lunes, 27 de julio de 2009

Gonzalo Rojas, un poeta de la intuición.

Me convenzo cada vez más de que a un poeta se le entiende mejor y se le conoce más profundamente cuando ha culmidado su obra. La obra poética de Gonzalo Rojas (1917, Chile) es todo menos lo que uno se sospecha. Digo esto porque de lector me encuentro con una poesía humana, cotidiana, hedonista, pero también con rachas y destellos fulgurantes de la poesía más sabrosa. Digo poco con decir eso.

Lo que más sobresale en toda la poesía de Rojas, según mi parecer, es la intuición. Esta cualidad o virtud rojiana proporciona imágenes muy poco frecuentes y por lo mismo de una extraordinaria lucidez que a mí me deleitaron. Rojas es un hombre de la vida, del mundo, un poeta conocedor profundo de los recovecos de la existencia humana en todos sus órdenes.

El poeta que hay en él, y que es él en verdad, no pasa desapercibida la realidad que le circunda ni la que le descubre el goce de los sentidos. El adagio que dice: «las comparaciones son odiosas» se cumple a rajatabla si la aplicamos a Rojas y Neruda, Rojas y Darío. Son poetas completamente antagónicos. Rojas no tiene zapatos a su medida, pues la singularidad de su persona -de su obra- se desmarca del común de los mortales. En fin, un poeta, una poesía electrizante, definitiva.

Gonzalo Rojas es un poeta de la sabiduría humana, es decir de las vivencias, de las emociones extremas. La perfección de la palabra en él, en su poesía, es alagüeña. Esto lo digo porque Rojas es capaz de comunicar experiencias muy humanas -de cualquier clase y color- con palabras sencillas, claras y, a amenudo, fulgurantes. Esta es, simple y llanamente, la cualidad principal de este inclasificable bardo chileno, a quien ya he dicho, no hay zapato que le calce porque no hay más medida que la de su mismo ingenio.


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