lunes, 10 de marzo de 2008

Eduardo Arroyo, pintor.

El 8 de marzo de 2008 fui a la exposición de Eduardo Arroyo en el centro cultural Ivam, Valencia, España. Aunque había siete exposiciones diferentes preferí quedarme con el área de pintura de Arroyo. La exposición recoge las obras más sobresalientes del artista desde 1999 hasta el 2006.

El artista aborda diferentes temas desde perspectivas también diferentes, a saber: personajes místicos y del mundo, la urbe, lo moderno, lo sombrío y la escultura, basada en la naturaleza muerta. La realidad es llevada al lienzo, al óleo, no tal cual la capta la vista, sino la imaginación. En este sentido podríamos decir que fragmentada o, dicho de otro modo, para ser completada por el espectador. Es una pintura alusiva, insinuante, jamás fotográfica. Prácticamente todos sus cuadros dicen más por lo se lee en sus trazos que lo que en sí exhiben los colores. Así, por ejemplo, hay figuras humanas, de animales, de insectos y de objetos inanimados que coadyuvan a armonizar el conjunto de la obra dándole con ello mayor belleza. Un ejemplo de esto lo es la obra “piano-místico”, la cual presenta un piano negro armonizado bellamente con pocos colores: el teclado blanco, blancas alas de moscas, puntos blancos en las patas del piano y luz clara en la faz del místico, cuyo rostro se desdobla en improntas de asombro, éxtasis, turbación y gozo, según el ángulo que uno lo contemple.

Arroyo dedica varias obras a personalidades como Van Gogh, Richard Lidnen, Dorian Gray y Elisabeth Vidal. De todas estas obras me llamó la atención la obra “los últimos días Van Gogh”. Arroyo lo pinta de tal manera que te transmite, en verdad, los sentimientos del impresionista, a saber: nostalgia, tristeza, soledad y una terrible sensación de que se lleva en las espaldas toda su vida, con la irremediable certeza de que se va para jamás volver.

Decía que Arroyo aborda el tema místico y lo hace con una maestría que no deja de atraer al espectador. El artista de la plástica, justamente en los tiempos en que la increencia, el secularismo exacerbado parecen haber alcanzado su máxima expresión, nos remite a la tradición mística del arte, porque sin duda él sabe que también ese lado del alma humana no puede ser soslayado. Pues bien, Arroyo lleva al lienzo dos obras dedicadas a San Jerónimo. La primera la hallo más simbólica: varios cráneos con distintos aspectos y tonalidades y la cabeza, bellísima, de un león sufriente. La lectura que hago de esta obra es la siguiente: lo sagrado y espiritual está reflejado en la frente iluminada del santo y en la biblia. El león sufriente viene a ser una alegoría del Cristo crucificado. Los cráneos el dolor y la muerte. En definitiva, el dolor, el sufrimiento y la muerte, quedan salvados, iluminados por la Palabra divina y la sabiduría de Dios que alumbra la mente humana. El camino de la sabiduría de Dios es doloroso y comporta sacrificios y a veces la muerte.

En el segundo óleo dedicado a San Jerónimo nos encontramos con un hombre agraciado por una luz, no la luz de la iluminación de la razón, que también, sino del alma. El cuadro es sereno, pero a la vez representa la lucha entre la luz y las tinieblas, la muerte y la vida. La Sagrada Escritura es fuente de luz. En la misma temática están las obras dedicadas a San Sebastián y a San Eustaquio. Ésta última es más alegórica, aquélla es, sin duda más atractiva, para mi gusto, por la forma en que el artista da su peculiar versión de la muerte del santo. San Sebastián, flechado cuatro veces, tiene un rostro de resignación indolora, de angustia pacificada; brevemente sonriente, algo complacido, y eso sí, el cuerpo entero irradiando la impronta divina, no asoma ni un guiño de aflicción en su cara de ángel martirizado. El arquero, en cambio, mientras tensa el arco para dar el flechazo de gracia, muestra una sonrisa de burla, propia del malvado que ejecuta con placer y cinismo su acción.

Obras como “Toujours plus vite”, “España al revés”, “el caballero, la muerte y el diablo” y “apocalipsi” nos dan una amplia impresión de la visión que tiene Arroyo de la vida, el mundo, de la sociedad, del presente y del futuro. Todas sus obras traen a la tela un fragmento elocuente de la realidad, la que nos desborda por la vista y que no siempre vemos, y la que el artista concibe en su mente y lleva al lienzo con trazos que deleitan, desconciertan y cautivan. “Cuadro fracturado” es, tal vez, el que define a este creador, al menos en esta exposición, quien mira a través del prisma de sus ojos, como un fotógrafo, cuyo objetivo es captar la luz, la imagen y el lado inédito de la realidad. En este cuadro Arroyo deja entrever que la belleza se revela en todas las cosas de forma fragmentada, pero que si vemos con agudeza, como por el objetivo de una cámara, podremos descubrir mucho más de lo que normalmente vemos.

Finalmente, en la parte de escultura Arroyo nos descubre el lado genial e ingenioso de su sensibilidad artística. La naturaleza muerta es fuente de inspiración y de creación. El artista, interesado por hallar en la misma naturaleza, no sólo criaturas inertes, sino obras forjadas por el tiempo, reúne una serie de piedras con formas de testuz de animales. Como la naturaleza muerta no tiene toda la vida que se espera, Arroyo ha dispuesto recrearla para insuflarle un aliento de vida y, por ende de belleza. Para conseguirlo ha tenido que trabajar con hierro, plomo, madera y aluminio. Lo que para muchos habrían sido simples moles de un despeñadero, para Arroyo y para quienes aprecian las bellas artes, aquellas lápidas son la cabeza de un toro con los cuernos curvos y retorcidos, de un rinoceronte o de un jabalí. Naturaleza muerte, cierto, pero con vida, con arte.

En general, el arte de Eduardo Arroyo me gusta por sus tonos fuertes y vigorosos, porque de la oscuridad del lienzo inventa la luz, y finalmente, porque rehace la realidad, la reconstruye para darle una nueva existencia.

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Localización tierra natal, República Dominicana