lunes, 13 de junio de 2016

Introducción a 5 Poetas reconocidos con el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo


Introducción a 5 Poetas reconocidos con el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo


Introducción. Dice Fernando Rielo en el prólogo a Matevski: «La poesía mística no es voz de flauta y Víctor, no un Cristo entre cantares en un mundo de duelo: sí la lírica voz de vívida tragedia por el amor signada». El hispanista y fundador del Movimiento Interiorista de Literatura, nacido en la República Dominicana, dice que: «La del místico es una belleza que trasciende la mera sensorialidad. La belleza mística se esconde en lo profundo de las cosas, puesto que las apariencias ocultan su encanto y sólo la elevación espiritual atrapa esos fluidos entrañables, manantial de la Belleza Suprema»[1].

1. Takis Varvitsiotis[2]. Grecia, 1916-2011). Recibió el VIII Premio Mundial en 1988 con su obra La pesca milagrosa. Abogado de profesión, es autor de veintidós libros de poesía. En el contexto de la Primera Generación de Postguerra, a la que pertenece, se mantuvo fiel al surrealismo, con especial influencia de Éluard, Reverdy y Odsseas Elytis. Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, italiano, rumano, polaco y búlgaro, entre otras lenguas y, a su vez, ha traducido a Baudelaire, Mallarmé, Eluard, Saint-Jhon, Lorca, Neruda, Alberti y Huidobro. Impartió conferencias en Harvard, Princeton, Yale y Buffalo. Obra poética: El epitafio (1951); Sol de invierno, El caballo de madera, Abecedario, Nacimiento de otoño y otros poemas, Humilde loa a la Virgen María, Sinopsis 1 y 2 (Poesía junta de 1941-1972), Ana de la ausencia, Calidoscopio, (1971) Fragmenta o la germinación de los minerales, La pesca Milagrosa (1990). Falleció en 1991.

Una de las características de Varvitsiotis, sostiene el Premio Nobel de Literatura, Odysseus Elytis, es que «ha conseguido crear un mundo exclusivamente personal, onírico y transcendente». “La pesca milagrosa” no es, como dice en el prólogo Fernando Rielo, un libro de poesía mística. Lo es en tanto que «contiene la lejana paradoja de un paraíso terrenal perdido». La poesía de Varvitsiotis contiene la sublimidad de los grandes maestros de la lírica universal: «Primero tienes que escuchar / el gran silencio … Para que los llanos se inunden / de gua virgen» (p. 43). El lector atento podrá descubrir algo diferente, una estética con tonalidades mediterráneas infrecuente, al menos en la forma.

TE ESPERO

Te espero
Ven de prisa
que te estoy esperando
Cada palabra que te escribo
me cuesta un poco de mi sangre
Mientras mis ojos
permanecen abiertos
sin párpados
Quizá sea aún temprano
allí donde estás tú
Pero aquí
la noche llega
muy pronto
con su gran silencio
y con su collar
de terribles sueños
Si vienes
este año
no nevará
con violetas negras (p. 28)

II

SOSEGADO NAVÍO PEQUEÑO

Sosegado navío pequeño
con su chimenea como un búcaro de humo
A veces me pregunto si no eres acaso
una nereida en duelo
Y deseo atraerte junto a mí
Tú precursor de un alba misteriosa
presencia incomparable
que en mí revive
la llama de otro mundo
y que pronto a lo lejos desaparece

en el cielo atormentado
soplando con arrogancia
una cosa negra. (p. 39)

AGUA VIRGEN

Para mejor convertir
el limo en alabastro
la piedra en golondrina
las crines en música
la sombra en terciopelo
la nave en cometa
primero tienes que escuchar
el gran silencio
y luego abrir los grifos
para que los llanos se inunden
de agua virgen. (p. 43).

IV INCORRUPTIBLE INCENDIO

Incorruptible incendio
que nos traes el divino saber
y ofreces generoso tus espléndidas flores
igual que un rosal
cargado de destellos
y elevas hasta el cielo
loores sin palabras.
La inmortal doctrina
de lumbre tú me enseñas
pero también verdades de ceniza
en el implacable fracaso. (p. 58)

HILOS DE LA VIRGEN (XIV)

En la marea de la historia
eternamente ilumina
la sangre de Cristo. (p. 77)


2. Mateja Matevski[3]. Nació en Estambul en 1939. Recibió el X Premio Mundial con su obra Torre Negra (1990). Ensayista, crítico literario. Ha publicado Lluvia (1956); Equinoccio (1963), Romance de fiesta (1967); Crepúsculo (1969); Perúnica (1976); Círculo (1977); Tilo (1981; Voz (1984(; Nacimiento de la Tragedia (1985). De la tradición al futuro (crítica y ensayos, 1987); Drama y Teatro (crítica y ensayos, 1987); Hacia afuera (poesía 1990); La torre negra (poesía, 1992); Sacando afuera (poesía, 1996); La luz de la palabra (crítica y ensayos; El muerto (poesía, 1999); Área interna (poesía , 2000).

La obra de Matevsqui bordea la mística desde el dolor. Aspira a la trascendencia y, sin negar los estímulos de los sentidos, halla el equilibrio interior en los elementos de la naturaleza: los astros, la tierra, el cielo, la hierba, el viento, el océano. El poeta elabora símbolos que le distancian de los sentidos, para adentrarse en un mundo inmaterial, puro, trascendente. Lo hace, no para huir del mundo, sino para aliviar las luchas de la existencia, afrontar la muerte y el dolor humano. La lírica de Matevsqui es, para que darnos a entender rápido, como la de César vallejo, desgarrada, elegíaca, recia. Abriga, finalmente, la poesía de este poeta turco un acentuado influjo de lo telúrico y mítico del universo.

INVOCACIÓN

Aún no había despertado cuando algo me dijo
¡levántate y ponte en marcha!
algo que ya ha desparecido
acaso en la oscuridad, en la mente o en el temblor enigmático
de una luz hasta entonces desconocida
Y ahora no sé
qué era ni de quién
Aquella voz ese ruido ese tremor repentino
y a dónde habré de dirigirme despierto
si ni siquiera en el sueño conocía el camino ni el fin
Marcho ahora con los ojos cerrados por la luz
que con su brillo me esconde los senderos
y aleja los confines desconocidos
cegando los pensamientos entre el sueño y el mundo
Y hela aquí que no me deja adivinar
aquello que piensa en mí encontrarlo
y aquél que desde hace tiempo me conduce
y aquello por lugares conocidos y desconocidos
a través de los ojales del tiempo
más allá de él
más allá de mí
más allá de todo (p. 21)

VOCES

Voces desde las profundidades
Oscuras voces nocturnas
de abismos grutas de fluviales peñascos
Voces que llevan rocas
arrancan bosques
derriban diques
Voces de la prehistoria
de desiertos / de selvas
Silencio del planeta
mudez del mundo
creada por voces
a través de sueños / y venas
a través de sombrías pesadillas
Voces secretas voces conocidas y desconocidas
que se arrastran por la tierra
por el pensamiento arrastrándose
que pisaron la hierba
y en la mente trepan
hasta la articulación ruidosa de la luz primordial
de lo oído
hasta el color claro de la garganta
de las liberadas voces
Hojas que tiemblan
fuentes que murmullan
celestes pájaros
que al hombre se dirigen
con el eco de su propia garganta
Voces (p. 44)


MUDEZ

Busco el lenguaje bajo la lengua
por el silencio tragado
En todas partes sólo
miradas frías
de cosas inexistentes
que el corazón conoce
acechando el río
bajo la luna sonríe
Ni siquiera las raíces hablan
más profundamente que la tierra misma
¿cómo adivinar las historias
llevadas por el viento
hacia la primavera
silencio que ata cuando
solamente la tierra habla
a través de mi boca? (p. 30)



3. Maria Assumpta Schenkl[4]. Nació en Alemania en 1924. Monja del Císter. Recibió el XXVI Premio Mundial en 1996. Ha publicado Oh tú, mi dorado Dios (1986), Yo amo el Amor (1990); Levántate, amiga mía, y ven (1994), Textos espirituales del diálogo de amor entre Dios y el alma (1994). La religiosa contempla el misterio de la redención desde las coordenadas que presenta el tiempo fuerte litúrgico de la Cuaresma, Pascua y Pentecostés. A veces –tal vez será por la traducción, es difícil saberlo– entra tan adentro de lo sagrado de Dios, la Trinidad, por ejemplo, que da la impresión que su lenguaje es insuficiente para decir todo lo que su alma percibe, goza y contempla. No es fácil, ciertamente, comunicar por cualquier medio lo que podríamos calificar instancias divinas.

I

Amado Señor.
Siempre resuena en mi corazón
tu Palabra:
“Permanece en mi amor”.
Ella palpita en mi ser,
irradia mi espíritu
y en mi sangre canta.
Olas de alegría me inundan,
gozoso y amoroso fuego,
tu Palabra me inflama:
“Permanece en mi amor”.
Oh misión, luz y camino,
consejo y súplica a la vez.
Ardiente deseo de Dios y
entrega de sí mismo.
¡Cómo podré yo concebirte de una vez!
Felicidad sin medida.
En acción de gracias
se derrite mi alma.
Señor, Dios mío,
guárdame en tu amor. (p. 40)

II

Amado,
¿cuándo es el tiempo del amor?
Nunca y siempre ahora,
pues el amor no tiene tiempo,
el amor es eternidad.
Y tú y yo descansamos
en el eterno ahora
del amor,
ebrios de luz.
Sí, ebria estoy
de tu amor, Amado.
Ebria y en ardiente deseo
por ti, a la vez.

Que al fin, este trozo
de corazón mío, sangrante,
en ti encuentre lo perdido,
que permanezca intacto y a salvo
en tu corazón,
y así,
unido quede al tuyo (p. 76).

III

Yo misma soy ahora
Cordero
y unida estoy
al manso Cordero que triunfó.
Y todo lo que le pertenece
es mío también:
heridas y dolor,
luz, vida y amor.

Y el Cordero tanto me ama
que sus dones
están en sus manos
como fuego que quema.
Y tan grande es su anhelo
por regalarlos a muchos
y en abundancia
a mí entregarlos…
que no quiere para sí
nada conservar.
Sí… todo me lo regala.
Se regla a sí mismo por amor.

IV

Mi Señor amado,
a la fuerza me has arrastrado
al Cuerpo Místico,
a es Cuerpo que lo encierra todo.
Palpitante en su corazón vivo
y anegada fluyo
en la roja sangre de sus venas.
Y así todo soy en el todo.
Cuando en el cielo frío y mañanero
lentamente palidece
la matutina estrella,
despierto yo llena de júbilo,
al canto de la alondra,
aspirando por un corazón paterno.
Murmuro susurrando suavemente,
mecida por la brisa marina,
con las argénteas hojas del olivo,
alimentada por la tierra
profética de Delfos.
Grano de arena que suave se desliza
soy yo, en continuo fluir
de incandescente desierto,
bajo la pisada del caminante.
Yo vivo inmersa
en la suave fragancia de la rosa
y del manzano,
y cantando voy
por un antiquísimo sendero,
al vislumbrante resplandor
de los planetas
y vivo así contigo
en todo corazón humano (p. 116)


4. Teodoro Rubio[5]. Burgos, 1958. Recibió el XXV Premio Mundial con su obra Tu mano todo el día. Sacerdote. Se doctoró en Filología Hispánica al estudiar a Gerardo Diego. Ha publicado los poemarios: Araña en tu silencio (1989); Herida la palabra (1991); Murmullos de brisa-mar (1992); Arañando tu niebla (1996); Luminosa andadura (1999); La oquedad de tu distancia (2001); Fría desnudez del calendario (2001); Tu mano todo el día (2005); La memoria de cuelga en los balcones (2013).

Tu mano todo el día. La naturalidad con la que Teo Rubio hila sus versos es asombrosa. El lenguaje es fluido y sugerente. El poeta habla de sus vivencias, de todo lo que sucede en su corazón y de todo lo que le afecta desde fuera. La poesía de Teo Rubio, para mí, es un poesía de confluencias, pues a ella vienen a parar lo cotidiano, lo espiritual, los acontecimientos, las propias vivencias, los estímulos, el dolor, las tristezas, en pocas palabras: la vida misma. Eso quiere decir, que no hay hermetismo ni poses, que lo que hallamos en la obra de Teo no es sino lo que todos sentimos, pero que no todos expresamos. El lirismo de Teo Rubio, heredero de la mejor tradición de la poesía española, tiene, según percibo, resonancias de José Luis Tejada y de Gerardo Diego. Eso se evidencia en la transparencia de la palabra y en la creación de pequeños mundos –los poemas– en los que todos cabemos, porque canta sentimientos humanos universales.

I

En esta soledad de andamio antiguo
que le crujen los huesos todo el día,
oigo a veces tu voz precipitarse
igual que aquel suicida del ático de enfrente.
las ráfagas de niebla difuminan
mi nombre, mi memoria,
y me envuelve tu voz con sus temblores
de luz casi continuos.
Balanceo de sílabas, de música,
y el verso es un peón en el tablero
de ajedrez que improviso, a cada instante,
en este espacio denso, con mi sombra.
Así es la vida, un juego solitario,
un apostar en contra de uno mismo
y ganar la partida.
Así es la vida, un libro de hojas blancas.
En él la soledad esconde versos
y tú, mi voz anónima y amiga,
me dictas los poemas. (p. 41)

II

Esta tarde de púrpura y silencio,
partido en dos mitades como el día,
escribo: soy feliz, aunque me duela
tener el corazón como la escarcha,
sin altura ni peso.
Escribo: soy feliz, aunque no tenga
la inmensidad del mar para abrazarte (p. 63)

III

En este milenario roble
guardando el equilibrio nos mantienes
dios acróbata.
Nos lanzas al trapecio de las historia
igual que pájaros sin alas.
Pendulas con tus manos nuestras vidas
y cuando nos golpean los insomnios
tú te ríes de vernos temblar como hojas
y a menudo caernos de tu rama (p. 84)
IV

Porque esta enfermedad corre sin pausa
al ritmo acelerado de las olas
del mar. Y con su estruendo
va inundando mi playa de tristeza.
Acudo a ti, Señor, tan desvalido,
con sed de ti, desierto y sin oasis.
Yo te llamo, Señor, y me respondes
con rotundo silencio, y hasta a veces
el silencio es callado y se desgarra
la ilusión de sanarme. ¡Y tanta lucha!
Escucho una campana que a lo lejos
ensombrece esta noche, y como estrellas
titilan en mis pulsos los perfiles
del júbilo, poblando con sus luces
mi destierro de fiebre. La campana
suena con un dolor tan insistente
que me olvido de mí, por un instante.
Y pienso que tu voz es la que suena
en este corazón desalentado.
que esta brisa que azota mi crepúsculo
sea tu aliento, Dios. Que tengo frío;
frío, como esos pájaros que vuelan
en bandadas, reptando el firmamento,
sin dejar huella, diminutos: manchas
grises en la amplitud de tu horizonte.
Que la brisa y el bronce que requiebra
este sosiego sea suave bálsamo
en las fatigas últimas que vienen
como náufragos, Dios, a la deriva.

Sí, suena la campana nuevamente
y oigo que tu voz me está llamando
por mi nombre: “¡Hijo, es hora de abrazarte!” (p. 97)


5. Bettsy Yhamile Narváez Cárdenas[6]. Nació en Ecuador en 1972. Recibió el XXXII Premio Mundial con su obra Entre los pucheros. La mística de Narváez es experiencial. Es decir, vive su unión con Dios en y desde lo cotidiano. Su monasterio es el hogar, su lugar de trabajo, el transcurrir mismo de una jornada ajetreante desde que amanece hasta que cae la tarde. Dios está en todo lo que hace y todo lo hace desde Dios. Y ésa es la gracia mística de esta poetisa. Con razón Santa Teresa de Jesús acuñó la célebre frase que Dios también estaba entre los pucheros, es decir, en lo más ordinario de la vida, que Dios también es un Dios que hacía lo que tú haces por rutinario y baladí que parezca. Que es cuestión de actitud. Que un instrumento musical suena donde quiera que se le toque y no solo en una de conciertos.

I

La noche no termina de bostezar
con su largo, larguísimo cansancio apretujado.
Arriba, sobre la luz parásita de la ciudad,
brillan las constelaciones
como un libro de cuentos
que no cierras nunca.
Pero yo tengo que levantarme.
Los primeros gorriones te agradecen
que los preservaras de la helada,
y los mirlos se saludan con chillidos.
Tengo que levantarme.
La madrugada es un animal abrupto
con puntas finísimas de frío
y se estira junto a estos cristales
sin ganas de irse.
Tengo que levantarme
Tú me esperas.
Los colibríes tosen y empiezan su trabajo,
el ruido de las máquinas los ahoga.
Entre el vapor del agua que empieza a hervir
y los panes del desayuno, pienso,
no ha crecido el día lo suficiente
y Tú ya lo tienes todo listo:
el sol que ha de calentarnos,
la sonrisa que nos dará razones de seguir,
la lluvia con su danza de miles de ajorcas de cristal,
el amor nos dará razones de amar,
la aventura de vivir en tu Presencia.
Por eso vengo todavía sin calzarme,
antes de los ruidos del día
para decirte:
Aquí me tienes. (p. 18)

II

Prisa.
Inútil prisa.
Nada debería turbar este minuto
pero la vida sigue
y tenemos que ir todos a partes diferentes.
Aquí uno calcetines de talón por delante
Allá unos cordones sin atar
y un pijama calentito
que no quiere ceder su puesto al uniforme.
–El ángel del Señor anunció a María…
(Responden dos voces con sueño
y una lengua de trapo)
–He aquí la esclava del Señor…
(Responde un voz clara, otra somnolienta
y un lengua de trapo9
–Y la Palabra se hizo carne…
(Responden tres voces de niños
y desde otra habitación, una más recia)
Ruega por nosotros
Santa Madre de Dios
para que amándonos
en este hogar nuestro
tan común como cualquiera
el amor nos haga dignos
de alcanzar las promesas
las gracias
la unidad
la paz
que promete tu Hijo
Amén (p. 23)

III

Ahora
viene a saludarte un ratito
Pero debo irme, Señor
me pasaría la vida aquí
queriéndote
pero el amor excede las palabras.
Y también me esperas en la clase
voy a buscarte en ellas
en las niñas que me esperan
Te amo siempre
déjame amarte en ellas
como tú quieres
como tú quieras
Un beso. (p. 35)

IV

Un cerro de roma me salud en el horizonte
Es muchísimo –una semana, tal vez–
Yo quisiera, no sé
una siesta
recordar el color de los árboles
entontecer frente a la tele.
Primero, las piezas pequeñas
(los que deben poco, aman poco)
Luego las delicadas
(los que son amados
se purifican en el fuego)
Luego las camisas
con trabajo y paciencia
y zurcido y doblado
(seguirte consiste también
en recorrer todo el camino
sin detenerse)
Y luego
y luego
Cuando me permites volver a ti
buscas todos mis rotos
Parchas, abotonas, desarrugas
con tu mano, fuego y ternura
me devuelves la llaneza del amor
me corriges y me doblas
me mandas servir con traje nuevo
(última sábana)
Desconecto la plancha.
Tú me desarrugas
me zurces
me abotonas
me amas. (p. 49)


REFERENCIAS

Matevski, Mateja. Torre negra. 10. Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1992.
Narváez Cárdenas, Bettsy Yhamile. Entre los pucheros. 42. Madrid: Fundación Fernando Rielo, 2012.
Rosario Candelier, Bruno. La mística en América. Contemplación, Poesía y Espiritualidad. Por las «amenas liras» 7. Santo Domingo. República Dominicana: Ateneo Insular, 2010.
Rubio, Teodoro. Tu mano todo el dia. 33. Madrid: Fundación Fernando Rielo, 2006.
Schenkl, Maria Assumta. Me acerqué al Cordero. 23. Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1997.
Varvitsiotis, Takis. La pesca milagrosa. 6. Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1990.




[1] Bruno Rosario Candelier, La mística en América. Contemplación, Poesía y Espiritualidad, Por las «amenas liras» 7 (Santo Domingo. República Dominicana: Ateneo Insular, 2010). p. 17.
[2] Takis Varvitsiotis, La pesca milagrosa, 6 (Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1990).
[3] Mateja Matevski, Torre negra, 10 (Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1992).
[4] Maria Assumta Schenkl, Me acerqué al Cordero, 23 (Madrid: Fundación Fernando Rielo, 1997).
[5] Teodoro Rubio, Tu mano todo el dia, 33 (Madrid: Fundación Fernando Rielo, 2006).
[6] Bettsy Yhamile Narváez Cárdenas, Entre los pucheros, 42 (Madrid: Fundación Fernando Rielo, 2012).
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