martes, 28 de julio de 2009

Eugenio Montale, la memoria como fuente del genio creador.

Este año 2009 he podido acercarme a la poesía de este genial poeta. Digo genial, consciente de que, para algunos, podría parecer un lugar común. Ni William Blake ni Gonzalo Rojas -en toda su extensión poética- me ha producido el placer, la emoción estética de Montale (Italia, 1896).

La palabra poética de este aeda universal contiene una honda nostalgia que atrapa, seduce. Su discurso es simple, al hilo de la vida misma. La poesía en él está en el acto, en el instante sin adornos. La imágenes en él llegan solas, sin esfuerzo, como quien conversa, mientras escribe. La palabra le fluye con la más absoluta naturalidad. De ahí que su alma melancólica, su talento para dar testimonio de lugares, personas y emociones, quede casi tatalmente al descubierto. Tal vez sea esto lo que hace que al lector le atraiga su obra.

Aparte de los muchos momentos, porque en verdad así ha sido, de disfrute de la poesía completa de Montale, hay una sola cosa por la que valió la pena entrar en el universo montaliano, a saber: la memoria. La memoria como fuente de vida, de arte que da sentido. De suyo, Montale experimenta cada momento de su vida como un momento poético. Tanto, diría yo, que el acontecer cotidiano es, para él, como una película que se va entrelazando escena por escena. Su obra poética está compuesta por las escenas de esa película, con la excepción de que muchas de ellas se quedaron sin ver, sin registrar. Es ahí cuando surte en Montale la urgencia de rescatar esas escenas olvidadas. Él se instala en en su memoria -para repasar el largometraje de su vida misma- convencido de que, como maestro de la palabra, está llamado a comunicar, a desvelar las escenas que afectan, no sólo a él, sino al género humano en general.

En su medurez, insisto, Montale apela a la memoria, es decir, a los episodios del pasado, no narrados ni contados, como surtidor de poesía. La inspiración en Montale no es algo que llega del mundo de los dioses, sino algo que aflora del inconsciente y se convierte en materia de creación. Montale descubrió que muchos momentos poéticos vividos por él habían quedado sin una palabra, en el más absoluto olvido. Por tal motivo, en la plenitud de su existencia, ya con agudeza de su genio creador, la memoria se coniverte en una tierra fértil de la que brotó buena parte de su obra poética.

Me gusta más el Motale del primer libro (
Ossi di seppia (Huesos de sepia, 1925) y el Montale del que he llamado de "la memoria", de los últimos libros: Satura (1971), Diario del '71 y del '72 (1973), Sulla poesia (Sobre la poesía, 1976), Quaderno di quattro anni (Cuaderno de cuatro años, 1977), Altri versi (1980).

Cada lector y escritor ha de ir descubriendo el corpus creador de los autores universales para, desde ahí, poder hacerse el suyo propio.
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