miércoles, 5 de septiembre de 2007

LA DANZA PÍRRICA, poesía de lo real social, 1997

DILUVIO

Vivo en una época de ríada.
Llueve en lo alto de las montañas
de la sociedad.

Los ríos, los arroyos, los canales,
todos, turbios, bajan arrastrando
lo insospechable. El débil gorrión,
inculto, de a pie, pero no memo,
despotrica, irascible,
contra las nubes
que gobiernan las alturas.

El tiempo, huracanado,
barre nidos mal hechos,
rapta frondas, bosques.
El diluvio de ideologías
pasa de cuarenta días
y cuarenta noches, y no cesa.

Muchos, queriendo entrar
en la barca que nos pasará
al siglo XXI, se dan coces
entre sí.
Yo, en la pirámide de los poetas conocida,
me refugio, y observo.


TALA

Existe una tala de valores
en el amazonas de la verde
posmodernidad.

Insensibles a la catástrofe
persisten los avaros
en despojar a las aves
de sus ramas.

Huye la hormiga del fuego
que devora sus antenas,
sus gráciles patitas, y todo
porque destruyen
tan hermoso paraje donde
viven las humildes hormigas.

Con hachas y sierras
caen los robustos valores,
desplomados como pinos
cincuentenarios.

Aves de bellas plumas de colores,
alcanzadas por las llamas
se estrellan en la duda.

Otros habitantes posmodernos
emigran a la religión en busca de una señal.

ESTRIPIS

El busto que enseña la luna
es de silicona.

Temo su amor profiláctico,
breve, de una noche.

Su cultura tatuada, llena
de grafitis pompeyescos,
es el latir de una falta
de sentido, de norte en
la vida.

¡Ojo! Es más fácil, mientras
las abejas están consultando
las flores, robar la miel de
los panales, y eso es lo
que hace el ladrón
de placeres, el apicultor epicúreo.

No ofrece amor de quilates
el satélite que unas
veces enseña todo su cuerpo
y otras, por fases, como
un eclipse estríptico, aunque
sea de plata o de oro.


ROSTROS SOBRE AGUA

Veo en la televisión
imágenes de rostros sobre
agua, de sombras dúctiles
testificando contra
la “oscuridad de la justicia”.

Pero no, “son hombres sin voz,
como flautas desgastadas
por el tiempo” que,
con su alcornoquina oratoria, llenan
de espumas sus palabras.

Jinetes que, a caballo
entre el poder y el dinero,
pugnan por galopar
sujetos a la crin del Estado.
Los relinchos, eléctricos, son constantes.

El desconcierto
huele a desesperación.

DEMAGOGIA DEL VIENTO

El fuerte viento, demagogo,
irritante, sopla desde los
Pirineos de la Ciudad,
persuade a la plebe frágil
y tima su visión átona.

Descubro bajo los papeles
una realidad virtual, que
no real, un cibernetismo
de promesas ápteras,
disfrazadas con máscaras aristofánicas.

Ni con lentes de contacto
es fácil ver el gemido
de las golondrinas morir.

Sin hojas se va quedando
la esperanza.

Los códigos para acceder
a la base de datos
del disco duro del presente
los tiene el viento,
él que arrastra las masas, las adulaciones
y los aplausos de los follajes.


HOGUERA

Digitalmente la cultura
se va configurando, temerosa,
rauda e inerme como el embrión
de una súper nova probeta. Es la
era irisada del disco compacto
de saturno, la “danza pírrica”
al rededor de la hoguera informática uránea.

La voz a través del tiempo
cruza el espacio sideral
como una lanza y se clava
en la diana con precisión de saeta.
Se informatiza el aire.
El fax envía besos.

Circuitos de alta velocidad
abren nuevos mundos a los
que se aventuran más allá del futuro
sumergidos en campos selváceos
como sombras de campos de concentración.

ÁGUILA

El águila real, con su
corvo pico y sus tiernas
uñas, mira a la undosa
serpiente sobre la tierra
batir polvo, espumas.

El águila de ojos dorados
“encorva sus manos
para arramblar con todo”
para apuntar con el índice
sobre sus presas y clamar
un real decreto de facto
a favor de sus riscos
y su estirpe.

La serpiente, con sus
alfilerados y mansos colmillos,
murmura y maldice
al príncipe de altos vuelos,
mientras escapa de sus caricias.
Pero deseosa de darle el beso
de la muerte,
el antídoto de su lengua,
el líquido de los sueños
del nunca despertar.


GRANOS DE LIBERTAD

No, no probaré ni voy a
“engullir el caldo de la política”
me resisto a tan suculento
aliño de discursos ajados.

No voy a comer en la mesa
de quien no habiendo
segado el trigo
de la justicia,
presume de haber sembrado
los granos de la libertad,
y de Pericles, el orden.

Sospecho de los vendavales
que hinchan corbatas
y exaltan pajaritas.

Quienes soplan en calidad
de cierzos y sacuden los medios
de comunicación, como si
del mar o torbellinos se tratase
llámense “paflagonios”.


MALESTAR

La cultura tiene náuseas,
digamos que un malestar de embarazo.

En ella San Mercado es el Zeus
de las Atenas posmodernas,
el dios Mammona que atrae
a los piratas de los ceros,
de las grandes cifras generosas.

Don Capital, pase y siéntese.

Don Capital es miel silvestre,
flor de labios que seduce
a hombres y mujeres sedientos.

Ese apuesto señor de señores,
jovial, atractivo, garante de porcentajes,
con manos de seda, tiene
encandilada a esta cultura
que le inciensa y le rinde alabanzas
con una liturgia de bancas
y de tarjetas de crediticios tributos.





DESCONFIANZA

La desconfianza tiene alas,
su rumor se expande
por el país. Lo que llevan
la antorcha olímpica
de los juegos
impiden “que el bien logre el triunfo”.

Los ríos de la honestidad,
están contaminados, la ética bolla
como un pez muerto. Moho verbal,
aceites y residuos de fábricas de mentiras.

No hay ecología de pensamientos.
Goteras de maldad caen. La paciencia
se muerde la lengua. Arde la brisa,
crepita la incertidumbre.

Con los pies fríos y la sangre también,
gobiernan las ranas. Su croar ha despertado
la alarma entre los grillos
que tijeretean amenazando
la madre del día que cubre
la tan deseada aurora.


OCÉANO ESPACIAL

Satélites inteligentes
giran en torno a la córnea
del globo azul, detectando
el lugar adonde van
a pacer las nubes, pastoreadas
por el viento boreal.

Más allá del tiempo, a través
del tiempo, navega la
imaginación, como una nave
que conquista el nuevo mundo
de las pléyades, la danza
de las galaxias y el real palpitar
del Corazón del Cielo
por la sonda galileica
incinerada por la ternura de la atmósfera.

El espacio es un océano
nítidamente navegado, y cuyos
puertos, que se ensanchan
como alas de cóndor o cola de pavo real,
aún desconoce el Almirante aeroespacial
y los marineros de “mar en tierra”.




CLONACIÓN DE IDEAS

La inteligencia clona ideas esmeraldinas.
Microscópicos pensamientos, químicamente
elaborados, alumbran
hallazgos felices. Hay que “sacar
a la luz con éxito las semillas
de la inteligencia”.

El homo sapiens, pez que nada en el agua
de la materia y antimateria,
con su lámpara encendida
camina por los abismos
de misterios bigbánicos.

La inteligencia, tizón que arde
sin consumirse, voraz, crujiente,
escudriña las redes del hipotálamo del cosmos,
el aparato circulatorio de los planetas,
de las criaturas errantes.

GOLONDRINAS

Las golondrinas cargan
en sus espaldas el fardo
de un llanto fosilizado.

El aire ha sido sometido vilmente al dolor.

Desde que el hongo atómico
paralizó la sonrisa de miles
de estrellas, sentimos
una culpa redonda.

Desde Hiroshima
hasta la punta de la penca
de este fecundo, pero duro peñón de años
se han repetido análogas fugas
de gases hidalgos, amantes de la vida, ¡ejem!

Gimo. Grito. Pienso. Respóndeme, luna,
¿cómo es posible que te hagamos
tantos visos metálicos de maquiavelismo?
¿Por qué tiene pena tu rostro pardo?

El mar está triste,
inclusive el sol.



PAZ

Si alguna cosa al día de hoy
quisiera dejar impresa
en la lámina del presente eólico
es, al menos, un pensamiento.

Hoy mi mente, cribada
en el paño de la transparencia,
va dirigido a aquella paloma
blanca, de dulce mirar
y gestos de niño: la Paz.

Dile a la bala, abeja
de aguijón blindado, con tus
arrullos de fagot,
que renuncie, que deponga
su bélico instinto.

Adáptate a la flora política,
a la fauna de la Economía, y, mimetízate,
toma el color del diálogo, del intercambio
de picos.

RETORNO A LA CONCIENCIA

Tendrá, acaso, que volver
hacia la conciencia
el carpintero para restaurar
uno a uno los agujeros
en las palmeras, en el cielo,
y pedir perdón al racimo,
al grano, al dátil ofendido
por su lengua de metal y misil.

Con la misma piedra, una y
otra vez tropieza la libertad.

Vendada, rota, cojea.

Orad por nosotros dulces y mansas
tórtolas enjauladas.

Sé que vamos desplegando
las velas de las ciencias,
rompiendo las olas
con turbinas tecnológicas.

Pero ¿cuándo diremos lo mismo
del mirlo, del águila y de los gorriones?



PROFANACIÓN

Política, te veo prostituida,
profanada. Tu cuerpo, hermoso
y platónico como el de Psique, atrae
a los más lujuriosos.

Ya no es lo mismo ver
cómo unos tras otros paralizan
tu aliento con orgasmos
que no son de amor,
poseyéndote epicúreamente
en lechos de mentiras y ambición,
que no de plumas.

Tus labios de coral, mordidos;
tus cabellos de oro, cayendo en cascada
sobre tus hombros de jade; y tus
divinos efluvios
de grandeza, han sido
sacrílegamente ungidos con óleos
de envidias.

Tu nombre, esculpido en el mármol
de la democracia,
se confunde entre las imágenes etruscas.



ONDA EXPANSIVA

Muros de odio han caído
como fruta que ya no resiste
la débil ramita y dan fe
de quien teorizó la gravedad.

La onda expansiva de Europa
se ensancha en espiral como una cámara de vídeo.

Aleación de ideas, puzzle
de utópicas clonaciones germinales.

Es la era del internacionalismo
de los dioses, de la universalización
de su omnipresencia. Se urbaniza el cielo.

Ensayos nucleares en el interior
de los palacios, guerras galácticas
en el cosmos de las mesas redondas.
¿El caos? ¿El orden? La metamorfosis.

CONCHA SONORA

Esta era es una “concha sonora”
que guarda en su interior
el seseo de las más prestigiosas firmas.

Una generación tras otra
se sucede como perenne
oleaje en la abrupta costa
del mar de los años.

Mañana nos juzgarán
cuando los arqueólogos
de los acontecimientos acerquen
a sus oídos la concha
de este turbulento siglo,

y escuchen cómo las olas
de nuestra barbarie
llegan a la orilla, mugiendo,
arrastrando nuestras debilidades
y excelsitudes.

Cuando eso suceda, un dulce
ardor mojará las mejillas de nuestro rostro.


PROLE

El Hurto tiene varios hijos
con la Sra. Avaricia: Estafa,
Avarito y Hurtado.

Son tres personalidades
de clase, de colonias caras y
de brillantes trajes largos de lino.

Sonrientes y amables te clavan
el punzón en el costado
de la cartera.

Es característica propia de sus genes
el caronteo, el sisar tus bolsillos
para pasarte al otro lado de río,
al lado de los hurtados,
al infierno de los estafados.

Si dejas
caer sus palabras, verás
cuán huecas eran, cuán pútridos
sus sibilinos chantajes.

SÍSIFO

El hombre ha subido la empinada
sierra de la historia,
y ha sabido llegar
hasta el altiplano del año dos mil,

mas no sin resbalar ni sin
que la piedra sisificada
de la libertad se le volviera
hacia abajo, rauda, vertiginosa,
obstruyendo el ascenso
a las hormigas, el albor de la Verdad.

Parece que una negra rueda
da vueltas en torno
a la esperanza, repitiendo
los eructos del mal, el play back del horror.

PROMETEO

Nuestro tiempo prometeico
está encadenado a la roca posmoderna,
al tronco robusto del capitalismo,
a la encina tecnólogica.

Un virus de sabiduría, de pavesas,
vértigo intelectual, puebla
las pantallas gélidas de los ilustres
soñadores igníferos.

Hemos robado el fuego
a la libertad, ¡oh dulce
equivocación afilada!, y nos
hemos quemado las yemas de los dedos,
las manos, la sonrisa, la visión.

Hay un ave en la sociedad
que devora el hígado
de nuestro tiempo.

Denota que hay una red intransitable,
resbaladiza y arácnida
en la que estamos atrapados. ¿Saldremos?
Sí, “dice la esperanza”.



CAJA DE PANDORA

La libertad es una caja de Pandora,
un diamante que reside
en la testuz.

La modeló el “Corazón del Cielo”.

Cuando el hombre abre
el divino don,
las ideas brillantes,
de oro unas, de plata, cobre y bronce otras,
titilan como luciérnagas.

La libertad es ciega, pero ve.
Repito.

Ella quiso volar sin ser ave
y, aún siendo una niña
descalza, torpe, epimeteica,
continúa ensayando la triste insensatez
de obrar a contra luz.

Nunca muere la esperanza,
pues “tan sólo allí dentro
permaneció la Espera” oculta en el jarrón.



DOS MUNDOS

El Primer Mundo —halcón
de suaves uñas crueles— tiene
apresado al Tercer Mundo
—ruiseñor de canora
garganta y frágiles
cuerdas vibrantes—.

El poderoso alado mundo
oprime entre sus garras
al gimiente tenor.

Le ha suprimido
del derecho al vuelo, a la vida, al canto.

El viento se lleva
sus reivindicaciones.

El ruiseñor, privado de sus
libertades esenciales,
es sometido por el halcón
que le hace sangrar
los costados y las manos.





HUIDA

Huyes, Ciudad, de ti sin percatarte,
y no te ves
en el espejo que te miras.

Buscas los deliquios
de las uvas,
los eclipses nocturnos,
y los raptos de azúcar bifurcal.

Temes encontrarte contigo,
por eso rehúyes tu propia sombra.

Si quieres ser lo que anhelas,
retorna a la orilla,
a la cuerda del equilibrio,
al olivo viejo
que siempre te ha evocado,
por su larga y sabia senectud,


el palpitar
que en tu tórax perpetúa
la verdad de tu existencia.




EFERVESCENCIAS

Hoy la justicia
es efervescencia de burbujas,
de pantomimas de gaviotas
moribundas y tristes.

Veo retorcido el cuello blanco de lo justo.

Un clamor de cascada
es el pueblo que brama
recorriendo las amargas calles
ennegrecidas.

Protesta el viento.

La tromba gubernamental
cae desde lo alto del país,
apisonante y embiste
contra la justicia,
aplastando sus miembros.

Es el signo dodecafónico
de una época flaca y escuálida.





REPLIEGUES

Contemplo el rostro contraído
de la colectividad.

Se adivina con la rapidez
del movimiento de la vista
sobre los objetos “la indefensión
aprendida” síndrome del jilguero
que no canta porque se ha convencido
de que no inventará un nuevo gorjeo
cuando la claridad del alba le sorprenda,
de que ya no sirve su canto porque no cambia
su timbre de voz.

Es el desentusiasmo de la estrella
que se abandona a la muerte, de la tarde
que se resigna porque ve cómo la oscuridad
se lanza sobre ella y ya no puede controlar
sus nervios, ni modificar el devenir.

Como levadura en la masa de la población
nos invade el síndrome del jilguero.
Hay que evitar que llegue
hasta la esmeralda,
al olivo.



CAMBIO CLIMÁTICO

Se percibe un cambio climático
en la atmósfera de la sonrisa,
apenas nieva en los montes de los labios
de esta especie que se extingue
infectada por la lluvia ácida
de un lenguaje corrupto, pestilente.

Tremola el miedo. Lo miro
por el ojo de la cerradura
de la realidad y los amarillentos aconteceres.
Es un miedo frío, indeciso.

La brisa arrastra ideologías
como hojas de otoño,
y los pinos, lejos de ser zampoñas,
como lobos aúllan.

Si no fuera por los retoños
del hendido tronco del destino
habría dicho a la tórtola
de mi alma: “a tu nido vuela”.


MI TIEMPO

Mi tiempo es un pelícano
de bajos vuelos, de sólidas huellas,
no firmes sombre el mar,
que se borran imperceptiblente
con el paso de los trabajos y los días.

Se eleva el cuello del cisne como un periscopio,
cuestionando la dirección
del intelecto, el rumbo de la nave, el norte.

Todo pasa rápido, más veloz
que los pájaros y que el sonido. Todo parece
ser nube transportada
hacia lo ignoto.

Mi linaje nada en la epidermis
del presente,
mas yo soy pez de mar,
de atlántidas profundidades.


GRIETAS

Las piedras con las que se construyó
la mansión lírica del Bienestar
se agrietan
como tierra que se agosta
o como cielo que se resquebraja,
domado por los latigazos del relámpago.

El invierno entumece sus huesos, y, con pies
fríos y sus manos heladas,
pasa descalzo por sus temores.

Las ventanas están abiertas,
danzan los visos suavemente, mientras
los chuzos solares
atestiguan la infiltración
de un aire que mata.

Los arquitectos analizan
los cimientos con prisas de cirujanos.
No ríen; en cambio, se cruzan miradas.


DITIRAMBOS

El río, sufriente entre
las piedras; el mar, cano
y celeste; y la brisa bufona
en los árboles, buscan el aplauso,
la adulación.

La voluptuosa tortuga,
enchapada de frivolidad,
se calienta a la luz
del sol de la complacencias.

El listón no es alto
para la voz si se salta
en la pértiga del favoritismo.

Piensa el roble para sí: es indispensable
estar bien con el carpintero
si en silla real me convierto,
clavado con clavos de oro.

DANZA PÍRRICA

Se le ha caído el cabello
al siglo, al milenio.

Ahora es ciudadano sin fronteras.

Una década, y dos, y tres,
forman una biblioteca de sueños,
y abren las aduanas
del futuro.

El pasado emite en la memoria
los mimos de una vida,
de muchas vidas, que bailaron
“la danza pírrica” o una
zarzuela de hojas en las ramas.

Soy testigo ocular de cómo
con su bastón
camina, lerdo, encorvado, viril,
el anciano, abatido por los duros golpes
en el pecho provecto.

GOLDEN EYE

Incuba en su nido, el porvenir,
lo inédito, el asombro.

Está abierta la puerta
de lo insospechado. El verbo
crece, el nombre toma forma.

Evoluciona la óptica homini
y trepa el Éverest de la materia
del pensamiento con agilidad
de mono en las ramas.

Juegos químicos delatan
el “golden eye” del cosmos de la mente.

Por ese espacio, incólumes,
inermes, rotamos en torno al misterio
como lunas de dulce canto y eterno ritmo.

Es cosa seria ver fluir
el río de la palabra, rozando
las orillas de la verdad, y verla
desembocar, feliz, en el atlántico
de la poesía, insondable depósito de belleza.



OMEGA

Llega el final, el omega impertérrito,
montado en el alado Pegaso.

Nos abocamos al salto,
al vacío, como paracaidistas
de oscuros agujeros desconocidos.

Emociona lo irrastreado
por la imaginación, lo intocado
por el alma, por la voz.

Oímos un rumor de agua
por el bosque lejano venir, raudo, audaz.
Es el himno, el idioma de la esperanza.

Se deshiela el hielo de lo posmoderno
y sus finos cristales zollozantes, corren
hacia el desagüe de las sombras.

Nueva nieve azucarada, pura, besa
el suelo de esta era embriónica.

CIBERCIVILIZACIÓN

Un signo ígneo,
de fácil captura prismática,
cruza la órbita
de mis ópticos astros.

Es un cromosoma
de larga estela “epocal”
que arrastra el bramido,
el rugir silenciado
de la cibercivilización.

Es un corpúsculo
que no se sabe hacia dónde
se dirige tan resuelto,
asombrado de su velocidad.

No conoce ni ruta ni puerto,
ni horizonte ni puerta
que dé hacia el sol.

Se presagia un cálido plumaje
para los hijos
de las estrellas,
un nido para la nieve.



TOJOS DESPIERTOS

Entre los espinos
despiertan los tojos,
heridos de tecnología, y están crispados.

Se alza como un pájaro
de acero la muerte,
blanca de luz, sobre
el espeso aire.

Montañas, vencidas
por escalador del pensamiento,
por el chorro de agua,
ceden, seducidas por
los arpegios de la lira
suave de Orfeo.

Nuestro ocaso es ser estalactitas,
oro dulce de los panales,
columnas palaciegas
que sostengan el templo
de la humanidad.


EPIGRAFÍA

Esta obra, escrita bajo
la encina milenaria, no es una tragedia,
sino un sonido, un color, un nombre
aún por nacer.

No es una profecía, sino
el umbral desnudo de un tiempo,
el torso de un instante
de mi vida.

Es un retrato epigráfico
de una mirada escudriñante.

He dado un nombre a esta bola
de billar que busca su boca
en la mesa verde
del destino.

Quizá fue más agudo
el dardo que la tilde
con que marqué la vocal
de una generación mimética.

Eso fue lo que el ojo vio,
no la pluma.


MUERTE

La hoja mojada del alba vieja
soporta sobre sus ancas
el grosor del crepúsculo,
el peso de sus rayos
moribundos y sinceros.

Muere en olor de multitud
la cigarra, oriunda presencia
de un grito que se pudre
entre la hierba estival de la posmodernidad;
ya nunca verá su propia biografía
la que tanto vibró por la vida.

Si tierra, lluvia; si
semilla, retoño, pero jamás
extinción, cenizas; jamás
alfiler en la piel, en la manos.

El descenso es inevitable
cuando se ha subido
a la cordillera de la existencia.

Calla, cigarra, para que se oiga
tu eco.



MAR CANSADO

Con brillantes “versos de oro”
tapio el cuerpo de un período
sin padre, aunque no sin
quien lo engendrara.

Este duro y lapidante
caminar entre zigzagueos
se suspende.

Y es que el brasero,
por la leña alentado,
vuelve a la calma.

Es hora de detener el flujo
de la araña verbal
que teje con hilo de aire,
marcando el periplo de sus inquietudes
en la tela fina.

Hasta el mar se cansa
de jadear, no menos el pájaro que canta.


CAMPO VERDE

El sol sentía
en los inicios de la alborada
un suave cosquilleo de cristal.

Entonces trepar en los árboles
era sencillo, sentarse en la orilla
de los arroyos y cavar
en el suelo, mas todo “se quedó
como un lirio”: el pulmón
de la alondra, la farola
que alumbra en la noche
y la fotografía de mis abuelos.

El gusto de la fruta
ha cambiado después de tantos golpes,
es mejor esperar a que vuelva
a verdear el campo
de los ideales: el pensamiento.




EPITAFIO

Un último instante
me resta en este póstumo suspiro
para colocar un epitafio en el mármol
de mi generación.

Soy aeda de tenaz saliva
y llana frente vertical. De veintinueve
anillos que vertebran
mi juventud de sereno roble maderero.

Aguardo la llegada
del cirujano, de aquel perito
que levante el cadáver de mi voz,
si está muerta, o la eleve
a la dignidad, si está viva.

Pero hasta que eso suceda
poned en mi tumba: “la musa le
ha derramado un dulce néctar
en la boca”.
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