sábado, 12 de mayo de 2007

Insula Presentida, poesia


Vuelta a los orígnes


86

Verdad profunda, océano inviolable. Se ahoga en ti

Mi inteligencia, la razón.

En la vastedad de tu ser, oh Verdad,

Despojado de todo, desnudo de tierra y hojarasca,

Te reconozco por el olor a cielo,

Por la llama que no se consume en la visión.

Me nombras y mi fe tiembla; me miras,

Y mi alma ya no gime.


85

Oh principio de la sangre.

Principio de mi aire, de mi barro –tierra

Con hambre y sed de cielo-.

Estás quieto, Argé, en tu movimiento.

Humedece este desierto

De mi nada que es sólo grieta.

Causa que dio forma a mi tiempo, ¿por qué

Tiemblo a tu paso? Oh Argé, tú arremolinas

Mi centro y revuelves mi sangre.

Mi noche es animal que resuella,

Tenso, por el relámpago que abre abismos.

Argé, saca mi carne del dolor, alíviala

Del deseo que me ahoga en su turbulencia.

Tu rostro me arrincona en el Eros, Argé,

Y me anonado en tus manos de alfarero.

Lo que he hallado de mí

Está vedado en mi carne. Me llamo

Desde el fondo. Apenas si me oigo

Porque es eterno el temblor.


84

Aún no era yo, empecé

A ser hombre, a tener piel, carne, ojos, boca.

No había nacido y ya mi carne temblaba,

No tenía vida y mi barro sentía dolor,

Fuego en la piel. Unas manos

Revolvían mi nada y daban

Forma a mi existencia.

El rostro oculto de quien me creaba

Brillaba de alegría. El triunfo apareció

En su aliento, la vida.

Lloró el barro. Ignoraba porqué.

Una herida intangible quedó en el Jardín,

Y el barro, desnudo, cayó al abismo.


83

Tus manos han hecho hablar el barro.

El barro hoy te busca en la noche. Te palpa la voz.

Le diste al barro vida. El barro anhela tu divinidad.

Huérfano se postra, míralo. Barro

Con corazón, barro con dolor y muerte. Barro

Que orilla tu nombre como ola que balbuce

Su llanto. ¡Ay, que gime el barro, que sueña

Hallarte! Barro que camina y piensa. Barro

Que cree y rastrea los aletazos de tu vuelo.

¿Dónde moras, presencia sin sentidos? ¿Por qué

Le diste a este bulto de tierra olfato de cielo?

El barro suspira por tus caricias,

Por ver tu rostro de gloria.

Soy barro ungido de esencia, muerte y viento.


82

Se deslizó como agua

Hasta poblar la atmósfera con su omnipresencia.

Su celaje aturdía el paso

Y en cada puerta un ángel aguardaba.

La realidad era impalpable.

Fui atraído por la fuerza de un beso.

El mundo en su adolescencia,

Empezaba a ser consciente de sus límites.

La noche rompió su madeja

Y abrió para mí sus puertas.

Aquel ser se desvaneció ante mí

Dejándome el sabor amargo

De la caída.


81

Y yo que creí que mi espíritu

Empañado era nuevo.

Y yo que creí que mis huesos secos

Estaban vivos.

Y yo que creí que mis pies

No tropezaban en la niebla.

Y yo que creí tener el sol

En mi noche.

Y yo que creí ver

En mi ceguera.

Hasta que me hiciste de cielo,

Cruz y domingo.


80

Dulzura Infinita, ¿por qué te me escondes? ¿Por qué

Tu rumor de lluvia en la arboleda me seduce y subyuga?

Palpas mi cuerpo con tus manos de aire y verdor. Silbas

En un pájaro, te miro y vuelas. Herida secreta dejas a tu paso.

Dulzura Eterna, en esta vasija agrietada

No vas a hallar más que huesos secos,

Dolor enmohecido, pedazos de llanto.

¿Por qué tratas de salvar la brizna de mi humanidad?

¿Por qué alumbras mi nada con tu sonrisa?

Vencido, caigo en tu luz.


79

Ojos que descienden

A lo oculto de mi alma. Ojos que ven por dentro.

Ojos que descubren tesoros enterrados

En el barro, en la compasión. No ven mis ojos,

Sino los tuyos. Serenos ojos nazarenos, que pueda ver,

Que vea tus huellas. Haz de mis ojos cuencos del amor,

Océanos en los que naveguen los niños.

Ojos en calma, poseídos de cielo, abiertos a la esperanza.

Que mis ojos y los tuyos se encuentren

Como estrellas de la mañana.

Ojos que construyen encuentros, amigos

De las entrañas, temblor de pupilas intangibles,

Luciérnagas del interior

Que auscultan mi esencia. Oh niñas divinas

Que lloran la muerte, ¿acaso tengo hermosura

Para que me miren? Esos ojos deslumbran

Con sus llamas. Y yo que no los quiero ver

Y los miro. El eterno rostro encarnan.

No por humanos los percibe mi centro,

Sino por el amor que irradian. Ay seducción,

Ay pupilas sin orbe, ¿por qué ahondas

La herida en la ternura?


78

De tu corazón nacen los ríos, las raíces.

Astro aglutinante, fuerza sacra del universo.

Eres origen inefable del arco iris, pálpito

Del ángel. Sístole humana y diástole divina.

Eje de bondad y punto débil del cielo.

Todo tú en tu Corazón. Todo tiende hacia

Lo íntimo. Los vivientes

Giran en torno a ti. Los creyentes

Descansan en tu Corazón. Corazón de carne,

De barro, de Dios.

Centro sin rango, totalidad primigenia,

Alfa y omega del ser, lluvia interminable

De misterio. Tu corazón se expande

En la llama. Retoña compasivo en los tristes,

Clarea en la amarga noche.

Corazón que subsiste sin tiempo,

Diana del secreto de cruces lastimadas.

Acuno mi mañana

En el regazo del Cielo.


77

¿Qué tengo yo para que pongas tu mano

Sobre mi aliento y mi carne sin corteza ni niebla?

Escrutas con tu mirada

El lienzo de mi vida y orillas mi lecho de barro

Con tus impalpables brazos

Que me estrechan con divina ternura.

En el ámbito en que nos hallamos

Ni es noche ni es día, aquí el rumor

Es Paraíso y nada más.


76

A ti, luz sin llanto ni maldad,

Te abrí mi casa. Quédate y abre

Las ventanas. Mañana, cuando decidas

Irte con tus pies albos, avísale

Al leve viento de la arboleda, que sueñe,

Que tarde en venir.

En ti yace el fin como plenitud de río.

Estate aquí, en esta casa de absoluta quietud,

Para que nos descubran asidos al infinito, al pan,

Las libélulas.


75

En medio del desierto, del mundo, en la soledad

Más callada, el que ES ha descendido

Hasta hacer temblar mi carne

Como una débil hoja. Alguien que no puedo

Nombrar, alto en su propia mañana, anda

Cerca, revelándome sus secretos

En este Edén arrepentido.

Mi historia se escribe en la lluvia.

Mi lengua se petrifica. Rezo.

En su seno mi libertad es un hallazgo,

Un vuelo.


74

Mi ser se turba como una novia.

El vaho es amor. Sustancia

De amor el vino en la copa.

Amor que me ama. Amo al Amor.

Amor, semilla de vida, ventana, latido

Gracia de luz.


73

Estaba mi alma recogida

Balbuciendo plegarias al Padre. Pródiga

Ante él se halló, incólume, y en su regazo

De fuego la introdujo en un gesto

De amor puro e inefable, y ella, ebria, tan sólo

Abbá sabía murmurar.

La gracia era toda claridad

Y la humana caída resurrección. El avecilla,

Acurrucada en el Seno Materno, ascendía

Los límites reservados a la aurora.

Al abrir los ojos sólo la huella

De un abrazo quedó impregnado

En mi interior.


72

El Altísimo me cubre con sus cálidas alas.

Una brecha se abre en mi humanidad

Y un breve soplo sacude la fronda,

Murmurando delicias de riachuelo.

La gracia se derrama como lluvia.

Un ángel vuela arrebatándome la lira

Entonces la lluvia se hace trino.


71

El cielo se derramó sobre la tierra,

Y calmó sus poros sedientos.

El sosiego vino al inquieto barro

Que mis huesos amarran.

Hoy he sentido renacer la luz;

El Edén, enérgico, nuevo.

Retorno al lecho de la noche,

Húmedo de cielo

Y retoñado de olivos.

70

Se queja mi barca. Las olas baten

Su frágil armazón. Tú calmas la ira del viento

E increpas la duda. Remo al interior del mar.

Sólo la vastedad de tu nombre me sostiene.

Allá adentro, en la oscuridad total,

Una luz de cirio crece.


69

Pozo, tu mirada de medio día.

Sosiego halló la aridez de mi tierra.

Me diste a cántaros el cielo, en un abrazo

La eternidad.

Me fui contigo a lo profundo del pozo

Y allí muero

Y bebo tus delicias.


68

Tú, el Simple, te pusiste a los pies de la nada.

La historia se ríe de ti, se escandaliza

El interior de la tumba y se revuelven los abismos.

A tu cintura ataste el Viento.

Lavaste el rostro de la humana noche.

La dejaste translúcida, como una novia

Que entra a tu esencia.


67

Sobrevuelo el misterio como torpe avecilla,

Que no pudiendo sostenerse

En la ingravidez divina, sobre plumas

Trasciende lo infranqueable.

Miel esos instantes ilimitados. Memoria del alma

Trastocada tras el encuentro con el Todo.

Testigo es esta capilla

De “música callada”.


66

Te recuerdo como en agua mansa

El cisne contemplativo.

Al través de la ventana

Aún joven la luna.

Bajo mis pies murmura el tiempo la eternidad.

Cruzo el meridiano de mi estancia en la tierra.

Mis recuerdos empiezan

A ser nostalgia en huida,

Grito de ángel que aletea en el Origen.

Deseo volver a la tierra, amasado

Por tus manos increadas.

Me llama la Llama.


65

Roca total en su inmensidad,

Conciencia infinita de Himalayas.

Roca de viva mirada. La Roca

Se acerca, respira. El humo del incienso

Esconde su desnudez.

En sus brazos los ríos se abren

Y yo me quedo balbuciendo

Alegrías desconocidas.


64

Del altar el pan:

Ácima divinidad

En frágil sombra.


Celajes blancos

Atestiguan tus huellas

En la naditud.


Garganta de Dios:

Orfeo caribeño,

Zorzal de fuego.


63

Te hablo desde este altar en llamas.

El incienso te busca. El fuego inconsumible

Arde en mi gemido.

Zarza que devora en mis entrañas

Noches aún niñas.

Belleza, revelas la eternidad en los abrazos.

¡Muero en llamas, retenme en tu velo!


62

Sangro infancia, avanzo en el estremecimiento.

Mi conciencia abre su mañana.

Me desgarra el origen. Se pudre la noche.

Ay manos que me tejieron, oh ternura

Perdida en el Edén.

Sopla en mi nariz tu nombre

Para que renazca en el vientre el alba.


61

Inciensas el altar que te redime,

La piedra donde la sangre habla por ti.

El Todo te endulza el paladar de vino,

Limpia la muerte en tus entrañas.

Entras al ágora sacrificial

Atraído por él entre lienzos

Y celajes de ángeles.

Tu caída es hoy gloria.


60

¿Qué hondas manos

Alargan tu angustia en la tierra? Persigues

Secretos mundos que nadie ve,

Ni siguiera tú con tu ceguera enterrada.

¿Entiendes porqué existes? Soportas

El peso en tu cabeza, Tántalo, y no desmayas,

Ni gimes. Invisible, tu sangre madura

En ramas de savia y rezo.

Toda tu ansia de ser se entierra,

Se esconde en el interior de Gea.

Buscas en el barro a tu creador, lo presientes

En la orilla del río, en el contacto con el gusano

Que te pasea la frente.

Raíz profunda que tiemblas y te abrazas

A la noche, a la tierra sin luz. ¿Quién

Eres al fin? ¿Cielo? ¿Vida

En los abismos? El cielo retoña

En la raíz madre del olivo

Y recapitula todas las raíces

En el Amor.


59

Por mi humanidad sube un dolor

Que estremece mi casa.

Me retuerzo como el mar, como serpiente.

Oh dolor, ¿cuándo anclaste en este puerto

Y te quedaste ahogando mañanas?

Se agotaron las lágrimas,

No amanecen los hospitales.

Desciendo al útero donde el barro

Fue vida. Mujer infinita, en la humedad

Intemporal de la matriz

Engendraste el sacramento, el llanto

De la carne que tiembla,

Dile a mis pies que regresen

Al agua transparente, a la antigüedad

Esencial de la luz.


58

El dolor nubla la tarde. Todo él

Se atrinchera en un rincón de mi cuerpo.

Dolor que labra la piel y golpea

La puerta con puños de hierro. Tenaza

Que muerde mi carne hasta hacerla gemir.

Qué hondo el río de piedras, cuán atroz

Su dentellada. El tiempo no corre. Una espada

Traspasa mi corazón. Aprieto el grito

En mi dientes para calmar

Los relámpagos de esta hora sexta.


57

¿Quién soy yo que a ratos la carne me bulle

Como un enjambre de abejas? ¿Quién,

Si en el altar la luna sale de mis manos,

Redonda, con vida? Yo, que sé beberme

El alba a rezos, que conozco

Los gemidos de las palomas en el alero

Del templo, ¿qué tengo de hondo

En esta orilla que me hala hacia dentro

O me arroja al fango?

Busco un asidero en el joven barro

Y no encuentro más que mi aliento

Atrapado a lo eterno como araña en su tela.


56

Ese puente tendido

Hacia el otro lado, ese puente fijo,

Que no se estremece ni se perturba,

Ese puente que tiene profundas esencias

Y tensos los nervios, ese puente que tiende

Su espalda para mudar

La luz del sol y el cansancio

De una hormiga, ese puente no muere,

Vive, se entrega, se inmola a sí mismo.

El río le reza entre las piedras.

Ese puente espera, aguarda a que pasemos

Al otro lado donde moran

Los vivos.


55

Alguien te empuja a beberte

El agua de los glaciares. ¿Qué fibras

Mueven tus recodos que lloras espumas?

Río en fuga, detén tu curso en esta orilla,

En mis manos. ¿Por qué avanzas

Tan aprisa?, ¿qué locura te arrebata

La calma? En tu fondo te lastimas

Y no hay cura para tu mal, excepto

En el océano. Llévame en tu piel

Que yo también al mar me precipito.


54

Hablo de la tierra, de lo hondo de ella.

Hablo de la grieta

Que se abre en el alma.

Duele la angustia.

Un viento secreto camina

Por mi vera como un lamento.

Ansío la lluvia, el origen de los ríos. Jadeo.

Brota agua y no es de la roca. Sale agua

De la nada. Es Dios que mana. Y yo

Aquí reseco como camino.


53

Las paredes amortajan

La oscuridad en que me hallo. Es frío

El abismo de la muerte. La nada

Me perfuma. Un lienzo envuelve

Mi esperanza. Palpo mis gusanos.

Muere la muerte. Madrugada,

Rumor de ángeles.


52

Noche, ¿qué secreto encubre tu ansia?

¿Por qué te avienes a mí

Que no tengo más que tiempo? Algo

Grande nace en este instante, algo innombrable,

Algo que gira, gira y gira

Revolucionando el ámbito de llamas,

Viento y cielo.

Se abrió la puerta, temblaba la tierra,

Y el mar y el gentío.

Entraste mudo, mirando la topografía

De mi edad.


51

Habito en mí, transido de cielo.

Mi carne es aún niña.

Avanza mi edad en el cauce.

Raíces le han salido a mi tiempo,

Luna a mis ojos.

Quedo aquí como un árbol, ¿oyes

El viento en sus ramas?


50

¡Ave, Cirio!

Faro en llamas enciende la leña

De mis huesos, alegra el zorzal

En la madrugada.

Que tenga luz en esta noche,

Que muerte me sobra en la carne.

Ay, Cirio, bájame de la cruz

Este llanto, apura el vino

En mi resucitada boca.

Gime la noche apoyada en mi ventana

Y en ella miro al otro que soy:

Gota de fuego

Que retorna a su esencia.


49

¿Por qué te asomas a mi ventana

Con tu ser de brisa?

Tocas mi sangre. Un ruido

De raíces se apodera de mí.

El cielo está aquí con su claridad.

El reloj perdió la memoria.

Donde abunda la eternidad

Sólo alas faltan. ¿Dónde estás Zorzal?

¿Qué rezos bisbiseas en tu pico?

La montaña descansa en mi hombro,

Tú te avienes en sus nubes preñadas.

La realidad está toda en tu nada

Como toda la luz en mis ojos.


48

Vid, tronco vivo de cielo, mira

Esta rama crecida, torpe en su andadura.

La rama, Vid, te comulga, te posee la savia.

En ti vibra la eternidad. De tu tronco

Retoña la palabra y crece la luz.

Atráeme a ti, oh Vid, que retoñe

En tu ser, misterio de suelo y cielo.

Ay, que muero sin retoñar. Tremola

Mi rama, apenas podada en la edad. Las hojas

Amarillean. Inyéctame tu aliento de gloria.

Se secan mis días si no llueve el fuego

De tus raíces. Sepúltame

En tu tronco, que resucite en tu savia.


47

¿Por qué me habla esa puerta? ¿Por qué se abre

Y extiende sus brazos en horizontal?

Esa puerta es de cielo, de carne. Puerta

Que se anonada y se empequeñece. Puerta que llora

Y sube al monte y camina sobre las aguas.

Puerta que se mira con la fe y se abre

Con los rezos de las tórtolas.




Ínsula presentida o los lugares secretos del mediodía (contraportada Ínsula Presentida)

Por José Acosta

Para que exista el mundo, hay que colocarle límites: una noche que lo oculte y un sol que lo defina. En el poemario "Ínsula presentida" de Fausto Leonardo Henríquez, la profundidad tanto es un elemento que ahoga como una madeja que invita a entrar, a percibir un mundo que, pese a su atmósfera desgarrante, está lleno de luces, de llamas, de reflejos que asaltan desde el principio del tiempo hasta un mediodía indefinido. "El mundo en su adolescencia,/ Empezaba a ser consciente de sus límites.", escribe el poeta, confiriéndole al mundo la certeza de un principio, asegurando después, en otro poema, que su espíritu es más viejo que la propia conciencia de tener un espíritu: "Y yo que creí que mi espíritu/ Empañado era nuevo."
El tiempo tiene un sentido perturbador, ejerciendo a la vez un poder mágico: "Me desgarra el origen. Se pudre la noche." Esas noches que según el poeta son "aún niñas".
Y ese llamado a ese mundo "que nadie ve", sólo el poeta que, como lleno de lo Trascendente, exclama: "Dile a mis pies que regresen/ Al agua transparente, a la antigüedad/ Esencial de la luz". Para luego admitir que: "El tiempo no corre. Una espada/ Traspasa mi corazón. Aprieto el grito/ En mis dientes para calmar/ Los relámpagos de esta hora sexta".
Este poemario es un canto al tiempo, no al que nos arrastra hacia el futuro, sino al que dejamos atrás, antes del nacimiento. "Ínsula presentida" está salpicado de poemas de una belleza y un lirismo extraordinarios, como la serie que empieza con el número 57, los cuales colocan a su autor, entre las voces más altas de la nueva poesía latinoamericana.

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Corta mención puedo hacer ahora (por espacio) de desempeños novos en poesía: el de “Ínsula presentida” (Ateneo, 2004) del reverendo Fausto Leonardo Henríquez, conductor de la propuesta Interiorista en valle de Sula. Mística y ardor, universalidad y comarca, espejo de mundo y de otro allá, sus versos retrotraen a placeres sólo alcanzables en islas de meditación y paz. Pasión duramente contenida, libertad para volar, Henríquez ya culminó la plenitud que únicamente provee la singularidad. (Julio Escoto, Honduras)
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