lunes, 24 de noviembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: Muerte de Merlín, 1985. La sabiduría arcana de un mago versificador.



1. El destino, una incógnita inescrutable.


La leyenda cuenta que Merlín tenía las cualidades de mago, pero también de poeta o versador. Fue un ejemplo de sabiduría para el Rey Arturo. Merlín tenía la capacidad para vivir en los bosques en contacto con los gnomos, las hadas y los dragones. Se ganó la amistad de todos ellos por su sabiduría y, sobre todo, por sus dotes poéticas y artísticas.

Giovanni Quessep surca su cosmovisión de la vida basada en la leyenda o el mito con un aliento imaginario y, a veces, suprasensorial. Dicho de otro modo, el poeta no piensa la realidad críticamente, la intuye y, en cierto modo, la crea: "La hoja seca suena / con el rumor / de las praderas antiguas. / ¿Quién sabe qué países / no conocemos, / qué cielo no oímos / en su ala profunda?"

Con la “Muerte de Merlín”, Quessep se vuelve reflexivo . Sin embargo, no se quita el traje de “mago de la poesía” para versificar de modo que nos asombre con su arte. Merced a los desvelos que le traen sus cavilaciones es que logra desvelar la sabiduría poética –como Merlín al Rey Arturo–, es decir, los hallazgos más profundos de su conciencia.

Para llegar hasta aquí, hasta la cumbre, ya no hacen falta compañías, te quedas solo, porque hay un punto en la vida en que, a solas contigo mismo, tienes que seguir hasta la cima más alta: “Vas solo con tu alma, barajando / canciones y presagios / que hablan del bosque donde la hierba es tenue / lejos de la desgracia que en ti se confabula”.

El destino, que nadie conoce a ciencia cierta, no se puede conjurar con un sortilegio. ¿Cómo encarar el destino sin una luz, un asidero? ¿Con qué podemos ahondar en su inescrutable misterio?: “Mas el destino es tan oscuro / que nada conocemos todavía” ¿Qué hacer ante esta inexorable verdad que arropa la conciencia del poeta? ¿Cómo la aborda él en tanto que visionario, mago de la poesía? Para lograr una respuesta el bardo nos invita a seguirlo hasta el castillo, lugar donde la leyenda adquiere la categoría de encanto: "Por eso vamos al castillo / en busca de la cámara encantada / para dejar la vida / por lo que aún sigue siendo una sombra".

El poeta sueña un mundo en el que reine la armonía. Un mundo sin nada que lo afee ni mancille. Y eso es lo que versifica Quessep. Construye el mundo que él desea desde la poesía. Por eso la realidad objetiva, concreta, como hecho social e histórico, está sublimada en su “poética de la fábula” quesspiana.

La fuerza misma de la realidad lo imanta a la tierra y lo induce a pensar que “Acaso todo esto sea / una visión no más de lo esperado”. La visión, obviamente, es sólo eso, una visión que, una vez pasa, te arroja al mundo, a la vida misma en toda su crudeza. A pesar de ello, el poeta descubre el territorio encantado de la poesía y cree que ese mundo existe, aunque sea sólo como una sospecha que “sólo lo teje la fantasía / por la vida desesperada”. En verdad, nadie posee la certeza de que ese mundo ideal existe, de que hubo un Jardín primigenio. De lo que sí está cierto el poeta es de que: “Sólo tenemos la certeza / del girasol quemado por la luna”.

Por más que nos empeñemos en vivir en un estado de “encantamiento” siempre nos puede ese abismo que separa lo natural y lo sobrenatural, lo trascendente y lo inmanente: “El árbol florido / lleva un fatal preludio / de lo que nos separa / de las cosas y el cielo”. El poeta es consciente de eso, sin embargo, si lo que nos separa de las cosas y del cielo es innegable, no es menos cierto que, aunque sea como sonámbulo: “Es posible que muera / soñando un país de dátiles / un barco donde cantan navegantes fenicios”.

La vida, el destino, la belleza, la música secreta de las cosas que nos rodean y de las que se ocultan, porque sencillamente no las vemos con el sentido de la vista, sino con los sentidos interiores, es un privilegio del que toma nota el poeta: “Si vivo es porque el aire / me otorga su escondida claridad”.

La muerte polariza necesariamente con la vida. Gozamos la vida, pero también sentimos el aguijón de la muerte. Sombra y luz, vida y muerte, es la constante que nos asombra y al mismo tiempo nos deslumbra: “Tu sombra deseada / me da el camino que me transfigura”.

La soledad, el amor, se convierten para el poeta en un tesoro, en una fantasía-fábula donde “un aire suelta la constelación diminuta / de su crisálida, raíz de la vida y la muerte”. La realidad que nos convoca desde la otra orilla, como fábula o cuento, nos habla y nos prepara con su “rumor de lirios profundos”.

La actitud poética frente a la vida es, para Quessep, esencial, pues lo sostiene y salva de la muerte, aunque haya que aguardar lo que no se conoce más que entre bambalinas: “Como quien va a morir / esperas en la puerta de tu casa: / Duro oficio esperar lo que se ignora, / buscando, entre las ruinas, una mágica sombra”.

Ciertamente, esperar lo que no se ve, lo que se ignora es un oficio que, cuando no se cree, es doloroso, frustrante. Sin embargo, en el caso de nuestro poeta, es preferible esperar, aunque el telar de lo mortal parezca inútil y la muerte nos paralice. El poeta ensalma, conjura con la palabra poética sus sombras: “Pero si yo no guardo / sino la tela inútil / que muestra lo mortal, / lo que se pierde desde el alma al cielo”.

La corrosión, el envejecimiento de las cosas, son signo de desesperanza. La caducidad, el paso inexorable del tiempo que devora lo palpable, ¿qué estado de conciencia produce en nuestro poeta? Las cosas brillan un tiempo, pero acaban por perder su fugaz apariencia. El hombre también lucha contra el tiempo que lo acorrala, “protegiéndose de la muerte que avanza”. Nuestra existencia perdurará y se conservará en la memoria. Siempre hay una luz que no se apaga jamás, aunque no la veamos, que alienta el corazón para que la encuentre, ya sea como verdad absoluta o como fábula: “Quién sabe hasta cuándo, por el don de la memoria, persistiremos en hallar una estrella”. “Duro es vivir si olvidamos el cielo”.

El misterioso azul del cielo es un aviso, esto es, un preludio, de que existe otra tierra, otra memoria que perdura siempre. Será una fantasía, pero en esta fantasía no conoce la muerte, sino el canto, el vuelo de los pájaros, la tarde que nace. Aquí surte la pregunta del poeta: “¿Existe una tierra donde nadie / se aventure en el alba de tonos misteriosos?” El poeta intuye que sí, por eso se dispone a luchar con tenacidad contra la desesperanza, contra la muerte. Le podemos rebatir que todo es una quimera, una proyección meramente subjetiva, pero él nos dirá que puede oír algo grande, que no es tiempo: “Apenas, en el fondo del naranjal / se oye un agua lejana, de otro tiempo; /nada tenemos aquí que pueda alegrarnos, / pisamos la hoja caída, no miramos el cielo”.

2. La muerte no es una destrucción.

La muerte no sobreviene al poeta como una tragedia; acaece para los otros, no para él pues perdurará en la memoria: “La muerte es una historia de los otros”. La durabilidad no está exactamente en lo bello, pues “lo bello es lo que pasa”, sino en el cielo o, para ser más precisos, en el Jardín o cielo que simboliza el lugar de lo atemporal y eterno.

El poeta desea habitar en el reino de la fábula y siente nostalgia de ese mundo que es, para él, el Jardín, el bosque donde habita Merlín, o sea, él. Ese Jardín existe, oye su rumor. No alcanzar ese extraño hábitat es como un castigo o un premio que la muerte le regala: “Todo azul perdido, un gris deseante / habita en su rumor, / nadie lo sabe, sólo mi nostalgia / entre el jardín, joya temible. / ¿No será el premio que la muerte / me otorga por tanto reino dilapidado?”

La muerte y los muertos pernoctan en la tierra. El bardo no se mira entre ellos, sino que verá transfigurada la vida. La muerte no es el cielo, sino el lugar “donde el vuelo de un pájaro / no es sino un para de hojas desprendidas”. “Nuevamente la vida se transfigura / en un fluir de música”. Si la muerte no es una destrucción, sino una transfiguración, ¿qué sustancia queda de nosotros?, ¿adónde quedará el ardor de haber soñado la fábula de Merlín, del poeta?: “De nosotros no queda sino un canto, /¿claridad de todo lo que vimos? / Perdida está la muerte, como a una fábula al volver / amamos la crisálida del tiempo”.

Transfigurada la vida, la muerte se convierte en objeto de versificación. En las manos del mago Merlín, de Quessep, la muerte no preocupa más que para ser cantada, a pesar de que desconozca las melodías que surten de ella o los matices con que se manifiesta: “Te sientes, así, transfigurado, /y es para ti la muerte una historia cantable; / pero no sabes su color / o qué pájaros cantarán en su cielo”.

La noche cerrada, sin estrellas ni luna, engaña el alma desprevenida y la induce a la duda, a la sospecha de que alguien “hace el revés de los tapices”; “la oscuridad del cielo / despierta a los que yacen / y les hace creer / en la segunda muerte”.

Los sueños rotos, los anhelos más genuinos, que a menudo tardan en hacerse realidad, ¿valen la pena? La vida y los que somos conscientes de su valor, ¿es una garrafal mentira, una ilusión?, ¿tiene sentido inventar la fábula del bosque y habitar en él poéticamente?, ¿dónde está la verdad, lo puro y limpio de esta vida?; ¿vivimos engañados en una mentira? Y el poeta nos dirá: “Tal vez no todo sea falso, quizá tenga / ese color que dura después de la muerte”.

Biblos, además de ciudad antigua de sus antepasados es, también un símbolo de la muerte. En “Canto del extranjero” en el poema “Elegía” dice: “La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte”. Pero también es un símbolo del lugar originario de la vida plena: “Quiero tornar a Biblos”, dice, evocando con ello el deseo y la nostalgia del paraíso. La ciudad de sus antepasados se convierte así en fuerza interior de búsqueda y sentido: “Entonces, ya no puedo / vivir en desesperanza / en este pozo en que me sepultaron / sin mi túnica de jeroglíficos y pájaros”.

Giovanni Quessep, en su poema “Tráeme el alba”, tal vez el mejor del poemario “Muerte de Merlín”, –que transcribo íntegro- nos alecciona positivamente. Una vez más nos demuestra que su poesía está hecha, no para alienar, sino para engrandecer lo que somos. Podría decir, en atención a la sabiduría de Merlín, que este es el poema de la sabiduría de este otro mago del verso, Giovanni Quessep. De nuevo nos trae a la memoria “Canto de vida y esperanza” de Rubén Darío. Pero aquí es otra cosa, como veremos. Este canto de vida y esperanza tiene un tono y melodía quessepiano, el canto de quien tiene una voz singular, diáfana. Naturalmente, el poemario “Madrigales de vida y muerte” de Quessep está también aquí latente. He aquí el poema “Tráeme el alba”:

“Tráeme el alba del abril soñado, / sus pájaros que inician el asombro / o la violeta blanca del destino / que guarda todavía la llave de oro de su pétalos.

Quiero abrir el alcázar de la fuente / prometedora de la vida y del canto, / lejos de la ceniza / que cae de las sombras.

Sólo en el agua, bajo los almendros, / podré ver el tapiz de la esperanza; / busco una tierra en lo hondo, en su espesura / de lirios y de maravillas mortales: Quizá el país que todo lo reúne / como espejo, la fábula / donde la constelación es una piedra diminuta / y alguien canta a la muerte como a una crisálida.

Quiero tornar a lo que ya no existe / sino en la imagen del hilo sagrado, / tal vez un mito sea, pero mi alma / no se resigna a perder su tesoro.

Tráeme el alba del abril soñado, / sus pájaros que inician el asombro / o la violeta blanca del destino / que guarda todavía la llave de oro de sus pétalos".

“Muerte de Merlín”, viene a ser una alegoría que nos revela que una vida nueva, diferente, es posible; que la existencia humana, aunque se vea empañada por el mal y la culpa, es una verdad a la tendemos. Será un mito o una fábula, pero apuntamos a ella. Si no alcanzamos esa vida es por necesidad, por la torpeza de negarnos a alcanzarla: “Hay otra forma de vivir, / pero seguimos aferrándonos / al acantilado, sobre la espuma del mal”.

Somos aves de paso y, sin apenas darnos cuenta, nos esfumamos. Vivir es estar en vigilia, en espera de la muerte, aunque no nos percatemos de ese postrer momento: “Como sonata imposible / de un lento son para morir […] así mi imagen en el agua / gira contra libélulas de vidrio / y ve en el fondo una rosa granate / que se cierra, así como Merlín cuando cerró sus ojos”.

A veces damos coces contra el aguijón, empeñados en la amargura. Las energías hay que emplearlas a fondo en vivir la vida aun sea como sueño o como mito, dejando en la orilla el complejo de los erizos que por herir el mar pierden la razón de ser: “Los erizos acuden, hieren el mar […] se olvidan de vivir”.

El mar, símbolo de la vida, acuna en su profundidad la ausencia de la muerte. En el mar la muerte no recuerda lo que fuimos, por eso el poeta quiere volver al mar, pues “El mar es lo que vive / y hace que el polvo que nos llama / no recuerde el ayer / o el final de los huertos”.

El aeda desea volver a ese mar porque en su vera, en su bahía, permanece lo que es él en su dimensión espiritual y física: “Para que mi alma y cuerpo no se alejen / de la olvidada orilla de un puerto silencioso”. En realidad, si fuera imposible el retorno al mar, da igual pues “para vivir me basta lo que he amado”.

Con la muerte se borra la memoria. Todo aquello a lo que nos aferramos se desprende y se borra de nuestra mente como un cuento que olvidamos. Perdemos el aire que respiramos, se olvidan los rumores, todo. En nuestra memoria nada es eterno, nada perdura porque la muerte lo engulle: “Nos persigue una luz / que aún no se decide, / una premura de algo / como el don de la muerte”.

En la dicha reside el antídoto contra la muerte. El fin no está en la noche, en la muerte, por eso, aunque no conozcamos nuestro destino, hay que conservar la esperanza de lanzarnos al mar con el fin de pasar a la otra orilla: “Si en la piedra escribimos nuestra dicha / algo contra la muerte atesoramos […] no devuelvas tu remo ni tu barca”.

3. La felicidad prima sobre la muerte.

“Muerte de Merlín” es un canto a la vida feliz, a la dicha. Esta felicidad y alegría no está libre de las amenazas del mundo exterior. Dicho de otro modo, el oro que se extrae de la tierra sale sucio y plagado de aristas y adherencias inútiles. Así en la vida la alegría y la felicidad no están libres de adherencias que la afecten y contraríen. De ahí que no es posible comprender los sentimientos del mago-poeta a no ser que se tenga los códigos secretos de la magia de sus palabras: “Estoy feliz, a pesar de la muerte / que me acecha desde las araucarias, / mi alegría proviene de otro cielo / donde los pájaros adoran la mirada del tigre […] Nadie podría detenerme, nadie / que no tenga el secreto de mis palabras”.

El duelo, las cenizas, el polvo, acompañan a la muerte. Sin embargo, más allá del bien y del mal perdura lo que para los antiguos griegos era el “país de los bienaventurados”, para Ulises Laertes “Ítaca”. Nuestro poeta lo dice con estas palabras: “A pesar de la muerte / alguien canta a un país desconocido”. Queda la sospecha –y la nostalgia- de que el destino humano, lejos de terminar en la extinción, existe al menos como posibilidad; y que la dicha nos aguarda, aunque sea como la paradoja de la vida: “Acaso sea duelo la ventura, / aquel destino que nos fuera negado”.

No hay un estado puro de felicidad, al menos en esta vida, por eso el poeta sufre en su alma la pena de no haber visto en toda su fuerza y esplendor lo que sí a contemplado en la leyenda o la fábula: “Tal vez mi alma / no sea sino un espacio / vacío, donde crece / lo que he perdido, lo que nunca / vieron mis ojos […] A solas y en silencio / conservo esta penuria / de no ser la leyenda que me sigue”. La tristeza del alma se agudiza por la incerteza de saber si por inventar la leyenda de su poética ha inventado, sin saberlo, su final: “Y no saber si soy / el que ha inventado el día de su muerte”.

Después de todo, ¿qué queda?, ¿qué permanece después de la muerte?: “En la memoria queda la epifanía / del amor, / y un camino de lilas / desciende de los ojos / en quien ha visto más allá de la muerte”. El poeta siente el orgullo de, al menos en sueños, haber llegado a la otra orilla. Nuestro nombre resonará más allá de la muerte, lo volveremos a escuchar, porque jamás se pierde en el cuento, en la fábula, lo que hemos sido y somos. La memoria, el amor, aguardan la epifanía, el inicio de una vida nueva: “Guardada para siempre en su crisálida /está nuestra memoria y en ella están los cuentos; / allí estará el amor, en esa sombra / donde la vida vuelve a comenzar”.

El poeta, inserto en su leyenda, invoca a la primavera del Jardín –la dicha, la felicidad- como a una amada a la que quiere tener cerca porque la muerte lo acecha: “Ven que la muerte espera, /como floresta magnífica espera la muerte; / si eres tú la que busco / ven protegida por un cielo”.

“Muerte de Merlín” revela los anhelos profundos del alma, nos descubre lo que siente el corazón, sus miedos, sus vigilias, sus insomnios. El poeta-mago, hechizado por la realidad de ensueño que presiente, no puede callar. Su misión es mostrarnos con su magia lo que se oculta a los mortales: “A cada paso mío / se oculta lo que soy, y el otro / que me persigue en sueños / y aun en la vigilia […] Quiero callar; / tal vez en el silencio / se revele su rostro que presiento / semejante a un país que no he olvidado”.

El destino mantiene sus enigmas indescifrables. El revés de la vida nadie lo conoce, simplemente se presiente: “No nos pidas la rama / secreta del destino […] No nos pidas la forma / del revés de la vida”.

Con la inocencia de los niños –y sólo si somos como niños- descendemos a lo profundo del aljibe donde todo se convierte en fábula, en tapiz tejido con el hilo sagrado de la vida. Para contemplar el mundo hay que tener la capacidad de asombro de los niños. Sólo así podemos decir: “Venga la muerte así, como ha venido la infancia en un juguete; y encontraremos / al bajar por la sombra a su floresta / un tapiz que se teja eterno, fábulas”.

El reino encantado por el poeta-mago llega a su final. Todo era una realidad poética fantástica que, mientras duró, mantuvo la ilusión en el bosque, en la imaginación. Sin embargo, queda un reducto de verdad en la fábula cargado de significado, que es, en suma, lo que permanece intacto porque es eterno: “Existe un rincón desconocido / que brindan la constelación y la rosa”. Es en este lugar donde “el tiempo guarda sus libélulas / para dorar los ojos de los muertos”.

4. Conclusiones.


1. Lo que tiene de incógnita el destino lo tiene de excitante. Si bien es verdad que no podemos escrutar el destino, no es menos atractivo para la aventura imaginaria e interior. El poeta se adentra en él como se entra a un castillo encantado. Allí todo es posible. En el país de los dátiles –territorio donde nada es caduco ni donde nada se apolilla- la muerte no rivaliza con nuestros miedos ni con el tiempo ni con la vida.

2. El autor llega a la conclusión de que la muerte no destruye la vida. Para llegar a esta idea el poeta, criatura sujeta a la muerte, inventa una leyenda y la habita. Es desde aquí desde donde él canta la muerte, no como tragedia, sino como transfiguración de la vida. Porque la muerte es cantable podemos tejer el telar de la vida como si ésta fuera una fábula. Si no alcanzamos es otra vida posible será porque nos empeñamos en otras sendas perversas que nos abocan al mal y la culpa.

3. La felicidad no se da en estado puro, pero es posible. La felicidad está por encima de la muerte. A pesar de la muerte y las aristas de la vida, podemos sentir el gozo, la alegría. Dicho con otras palabras, más allá del bien y del mal podemos aspirar al “país de los bienaventurados”. Hay en el corazón humano una nostalgia por llegar a esa patria, como Ulises Laertes que no descansó hasta llegar a su Ítaca natal.



Nota 1: Para una hacernos la idea de quién era el Mago Merlín Cf. Internet, URL: http://es.wikipedia.org/wiki/Merl%C3%ADn

Nota 2: Para una lectura comparada creo fundamental recordar al poeta mexicano Javier Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, (1938). Así como su otra obra: Décima muerte (1941). José Gorostiza, también poeta mexicano, escribió Muerte sin fin (1939). Esas obras, publicadas con más de cuarenta años de diferencia, pueden ayudarnos a obtener una clave de lectura interesante. Hay, también, un joven poeta centroamericano, de Honduras, que escribió la obra poética Morir todavía (Letra Negra, Guatemala, 2005) que, finalmente, puede arrojar, aunque sea posterior a Muerte de Merlín, otra luz sobre la obra quessepiana.
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