martes, 8 de febrero de 2011

DOMINGO MORENO JIMENES Una existencia sacudida por la sed de infinito

Introducción

Con el tiempo he comprendido que como mejor conozco a un poeta es comentando su poesía. Al acercarme a su obra como lector crítico, o mejor, como oyente de la palabra poética, logro descubrir lados ocultos muchas veces imperceptibles en una lectura corriente.

Moreno Jimenes es para mí uno de esos poetas que me ha abierto algunos frescos de la poética dominicana que yo no había visto hasta hace apenas un año. Con este poeta la personalidad dominicana se afinca sólidamente en la verdadera identidad que queremos forjar los dominicanos.

1. Placer que produce dolor. A todos un día, más tarde o más temprano, nos sale al paso la pregunta aristotélica de quién soy, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Al poeta que ocupa estas líneas no le son ajenas esas cuestiones capitales. Él siente angustia existencial. Se siente inquieto. Sólo la esperanza lo sostiene en el vuelo, en el tiempo que pasa. «“¡Nunca dolor humano / fue comparable al lento/ pesar, que va minando / mi existencia a desvelos […] la esperanza / impulsa al raudo vuelo!».

Quien se pregunta acerca de la vida, topa con la pregunta sobre la muerte. Ésta sale al paso del poeta como detonante de hondas preocupaciones: «¿Ahelos? Sí, el anhelo / de descansar muy pronto […] allá en el cementerio».

El poeta se sabe dotado de la palabra poética. Asume que su vida es el arte, la poesía sublime, auténtica. «Mientras un soplo exista vital y triste / en mi ser, ese soplo será primero/ para el arte sublime que me subyuga: / él derrama la lumbre de su consuelo; / él sostiene la rosa de mi esperanza; / él cuida de los lirios de mis ensueños».

La juventud, que bulle en su cuerpo, reclama el goce de los sentidos, mas éstos no sacian otros reclamos más profundos. El dolor aterra, el placer alivia. El poeta rechaza el primero y se refugia en el segundo. «Maldije mi dolor, y ciegamente / apuré los placeres de la vida». ¿Cómo no recordar aquellos versos de Jorge Manrique?: «Cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, da dolor».

En esta etapa de la vida el artista siente «ignotos anhelos», «ansia ardiente» en su alma. Este es el indicio de que estamos ante un ser sensible, acucioso, inquieto e insatisfecho. «Tras cada ignoto anhelo o ansia ardiente / quedaba mi alma sumida».

Después del placer viene el dolor, la tristeza. El joven poeta experimenta los placeres. Tras el desencanto de los mismos, por no llenar su vacío existencial, descubre una presencia que, e n mi opinión, podría ser divina. «Atado a la ignominia del deseo / tanto tiempo viví, que ya no creo / en eróticas escalas. // Mas, como para amar vine a la vida, / ahora inquietan mi alma entristecida / dos manos, que pudieran ser dos alas!».

El joven poeta pasa por una etapa de oscuridad. Su existencia se sume en una noche que abarca su fe y su numen creador. «Sobre la mar de mi existencia / ya no navega ni una aurora: / mi fe, mi arte… todo oscuro».

La grandeza de alma del joven artista, su comunión con Dios le lleva a reconducir su libertad por caminos diferentes. Una visión, un rapto sobrecoge al poeta. La muerte, el luto, la tristeza ribetean el pensamiento del bardo que, estremecido por la temblorosa aspiración de la Celestina, se reencuentra con Dios, con el depósito de la fe en su interior, con lo cual se entona el sentido de la vida. «Hice lo que no hacía en muchos años: / orar y prometer a Dios ser bueno».

2. La sed de infinito, hambre de plenitud.

Si en los versos de juventud el poeta nos deja ver con naturalidad con cuánto ardor buscó saciar los reclamos de los sentidos, con no menos fuerza nos comunica en su obra poética otra constante: la sed de infinito. Sus aspiraciones ya no son apagar el fuego de los placeres, sino las de calmar la sed de trascendencia, de algo que está más allá de lo puramente sensorial. Esto es, por supuesto, muy significativo.

El poeta se propone, en su búsqueda trascendente, cantar lo infinito, aquello que rompe lo común y que sólo el alma capta. Sabe el aeda que su arte no morirá con la extinción de su cuerpo, por lo que tiene la esperanza de recibir la palma, la corona de laurel que merece su obra. «Quiero escribir un canto / sin rima ni metro […] Canto que tuviera dos alas […] que me llevaran hasta donde quiere, / con su sed de infinito, / en las noches eternas volar el alma […] cuando la eternidad orle mi gloria / con sus palmas de luz!».

El credo el poeta queda evidenciado en lo que podríamos denominar su “’profesión de fe”. Este credo consiste en la vocación esencial del ser humano en el mundo, a saber: buscar el Bien y la Verdad. Dios nos ha creado para tal fin. Noble y sublime fin de la existencia humana y, por ende, de un artista como Domingo Moreno Jimenes. «Dios / creó / al Hombre / para la gracia, / el bien / y la verdad […] Toda la dicha consiste en no cejar».

En el credo de Jimenes cabe también la belleza y la paz, la «que triunfa en el aire», «la oración [contemplación] que conmueve el bosque». La misión del poeta, no es entretener, sino asombrar, o mejor, testimoniar su asombro, desvelar con su fina percepción poética lo que el ojo humano común apenas si capta. Ojo que es razón, inteligencia intuitiva. Su alma inquieta no descansa. Esta inquietud interior le descubre «augurio incógnitos». «La paz triunfa hasta en el aire […] y una oración conmueve el bosque». «Lo que me mata: / mi piedad; / lo que me salva: / la inquietud».

La vida, su destino último, que es gran incógnita de la existencia “no acaba aquí”. El poeta lo sabe, por eso dice: «todo acto crece en la eternidad». Cada instante, cada obra realizada en el aquí y el ahora crece donde el tiempo ya no se mide con el cronómetro, pues la eternidad se ocupa de que la vida alcance la plenitud, la gloria. «Su voz fatigaba la aldaba / de mis augurios incógnitos […] Convencido más de una vez tengo que estar / que la vida no acaba aquí. // La vida que se vive no es sólo la vida. / Todo acto crece en la eternidad».

Jimenes, en tanto que artista que plasma una realidad poética, nos coloca ante su obra y nos advierte de que su canto, su poesía, proviene de una remota estancia. Allí, en esa estancia, las cosas, dice él, son “santas”. El rumor de su poesía proviene de esas esferas. Esto no lo podemos olvidar a la hora de leer y analizar la obra de este poeta dominicano. No en vano, al más puro estilo de William Blake, proclama la religión universal, la única religión que tienen los poetas cuando entran en sintonía con el Todo. «¿No ves en mis ojos el eco santo de lejanas canciones?». «Ya el poeta puede en la calenturienta noche / ver la luz de la Religión Universal […] Mi visión iluminó el promontorio entero».

3. El lado romántico de Domingo Moreno Jimenes. Todos, al menos alguna vez, hemos sentido el hechizo de la belleza de un rostro, de una figura joven. Los versos amorosos de Jimenes me transportan a los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda. No hay similitud entre estos dos grandes poetas, no, hay sintonía emocional.

Lo popular se hace eco en el poema la “Niña Pola”, la niña bella, cándida, feliz, como una ninfa de los campos. La exaltación de su tierna beldad en su estado puro y casto. «¿Qué será de la niña Pola […]? Crepúsculo y alma, / ingenuidad y gloria; / suspirillos de un pecho que no había tenido pesares nunca, / inquietud de unos ojos que habían rondado por la montaña, / tras el arco iris que los corpúsculos tornasola».

Los efectos de la pasión, el encuentro de los amantes, queda perfectamente dibujada en este verso: «He incendiado las aguas de instantes».

Hasta en el amor el alma del poeta es triste, melancólica. Amor criollo, taíno, que exalta los rasgos tropicales de la mujer: los vellos de sus piernas, sus cejas arqueadas, su piel mestiza, la abundancia de sus pechos. «India, desde la cabeza hasta los pies, / in-dia; / debí decir mestiza, / pero ya ves, escribí india / y no me arrepiento: ¡a veces la salvación de un porvenir está en el pasado! // Con la tristeza de tu mirada / y la majestad de tus senos, / yo estoy comulgando horizonte arriba».

Hay en los versos amorosos de Jimenes una impronta de “Romancero Gitano” lorquiano. Nuestro poeta canta con estos versos ligeros: «Amor tocó a su puerta. / Canción sonó en su oído. / La esperanza en el viento. / Polen de alba en el nido».

4. Variaciones, claves de lectura en la poética de Moreno Jimenes. En este inciso querría destacar diversos temas tratados por el autor que nos ocupa. El primero es la poesía negra (El haitiano). Jimenes elogia la vida sencilla de los haitianos que usan la astilla de cuaba para encender el fogón, que fuman tabaco fuerte beben agua ardiente. «Bienaventuradas las cosas humildes / que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas!».

Un segundo elemento característico de la poesía de Jimenes es el uso de los elementos de la tierra: plátano, maíz, guineo, vaca. El poeta elabora su poesía con las cosas elementales del campo. No nombra simplemente las cosas, sino que atrapa la dimensión telúrica del trópico dominicano, con la grandeza con que lo hace su paisano, Franklin Mieses Burgos en su obra “Trópico Íntimo”. Escribe Moreno Jimenes: «Maestra: recuerda el amanecer con su vaca lechera, su humo de sol, / su organillo de pájaro… / Háblanos del plátano que rezaba a la sombra / y del guineo que amarillaba junto oreganito;/ del maizal […] y te anhelan mis hijos que están en gestación desde la infancia» (Maestra).

El poeta se sabe en comunión, es decir en empatía con la tierra y con las criaturas que la habitan. No estamos solos, convivimos con todos los elementos de la tierra. «Lancé una rosa y los jazmines al viento, / y sólo quedó flotando en el instante esta sola palabra: “tierra”.

Esta dimensión telúrica se hace cada vez más intensa, yo diría que esencial en la poética de Jimenes: «Todos los ojos de la Naturaleza / querían sumergirse en el crepúsculo de la tierra» (Campiña poblada).

Una tercera variación temática en la poesía de Jimenes es el dolor. La herida, el dolor, el aguijón, la lágrima se vuelve aroma de suave olor, iridiscencia, el lugar exacto para expandir «la íntima fragancia». Más abajo vamos a dedicar un apartado a la cuestión del dolor, ya que es un nervio vivo en la obra de nuestro autor.

Una cuarta veta temática en la poética de Jimenes es la trascendencia. La existencia humana, como las lilas que crecen en el fango conservando la belleza intacta. Así nuestro ser crece en la tierra y aspira al cielo. Lo humano crece en el tiempo, en la finitud, pero tiende a lo alto, a lo divino, a lo eterno. «¡Qué será de las lilas / con medio cuerpo bajo el cieno, y medio cuerpo sobre la vida!» (Hora azul).

Quinta variación: El dolor. El dolor como agonía de la existencia humana. El problema del dolor no es casual, accidental, en la obra de Moreno Jimenes. Su obra poética conjunta va dejando una estela a lo largo de su periplo. «Disfracé mi dolor con crueles frases: / El campo… / la hija de la lavandera de mi familia… / ¡Ay, yo mismo, que soy un dolorido corazón, / ignoraba que en el fondo de toda gran desdicha existe un gran sonsuelo» (Éxodos).

En los poemas de juventud hallamos la cuestión del dolor «Maldice mi dolor» (Ofrenda muda). «El dolor que me muerde las entrañas» (Drogas para mi tedio). «¡Y mi doliente afán de ajuar antiguo!» (India). «Cual si el dolor se te volviera aroma» (Nuevo madrigal). «¡El cielo que tengo por delante no es doloroso; / pero el horizonte de mi vida presente, sí que lo es!». «Una crucifixión de albores me distiende el oriente del camino» (Aleluya de invierno). «¡Oh realidad del retorno cumplido! / Tú eres dolor y almendra» (Lirios tumbados). «Dolor, ¿cuál es tu friso, a dónde tiende el hábito de tu propulsación?» (Últimos canjilones de la primavera).

El acto creador, es decir, el momento mismo en que el bardo lleva al poema la palabra inspirada, brota de la sangre, de la vida, del dolor, de la tristeza. Llama la atención el carácter melancólico del poeta. Su tristeza deviene, acaso, de su sensibilidad estética. El poeta vive poéticamente su ser y estar en el mundo. Su gloria, y su paz y su agonía, dependen de eso. Sin embargo, nada es perfecto en este mundo, con lo que la visión poética de la tierra y sus criaturas, y del infinito, se ve tronchada por el dolor y la tristeza, que es, justamente, el motor que dinamiza la poética del aeda que nos ocupa. «Infinito, tú sólo me bastas hoy para estar triste» (Últimos canjilones de la primavera).

Sexta variación: la utopía. Quien tiene conciencia de sus ideas, como sucede con Moreno Jimenes, no puede menos que desvelarse en sus cavilaciones. «Cuando me tengo que levantar de noche, / porque la creación me quita el sueño» (Vislumbrar América). La materialización de la utopía, “ver vislumbrar América” conduce al poeta a una profunda desolación: «Palmo el vacío de la vida / y la oscuridad de mi entendimiento». Pedro Henríquez Ureña, Juan Ramón Molina idealizaron a América.

La América nueva está llamada a dar un salto cualitativo. Un salto a la vida. «Franqueado el primer paso: ¿por qué vacilas en dar el último? Lo último cuaja el hecho en bramido de acto».

Pedro José Gris maneja la tesis de los “saltos de la vida”, es decir, de los saltos que se dan por acumulación de potencia. Así el organismo, el parto, la pubertad, etc. América, análogamente, acumula el potencial de un nuevo albor, de una nueva vida. Esta visión poética de Jimenes requiere sintonía y escucha del presente y del devenir.

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Localización tierra natal, República Dominicana