miércoles, 11 de marzo de 2009

CUENTOS 2

UNA ENFERMERA GRACIOSA

La enfermera del lunar en la mejilla se hizo popular en el hospital por su peculiar belleza y su andar contoneante. Los enfermos, al verla, recuperaban, en medio del sufrimiento físico, la alegría. Ella les pasaba la mano por sus frentes y era como un bálsamo. Les preguntaba cómo se sentían y velaba por que el suero nunca se acabase sin antes ser repuesto por otro nuevo. Su sonrisa, su humor y su mano tierna la hizo más famosa incluso que los médicos. En las últimas dos semanas sólo se hablaba de ella. Hasta que se supo que en realidad hacía veinte años que la enfermera del lunar en la mejilla había fallecido.


LA MADRE QUE ME ENGENDRÓ


Hace diez años que mi madre, la que me crió, murió; de la que me engendró no supe de ella si no hasta hace cinco años. Yo sentía un deseo de conocerla muy grande. No quería sentirme huérfano. Así es que me dispuse a buscarla. Un tío mío me dijo que ella vivía en una hacienda de La Florida, Santa Rosa de Copán. Nos pusimos en camino hacia el cerro en donde se hallaba mi madre, pues resulta que ella vivía en un comedero de vacas, chivos, gallinas y cerdos. Yo sentía una gran ansiedad por conocerla. A mis treinta y cuatro años parecía un niño. En el trayecto mi corazón palpitaba al cien por cien. Cuando mi tío Sebastián y yo nos aproximamos a la casa de la hacienda, pudimos ver a una mujer de piel canela que bregaba con de masa maíz en el patio. Los doscientos pasos siguientes se me hicieron largos y retumbaban en todo mi cuerpo. Mi tío Sebastián me dijo: yo te voy a presentar, recuerda que no te conoce. –Sí, tío, es verdad. Vea como le hace. Cuando estuvimos frente a la mujer mi tío le dijo: Tina, le presento a este joven. A lo que ella respondió: mucho gusto, pasen, siéntese, ¿hijo de quién es? Preguntó. Mi tío quería llevar las cosas un poco lejos y le volvió a decir: fíjese bien, adivine. Pero ella se confundió más y un poco ruborizada añadió: no, no sé de quién será hijo. Mírelo bien, Tina, es Joselito. Mamá abrió los ojos y haló aire, pues sentía que se ahogaba. Después preguntó para despejar sus dudas: ¿cuál Joselito? La pregunta estuvo de más, era sólo para darse tiempo, pues sólo había un Joselito en la familia, y era justamente yo. Sin embargo, mi tío le corroboró: es tu hijo Joselito, Tina. Entonces mi madre se llevó ambas manos a los ojos y se arrodilló ante mí porque no pudo aguantar la emoción de pie. Le ayudé a levantarse y la abracé entre sollozos. A partir de ese instante, que jamás olvidaré, mi vida cambió.


EL DELITO DE SER UNIVERSITARIO


Un día entró un predicador al aula de clases donde Miguel Ángel de Sula cada mañana recibía su formación académica. Aquél leyó un texto del libro de los Macabeos. El texto decía que Judas el hijo de Matatías exterminó a todos los impíos, apóstatas y cobardes. Su éxito, logrado por la punta de su espada, se extendió grandemente por todos los pueblos. El pastor amenazó con su índice directamente a Miguel Ángel de Sula quien, nervioso pensó en regresar a su país, Honduras, cuanto antes.

Corría el año 1978. En Nicaragua ser universitario constituía un delito, ya que los estudiantes suministraban armas e información a la guerrilla. Si alguien era universitario, no importaba quién fuese, tenía ganada la pena capital: la muerte.

Miguel Ángel de Sula, estudiante del último año de ingeniería química, viendo que las cosas se estaban poniendo feas, decidió retornar a Honduras, su tierra natal. Recogió sus bártulos con las prisas de quien tiene que apagar un fuego. Se dirigió hacia Esquipulas, a diciseis kilómetros del territorio hondureño. Allí se alojó en un hotel para pasar la noche, la cual le costaría siete dólares, una fuerte suma de dinero para un estudiante extranjero. Estando Miguel Ángel dormido oyó que alguien rompió las celosías de las persianas. Dos jóvenes desconocidos le suplicaron que les dejase dormir allí porque no tenían dónde quedarse. En realidad no le dijeron la verdadera causa por la cual se veían forzados a pedir asilo. Miguel Ángel, aturdido por el sueño malogrado, no supo qué hacer, mas cuando se despejó de la turbación hizo un trato con los dos extraños. Cada uno le daría un dólar para ayudarle a pagar el hotel. Cerraron el trato y se acostaron a esperar la luz del día.

De pronto, tres soldados arremetieron contra la puerta de la habitación en la que yacían los tres jóvenes estudiantes. Los sacaron a la calle violentamente, donde les hicieron un soberbio interrogatorio.

¿Quiénes son ustedes?

Somos estudiantes universitarios, dijo Miguel Ángel de Sula, inocentemente, sin saber que acababa de firmar su pena de muerte.

Ajá, con que universitarios, dijo burlonamente el soldado que les interrogaba.

Cegado por la ira el militar los hizo subir al jeep de patrulla entre patadas y culatazos. Los trató vilmente, como a bestias de carga. Los insultó y les mencionó la madre a todos con tal fuerza e ímpetu como el peor de los sargentos de las películas recias norteamericanas. A Miguel Ángel de Sula lo sentaron en el centro del asiento trasero. Uno de los soldados continuamente les apuntaba con su fusil y otro con una escopeta de dos cañones, de las recortadas. Cuando ya habían recorrido un largo trecho por una carretera solitaria, por donde solamente los grillos nocturnos y el croar ansioso de las ranas ensordecen, parda la noche tibia, el que manejaba el jeep se detuvo y dijo al que estaba sentado a la derecha de Miguel Ángel de Sula:

Tú, baja; pon las manos contra la nuca. Tienes una única oportunidad para vivir: decirnos dónde está escondida la guerrilla.

No lo sé, contestó el joven estudiante.

Camina cinco pasos al frente. Ahora arrodíllese.

El joven se arrodilló. En ese preciso momento le apuntó en la cara.

Dime, ¿dónde se oculta la guerrilla?

Le he dicho que no lo sé, soy un estudiante universitario, no un guerrillero.

El soldado, que continuaba apuntándole en la cara, perdió la paciencia y le disparó a quema ropa. El joven estudiante dio un brinco de venado herido y cayó con el rostro desmoronado a varios metros. Y como se movía le volvió a disparar en la espalda un tiro de gracia para asegurarse de que el escopetazo en la cara había sido eficaz.

Miguel Ángel de Sula y el otro muchacho se quedaron espantados por el horror de la escena que acababan de ver. También ellos presentían la muerte. Uno de los dos iba a ser el siguiente. Por la mente de Miguel Ángel de Sula pasaban muchos pensamientos. Los de odio y repugnancia, los de impotencia y valentía, los de indefensión y miedo. Los ruidos de la noche de pronto se convirtieron en un único ruido: el del disparo que le dieron en la cara al joven de forma indiscriminada.

Al cabo de unos cuantos kilómetros otra vez se detuvo el jeep. Las piernas de Miguel Ángel temblaron, la se heló en sus venas. Una voz seca y autoritaria, la que ordenó salir al fallecido estudiante, exclamó:

Usted, dijo al que iba a la izquierda de Miguel Ángel, salga, que es el siguiente. Tiene una última oportunidad de salir con vida de este lío, agregó. Si tiene algo que ver con la guerrilla díganoslo de una vez y dónde está su centro de operación.

Pero el estudiante no articuló ni una sola palabra. Como no respondió a la pregunta fue sometido a la misma pena de muerte que el primer joven asesinado. Subieron de nuevo al jeep con Miguel Ángel dentro. Los soldados pensaron que con las dos muertes anteriores habían amedrentado a último estudiante, a fin de sacarle toda la verdad, mas no fue así.

Continuaron corriendo por la carretera que va hacia la frontera hondureña. Miguel Ángel sabía que su turno no estaba muy lejos y empezó a maquinar cómo podía fugárseles a los soldados. La luna se ocultó tras espesas nubes como para no ver el terror que se aproximaba.

Yo soy hondureño, dijo parcamente Miguel Ángel, no tengo que ver con nada de toda esta historia, voy de regreso a mi país.

Y a mí qué me importa de dónde seas tú, pedazo de sabandija.

Digo la verdad, agregó Miguel Ángel. Denme un chance, soy hijo único y mi madre me espera.

Mal parido, te quieres callar. Tú, detén el jeep, dijo al chofer.

Miguel Ángel de Sula pensó en fracciones de segundos: ya me llegó la hora. No perderé nada con correr. Cuando sienta el calor de un disparo entonces sabré que soy hombre muerto. En cuanto ponga la punta de mis pies en el suelo correré en dirección contraria, de manera que cuando den la vuelta yo me les pierda en la oscuridad.

Aún estaba pensando su estrategia Miguel Ángel cuando súbitamente se oyó la voz rota del militar:

Baja, es tu turno.

Miguel Ángel ya sabía lo que iba hacer. Abrió la puerta del jeep y, como un atleta de altas velocidades, no más poner los pies en el suelo corrió sin rumbo fijo amparado tan sólo por el espesor nocturno. Los militares rugían como leones burlados por su presa. Miguel Ángel corría y corría con la desesperación de un fugitivo. La única manera de salvarse era correr, y eso lo supo hacer muy bien Miguel Ángel, quien a su paso rompió un cerco de alambres de púas. Pero con tan mal agüero que cayó en un abismo de unos quince metros y en cuyo fondo había una poza de agua. Definitivamente, la suerte le acompañó pudiendo salvarse. En toda la noche no se atrevió a salir por temor a que los militares lo estuvieran buscando. Escondido entre matojos permaneció hasta que, allá por las siete de la mañana, oyó gente por los alrededores. Sigilosamente salió del escondrijo. Fue en ese momento cuando se apercibió que estaba herido en el pecho, sin camisa, descalzo y con los pantalones rotos.

Decidió allegarse a la casa más cercana. Miguel Ángel tocó la puerta, pero nadie le abrió y, temiendo que fueran a verlo, de una patada la derribó. Una mujer escuálida se quedó estática mirando al intruso.

Socórrame, por favor, señora, que me quiere matar el ejército.

¿Quién es usted?, preguntó la mujer aún atónita.

Me llamo Miguel Ángel, soy hondureño, ayúdeme a escapar.

Lo andan buscando, joven, márchese pronto de aquí que están por llegar los militares.

La mujer le dio una camisa de hombre, acaso la de su marido y le facilitó una bicicleta para que corriera hacia la parte fronteriza. Miguel Ángel le dio los dólares que tenía para pagar el hotel. Se montó en su bicicleta y corrió rumbo a la frontera que estaba ya bastante cerca.

Al poco tiempo de salir huyendo en su bicicleta el fugitivo llegó una patrulla a inspeccionar la casa de la mujer. Descubrieron que la puerta estaba rota. Obligaron a la pobre mujer a decirles la verdad de lo acaecido. Allí mismo le dieron un tiro y se marcharon hacia la frontera, esta vez sin jeep, aunque corriendo para darle caza. El prófugo podía denunciar al ejército y destapar la barbarie que estaban cometiendo. Y esto no lo podían tolerar. De ahí que en la mente de los soldados latía una sola idea: matarlo antes de que cruce la frontera.

Muy por delante iba Miguel Ángel de Sula cansado de tanto pedalear. Faltaba un kilómetro para llegar a la frontera, cuando, desgraciadamente, se le pinchó una rueda. El fugitivo oyó disparos distantes. Creyendo que estaba de nuevo próxima su muerte, arrojó la bicicleta y corrió a pie, pero ya sin las fuerzas con que lo hizo la noche anterior. Como le importaba seguir viviendo resistió el cansancio de su cuerpo y la terrible angustia de estar perseguido sin aparente causa. Por fin pudo cruzar a tierras hondureñas. Una sensación de libertad y de estar como en casa le insufló grandes ánimos y corrió tierra adentro como un venado. No volvió a escuchar más los disparos de los soldados, pero eso no le detuvo hasta que se sintió totalmente seguro de que no lo perseguían.

Estando ya en san Pedro Sula, Miguel Ángel denunció las muertes de los estudiantes. El abogado que llevaba el caso le aconsejó salir del país porque lo podían linchar si permanecía en Honduras. Se acordó de la sentencia que le hizo el pastor en el aula de clases. Para que no se cumpliera viajó a México hasta que los tiempos cambiaron y él ya pudo rehacer su vida como ingeniero químico.


EL MAR EN UN SEGUNDO PISO

El fontanero llegó como a las tres de la tarde para sanear el problema de una llave de agua en el lavamanos del baño de Alfredo Lanza, un amigo que vino desde Barcelona a pasar una temporada a Honduras, por expresa invitación de Roberto Alvarado, un gran amigo y admirador suyo.

Alfredo era un hombre de casi setenta años de edad, escritor de humor popular, pero muy bien conservado. Su único defecto era su sordera. Oía muy poco, y había que hablar fuerte para que oyera todo.

Roberto Alvarado, bastante más joven, como anfitrión le asignó una habitación situada en el segundo piso, lugar donde sin saber cómo se convirtió en un inmenso mar de agua.

El fontanero dejó todo bien reparado. Se marchó satisfecho y complacido por lo que había cobrado. Varias horas después de estar resuelta la avería todo iba bien. Incluso a la hora de acostarse no había ninguna anormalidad.

La cisterna, como cada noche, quedó en marcha, con el automático para cargue y recargue a presión de las tuberías de toda la casa. Nunca había pasado nada hasta la noche del 18 de Febrero de 2003.

La noche del 18, que será recordada para siempre, era una noche placentera. De alegrías sumas porque ese día le había ganado el Barcelona al Milán y Honduras había empatado con Panamá.

Contentos como estaban los amigos se fueron a descansar sin saber lo que en la madrugada les sorprendería.

La puerta de acceso al segundo piso era de cristal hermético para conservar el aire acondicionado en los días de calor. Nadie sabía, hasta la tragedia del 18 de febrero, que iba a servir de muro contenedor de cientos de litros de agua.

Eran las tres de la mañana cuando Roberto quiso levantarse a orinar. Medio dormido como estaba se sentó en la cama con los pies, sorpresivamente, metidos en más de ocho dedos de agua.

Sus ojos se abrieron atónitos. Acabó de despertar, lógicamente. En seguida se dio cuenta de que algo andaba mal. Miró alrededor. Por un lado flotaban las chancletas, los tenis de diario, los pantalones que había dejado colgados del respaldar de la silla de su habitación estaban mojados casi por completo.

Por su mente pasaron muchas cosas en unos segundos. En piyama como estaba salió de su habitación. Toda la sala estaba hecha un mar. Los muebles de la sala, que eran bajitos, estaban empapados, el librero, fue también pasto de la inundación.

Aceleró el paso, chapoteando, hasta la habitación en la que yacía Alfredo. Cuando llegó a la puerta se detuvo un instante, temiendo no molestar a su huésped. Pero algo lo empujó y tocó fuertemente la puerta de la habitación.

-Alfredo, Alfredo, llamó con firmeza. Pensó para sí que tal vez, como era sordo, no había oído nada. Así que tocó de nuevo y llamó el doble de fuerte. Esperó unos instantes que parecían ser los más largos de su vida. Hasta que al fin apareció su amigo acomodándose los lentes de concha de carey y arremangándose el ruedo de la piyama. Su rostro era todo un poema.

-¿Qué está pasando, Roberto?

-No, sé, algo tiene que haber salido mal en la fontanería. En efecto, un chorro de agua se oía en el baño de Alfredo. Roberto se movilizó batiendo a su paso el agua. Vio que el tubo que alimenta el grifo del lavamanos estaba destrabado. El fontanero no le había puesto cinta aislante ni pegamento ni nada. Lo cual hizo que la presión de la cisterna lo hiciera reventar. Roberto cerró ágilmente la llave de paso. Al fin detuvo la violenta presión de la cisterna que se empeñaba en subir todo el depósito al segundo piso.

Entonces, y sólo entonces, una sensación de alivio invadió a Roberto quien, entre nervios y humor, empezó a reír descontroladamente.

Alfredo no había aterrizado todavía. Miraba alrededor con un deje de incertidumbre y desazón indescriptibles.

-No sé si reír o llorar, dijo. Roberto entendió entonces la confusión mental por la que pasaba su amigo.

-Voy a llamar a Daniel, dijo Roberto, para que nos ayude a limpiar toda esta agua. Se refería a un vecino suyo de confianza. Como pudo abrió la puerta de cristal y bajó a llamar a su vecino.

-Daniel, Daniel, levántate que tenemos un problema. Se inundó el segundo piso. Daniel respondió entre sueño y abrió la puerta de su casa. Cejó asustado al ver a su amigo Roberto.

-¿Qué pasa? Fue lo único que atinó a decir.

-Agarra los trapeadores y dos cubetas que tenemos trabajo esta noche.

En efecto, trabajaron casi tres horas con las cubetas. El agua la tiraban por los inodoros. Como los trapeadores no chupaban el agua cogieron varias toallas de las playeras para poder avanzar en sofocar la inundación.

Así amanecieron, desvelados y agotados de tanto bregar con la cisterna que esa noche se escapó para el segundo piso.


BAJO EL MISMO TECHO

Veía algo raro en mi padre. Tal vez sólo yo, deduje, empecé a darme cuenta del asunto. Cuando salía y regresaba siempre hallaba a mi padre en casa. Eran horas en las que no tenía que estar, pensaba. La cosa se puso seria cuando una noche, viendo televisión, deslizó sus manos en los muslos de mi hermana. Ella se dejó tocar. Eso me sorprendió. Disimulé, sin embargo, miraba por el rabillo del ojo para asegurarme de lo que presenciaba. En efecto, no estaba equivocado. De madrugada, aquel mismo día, comprobé que mi padre estaba liado con mi hermana. Los hallé acostados juntos. Aquello me resultó difícil. Pero más difícil me resultó concebir que mi madre, que vivía bajo el mismo techo, aceptara –como comprobé después– que las dos fueran sus esposas.



UNA GUACAMAYA MAYA


La guacamaya está sentada en lo alto de una estela maya, contemplando el verdor de los árboles místicamente, mientras en su cuello un alegre graznido rompe el ronroneo del viento en la fronda.

El ave gira la cabeza para apercibirse mejor de su entorno. Pestañea para aclarar la vista con dulzura y abre con júbilo, de repente, las alas; aplaude con ellas y con su pico se ordena algunas plumas que con el alborozo se le descompusieron.

El mundo maya, herencia del pasado, la conmueve y le concita emociones brillantes, bellas y variadas como su plumaje. Se siente orgullosa de ser maya, de tener una cultura maravillosa e insustituible. Grazna de nuevo, para expresar su entusiasmo.

La guacamaya piensa cómo surgieron, según el Popol Vuh, del maíz, los seres humanos, los únicos seres que ella admitía que le domesticasen. No comprende cómo el Corazón del Cielo pudo haber hecho tantas razas y culturas.

Aunque ella no logra penetrar en el misterio que encierra el maíz, percibe con su alma, limpia como el cristal del agua que baja de los cerros, contempla como un niño las grandezas de las ruinas mayas.

El viento de la tarde, la saluda. Un escalofrío le pone la piel de gallina al sentir que el viento le habla:

Vengo de parte de Conejo 18 para decirte que eres el ser más armonioso en sus colores que el Corazón del Cielo jamás haya creado. Yo, en particular, rondo por los árboles silbando porque cada vez que te veo sentada en esta estela maya, se me va la tristeza.

La guacamaya maya, sonrió, al tiempo que se sonrojó tímidamente. Nunca había oído de labios de nadie palabras tan halagüeñas. No sabía qué decir al viento, y balbuciendo en su encorvado pico, susurró:

Me gustaría que todos los niños sean felices, que conozcan y amen nuestra cultura y tradiciones. Que sean solidarios y que vivan en armonía con la naturaleza.

Te prometo, guacamaya maya, que voy a ir por todos los rincones de Honduras alborozando los montes y los oídos de los niños para que conozcan tu deseo.

Diles, también a los niños y niñas de Honduras, que cuiden del medio ambiente, de los ríos y de los animales, pero sobre todo que haya amor entre los nacidos del maíz. Mis colores siempre existirán como prueba de que soy solidaria con la naturaleza y con los hijos del Corazón del Cielo.

Tienes un corazón de oro, guacamaya maya, que la alegría de vivir se contagie en todos los niños que ya va a acabar la Campaña Infantil 1999.

El diálogo entre el viento y la guacamaya maya acabó cuando el sol se fue a descansar tras las montañas. Ella voló hasta su árbol favorito y allí, perdida entre el verde del bosque, se hizo luna de plata.

Al día siguiente el sol apareció por el lado contrario a la noche anterior, entonces la guacamaya maya cantó con voz de niño: “el sol pone su calor/ y nosotros la hermandad / Dios pone su amor/ y nace la solidaridad”.

Así se pasó toda la mañana y toda la tarde hasta que con su cántico despertó todas las estelas mayas e hizo resucitar a todos sus antepasados, los cuales entonaron con ella: “El sol pone su calor y nosotros la hermandad/ Dios pone su amor/ y nace la solidaridad”.


UNA MIRADA AL PASADO

Una tarde Luis Manuel fue a visitar a una anciana de ochenta y pico de años, madre de René, un amigo suyo, que se llamaba Lis. La vitalidad y desparpajo en el hablar de la vetusta mujer eran asombrosos. En sus ojitos cansados aún se albergaba el resplandor, ya mortecino, de una hoguera a punto de extinguirse. No salía de su habitación, no porque no podía, sino porque su nuera no la quería dejar salir para que no corriera el riesgo de caerse y romperse la cadera, lo más común a esos años. Y cuando se escapaba de la habitación para ir sola al baño no era raro hallarla en el suelo como un bebé. Varias veces la encontraron al borde de la cama, postrada y sin poder levantarse. Había que estar encima de ella para que no hiciera una de sus trastadas. Lis era una mujer dulce, locuaz y de una fe en Dios sin parangón. Era como una reliquia que hijos, nietos y biznietos y tataranietos veneraban con cariño.

Es sabido que los ancianos tienden a mirar más al pasado, especialmente hacia los acontecimientos de la infancia. Luis Manuel, que ya había tenido experiencia en un asilo de ancianos, no tuvo problemas para adaptarse a las historias y fantasías de Lis.

Luis Manuel saludó a la abuela efusivamente y le tendió la mano. Sintió fríos los huesos de los dedos, como presintiendo el frío de la muerte, lo disimuló para no alertar a la anciana. Ella estaba sentada en una silla al borde de la cama. Intercambiaron palabras vagas, hasta que la abuela tomó las bridas de la conversación.

–Cuando yo era niña, empezó a contar Lis, tenía yo unos siete años por entonces, le estoy hablando de 1915, mi padre me llevó a El Salvador a un convento de monjas para que estudiara con ellas, aunque como luego me enteré que lo que él quería era librarme de todos los peligros de la época, especialmente de las guerras civiles y de las represalias políticas. Mi padre, en paz descanse, fue diputado del partido nacional y muchas veces lo perseguían para matarlo. El viaje fue largo y tardamos muchos días en llegar a Santa Ana, así se llamaba el lugar adonde fui a parar en El Salvador. Recuerdo que llegamos a una casa grande, de finales del siglo dieciocho, con un enorme portón de rejas que se abrían a dos bandas. Una enorme pared de piedra rodeaba la casa dándole un aire de prisión, más que de un internado de muchachas.

Luis Manuel se acomodó en la silla que le había puesto la nuera de Lis, pues había que escuchar la historia con atención. Él la miró fijamente. Ella, en cambio, se miraba hacia adentro, sumida en el pasado remoto.

–Mi padre, prosiguió, tocó una campana que colgaba en la entrada de la casa y al poco rato apareció una monja vestida de blanco. Le dirigió unas palabras que yo no entendí y le entregó una carta que ella no leyó seguramente porque era para la madre superiora. La monjita partió a entregar la misiva con diligencia. Al poco rato apareció una hermana con un rosario en la mano, fija la mirada en mi padre. Sonrió levemente y le dirigió la palabra.

–Pase, don Fernando, está usted en su casa. Y mi padre la saludó haciendo una reverencia. Tengo que decirle que el obispo ha hablado conmigo para que acoja a su niña entre nosotras; no hay que preocuparse, estará como en casa. La limosna que usted nos ha dado, muy generosa por cierto, nos ha beneficiado grandemente; que Dios se lo pague.

Yo solamente escuchaba y miraba lo que sucedía. Finalmente la madre superiora se despidió de mi padre y se quedó conmigo. Mi padre se alejó cabizbajo, mustio, por el camino solitario vadeando los charcos de agua que reflejaban la cara del sol. Sentí en mis mejillas dos lágrimas quemarme y sentí el terrible deseo de salir detrás de mi padre. Pero me contuve. De pronto una voz me dijo:

–Ven, Lis, vamos, que ésta será tu nueva casa.

Cuando escuché esas palabras sentí un escalofrío. La hermana me invitó a seguirla. Seguí sus pasos hasta llegar a un gran aposento dormitorio. Recuerdo que cuando entré al dormitorio común vi numerosas camas literas, con sábanas blancas tendidas. Las niñas del internado estaban en clases. En esos instantes hubiera preferido que me tragara la tierra. Es el único momento de mi vida que recuerdo como uno de los instantes más tristes. Me hallé sola en el mundo, indefensa y sin saber qué iba a pasar conmigo. Miré en espiral la habitación para asegurarme bien cómo sería mi nuevo hábitat. Afortunadamente me adapté a la vida que ya llevaban las demás niñas: levantarse a las seis de la mañana, ir la capilla a rezar, desayunar y luego ir a clases.

Por las tardes solíamos jugar en el patio y más de una vez tuve la tentación de salir por el gran portón por el cual había visto marcharse a mi padre meses atrás. Una mañana, cuando estaba en la capilla, vi que el Cristo me miró fijamente. Yo me asusté, escondí la mirada en mis manos. Y, abriendo los dedos, que como barrotes de rejas se erguían en mi cara, volvía a ver al Cristo, disimuladamente, pero seguía mirándome. Pensé que no era cierto y me convencí que esta visión era un sueño, pues estaba medio dormida. De modo que no se lo dije a nadie. Sin embargo, todos los días yo tenía esa sensación de que él me miraba. Y me miraba, sin embargo.

Era el año 1917. Mi padre decidió evacuarme de El Salvador para enviarme a Francia donde acabé de crecer y acabé mis estudios. En Francia aprendí, como todos los niños, francés y me gradué en filología francesa. Lo cual me sirvió, a la vuelta a mi país, Honduras, para trabajar y ganarme un sueldo digno como profesora. Pues bien, ¿su nombre?, que no me acuerdo.

–Luis Manuel.

–Ah, perdona, hijo es que la memoria ya me falla. Ya caen goteras en mi memoria. Es un problema de los viejos. ¿Por dónde iba?

–Usted me iba a contar que su padre fue a evacuarla de El Salvador.

–Sí, eso es, gracias, José Roberto, ay, perdón, Luis Manuel. Decía que mi padre fue a evacuarme porque los tiempos eran críticos en El Salvador e incluso en Honduras. Él llegó una mañana escoltado por una brigada de guardias que le puso el presidente salvadoreño porque corría mucho peligro su vida. Tenía enemigos en los otros partidos políticos y se lo querían cargar. La madre superiora se asustó al ver a los militares armados de fusiles, pues pensó que la expulsarían del convento, como había sucedido décadas atrás. No sé lo que mi padre le dijo a la superiora, pero ésta fue a avisarme que tenía que dejar el convento urgentemente. Recuerdo que ella alistó mi valija con una rapidez de fugitivo.

Con un adiós presuroso nos despedimos de la superiora Cleotilde. Siempre tuve la sospecha de que ella era una santa, por eso le rezo todos los días. Fuimos a quedarnos a otro convento, pues era, por aquellos azarosos años, el lugar más seguro de todos, hasta que nos trasladaran a otro lugar. Hicimos noche en el convento y al otro día fuimos a quedarnos en un hotel del pueblo. Los únicos clientes éramos mi padre y yo. Los escoltas en ningún momento nos abandonaron. Afuera se quedaron vigilando, los guardias. Mi padre estaba en la habitación conmigo.

Mañana saldremos del país, me decía para que yo no me preocupara. Verás a tu madre y te irás a conocer el mundo. Él se refería, lo entendí después, a Francia.

De repente, una voz irrumpió en el silencio de la habitación.

–Sal de aquí, Fernando, acecha un gran peligro.

La voz misteriosa, inesperada, volvió a oírse.

–Fernando, sal de este edificio con la niña.

Mi padre estaba nervioso. Yo me abracé a él férreamente, llorando. Miré para todos los rincones y no vi a nadie, excepto un Cristo colgado en la pared idéntico al que veía en el convento de las hermanas. Diría que era el mismo. Vi brillar sus ojitos de madera con un fulgor de gloria y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Doy fe de que esto es verídico, Luis Manuel. Providencialmente mi padre, entonces, sin coger la maleta salió del hotel conmigo en brazos. Al poquito rato de haber salido, la tierra empezó a temblar. ¡Oh, Dios, qué día aquél! Mientras el terremoto consumaba su ira, el planeta parecía salirse de órbita.

De pronto, como un pesado y lento barco que se hunde en la mar, cual Titánic, el edificio del hotel en el que estábamos hacía unos instantes se desplomaba totalmente. Vi derrumbarse ante mis ojos, no sólo el hotel en el cual estábamos alojados mi padre y yo, sino muchas viviendas antiguas de la ciudad. La gente salía despavorida, gritando y lamentándose por los familiares que habían quedado bajo los escombros. Los heridos y los muertos, cuando hubo pasado el temblor de tierra, se multiplicaban. La desesperación y la impotencia para mover paredes enteras que arropaban a gente aún viva eran terribles, una auténtica pesadilla.

En medio de tales desastres, y con mucha dificultad, pudimos salir de El Salvador. Sin perder tiempo mi padre me envió a Francia con unos amigos exiliados. Ellos me acogieron. Junto a ellos dediqué el resto de mi infancia al estudio y parte de mi juventud. Después vine a Honduras, cuando ya las cosas estaban normalizadas, y le di todo lo que pude a mi país instruyendo a cientos de alumnos en las escuelas y universidades. Ya todo aquello ha quedado en el ayer. La vida ha pasado rauda como un ave migratoria. Humo que el viento ha enredado entre sus faldas es ahora mi vida pasada. Me he consumido como un tronco que arde en la hoguera; siento que me estoy apagando.

La anciana, para acabar su narración, le dijo a Luis Manuel:

–René me ha dicho que tú escribes cuentos e historias. Quizá ésta pueda servirte de material.

–En efecto, Lis, escribo historias interesantes.

Lis bostezó, cansada por el esfuerzo mental. Le dio la mano a Luis Manuel y le dijo:

–Te acuerdas del Cristo que me miraba en la capilla cuando iba a rezar, él fue el que le dijo a mi padre, lo he presentido siempre, que saliera del hotel para que no pereciéramos.

Lis, después de haberle confesado a Luis Manuel el secreto que guardó siempre, aún asiendo sus manos, cerró los ojos y se quedó dormida, mas para no despertar ya nunca.


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Localización tierra natal, República Dominicana