domingo, 9 de septiembre de 2007

ESENCIAS COTIDIANAS, poesía de experiencia, 1996

EMPRESARIO

Corbata de plurales colores.
El traje de cielo o mar. Zapatos africanados.
Gafas de oro, de vivos espejos. Pelo dormido,
tumbado hacia atrás,
hermanado con el calzado.

Maletín en mano, preso entre sus dedos.
Monta su coche. Mira el reloj.
Hay prisa por llegar. Enciende un cigarrillo.
El humo se pasea por el aposento móvil
y se retuerce en el aire
con adolorida pesadez.

Llega a la oficina, saluda sin mirar,
da un vistazo a la agenda : muy ocupada.
Llama a la secretaria, le dice unas cuantas cosas
que se evaporan,
hace pasar a los clientes ;
y así va desplumando el tiempo
como a la más vil perdiz.

Al atardecer monta de nuevo su nave
y emigra hacia la nada de la noche
como un pájaro taciturno.

AUTOBÚS PÚBLICO

En el autobús las miradas
son fugaces, locas ; unas caen al suelo
y otras salen por la ventana buscando el aire, una excusa,
perdidas.

Las caras se vuelven cuadros fijos,
recios e inusitados, mecánicos, crueles,
a veces dulces.

Los labios se endurecen y toman
una extraña curvatura
de odio. Usuarios sentados como parejas de tórtolas,
se rozan, mas como si llevasen paredes
de cristal, largas y anchas en las sienes, acorceladas ;
y varillas de metal en el cuello.

Usuarios de pie, como en una red una multitud
de peces casi al filo de un beso,
sin ni siquiera permitir a sus ojos
un ligero encuentro con otros ojos.

En el autobús público
la gente terriblemente junta, pero lejos de sí, a años luz,
como planetas que se repelen, pero
que giran en un mismo sistema, distantes entre sí,
sin embargo, necesitándose.

HORA PUNTA

Un hormiguero humano puebla
la gran avenida. El semáforo, como brasa encendida,
detiene con su barrera de sangre,
en el borde de la acera, al pelotón que, impaciente,
militarmente parado, armado de una feroz prisa.

Al otro lado de la negra calle aguarda, de frente,
listo para emprender una batalla
de hombros y trompicones en el paso de cebra, otro pelotón.

Pitan los taxis. Cambia a verde la luz : dos ríos
desembocan entre sí formando un remolino humano.
Observo la confusión, linda confusión
de la ciudad posmoderna.

El semáforo continúa dando órdenes,
vuelvo los ojos al rededor.

Fluye el gentío. El bullicio penetra
esta hora aguda. Poco a poco se va apagando
con el girar de la tierra que gira
sobre su cintura.

ANCIANO

Es domingo de mañana de verano.
Le veo hojear el periódico, formando un cuatro
con su pies cruzados en el balcón.
Mueve vivaces los ojitos.

De pronto les brillan como el sol, una noticia
le interesa. Pasea la mirada por las estrechas calles
de los párrafos. Para. Piensa para sus adentros.
Mueve la esquina labial
derecha, revela incertidumbre, desacuerdo, acaso.

Salta de página, y va floreando los títulos
de cada sección. Cierra un momento el diario.
Se peina, suave, los ojos. Bosteza. Vuelve
la mirada hacia la ventana desde donde la torre
de una iglesia, como un cohete se yergue
hacia las nubes.

Continúa la lectura sobre cultura. Ahí se queda
largamente bebiendo información, fina como arena
de un reloj de tiempo. Al acabar se recuesta amodorrado
sobre el mueble.

Sopla la brisa y se tropieza con Don Dámaso
y con el diario cansado, tendido sobre sus piernas
cruzadas en equis.

BAR

Hay un hombre sentado en el bar.
Lo veo con la cámara de mis ojos. Sus dedos
aprietan el cuello de un cigarrillo encendido.
El humo sale de sus cavidades
con blanda paciencia. Piensa, distante,
con la mirada fija, perdida.

Los dedos de la mano derecha trotan
sobre la mesa como caballitos de madera.
Desganado levanta un vaso de cerveza ;
sorbe, largo, el trago.

La luz rebota en los cristales
y alumbra el rostro de ése hombre
de pelo plomizo. Hay música popular sonando.
Se oyen voces que forman un cóctel
entre humo y risas.

De repente, una sombra se levantó
del recodo que yo observaba con las manos
en los bolsillos, y ascendió a los cielos.

CAJERA

Me acerco a la caja para pagar,
una muchacha rubia, de ojos zarcos, me espera.
Tiene ahorcado, en forma de cola
de trigo agavillado, sus cortos y lacios cabellos.

Pica con sus dedos divinos
los huesos cuadrados de la calculadora,
devuelve monedas de oro y billetes de simpatía.

A todos sonríe inéditamente con su sonrisa álbea.

Hay dulzura en su corazón público. Estoy
apunto de pagar. Es bella como la Venus de Milo.
Por ser ella quien es eleva a su dignidad el oficio
que realiza, vive y premia con su nevada boca.

Está entregada a su trabajo haciendo
felices a los bolsillos tristes y a los codos duros.

De perfil, la estatua, como tallada con manos de seda,
se mueve con movimientos profesionales. ¡Qué canora
su voz cuando habla !, ¡es un ángel !

PASEANDO EL CAN

Es de tarde. El día es provecto, se encorva
a medida que danza el blanquiazul globo
que nos mece en sus brazos.

Un mujer de la edad del día
pasea a su mascota canina por las aceras.
Ayer y antes de ayer la vi con el can, y hoy.

La cuerda plástica reprimía al animal los instintos,
y él le reprochaba con la mirada sus prohibiciones,
y continuaba consultando el suelo
con su nariz e iba bautizando
los recodos y las esquinas de las casas
dejando mensajes en código.

En el tronco de un árbol, acuclillado,
el chucho evacuó. Dejó el aire envenenado,
herido, rancio.

La anciana, acostumbrada a las mareas fétidas
se alejó dirigiéndole el camino el canino.

Se muere la tarde.
Dormida se va sepultando entre sombras.


CALIXTO Y MELIBEA

«De tal modo se amaban que,
siendo dos en amor,
sólo eran uno en esencia»
(Shakespeare)

Una joven pareja sentada en un banco
del parque central, toman el uno del otro
la miel que las abejas del amor en sus labios
produjeron de silvestres miradas
de amíbal, miradas que eran flores
sedientas de tacto y caricias.

Hay chopos otoñados en su derredor
y su amarillor corona su entorno con excitante
brillantez.

Mientras consumen las últimas brasas
la gente que transcurre, con disimulo, mira y no mira.

Se enciende el sol y sus rayos pasan entre los follajes
creando lagos minúsculos de luz en el concreto pasadizo.

Las dos tórtolas, mientras, se miran a los ojos. No,
quiero decir : se besan a los ojos.
Juntan su frente, y retozan,
breves, con sus narices.
Y sonríen.

BIBLIOTECA

El silencio es purísimo. Sólo la vibración
de las lámparas de mercurio
se percibe microscópicamente, como remotos grillos
de la noche.

El hojeo de los apuntes, libros y cuadernos,
es música, y el rumor
de los lapiceros, al jugar en la arena de la página,
dando vueltas, es el colmo
de la ternura.

El susurro de las palabras que se cruzan los estudiantes
es de exquisita asonancia
y premura ; las eses cortan el silencioso templo
de la sabiduría con su bisturí,
y su fina melodía
ondea en el caracol de mis oídos.

Las sillas evitan el ruido, las puertas
se abren y se cierran con meditativo sigilo litúrgico ;
los pasos mongiles temen herir el suelo
con sus tacos.

Hay aquí un sabio silencio de intelectualidad.


PLAZA DE LA FUENTE

Las palomas níveas y mansas
de la Plaza de la fuente van a los pies
de la anciana, blanca como ellas,
la cual vuelve arena los mendrugos de pan
que lleva en su saco.

Algunas palomas se asientan, amistosamente,
en sus hombros, y con sus piquitos ingenuos
les dicen, picando el cuello,
secretos a voces. Y ella les habla como a hijos
mientras les pone en sus picos
pequeñas migas.

Hasta en las manos se posan las más sociables
y comen y vuelan y vuelven.

En el centro de la Plaza de la Fuente
parece que ha nevado, y es verano. Hay todo
un círculo de ebúrneo plumaje
que rodea a la provecta mujer.

La fuente, como si de Rodrigo el Concierto de Aranjuez,
hace feliz el oído ; es lo último en dulzura
encarnado en lo blanco de lo blanco
de tantas alas.

La anciana se ha marchado seguida
alados ángeles de plumas y espumas.


DANZA CIUDADANA

Hay una armonía ciudadana
de azules magnetismos, una música
que es perla plural
en las anchas y estrechas calles,
avenidas y bulevares.

En el ojo de la capital, el zumbido de los abejorros
mecánicos es el eco de una danza
ejecutada en el anfiteatro del aire libre.

Es una danza cotidiana, martilleante,
armonía vulgar, si se quiere, mas digna de admiración.

El elástico
alejarse del sonido de los coches
araña como un gato el petrificado asfalto
de duros músculos.

Con imperativo kantiano
pestañean los tres ojos de los semáforos.
Detienen la danza o la autorizan.

Dentro de este desorden hay un orden ; no, hay
un orden desordenado en esta sonata urbana.

He acabado ebrio de ciudad,
envuelto en las ondas apócrifas del murmullo
de la civilización.


EL PERIÓDICO

En el diario del día, como en muchos días,
una fotografía detuvo
los últimos gestos de dolor
de un hombre que pasó la frontera de la vida
violentamente, sin querer, como forzado por el sino.

Tiene la cara rota por la crueldad, llena de sangre.
Además, tiene pálida la mirada fija,
y abierta la boca,
cual si tuviese en la punta de la lengua
la mitad de una palabra inconclusa.

Un cariz de la tristeza de Don Quijote
en una de sus fracasadas luchas
hay dibujada en su rostro.

El cadáver se mantiene inerte en el periódico
durante muchos días, sin pudrirse.

A las dos semanas, reciclado el papel,
vuelvo a ver el lamento estático
del cadáver de la primera plana,
pero ya no me impresiona porque otras
imágenes atroces han asaltado mis ojos.


HISTORIA

Sobre la corteza de la realidad
se asientan la historia, el mar.

Esta historia que teje la araña del presente
se va poblando de periódicos, revistas, agendas,
libros, cuyas palabras enmudecen en los archivos
oscuros del tiempo.

Cuanto más años se suceden, cuantos más siglos
se petrifiquen en el devenir
de esta corriente impetuosa, irreversible y sabia
de la existencia, más profunda se avendrá la historia,
como un pozo que en vez de crecer en agua,
crece en fondo y agua.

Crecer es sumergirse en el mar, como hacen los ríos
ambiciosos, en el mar de la realidad, y buscar
los granos de trigo que hay escondidos
en las espigas de la vida,
que es oro, alba, sueño.

Hay que romper la timidez de la inteligencia
como un cristal de coche
y salir como un rayo al encuentro del mundo.


PARAGUAS

Arena de agua, grana, vidriosa, la nubes
grises desgranan como maíz.

El cielo expresa sus emociones. Cuando
quiere llorar, no llora.

Una gran capota, del color de la tristeza
está tendida en el combado azul plúmbeo.

Pequeños cielos rojos, negros, verdes, etcétera,
cobijan el hormiguero humano
que sale de trabajar. Saltan escurridizos
los diamantes sobre los calderones en movimiento.

El paraguas es para mojarse de una forma
más disimulada ; te mojas y no te mojas con él.

Las nubes son ubres de agua, minas de arena,
de nieve, rocío y escarcha.


ESTACIÓN DE TRENES

Salen y llegan los trenes. Estoy sentado
en los asientos acostumbrados a la espera.

Al frente, la pizarra con los horarios. A su lado
un gran reloj público.

Bullen los motores de los largos gusanos de hierro.
De pronto, silencian y se quedan dormidos,
pero despiertan sobresaltados,
como de una pesadilla, y emprenden,
mordiéndose los dientes en los rieles,
y tirando chispas, protestando como esclavos.

La gente viene y va con prisas, arrastrando
las maletas y bultos de mano.

Cambia el horario de la pizarra electrónica.

Un hombre aguarda sentado, mueve la punta
de su pie derecho ; fuma, absorbe y expira el humo
que se desintegra en el aire como un pensamiento.

Fluye la gente, ansiosa por llegar a algún lugar,
a un sitio que acaso no esté muy lejos
de sí mismos.


EL SOL

Arde en puro fuego las 24 horas,
incansablemente como paja seca,
derritiendo el frío añil inmenso
del espacio.

Busca la piel y un mar donde reposar
su crepuscular cabellera.

En el fondo del cielo una moneda fraguada
pende del vacío sustentada tan sólo
en las raíces que le surten
de su elíptica cara flamante.

El sol es feliz. Se entrega al cosmos.

El sol sonríe continuamente, y no muere
su sinceridad.

Aunque las nubes se empeñen en entristecerlo,
allá arriba, muy atrás de ellas, sigue dándose
al mundo con dulzura y amor de fuego.


EN EL CINE

Un larga cola humana se extiende
en la entrada del cine. Se mueve lentamente
como las cosas de palacio.

Celebra el tiempo su paz. Las luces parpadean
i tiemblan en el entorno pardo de la ciudad.

Un abejoneo puebla, junto al rodar moribundo
de los coches, la entrada roja del cine.
La fila, a la vez que se acorta, se alarga.
Más rápida cada vez, pero más lenta.

Novios impulsivos roban rosas al rosal.
Es invierno, quizá por eso el amor, con premura
busca el amor y palpa los rincones sutiles.

El fin de semana pasa, agotado de besos,
imágenes y luces. Este es mi ambiente noventuno.


LA TELEVISIÓN

La TV ata con el imán
de sus colores ; sus imágenes se mueven
mas no piensan ni sienten.

La TV habla, aunque es muda ; es ciega,
pero hace ver.

Habla de lo perruno y lo vil,
lo hedonista ; la bruma mórbida de la tierras frías
y faltas de calor.

La TV obedece ciegamente, sin embargo,
a unos metros de uno,
te controla a distancia con el mando.

La TV hurta la masa gris de la frente,
anula la razón y la encierra en las rejas de lo frágil
y lo fugaz.

Se evaporan como vaho en el aire
las ideas creativas y las miradas aedas.

La imaginación ante la TV es un bote a la deriva,
un ave que se despluma.


CABINA TELEFÓNICA

En una esquina de la calle
la cabina telefónica es concurrida.

En el closet de cristal se encierran en sí mismos
sombras que emiten una voz que emigra en la distancia
y viaja a la velocidad del sonido
y encuentra, al otro lado, un caracol.

Hay gestos amargos, tiernos, y duras
frentes arrugadas que no percibe
en el que escucha y que sólo es testigo
el estrecho armario público.

Por todas partes hay teléfonos.
Se puede llorar, reír, fingir,
burlarse por el auricular,
y crear una nube negra en la voz que oscurezca
de falsedad e hipocresía
el arco iris canoro de la lengua.

El teléfono acorta distancia,
pero estás lejos, del tú y de ti, acaso.


GUARDA URBANO

El guardia urbano detiene la velocidad
con las palmas de la mano, la asusta con el pito.

Baja la pared de su mano izquierda
y levanta otra con la derecha.

Los coches arrancan desesperadamente,
zumbando como abejas,
a la vez que dejan una gris mancha quemada
de humo tóxico, ¿de la vida ?

¿Hacia dónde vamos ?, dímelo tú, ruido
de la ciudad. ¿Nos ahogará la amalgama
de la posmoderno ?

¿Por qué calle
del tiempo llegaremos a nuestro destino ?
Quizá el guardia urbano, le preguntaré,
pueda decirnos cómo llegar
al corazón del diamante.


POBRE RICO

Jóse cabalga por la pobreza como Don Quijote
en Rocinante de la esperanza.

Lucha con la lanza afilada de la ilusión
y desea alcanzar la Dulcinea
de la dignidad humana.

Él anda de calle en calle, como un murciélago,
buscando caballeros andantes
como él, pero no los encuentra.

La gente le huye porque tiene el pelo
a lo Beethoven, a lo Einstein,
y la barba rala y curtida
como los caballeros andantes.

Parece loco, pero es listo como una liebre.
Tiene la mirada luenga, y desde el fondo de sus ojos
surte una voz pálida,
reseca y hambrienta.

Su casa es la intemperie ; sus amigos,
los enemigos. Se alimenta como las aves
y su corazón late y vive porque un sueño
le tiene activado : el de poder besar la
Dulcinea de la dignidad humana.


NEUROSIS DE DOMINGO

El domingo ya no es de Dios
ni del descanso ; sus largas y perezosas horas
torturan con sus minutos
el hábito de estar siempre con las manos
llenas de espejos y de mariposas.

El domingo, día de neurosis, de tiempo libre,
es el eco de una sociedad que avanza,
más rápida que una loba perseguida
por sus propias pesadillas.

Las calles se aburren, vacías de ruidos
y de cláxones. El hastío se refleja
hasta en los cristales de los escaparates.

Las casas se convierten en un lugar extraño,
en el que no se sabe estar.

El domingo es una tela
que la tijera de los labios sisan. No trabajar
en domingo es el mayor trabajo,
el único empleo en el cual no se sabe qué hacer.

La gente odia no hacer nada
aunque necesita el domingo para descansar.
Amarga paradoja de esta época.


EFIGIE

El ídolo es de barro, pero de carne.
Gusta de aplausos sonoros como lluvias tropicales ;
de bailes amorfos de nubes
mareadas por el alcohólico viento boreal.

En el escenario brillan sus pendientes de plata
mientras la masa imita sus gestos patógenos.
Su voz pedregosa, raída por los trasnoches,
hiere el oído.

Hay gritos y movimientos
en los súbditos. En el escenario
la efigie rockera recibe alabanzas.
Los brazos ondean en alto
rindiéndole.

Tres meses atrás, tras largas horas
para comprar las entradas,
ciegamente, al precio de la vida, se
adquirían las entradas para entrar al templo
de mi triste época sifilítica.
HOMBRE URBANO

La soledad y el vacío son prendas
que el hombre posmoderno lleva puestas
en la sonrisa de estrés y obligaciones.

Los ojos del hombre urbano
son hondos pozos vacíos donde nadan
espectros de peces de anchas colas
tras otros océanos.

El hombre urbano ha alcanzado la luna,
mas está desengañado
de los mares navegados y de los caminos recorridos.

Ha experimentado todos los éxtasis,
sin embargo, le hace falta un algo a su alma,
acaso un rayo láser que vibre en las olas
inquietas de su ser.
MODA
Un río caudaloso es la moda,
aguas que se filtran en la arena de la multitud.

Las libertades son hojas secas,
que el viento de la publicidad airea como brisas de otoño.

Para cada temporada
tropeles de diseños de colores invaden los cuerpos.

Muslos divinos se exhiben en tacones
y faltas cortas. Peinados, cortes de pelo, pinta labios,
y gomina para el pelo aspavientan la vanidad.

El hedonismo se viste de lino, de seda
y finas colonias se esconden en el Eros de los anuncios
publicitarios.

Top Model, noventa, sesenta, noventa. Un coche de lujo
para subir al cielo y una tarjeta de crédito
para volar como gaviotas
por la clase alta.
ANTE EL ESPEJO

Todos los días me miro en el espejo,
sin embargo, hoy precisamente me he visto.
El espejo tenía mi rostro
en su liso cristal más allá de su transparencia.

No sé si era yo el que mi miraba
desde dentro del espejo. Alguien me miraba
desde el otro lado y el brillo de sus ojos,
los gestos, el pestañear se parecían a los míos.

Algo había en él, aunque fuese yo.
Me palpé para saber si yo estaba allí,
intenté tocar mi clonación en el cristal,
y topé con un muro infranqueable.

Acabé de afeitarme con religiosos movimientos
mientras un rostro de mirada penetrante
me observaba filosóficamente.
SIMPLEMENTE HUMANOS

Hoy he caminado con la gente de la calle
como uno más por el andén,
y he visto el alma en los ojos de cada persona,
testas con bahías de orillas espumosas.

La multitud andaba según la altura de la vida,
es decir justo donde hay una rampa
hacia el cielo.

Yo experimentaba en mis pupilas ese don de ser
dulcemente humanos, la inconfundible
certeza de ser parecidos. Un collar
de perlas, en esos instantes quiso saltar
de emoción en mi alma.

Sentíme hermano de tantos desconocidos
y a todos les decía Hola con la mirada,
porque todos eran como yo : caminantes.

HOSPITAL

El paciente está en cama derribado
como una estatua. Como un árbol que se alimenta
por las raíces, se alimenta por las venas.

El hospital es blanco como la nieve,
como los vestidos de las enfermeras, sin embargo,
en el fondo de tanta eburneidad
una negra sombra,
con pasos sigilosos y manos delgadas
se acerca al cuarto Nº 9.

De repente, se eclipsa la habitación, los sabios
del bisturí están conturbados,
atajando la vida que se marcha por el pasillo.

El paciente pasó a la otra orilla
en brazos de Caronte, el cual con una luz
de linterna rasgaba la oscuridad de la muerte.

OLOR A LOBOS

Un sabor a odio hay entre los seres humanos.
Se puede palpar el olor a lobos
en el aire. El amor es el odio ; la solidaridad,
la espalda de unos ojos que no quieren ver.

Los colmillos de los canes se clavan
sobre las costillas del presente. El acero
de la maldad hiere el cutis del Bien,
el busto de la historia.

El vacío existencial llena hasta el borde
el vaso roto de la ilusión
de las ranas.

Pero aún quedan muchos retoños
en el tronco del devenir,
galerías de esperanza.


AULA DE CLASES

El profesor, con el látigo de su discurso, aceitoso,
azota la paciencia de los estudiantes. Alguien
bosteza y se alarga en la butaca,
duerme un joven en la última fina
disimuladamente detrás de un compañero.

Hay caras aburridas, perdidas, lejanas,
lápices que juegan al desinterés. Una chica lee
una novela de G. G. Márquez, a su lado
una compañera estudia para examen.

La hora de hace eterna y el profesor
desenrolla y enrolla su rollo. Saltan sus pensamientos
como grillos, su imaginación teje
imágenes pendulares. Se le seca la lengua
que lucha contra el verbo como una perdiz herida.

Ha sonado el timbre y el profesor
aún está liado en la telaraña
de su discurso.


HACHE Y EME

Ni es ella ni es él, ni deja de ser ni lo uno ni lo otro.
Parece mar, pero es río. Los dos se confunden
porque son uno. Ni es H ni es M,
y es ambas cosas a la vez.

Esta guerra desconcierta
a los que pasan por su campo de batalla
porque es un tipo de enfrentamiento
donde los artefactos son más
de sombres e imagen
que de pólvora y plomo.

El alma de él es el alma de las sirenas
y el cuerpo es el de Apolo. Sólo que Apolo,
al menos por esta primavera,
es mujer que es hombre.

Los dos casados, pero divorciados
unidos como dos gotas de agua, pero distantes
de sí cual el sol dela tierra. Su separación
es la alergia que produce la unión.


EDIFICIOS DE LA CIUDAD

La población crece
y por eso planta en vez de árboles, edificios
que se convierten en laberintos
de hormigas, en cuyos pasadizos
se mueven asustadizas.

Los edificios de la ciudad son grandes jaulas
de ladrillos, maquetas
atrincheradas urbanamente. Las antenas
como libélulas disecadas
aúpan las ondas televisivas.

En las ventanas cuelgan párpados
que prohíben la claridad, las garras del sol.

El centro de la ciudad es un bosque
de ladrillos y cemento cada vez más denso
por la fronda urbana
que se expande hacia el techo del cielo.


TIEMPO

Todos vamos montados en el caballo
del tiempo, galopando, trotando a paso lento.
Los frenos del tiempo son el reloj,
pero la tozudez de este alazán
no permite ser domesticado.

Con la punta de mi pluma lo pincho
como con espuelas por el largo
camino empolvado de la historia. Son ligeros
pasos de corcel alado.

Yo voy prendido a su crin,
siguiendo los movimientos de su largo pescuezo
de hierro. Va tan ligero que diríase estar inmóvil,
cual la tierra sobre su mismo eje.

No hay tiempo para perder el tiempo,
súbete a su caballete, para pasar juntos
por el camino real de lo cotidiano,
dejando la huella de las pezuñas
marcadas en la espalda
del pasado.

Come caballo mío la hierba dorada de la tarde
y bebe el agua teñida de oro y mar,
y enfílate por los rayos últimos
del león rojo que se esconde detrás del monte.


BRISAS

La tela fina de la brisa roza la piel de la ciudad,
y sus dedos de seda son fríos y hablan
de mundos extraños.

Su visible presencia mece los cabellos
de las muchachas jóvenes,
y lasciva las faldas levanta.

Eoladas olas agracian los árboles de las aceras,
y silban los cables y las brechas
tras sus pasos. Hilos de ternura zumban
en mis oídos.

Las brisas son mares aéreos cuyas aguas
espumosas ya no nos asombran. Como un baño
de manos nos tocan el cuerpo, mientras las
ignoramos como a amigos que hace años
que no vemos.

TENEDOR

El níquel de curvas femeninas
deslumbra entre los dedos del huésped.
Los labios roban, suaves, para sus blancas
hileras, lo que el afilado cuchillo
y diestra mano ayudó a ganar.

Infatigable el ejército de su punta
rematan el cuerpo cocido en el centro de la luna.

Después de duros tajos descansa en
el borde del anillo planetario,
mientras con una servilleta,
cumpliendo con el protocolo, el huésped
se limpia los labios y, de la copa tinta
sorbe con religioso movimiento
el añejo vino.

Al final de la escena, muerto en el centro
de la luna de cerámica, cae el tenedor, inerte, al lado
del instrumento de aguda orilla.

NARANJA

Adoro este pequeño sol rojiamarillo,
tallado de gajos como de piedras las pirámides.
El astro dorado cuelga opimo
en las ramas derrengadas.

El carnoso sol,
despierta las papilas con cítrico tacto,
deleita el gusto con su amarillento sabor.

La esfera jugosa
y milenaria es un planeta líquido.
Su cuerpo desnudo, blanco como jóvenes
nubes viajeras, tienta el paladar.

La naranja esconde en su clima interior
las semillas que continuarán
la dinastía real
de un cosmos de oro.


PRIVILEGIOS DE LA VISTA

Debajo de los párpados, salientes, cristalinos,
se recrean los dos astros, alegres presas de claridad,
en los cuales, impregnados de imágenes,
gozan de los “privilegios de la vista”.

Las pestañas, como toldos tendidos,
como colas de pavos reales,
bordean las orillas mojadas,
plateando los húmedos ceros.

Los ojos como cámaras automáticas
fotografían la esencia de la luz,
y guardan en visual memoria,
paisajes vangoghnianos o la mirada quieta
de la Gioconda.

La belleza y la palabra se crían
en las aguas claras de los lagos
que se han formados entre las peñas craneales.

La vista es el alma que emigra,
más allá de los cristales de los lentes,
a enamorarse de la beldad
de las cosas.


CABELLOS NEGROS

El día tiene como cabellos
la negra melena de la noche.

Las estrellas, entretanto la noche sale de sus escondites,
se comunican con las farolas
de las calles, ya que son amigas de nocturnidades.

En invierno los días se dejan crecer el pelo.
Por las mañanas el alba se los recoge
y les hace un nudo
o una trenza de luz hasta el atardecer
cuando se los vuelve a soltar.

El día, pues, se arregla sus cabellos
como una actriz, justo al desembocar
el último rayo de oro del ocaso.


SONRISA

La sonrisa es la dulzura de la nieve,
la paz alegre de las nubes castas.

Una sonrisa amansa el odio felino
y la ira flamígera de una mirada inomable.
Cuántas guerras se habrán perdido
con esta arma de mortal ternura.

El mundo, al final de los tiempos, será blanco
como las plumas de los cisnes.

El último paso
de la evolución será el de convertir al mundo
en una sonrisa homónima a la de las olas,
porque nuestro sino es la felicidad blanca
y porque la eternidad es ebúrnea.


PÓSTUMO


A todos nos llega la hora. La vida es una moneda
de dos caras.

No hay vida ni muerte, sólo eternidad —el tiempo
es su embrión.

El miedo a vivir en lo cotidiano
es la muerte más dura e injusta que jamás
ojos pueden tocar.

Sólo nos aterra la muerte
cuando estamos muertos. La vida y la muerte
son dos gotas de aguas que mi existencia
ha asumido para siempre.
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Localización tierra natal, República Dominicana