jueves, 17 de enero de 2013

SEPELIO EN TEBAS

Una visión de Antígona de Sófocles de Seamus Heaney


Sepelio en Tebas, primera edición Madrid - México, septiembre 2012. Vaso Roto Editores. Versión de Hernán Bravo Varela.


Me sorprendió esta nueva obra de Seamus Heany. Lo digo porque lo he leído más como poeta de su tierra y de su tiempo en Irlanda que en el terreno del teatro, pero no todo teatro, sino el teatro griego.

La sorpresa me llega en dos niveles. Hay todo un trabajo de Heaney en Sepelio en Tebas en el cual se vierten por un lado, el manejo de la tradición cultural de la tragedia griega, que procesa poéticamente hasta alcanzar pasajes de altísimo nivel poético como el tramo donde Teresias se desfoga verbalmente contra Creonte (p. 72); y, por otro lado, la aplicación del drama de Creonte al contexto histórico contemporáneo.

El drama narra la actitud de Creonte que se niega a sepultar con honores militares –como hizo con Eteocles, que cayó defendiendo el Estado- a Polinises. Creonte condenaba a éste, por antipatriota, a no recibir ceremonia fúnebre, a una degradación pública y, por consiguiente, a ser alimento de las aves de rapiña. Este es el punto de partida del fundamental del drama.

La condena de Polinises pone en evidencia la soberbia de Creonte como jefe de un pueblo, Tebas. Y esto es lo que aprovecha Heaney para hacer una aplicación al momento histórico en que W. Bush, desoyendo las voces de la ONU y del mundo, abrió fuego en la guerra de Irak.

El diálogo entre Antígona y su hermana es vivísimo. Ellas hablan de derechos, del poder y las leyes de Creonte, de la situación desventajosa en la que ellas se hallan en virtud de la ley y de quien las dicta, que no es otro que el mismo Creonte. Con lo cual no queda otro camino que acatar sus órdenes o perecer. Antígona es más emocional y tiene las fibras del corazón más sensibles y se propone enterrar, como en efecto hace, a Polinises, su hermano; la otra hermana, Ismene, en cambio, es más fría, más racional, vamos. Ella se atiene a las leyes, sean justas o crueles. Tilda a su hermana de floja, de estúpida.

El mismo Creonte, a pesar de su soberbia, genera unas reflexiones de gran calado sobre las leyes, de quienes las hacen y de quienes tienen el poder del dinero (p. 37-38). Naturalmente, quien está interiorizando no es otro que el poeta Heaney.

Me produce un gran deleite el pasaje que pone en boca del Coro (p. 40) que canta el prodigio que es el hombre como criatura, de cómo aparece en el mundo, cómo de desarrolla y evoluciona, etc. Es un pasaje memorable. El hombre es, sin duda, una criatura excelente, pero a veces es capaz de la peor perversidad. Ese es el drama antropológico, filosófico de fondo, que Heaney trae a colación. El hombre es un ser luminoso, inteligente y noble, pero a veces es oscuro y retorcido deliberadamente.

En el reino de Creonte nadie se atrevía a desobedecer una ley, so pena de muerte. Antígona lo sabía y, con gran valor, decide enterrar a su hermano Polinises. Al ser descubieerta, ella acepta la acusación sin ambages ante Creonte y no le importaba morir porque, según su parecer y su conciencia, lo que ella había hecho era de justicia, aunque desobedeciese la ley: “La quebranté porque esa ley no era / la ley de Zeus ni la que ha ordenado la Justicia, que mora entre los dioses / de los muertos” (p. 44).

Creonte, que es un hombre de edad adulta, no acepta consejos de nadie y, aunque se sabe equivocado, sigue cabalgando, escudado en la investidura, sobre sus ideas y decisiones. Sus más cercanos seguidores no son capaces de decirle la verdad como Antígona, ppor hipocresía, por miedo a ser tachados de antipatriotas o por miedo a las represalias del rey.

El drama se agudiza más cuando Hemón, hijo de Creonte, se opone a su padre y le pide que no lastime a su novia y prometida, que es la mismísima Antígona, personaje clave en esta obra de Sófocles. Pero su padre hace oídos sordos y manda deshacerse de ella enviándola a una cueva en lo alto de unas sendas de difícil acceso. Ordenó ponerle algo de comida hasta que muriese. Creonte le da esta condena para, según él, no manchar sus manos de sangre: “En mis manos no hay sangre”, aludiendo a que Antígona es la culpable y que él solamente dicta justicia. Sin embargo, -en esto veo algo de cinismo- ordena que la lleven a la cueva escondida en lo alto de una roca, allá mandó atarla y dejarla morir.

Antígona  genera compasión y en ningún momento uno deja de pensar en sus razones, en la defensa del cultro exequial y en lo que es justo más que de ley. Heaney explota al máximo su discurso poético y pone en su poca estas palabras: “Soy como Níobe, / como la pétrea Níobe / con nieve derretida y lluvia a cántaros, / una roca que llora para siempre; como hiedra durante un aguacero, / chorreando en una cresta / desde lo alto del Sípilo” (p. 62-63).

El delito de Antígona no fue sino enterrar a su hermano, por eso fue condenada. Todos los del pueblo lo sabían, pero no le llevaron la contraria al rey Creonte para, acaso, no correr con la misma suerte.

Antígona cree, porque era una mujer religiosa, que el castigo le había sobrevenido como parte de una fatalidad: la de su padre Edipo, que tanto ha dado que hablar a la teoría freudiana sicoanalítica. Queda claro, pues, -insistimos- que Antígona fue condenada por cumplir el rito religioso de dar sepultura a los muertos. Sin embargo, su final era la desembocadura de un sino fatal, esto es, ella seguía aún arrastrando la culpa del incesto de sus padres: Yocasta y Edipo. Como se sabe Edipo se casó con Yocasta sin saber que era su madre y tuvieron 4 hijos: Polinises, Eteocles, Ismene y Antígona. Su tragedia no era sino el producto de la tragedia de su propio pasado.

El contraste ente Antígona y Creonte es diamentralmente opuesto. Creonte no tiene ningún respeto al rito funerario, que era un acto religioso. Pero menos lo tiene por Antígona a quien condena a muerte, a una muerte vergonzosa y pública por haberle desobedecido. el no dar digna sepultura a Polinises. Ella se pregunta: “¿Condenada por qué? Por ser devota, por un justo favor”.

Cuando Tiresias entra en escena, el drama se contrae vertiginosamente. Digo que se contrae porque es el único personaje capaz de hacer en entrar en razón a Creonte, que se precipita en su soberbia y en su cruel resolución de castigar con la muerte a Antígona que se atrevió a transgredir su autoridad.
Tiresias, ciego, tenía la facultad de ver el porvenir y por lo mismo, de aconsejar. Los rituales del vidente, que estaba al servicio del rey, fracasaban porque Creonte había dictado la orden de no sepultar a Polinises y sobre todo por condenar a muerte a Antígona.

Teresias, que no tenía ya nada que perder, fue la única persona capaz de tocar las fibras más profundas de Creonte: “Medítalo, hijo mío. Los hombres se equivocan. / Pero ningún error tiene que ser eterno. / Es posible admitirlo y también expiarlo. El problema es el hombre prepotente. Retráctate. / Sométete a los muertos. No apuñales fantasmas” (p. 69-70).

El advino hablaba en base a la verdad, al menos esta vez, porque quería el bien de Tebas. Aconsejaba a su rey sin interés personal, aunque sabía que los gobernantes son corruptos y pagan sobornos. Tiresias le echa en cara el hecho de “haber arrojado a una hija de la luz del sol a las tinieblas” y por supuesto, haber“prohibido el sepelio de alguien ya fallecido [Polinises], uno que pertenece a los dioses de abajo” (p. 72).

A partir del consejo del adivino Tiresias, Creonte empieza a revolverse en sus propias reflexiones. Orgulloso, no quiere dar marcha atrás en las dos grandes decisiones tomadas contra Polinises y su hermana Antígona. Ahora, por temor a los dioses, y abandonado de su profeta, que le había servido para sus fines en la realeza, quiere dar marcha atrás a toda prisa, pero su soberbia hace de muro de contención.

Creonte, al fin, cede y decide sacar de la cueva a Antígona, pero todavía persisten en él la voluntad de respetar la ley por encima de todo. En esta parte Heaney pone en boca del Coro unos tercetos de fábula, es decir, de encantadora composición (p. 74).

Sepelio en Tebas es, en mi opinión, la historia de cómo un héroe puede convertirse en un antihéroe. Creonte salvó Tebas, pero su futuro era impredecible. Un ser que salva a una nación con gran esfuerzo la puede echar a perder, como Creonte, por su actitud de cerrada y soberbia.

Heaney hace un discurso libre en este punto para dejar aleccionar al hombre de hoy, acaso sumido en la soberbia, goces y poderes, que “puedes morar en tu aposento, colgarte las medallas de la fama y del gusto, / pero si en tu interior no sabes disfrutarlos, ¿qué ocurre? Si los goces en tu vida se acaban, / quedas entre espejismos. Sombras y ceniza” (p. 75).

El drama deSepelio en Tebas llega a su clímax cuando el hijo de Creonte, Hemón, que era el prometido de Antígona, se suicida tras verla ahorcada. Cuando Creonte ve a su hijo muerto y a su lado la amada de éste, siente una gran culpa y grita: “Escóndanme, escóndame de mí” (p. 77). Palabras estas terribles y dramáticas.

Al fin Creonte reconoce su tozudez, la necedad en la que había caído como rey y como padre. Con el hijo muerto en sus brazos dice: “Abran paso al rey fallido. / Desatinado en el trono, / desatinado en su casa, / por los cielos humillado. Hijo mío, hijo muerto, hice mal en hostigarte […] El golpe de la justicia / me atrapó y me ha derribado. Bajo las ruedas del mundo. Fui por un dios hecho añicos” (p. 79).

Cuando Creonte quiso poner remedio al origen de todos los males generados en su familia, ya no había tiempo. En la cadena de hechos trágicos, se sigue el del suicido de Eurídice, su mujer y por consiguiente, madre de Hemón, que no pudo resistir la pérdida de su hijo.

Sepelio en Tebas es un drama intenso que exhibe a Creonte como un “traficante de muerte”, un ser orgulloso e imprudente, que con sus acciones acarreó la desdicha a su propia familia.

La conclusión no puede ser menos aleccionadora que la que canta el Coro al final del drama. Actuar con mesura y sabiduría, sobre todo cuando se detenta el poder es cosa digna de ser alabada. Y lo es también el gobernar teniendo en cuenta a Dios y su culto. Está claro, los gobernantes que se pasan de los límites reservados a la justicia y a la Divinidad, acaban pagando sus propios desmanes: “Es llave de la dicha una conducta sabia. / Reina según los dioses y venéralos siempre. / Quienes se extralimitan acabarán penando. / Con su horquilla, el destino los desgranará / y los hará ser sabios cuando llegue el momento” (p. 83).

Seamus Heaney, le ha dado un aire poético fresco a Sepelio en Tebas. Los pasajes más duros y fuertes del drama sofocleano adquieren un impulso en la palabra poética del célebre poeta irlandés. Si algún nombre se le puede atribuir a este nuevo trabajo de Heaney es el de “poesía dramática”, o, si se quiere, “drama poético”. Esta obra, como todas las tragedias griegas, no deja indiferente a nadie. Los clásicos griegos siguen aún hablando al mundo de hoy de las pasiones humanas, por eso, esta obra recreada por Heaney viene a avivar el brasero de la gran literatura que nunca muere. Digo con Antonio Machado: “Bueno es recordar / las palabras viejas / que han de volver a sonar”. FLH
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