sábado, 13 de octubre de 2007

LA BLANCA HIERBA DE LA NOCHE, Marco A. Madrid



AFÁN ETERNO DE ALCANZAR EL MAR

La blanca hierba de la noche, de Marco Antonio Madrid, Centro Editorial, San Pedro Sula, 2000.


El hombre se asemeja al río de Heráclito, es flujo, paso. Su estancia en la tierra no es más que el temblar de su decir: “Su palabra queda temblando un instante sobre el agua”. Algo acontece en el interior del hombre que el poeta intuye e intenta descifrarlo con la palabra: “no escuchas el incesante batir / de unas olas en su sangre”. El hombre anda de viaje por el mundo, el tiempo le surca la conciencia y la cronología: “El tiempo es un acero / que se abre paso entre las rocas”. En La blanca hierba de la noche encontraremos imágenes vigorosas y frescas que nos deleintan : “¿El reproche de unas huellas, / el antiguo rencor de unas pisadas?”

En la búsqueda de la propia verdad el poeta experimenta desaliento existencial: el hombre es fugaz. Ante la dureza de la vida el poeta se pregunta sobre la verdad que ahora somos, sobre la soledad que se confunde con el hombre como tal: “¿Qué cosa somos ahora / cuando nuestro afán es tan sólo la roída fortaleza de un sueño?” No hay respuesta, pues “una es la soledad y el hombre”. Solo, en sí mismo, el poeta fenece en la angustia de no hablar la verdad en su pureza.

Hay un tono elegíaco en Madrid. Su canto borbotonea en el amargo recuerdo y su palabra emerge del dolor, de la herida perdida en el tiempo: “buscabas la palabra en el surco de una flor…./ y la encontraste / junto a la playa de unas lágrimas, / sobre tu antigua herida y su dolor”.

La impronta de los clásicos grecorromanos, que no es casual, sino consciente y sabiamente manejada, da un toque culto a la poesía de Madrid. En la reciente poesía hondureña esta vuelta al pozo de la tradición literaria constituye un aporte sustancioso, digno de imitar. Lo jugoso del hallazgo reside en trasponer el amor propio al de Dido a Eneas. El tratamiento que recibe el amor, cedaceado por la imagen poética resulta atractivo: “¡Ah! Frágil nave entre el filo / de las aguas, feroz es la pasión que os consume”. La memoria pasada, el recuerdo de un amor perdido arde aún, y duele, como espada anclada al alma: “En vano tratas de huir en el acero, / en esa pira que aún persiste en tu memoria”.

El alma del poeta pone de manifiesto la universalidad del corazón humano inconforme, inquietom inacabado y ávido de otra fuente que no sea la de los sentidos. Se puede constatar la sed del aeda, una sed suprasensorial que no puede saciar, aunque quiera, por sí mismo. Sufre como Tántalo que castigado por los dioses permanece, hundido en un lago hasta el cuello y, siempre que intenta beber, el agua se retira, imposibilitándole saciar su sed.

El sostenido aliento creador de Madrid se acicala en la tradición literaria modernista y grecorromana: “La noche y el mar, en lo alto las estrellas / como el reflejo de otro mar en su recuerdo”. Su estilo, vigoroso y límpido, gravita entre lo culto y lo moderno: “Dónde está la barca de Ulises, / el herido ojo del cíclope, el oro / de la verde Ítaca sepultado / en la urna de agua y ceniza”.

Al hombre le es imposible ascender al nido en el que reposarán sus más profundas inquietudes humanas. El hombre, a juicio del poeta, está predestinado, con todo lo que él es, a la aridez de sus utopías y sueños al estilo calderoniano. El camino del hombre se presenta amenazador y se troca su anhelo de ascender como Ícaro en imposible batir de las alas: “Nadie asciende con una mancha de limo / en su costado”.

El poeta hurga “en la última luz de la tarde” el dulce hallazgo de sus experiencias bellas. Esto demuestra la calidad de un artista que, concitado por el rumor profundo de la vida, rescata “el fruto que nos llama desde el fondo de las aguas”.

Uno de los poemas más brillantes es el “Poema en la noche”, en él poeta apuntala el símbolo de la noche en la cual queda atrapado el hombre, indemne, acuciado por el tiempo que lo arroja al vacío, que ruge en la sangre, que corre y no se detiene como río monte abajo. El tema dominante es, de nuevo, el eterno fluir heraclitano.

La noche apela la conciencia poética de Madrid. En ella halla los elementos de su bello decir: el agua, el silencio, el árbol y las estrellas. Pocos finales en sus poemas son tan agudos como este: “el hombre con un golpe de sombra en los labios / y a sus pies la sed de viejos caminos”.

El amor cantado por Madrid es un amor que fue y que es herida y cenizas a la vez: “amor ahora lejano, amor… dolor”. “Por los besos, mujer... y la piel que acariciaste ignorando la ceniza”. “Preguntaré por ti, mujer, en Josafat, / con el naufragio de mi dolor herido”. “Sólo el amor me acerca a tu piel distante / sólo el amor como una vieja herida / tan dulce y entrañable”.

Vertebran el poemario, según la clave de lectura empleada por mí, aspectos universales como:

a) La nostalgia, en su doble movimiento de retrospección y prospección, esto es, hacia el pasado (lo perdido y añorado) y hacia el futuro (lo anhelado e inalcazado por ser deseo y utopía, pero que entra en el marco de lo real trascendente).

b) El hombre como ente permanente fluir, para lo cual utiliza símbolos como el mar, la noche, el río y el tiempo.

c) El amor ido y truncado que resuena en la memoria removiendo los hilos del alma.

Negativamente, en su abstracción el poeta olvida o margina los elementos de su propia cultura; su poesía se presta más para el goce intelectual, que bueno, pero con la dificultad de que los lectores comunes podrán descifrar claves interpretativas para su comprensión y disfrute.

En suma, La blanca bierba de la noche es un poemario limpio, escrito con la madurez de un hombre que, apurando los intersticios de la imagen poética, comunica sus vivencias sin poses ridículas.
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