue una monja de convento dedicada al estudio, a la piedad y a la escritura. No es nada extraño que en un convento haya figuras inclinadas a las Humanidades. Es sabido que la cultura grecolatina entró a Europa, a Occidente, por el filtro de los monasterios, o sea, por mano de los monjes que tradujeron incontables obras primitivas y que son, hoy por hoy, el sustrato de la cultura occidental. Las familias nobles del Medioevo educaban a sus hijos en los monasterios. Allí, para entonces, reposaba la ciencia y el conocimiento más importantes y no eran pocas las familias de prosapia que se interesaban en adquirirlos.
Sor Juana Inés, de este lado del mar, en el mundo nuevo en el que se radicaban las familias nobles, aprovecha la coyuntura conventual para, sin ser consciente de ello, continuar la tradición humanista de los monasterios. El convento fue su nido espiritual y su soporte intelectual.
Sor Juana escribió romanses, villancicos, sonetos, poemas de ocasión como Neptuno Alegórico, silvas (El Sueño) su más sobresaliente y original creación; y obras de teatro (Los Empeños de una casa); autosacramentales entre los que sobresale El Divino Narciso, uno de los más interesantes poemas largos en el que recorre la vida y mistero de Jesucristo: “Su muerte a mostrar el fruto / de aquel misterioso Grano / que escondido en lo profundo / pareció muerto, y después / tantas espigas produjo”. “El mismo quiso quedarse / en blanca Flor convertido”.

Ser monja e intelectual le acarreó críticas, pero también aplausos. Sus más de veinte años en el convento San Jerónimo los pasó estudiando y leyendo, esta fue su vocación primera, pero también llevaba una vida de piedad fuerte, acorde a las reglas conventuales de la época. No fue una libre pensadora, sino una libre creadora.
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Localización tierra natal, República Dominicana