viernes, 19 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Preludios" (1980)


“Preludios”, (1980). Este poemario de Giovanni Quessep inicia con una elegía que parte de la convicción de que, después de muchos desvelos de búsqueda existencial de la belleza, de vuelos presumiblemente altos, «Nada tiene ese azul / para darte la dicha, / nada esos árboles donde habitan / princesas que no son de la tierra». Sin embargo, el poeta, pese a esa desazón y vacío, mantiene una actitud positiva: «y aún conservas la esperanza, un vuelo».

El tono elegíaco adquiere relevancia en este reposado poemario, cuya fuerza radica precisamente, en reafirmar el compromiso con el arte. Bajo el supuesto de que «Quizá todo ha pasado / nada ya hay que hacer», de que ya todo está escrito y dicho en el arte, en la poesía, el bardo se resiste a la teoría del cansancio artístico, a la repetición y falta de novedad en la poesía: «Pero mis ojos buscan y hallan / lo que no tiene nombre» porque tiene la certeza de que «hay algo que no conocemos / y espera nuestra canción en el alba».

La desdicha de la que da cuenta el aeda se dice, no de la desdicha que proviene del fracaso o el infortunio social o económico, sino del destierro del bosque encantado. Él no es por naturaleza un duende o un hada, pero como poeta goza del privilegio de la visión de la fábula y se le concede únicamente poetizar, fabular, –desde fuera, como un exiliado– la leyenda: «La desdicha me acerca a mi destino / y a mi naturaleza verdadera […] Esperanza no tengo si no es en la leyenda».

El pasado, la belleza, la música que brota de la naturaleza, del cosmos, perdura en el tiempo. La misión del poeta es rescatar todo eso. Aún más, aquellas cosas que se ocultan a nuestros ojos e incluso lo que se nos resiste, tras afanosa búsqueda, a ser encontrado, son objeto de desvelos para nuestro aeda. Lo imposible se hace eco en el intelecto y de aquí se materializa en la palabra: «El alma sueña / lo que no hallamos y hace de ello un canto».

“Preludios” es un libro cuyo vuelo es de crucero, es decir, un texto en el que autor adquiere la altura ideal de su obra creadora. La “poética de la fábula” a la que he hecho alusión en mi comentario al poemario “Madrigales de vida y muerte”, es en verdad, una clave de lectura que, al menos a mí, me ha servido para escudriñar el periplo de la obra poética de Quessep. El poeta teje y desteje un único discurso, el de la vida, el de la dicha de su alma, inmersa en el sueño y la leyenda «sin que ni tú ni yo sintiéramos / su edénico rumor de alondra, / fábula que se teje / del tiempo a nuestras manos, / sin que nada en nosotros revele que ya somos / pétalos de la rosa indescifrable».

El paraíso, el jardín de la inocencia, la felicidad, son fugaces. El hombre aspira a la felicidad y la busca, cosa, por cierto, legítima desde todo punto, pero algo lo impide. El carácter inmanente de nuestra naturaleza, esto es, nuestra dimensión antropológica, que de suyo es débil y vulnerable, frena o retarda la felicidad. El hombre tiende a la felicidad plena y eterna por naturaleza, pero a penas saborea bocados de la misma. El poeta se pregunta, al hilo de nihilismo, con el relato de Adán y Eva de telón de fondo: «¿No puede el hombre ser feliz? Por un designio / escrito en su memoria, lo dorado del tiempo / se mueve en la ceniza / y aparecen la culpa y la caída, pues todo edén es transitorio».

La obra poética conjunta de Giovanni Quessep está tejida, como hemos dicho, en la fábula, en la leyenda, el único lugar donde el sueño es realidad y donde la realidad es trascendida por el deseo y lo anhelos del alma. Existe la felicidad y la dicha, breves, sí, truncas, sin embargo inventarla poéticamente es un acto que sana las heridas y la fatalidad del mundo y la sociedad. El poeta levanta un escudo anticrítica: «No espero sino el escarnio, la burla / de quienes saben que la dicha no existe».

El poeta insiste en el hallazgo de ese reino perdido o, mejor, escondido. Percibe una voz que le llama a rescatar los retazos de la eternidad que se le revela como fábula: «alguien me nombra, y pienso entonces / que no todo he perdido de la vida […] y existo para alguien, para un azul o reino solitario, / pero es fiel mi demonio y torna el sufrimiento, / mi pasión en los valles de la muerte». Hay, definitivamente, una causa por la que el poeta se juega todas sus cartas: la poesía, su fábula favorita: «Juzgadme si queréis, / pero deseo irme / al mágico Jardín que en nuestra vida / teje y desteje la invisible rosa».

El amor, que aparece por primer vez como fuente de sentido existencial, se convierte en materia esencial del pensamiento de nuestro autor: «No quiero sino el amor / que me acerca a los míos […] Sólo quiero el amor, / lo celeste, lejos de todo». El aeda descubre, al fin, cuál es su destino, su última conquista: «Destino del poeta es el amor. / En tu país sin nombre ¿acaso has visto / a la que amó mi alma, a la celeste / pasión que me redime de la vida?». El destino del cultor de la palabra es, por tanto, sublime.

En “Preludios” se reafirma aquel pensamiento presente en “El ser no es una fábula”: «Todo te pertenece en esperanza». El poeta sabe que el amor es vida, su esperanza. Hay, pues, un giro en la poética de Quessep. Vuelve a resonar, como instrumento de fondo, el ruiseñor de Keats de “Duración y Leyenda”: «Ese pájaro no destinado a la muerte», sino al amor. La instancia última heideggeriana es, para el poeta, el amor, la vida. Esto es, en verdad, lo que dura, la leyenda. ¿No será que el Jardín, símbolo clave en toda la obra de Quessep, es un símbolo de la nostalgia de la felicidad y del amor? Queda lejos, creo, la desoladora atmósfera de “Madrigales de vida y muerte”: «Estoy cansado de llamar / a la puerta de los que amo». Y se perfila a un poeta maduro, no sólo en el oficio, sino en el pensar.

La vida, como el mar, es una paradoja. Mientras la dicha nos viene en la desdicha, como la bella flor en el fango, aguardamos que «el mar retorne a nuestra barca». Lo que buscamos es el goce del alma en las cosas pequeñas y diarias. Quessep se apoya en John Keats para sentenciar sus “Preludios”: «A thing of beauty is a joy fore ever (Una cosa bella es un goce eterno)».

martes, 16 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Madrigales de vida y muerte" (1978)

“Madrigales de vida y muerte” (1978). Este poemario me trae a la mente la ineludible intertextualidad de la Rubén Darío: “Canto de vida y esperanza”. No es nada extraño que, para un autor culto y conocedor de la poesía hispanoamericana y universal, tenga la influencia de los grandes maestros de la lírica. Más aún de la lírica del más grande exponente del Modernismo, Rubén Darío.

De suyo los madrigales, tal como los concibe el bardo, son cantos, cantos rimados con maestría y cadencia al mejor estilo castellano. Hallamos en este poemario a un artista consumado y, podría decir, invariable, salvo en la temática, como veremos. “Madrigales de vida y muerte”, me adelanto tal vez un poco, contiene una lírica extraordinaria, sencilla, ágil. Me recuerda, por instantes, la espontaneidad de la lírica de Antonio Machado o Lorca, por citar solamente un par de ejemplos, y, por supuesto, Darío, como hemos apuntado arriba.

El poemario inicia con una sorprendente revelación emocional: «Estoy cansado de llamar / a la muerta de los que amo». Este es el punto de partida de “Madrigales de vida y muerte”. ¿A quiénes invoca el poeta: a los seres queridos de su “fábula”, a sus duendes y quimeras de sus sueños o a los de su raza y condición? Sean cuales sean esos seres amados, el poeta se siente abandonado de todos ellos, su soledad es la muerte. Su desdicha es tal que exclama: «Quiero vivir o morir, lo mismo / me debe ser la muerte que la vida». Por eso canta para revivir en la esperanza, en la desdicha: «¿Quisieras tú decirme la canción / de la esperanza o la desdicha?».

Nuestro autor siente un compromiso vital con la lira orfeica, es decir, con la palabra poética. Por eso no hay noche, muerte, que le impidan buscar aquel motivo por el que seguir cantando: «¿Quién ha perdido el sueño / y lo busca en la música o la sombra […] Ay de mí que te escucho en la penumbra, / me pierde la canción que me desvela». Es posible que Quessep al escribir estos versos se acordara del ruiseñor de Keats, cuya resonancia aparece en aquellos versos de “Duración y Leyenda”: «Que nunca será polvo / quien vio su vuelo / o escuchó su canto».

La muerte de la que habla el poeta es la del Fénix. Morir, sí, mas en el canto, en el poema, para, desde ahí, resurgir en la sonoridad, en la lírica. Morir es abrir los sentidos la vida, a la música del poema. Morir es callar para oír las cenizas, el polvo de la muerte en la viva palabra: «Callar es bello, entonces, / oír el polvo amado […] Dime, ¿qué azul me guardará en tu cuerpo / perdido, dime, hay otra forma / de no morir sino es el canto / que se desvela a solas?» El poeta muere cantando y es, justamente, esta muerte la que le da vida. La muerte ha de venir a cerrar nuestro ojos, qué duda cabe, y con ello el reino de las fábulas. Mientras tanto, «callar es bello en la desdicha».

El poeta auténtico, como pasaba con los profetas verdaderos de la Sagradas Escrituras, habla de lo que oye a otro, de lo que le dicta una voz profunda y misteriosa. De esto da cuenta Martín Heidegger en su ensayo “Hörderlin y la esencia de la poesía”. Para los profetas bíblicos Dios es el que habla, para los poetas, las Musas los dioses. El Jardín es para nuestro artista un símbolo trascendente desde el cual escucha la voz, la música de la lira de Orfeo. Angustiado porque no oye esa voz que le inspira, escribe: «Ya no puedo escuchar en el jardín profundo / donde solías empezar un sueño / de naves blancas por el mar oscuro». Este estado interior del poeta es una señal de muerte, por esta razón su canto es un canto enlutado: «Nada hay que responda / del ayer de tus pasos, / ni la viola de mi alma por los patios de piedra, / ni la pasión del enlutado canto».

El poeta se siente expulsado del reino de las hadas, lejos del paraíso, a oscuras, pero conserva la esperanza. El sueño o la leyenda contienen algo que perdura y trasciende la fábula. Y eso que perdura es eterno. Lo oye el poeta con claridad meridiana: «No sé de dónde viene / la canción que en la niebla / me da lo permanente y fugitivo / del sueño o la leyenda». Ni la muerte ni el olvido arredran al aeda que, impasible, avanza a la otra orilla: «pero mi alma ya sabe / de la orilla esperada».

Como el poeta no ha podido lograr atrapar del todo la fábula, la verdad poética que él ha descubierto como filón del arte, siente que la vida se le ha ido de las manos. ¿Quién, en verdad, alcanza la perfección del arte? ¿Quién es, siempre y en todo momento, un vocero fiel de la belleza, de a lira, de la poesía? No es extraño que nuestro artista sienta que, por no haber fabulado enteramente, algo se le haya ido de las manos. Se siente triste, de luto, cansado. No ha conseguido hilar el tapiz de su arte, es decir, comunicar todas sus vivencias poéticas, sus metáforas más queridas: «La vida se ha ido / por la desdicha, acaso / sin encontrar ya nunca / las fábulas que he amado […] ya es un telar cansado y polvoriento, / quizá mi muerte sean / los tapices que hallara por tu cielo».

No hay descanso para el corazón del artista. Se desvela por el canto porque sabe que el infierno o el paraíso, el castillo de sus sueños, la música de las alas de las hadas, son «la rueca invisible» con la que hila el tapiz de su poesía: «Si de la muerte fueras / infierno o paraíso […] no tendría mi corazón ese rumor del desvelado / que nos hace encontrar lo que perdimos / ya vuelto maravilla por el canto».

Violeta, la amada, la musa que le inspira, salva de la muerte al aeda; ella le devuelve el aliento, la razón última de la vida. Con resonancia clásica: «Adónde descendiste, / a qué región oscura, / para salvarme de la muerte / Violeta, por la luna». Así que, pese a no sentir la dicha plena de la creación artística, el poeta sabe que su misión es seguir fabulando.

Algo se le ha perdido por el camino al poeta. Siente no haber podido cantar toda la música del jardín, del bosque encantado de su sueño de donde surte la magia, la melodía, la dicha. Su única obsesión ha sido buscar el acceso al lugar de las hadas, lugar de los sueños. El poeta necesita el aliento de una “instancia superior” que le inyecte fuerzas como flor ilesa que vive en los pantanos, en la muerte. El que antes era convocado, el poeta, ahora invoca: «Yo anduve tras el sueño / enajenado de mi alma […] ¿Dónde estuviste que tu cuerpo / sabe de otra canción y vuelves / cubierta de polvo / de una pena mortal? […] De ti todo lo alejas / como las flores que en la muerte viven […] Vago solo por tu país / lejano de mí mismo y para siempre / llamándome en tu sueño / por los caminos de la muerte […] Si me nombraras desde ti, / si me nombraras, ay, si me nombraras, / mi corazón pudiera entonces / ver tu sombra cantada».

“Madrigales de vida y muerte” viene a reconfirmar la “poética de la fábula” de Quessep. Las vibraciones divinas, las vivencias del alma son, para nuestro autor, dignas de ser pergeñadas por los poetas. Se lamenta porque falta quien teja con autenticidad los momentos en que la belleza sale al paso de la sensibilidad del alma. Los poetas tienen la misión de cantar el caer de la nieve, la música blanca de la luna, el rumor de quien pasa por el jardín: «Sólo, a veces, presiento / que a los cielos del alma / ya no los teje nadie y son apenas / el polvo de las fábulas». «Ay del cielo en mi alma / si el soñador no quiso / fabular en tus ojos / el paraíso […] Ah del jardín profundo / en todo lo perdido».

El paraíso poético de nuestro bardo es «ya fugitiva música del polvo». No puedes perdurar largo tiempo soñando. Terminado el hechizo, el encantamiento, vuelves a ser un simple mortal. La experiencia poética es, hasta cierto punto, extática y, por lo mismo, breve. Por eso, cuando ya ha pasado su encanto, nos deja ese sabor agridulce del que no quisiéramos saber nunca. Dentro del mismo acto creador, justo en que el alma conecta con la belleza sublime, el poeta descubre que esa gozosa experiencia es fugitiva: «Felicidad en ruinas / lo que ha visto mi alma en el encanto». Esto es, en la vida, la muerte.

Claro, si los sueños te traen la alegría, la felicidad, ¿qué mérito tiene soñar, fabular, si luego queda todo en ruinas? Eres feliz cuando sueñas, como Alicia ante el espejo, ¡pero qué infeliz eres cuándo te das cuenta de que todo era un sueño! Entonces surte la pregunta, ¿Merece la pena ser feliz, aunque sea sólo en la fábula?, ¿vale la pena el hechizo para caer en la desdicha del alma?: «Desdicha de los sueños / pasados, y mis voces / perdidas, que nombraban / las piedras o las flores […] Tornaban en la sombra / las voces encantadas: / Desdicha de ese polvo / que cae sobre el alma».

Parece que el poeta sí está dispuesto al hechizo. Sin la muerte, ¿cómo podríamos valorar la vida? El hechizo es más intenso si sientes que la muerte, el polvo, la noche, atenazan tu vida. En el fondo, la experiencia del acto poético es morir en el poema. La belleza le es dada el poeta en sueño, en la visión, para que desee volver a probar de sus mieles: «Volvería a sentir / el embeleso de la muerte».

Amar en sueños es amar poéticamente el mundo. Amar en sueños es vivir en la inocencia, en la bondad de la belleza. Soñar es un acto de felicidad, pero paradójicamente, es una desdicha. Feliz desdicha, pues, «flor de la muerte», el sueño: «¿No es ésta la desdicha / hacer del alma un sueño[…]?

En el poema “Madrigal del encantado” nuestro autor confirma certeramente nuestro comentario, acerca de su “poética de la fábula”. El poeta invierte la clásica noción de Calderón de la Barca de “la vida es sueño” y nos deja claro que es a la inversa: el sueño es la vida. ¡Genial!: «Yo soy el encantado / del sueño o del destino, / el que retorna de la muerte / con una rama de ciprés florido […] Torné a soñar, y el sueño sea la vida, / y la muerte una fábula del canto».

El poeta encantado ve el mundo, la vida, y las cosas todas desde este estado alterado de la conciencia. Violeta, su Beatriz en el séptimo cielo, su musa, inspira al poeta para que cante: «¿Me contarás en qué país nocturno / cantas para que el cielo se desvele, / o abra sus puertas al dolor del hada / que hila en tu corazón para la muerte?».

El madrigal “El que no ha de contar su fábula” es extraordinario. En él se vuelca enteramente el poeta, quien canta, aunque el tiempo lo devore. Inventa la magia de la palabra, la música de todo lo que parece ruina, de aquello que se ha perdido. De su sueño lo que perdura es al alma; de la muerte, de la fábula, la vida: «¿Por qué esta reina dolorosa / que en la noche de mi alma canta: / Deja los huertos de la vida, / bella es la muerte, cuéntame tu fábula? […] No sé de dónde es esta voz / que me ofrece el olvido de su música […] ¿Pero qué podría decirte desde las ruinas? ¿Qué podría decir / quien todo lo ha perdido? / ¿Cómo hablarte de mi desdicha? […] Mi vida es esto y nada más, / érase una vez, érase mi alma […] el que no ha de contar su fábula / sino a las hadas de su muerte».

El reino de la poesía es el de las hadas. El poeta se dispone a retornar a la cotidianeidad y salir del hechizo: «y guarda las cenizas / de la palabra o del encantamiento […] Vuelve más bien a la doliente isla / donde tu corazón es viento y polvo, / vuelve a tu nave púrpura / que eres de sueño y mar, amargo y solo».

Finalmente, “Madrigales de vida y muerte” es una obra madura, sincera. Queda depurada la poética de Quessep: la “poética de la fábula”, que consiste en situarse en el mito, en la leyenda, para desde ahí construir con palabra y tejer el poema, la obra de arte. Este ejercicio es, a veces, frustrante, doloroso, pero también te reporta momentos felices. Poetizar es fabular, es soñar un reino posible, diferente al que tantas desdichas nos trae. Esto es, a mi juicio, lo que hace Quessep, no sólo en estos madrigales, sino en todas sus obras poéticas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Canto del extranjero" (1976)

“Canto del extranjero” (1976). Todos tenemos, de alguna manera, derecho a hacernos nuestro universo mental y vivir acorde a ese reino que es sólo nuestro. Tal vez nadie sea capaz de entender del todo qué motivaciones mueven lo hilos de lo que pudiera ser el Edén o el paraíso, el mío o el de otro, realidad imaginaria que se convierte en razón, en causa del arte poético. Ese reino se ve afectado por la amargura, la soledad, la desdicha y la muerte: «Vigiladora de violeta amarga / a la entrada del reino […] De dónde la desdicha / de nuestras naves en la noche blanca?».

En este poemario el autor, que ya ha recorrido trecho en su creación con sus libros anteriores, consolida su genio artístico, es decir, su propia voz. El recuerdo de seres amados que ya no están, pero que perviven en el recuerdo, inundan el alma del poeta con profunda melancolía: «Ni siquiera tus pasos recordados, / ese blanco rumor que te acercaba / por el cielo nocturno / por la oscura vigilia; […] No sé qué soledades / habitan tu alma, / no sé qué cielo impronunciable».

Voz y estilos propios caracterizan a Giovanni Quessep. “Canto extranjero” nos muestra a un poeta con una voz desgarrada, elegíaca, pero también con un estilo sereno, formal, culto. Elementos estos presentes en “El ser no es una fábula” y “Duración y leyenda”. Sus desvelos consisten en hablar de la vida y de la muerte, pero en sueños, así, encantado por las musas: «No han de cerrarse nunca / mis ojos que ya son / el polvo de otra luna […] Hablando en sueños de la muerte / entre flores y las ruinas […] Hablando en sueños de la vida / vendrá una sombra amada».

Ante la imposibilidad de volver al país de origen, a la cuna madre, al lugar de los ancestros, el poeta recrea esa memoria en sus versos. Es consciente de que su pasado se difumina inexorablemente y sólo la palabra hecha fábula poética, que también está sometida al tiempo, mantendrá vivo el recuerdo: «(Tejió el amor la túnica imprecisa) […] Dónde la oculta voz que te nombraba / El extranjero la doliente luna».

El mar, las naves que lo surcan, forman parte del imaginario artístico de Giovanni Quessep. La imagen de la nave y de la otra orilla del mar es una constante en la obra de nuestro autor, quien recurre a ellas para descubrirnos su estado interior. Todos habitamos en la otra orilla del mar. Navegamos, unos conscientemente y otros llevados por el viento, por el azar, hacia algún destino: «El hombre solo habita / una orilla lejana […] Extranjero de todo / La dicha lo maldice».

Extranjero no sólo de su tierra natal, sino también en la mirada de los otros; extranjero de sí mismo, extranjero de la dicha, de su fábula: «Si supiera qué cielo / perdido hay en mi alma, / qué flor oculta esparce en ella / su historia de desdicha. Nada / me queda para el sueño / de aquel hermoso país blanco». El bardo canta para reconstruir aquel cielo perdido, o sea, el Jardín del Edén, el paraíso. Pero sólo lo puede soñar, como Alicia ante el espejo, porque la realidad concreta repele la realidad imaginaria. No obstante, él cohabita con sus hadas y duendes. No renunciará a este reino jamás. Él oye, ve y convive con los seres del Jardín: «¿Dónde podrías mirarte si no fuera en la fábula, / si está roto en la sombra el espejo de plata?». // «Alguien cruza el jardín / desvelado de fábulas».

“Canto extranjero” es la obra del lamento, del canto hondo y elegíaco. Quessep dedica una sentida elegía a su padre. En ella recuerda la música, las leyendas, la lengua materna, el árabe; las ruinas de Biblios, antigua ciudad fenicia, hoy ciudad del Líbano, Jubail, el cedro, la rueca de las hilanderas, las ánforas, y el sabroso dátil de las palmeras del desierto: «Y me contaba en el idioma / de su lejana Biblos / donde hay un ánfora que guarda / una alondra color de vino […] La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte». // «Si te olvido si no florece una nostalgia / y en la memoria cierra sus páginas un cuento / es que el edén tu nombre amado / será tal vez la muerte». Una vez más, la imagen de su padre aparece más nítidamente cuando más fuerte es el sentimiento que en mi comentario al “libro “El ser no es una fábula” llamé “complejo de Ulises Laertíada”, esto es, la nostalgia de la tierra natal y de los seres amados. Este “complejo” elegíaco no abandonará al poeta en ninguna de las etapas de su creación poética: «Para siempre recuerdo / la piedad de tus ojos en la sombra / donde habitan las fábulas […] Todavía mi alma percibe tu rumor entre las hojas / de aquel blanco jardín».

En el poema “Canto del extranjero”, el más emblemático de este libro, aparte de “A la sombra de Violeta” y “Elegía” nuestro bardo hila –aquí viene de nuevo el símil de la hilandera o del artesano de tapices– los secretos de su alma. Canta, teje y desteje la poesía, porque de esta manera vence la hostilidad que le circunda –como Penélope vence a sus numerosos pretendientes– y nos lleva también a nosotros a visualizar, aunque sea en un abrir y cerrar de ojos, el Jardín de Claudia, como si de Dante el cielo de Beatriz : «Dime el secreto de tu voz oculta / la fábula que tejes y destejes / dormida apenas por la voz del hada / blanca Penélope […] en tu noche se pierde el extranjero / Blancura de isla […] El extranjero asciende a tu colina / siempre más solo […] Jardín de Claudia como por el cielo / Claudia celeste».

El hombre es un ser infieri, en constante búsqueda. Quessep busca coherentemente una verdad que lo sostenga. Escribe, fabula, para construir esa verdad. Verdad que habita en un reino mágico, onírico. Somos parte de ese “país de las maravillas”, mas nos sentimos fuera de él, extranjeros. Cuando descubres, como le sucede a nuestro poeta, que eres parte consustancial de ese Edén, que te hechiza su belleza, entonces se ahonda el deseo volver a él, de echarte a la mar como Ulises que gime por Ítaca.

GIOVANNI QUESSEP: "Canto del extranjero" (1976)

“Canto del extranjero” (1976). Todos tenemos, de alguna manera, derecho a hacernos nuestro universo mental y vivir acorde a ese reino que es sólo nuestro. Tal vez nadie sea capaz de entender del todo qué motivaciones mueven lo hilos de lo que pudiera ser el Edén o el paraíso, el mío o el de otro, realidad imaginaria que se convierte en razón, en causa del arte poético. Ese reino se ve afectado por la amargura, la soledad, la desdicha y la muerte: «Vigiladora de violeta amarga / a la entrada del reino […] De dónde la desdicha / de nuestras naves en la noche blanca?».

En este poemario el autor, que ya ha recorrido trecho en su creación con sus libros anteriores, consolida su genio artístico, es decir, su propia voz. El recuerdo de seres amados que ya no están, pero que perviven en el recuerdo, inundan el alma del poeta con profunda melancolía: «Ni siquiera tus pasos recordados, / ese blanco rumor que te acercaba / por el cielo nocturno / por la oscura vigilia; […] No sé qué soledades / habitan tu alma, / no sé qué cielo impronunciable».

Voz y estilos propios caracterizan a Giovanni Quessep. “Canto extranjero” nos muestra a un poeta con una voz desgarrada, elegíaca, pero también con un estilo sereno, formal, culto. Elementos estos presentes en “El ser no es una fábula” y “Duración y leyenda”. Sus desvelos consisten en hablar de la vida y de la muerte, pero en sueños, así, encantado por las musas: «No han de cerrarse nunca / mis ojos que ya son / el polvo de otra luna […] Hablando en sueños de la muerte / entre flores y las ruinas […] Hablando en sueños de la vida / vendrá una sombra amada».

Ante la imposibilidad de volver al país de origen, a la cuna madre, al lugar de los ancestros, el poeta recrea esa memoria en sus versos. Es consciente de que su pasado se difumina inexorablemente y sólo la palabra hecha fábula poética, que también está sometida al tiempo, mantendrá vivo el recuerdo: «(Tejió el amor la túnica imprecisa) […] Dónde la oculta voz que te nombraba / El extranjero la doliente luna».

El mar, las naves que lo surcan, forman parte del imaginario artístico de Giovanni Quessep. La imagen de la nave y de la otra orilla del mar es una constante en la obra de nuestro autor, quien recurre a ellas para descubrirnos su estado interior. Todos habitamos en la otra orilla del mar. Navegamos, unos conscientemente y otros llevados por el viento, por el azar, hacia algún destino: «El hombre solo habita / una orilla lejana […] Extranjero de todo / La dicha lo maldice».

Extranjero no sólo de su tierra natal, sino también en la mirada de los otros; extranjero de sí mismo, extranjero de la dicha, de su fábula: «Si supiera qué cielo / perdido hay en mi alma, / qué flor oculta esparce en ella / su historia de desdicha. Nada / me queda para el sueño / de aquel hermoso país blanco». El bardo canta para reconstruir aquel cielo perdido, o sea, el Jardín del Edén, el paraíso. Pero sólo lo puede soñar, como Alicia ante el espejo, porque la realidad concreta repele la realidad imaginaria. No obstante, él cohabita con sus hadas y duendes. No renunciará a este reino jamás. Él oye, ve y convive con los seres del Jardín: «¿Dónde podrías mirarte si no fuera en la fábula, / si está roto en la sombra el espejo de plata?». // «Alguien cruza el jardín / desvelado de fábulas».

“Canto extranjero” es la obra del lamento, del canto hondo y elegíaco. Quessep dedica una sentida elegía a su padre. En ella recuerda la música, las leyendas, la lengua materna, el árabe; las ruinas de Biblios, antigua ciudad fenicia, hoy ciudad del Líbano, Jubail, el cedro, la rueca de las hilanderas, las ánforas, y el sabroso dátil de las palmeras del desierto: «Y me contaba en el idioma / de su lejana Biblos / donde hay un ánfora que guarda / una alondra color de vino […] La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte». // «Si te olvido si no florece una nostalgia / y en la memoria cierra sus páginas un cuento / es que el edén tu nombre amado / será tal vez la muerte». Una vez más, la imagen de su padre aparece más nítidamente cuando más fuerte es el sentimiento que en mi comentario al “libro “El ser no es una fábula” llamé “complejo de Ulises Laertíada”, esto es, la nostalgia de la tierra natal y de los seres amados. Este “complejo” elegíaco no abandonará al poeta en ninguna de las etapas de su creación poética: «Para siempre recuerdo / la piedad de tus ojos en la sombra / donde habitan las fábulas […] Todavía mi alma percibe tu rumor entre las hojas / de aquel blanco jardín».

En el poema “Canto del extranjero”, el más emblemático de este libro, aparte de “A la sombra de Violeta” y “Elegía” nuestro bardo hila –aquí viene de nuevo el símil de la hilandera o del artesano de tapices– los secretos de su alma. Canta, teje y desteje la poesía, porque de esta manera vence la hostilidad que le circunda –como Penélope vence a sus numerosos pretendientes– y nos lleva también a nosotros a visualizar, aunque sea en un abrir y cerrar de ojos, el Jardín de Claudia, como si de Dante el cielo de Beatriz : «Dime el secreto de tu voz oculta / la fábula que tejes y destejes / dormida apenas por la voz del hada / blanca Penélope […] en tu noche se pierde el extranjero / Blancura de isla […] El extranjero asciende a tu colina / siempre más solo […] Jardín de Claudia como por el cielo / Claudia celeste».

El hombre es un ser infieri, en constante búsqueda. Quessep busca coherentemente una verdad que los sostenga. Escribe, fabula, para construir esa verdad. Verdad que habita en un reino mágico, onírico. Somos parte de ese “país de las maravillas”, mas nos sentimos fuera de él, extranjeros. Cuando descubres, como le sucede a nuestro poeta, que eres parte consustancial de ese Edén, que te hechiza su belleza, entonces se ahonda el deseo ir volver a él, de echarte a la mar como Ulises que gime por Ítaca.

jueves, 11 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Duración y leyenda" (1972)

“Duración y leyenda” (1972). El aeda utiliza el bagaje cultural y ancestral en la construcción del poema “Epitafio del poeta adolescente”. Acude a la mítica Delos, bañada por los mares, como una isla encantada, y a Ulises Laertes para hacer una declaración de intenciones –cantar, antes de olvidar y morir, su odisea personal– al inicio del poemario. Delos es una de las innumerables islas localizadas en el corazón del mar Egeo. Su actividad mercantil y cultural adquirió gran notoriedad en la antigüedad. Los mitos griegos enaltecieron la isla, en cuyo territorio se edificó el gran templo en honor a Apolo, el gran teatro, la terraza de los leones.

Quessep utiliza también la tradición de la poesía china de Li Po para, a la manera de alegoría, hacernos saber que lo único que le basta es la poesía, su único laurel, y no la gloria del mundo. De ahí su pretensión de darnos a conocer «al que no necesita de la piedra o el bronce para durar […] A aquel que reposa en el bosque vedado / nunca será polvo entre los pinos».

Si en su libro “El ser no es una fábula” ya vislumbrados una poética mítica, fantástica, en “Duración y leyenda” se acentúa aún más este hallazgo. Nuestro autor es “el caballero inocente” que, a la manera de los caballeros andantes de las fábulas quijotescas, no lucha sino para defender y desencantar su dama: «Llevo la lanza púrpura / Y en escudo y espada / Las sangre destellando / Pero ha sido en defensa de mi dama». El tiempo y la desmemoria amenazan a esa dama, que no es sino la belleza, la lírica, el canto, la poesía. De ahí su inquisitiva pregunta: «¿Es nuestro el canto / Durable en su leyenda?».

La historia del poeta teje lo real y lo fantástico. Este dato es esencial. Mito y realidad, leyenda e historia se armonizan de manera que se convierten en una misma cosa: leyenda, Jardín encantado. Ahí está la trasmutación, el salto a lo maravilloso, el encantamiento. Ese es el reino de la poesía, el reino de Orfeo, el de Alicia ante el espejo: «Nuestra historia resulta semejante / a la de esa muchacha maravillosa que penetró en el espejo / Estuvo a punto de desaparecer […] Que lo único que tenía que hacer era despertarse».

El poeta se busca a sí mismo e intenta responder a las grandes preguntas de la humanidad, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? Él responde, no como pensador, sino como soñador, como artista de la palabra y dice de una forma muy elocuente: «Tal vez somos un cuento / la nave de Ulises / o el ruiseñor de Keats / (ese pájaro no destinado a la muerte)».

La poética de Quessep está minada de castillos, duendes, gnomos, leyendas, hadas, adivinos, hechizos, encantamientos, sueños, reinos, jardines, fábulas. Todos esos elementos, lejos de ser una banalidad, son los hilos con los cuales el artista teje el tapiz de su poética, si esto es válido hemos dado con una de las claves de su obra, –como hemos dicho de su primer libro “El ser no es una fábula”: «Tejida está de olvido / la ilimitable rosa / Y en el jardín o púrpura aduendada / desdibuja su forma». // «De lo real la rosa fabulada / No tenemos conjuros / Quien crea en la leyenda / Puede mirar las nubes / Verá que empieza a detenerse el tiempo». // «Al borde de las hadas […] Una sola palabra el hondo patio / Te da sombra en el tiempo / Tu historia es lo que sueñas / Lo real es ya fábula naciendo de tu mano».

El temor a ser olvidado, a ser polvo de ruinas persiste en la poesía de nuestro autor: «El ruiseñor cantó / Sobre esta piedra/ Porque al tocarla / el tiempo no nos hiere […] No todo es tuyo olvido / Algo nos queda / Entre las ruinas pienso / Que nunca será polvo / Quien vio su vuelo / O escuchó su canto».

El poeta vive el mundo y lo siente como un sueño o una fábula y eso es lo que canta y cuenta. El medio que tiene para hablarnos de su visión es la palabra, como el músico la música, el pintor la pintura, el escultor la materia o el arquitecto las formas: «La palabra nos sueña / Todo transcurre (El fuego / Regresa a ser penumbra / Viejas colinas cuento».

Finalmente, sin pretender que sea un tópico, me pregunto: ¿Será posible hablar de un “realismo mágico” en la poesía de Giovanni Quessep? Aunque negásemos el cliché, no cabe duda de que realidad y ficción forman un ritmo isócrono de sístole y diástole en la poética del poeta colombiano.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "El ser no es una fábula" (1968).

Iniciamos un periplo por la obra de este notable poeta colombiano, desconocido para muchos. Su poesía, como la de los grandes maestros de la creación artística, me ha cautivado. Sus obras poéticas, publicadas en España bajo el título de “Metamorfosis del jardín”, poesía reunida (1968-2007), Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2007, es una joya patrimonial de la literatura hispanoamericana. Expongo mi lectura de sus poemarios a sabiendas de que siempre nos quedamos cortos en la interpretación o hermenéutica de la obra.

“El ser no es una fábula” (1968). Este libro marca el camino que el autor va a seguir a lo largo de toda su obra poética. El hilo conductor con el cual el poeta teje el tapiz de su poética es la nostalgia, la melancolía: «La nostalgia es vivir sin recordar / de qué palabra fuimos inventados». Hay, naturalmente, muchos otros hilos –que trataremos de descubrir a lo largo de sus obras- con los que el artista zurce el tapiz de su fábula.

Podemos subsistir a los lugares y al tiempo gracias a que podemos soñar o, lo que es igual, inventar un mundo, el deseado o el perdido, en el cual poder vivir y superar la adversidad. La vida humana, lo real y lo doloroso, es como un juego de dados en la que a veces se gana o se pierde. El poeta fluctúa entre ambas cosas: «Soñamos y perdemos. Los dados falsos, las huecas imágenes en la tierra». Existe una tensión en el alma del poeta entre el pasado y el futuro. Y esa tensión del presente es la esperanza: «Vamos perdiéndonos, precipitándonos de esperanza […] El resto es camino. ¿Dios? Silencio». Hamlet, del célebre William Shakespeare, en el momento de expirar exclamó: “El resto es silencio”.

La lucha por no perder la memoria, el pasado ancestral es otra constante en la obra de Giovanni Quessep. Esa lucha interior es sufrida en silencio y sosegada con la palabra poética: «¿Algún día no fue nuestro / el mar, su ciclo de labios y pájaros, / su complicado amor, el son eterno de su discordia?» No hay calma en el alma del poeta que, como el mar, se bate en la orilla: «Hoy el silencio se hace nuevamente discordia».

La experiencia humana del creador le impele a madurar en la sombra, es decir, en la soledad. El artista se ve obligado a inventar un mundo en el que pueda, poéticamente, habitar a pesar de las complicadas grietas de la vida: «Nosotros caminamos / a la ausencia / como fantasmas / en la viva sombra». Empujados por el tiempo, por todas las tormentas de la existencia, el poeta comprende que: «La vida no es / el volumen de ser en lo que sueñas. / La vida es esto que madura en sombra».

Cargamos con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con nuestros recuerdos más recónditos. Soñamos lo que fuimos, la nostalgia lo reinventa, y, ante el miedo a la muerte y de que desaparezca eso que somos, sólo nos queda el canto, es decir, la palabra, la única que nos salva de toda negación posible, de la muerte misma desde la cual resurge como un sol el poeta: «Nadie / olvida que morir es esta impura / claridad».

El poeta, que crece en tierra extranjera, conoce su pasado árabe. La nostalgia de la que hemos hecho mención arriba tiene su raíz más profunda en el desarraigo de la cultura y la tierra de la que es oriundo el poeta, o mejor, sus padres y abuelos. Durante muchos años el poeta vive con el alma desgarrada: «Todo es exilio y mar». «Cuando oí su relato del exilio / vino la gran desolación».

Podemos decir que a partir de cuando el poeta tiene conciencia de ser extranjero, de ser otro, de otra raza, que tiene que empezar de cero, sin posibilidad de volver a su tierra ancestral, carcomido por la melancolía, es cuando empieza en verdad a vencer la soledad y el vacío, la nostalgia y la lejanía. Aquí se inicia el canto elegíaco –el complejo de Ulises Laertes-, la poética de la discordia, la fábula, la leyenda, el tapiz de su visión onírica y poética. «Tienes la fábula al fondo, no te afirmas / sino en olvido y músicas pasadas». El poeta vive poéticamente su ser y estar en el mundo y su escritura certifica que realmente cuenta su propia existencia: «El ser no es una fábula, se vive / como se cuenta, al fin de las palabras».

Desde la ficción poética, que es un invención o un dictado a la conciencia, el artista mira las cosas –que son tuyas para cantarlas- como propias, aunque sea como una sombra: «Todo te pertenece en esperanza: / El canto de los pájaros, el nombre / de tu destino […] Nunca los sueños, nunca el paraíso: / Todo te pertenece, en sombra y agua».

El tiempo fluye, con dos cauces, el temporal y el intemporal, eterno, como agua imparable y ese sentido heraclitano de la existencia despierta la intuición del poeta: «No se detiene el agua que te busca, / que te nombra los sueños y las manos. […] Ah doble cauce de tiempo encarnado».

Así las cosas, para ganarle tiempo al tiempo, para sacarle partido a esta vida que es transitoria, aunque con una chispa de no tiempo, es fundamental sentir el amor: «Se ganan días si el amor invade / la hermosura del ser». Sin embargo, al hombre le invade con frecuencia la desolación, la noche, la muerte. La esperanza, que ya apareció más arriba en este poemario, forjada precisamente en esas experiencias duras de la vida, y asumida como actitud vital, llena de sentido: «Cada esperanza tiene su memoria, / su sol de hierro, su llanto de exilio; […] cada esperanza cruza por la muerte / con dura transparencia y dura sombra».

La esperanza despierta en la conciencia humana del poeta la claridad de que no todo está perdido, que hasta de lo que parece que es sombra y nada más, una luz brilla y sale a nuestro encuentro: «Esta luz de la tarde no termina / sino en nosotros: tiempo que revierte / a la esperanza, nos acerca sueños / perdidos en las cosas».

La muerte, que domina el tiempo, amenaza la esperanza e incluso los anhelos, lo sueños del alma humana. Esto es bien importante para el poeta, quien se refugia en la poesía, como un alquimista de la belleza y de la palabra, para hechizar, encantar o exorcizar el influjo atroz del tiempo y muerte: «La muerte comienza a exhalar / ese aroma nocturno, ácido, / que va por dentro de los sueños».

El mar y la soledad son una moneda de dos caras. El mar solo, siempre en discordia, es un símbolo de la soledad del alma del artista, que está en el mundo, exiliado: «El mar que nunca vuelve / nos lleva en su oleaje. […] (Oh exilio y hundimiento / irrefutable.) / La soledad es esto: / El mar en todas partes». «El mar abre la noche, quema sueños / con su tiempo hacia abajo».

Giovanni Quessep, transido de nostalgia y soledad interior, para afrontar los azares de la vida y situarse ante el tiempo y la muerte, intenta responder de forma coherente a todo ello con la palabra. La poesía, con la que fabula y sueña, le da aliento y esperanza. Cantando su soledad, exorciza, encanta, los laberintos, las noches.

lunes, 8 de septiembre de 2008

LA PESTE

Albert Camus, Nobel de Literatura, en su célebre novela “La Peste” de 1947, destaca que el gran sufrimiento de su época, el más hondo y generalizado, era la “separación”. Separación de la familia, de la sociedad, de uno mismo. La causa era la guerra, el exilio, interior y exterior; el hambre y, el peor de todos, la muerte.


Este hallazgo me trae hoy aquí con un hormigueo en la conciencia, en la cabeza. Pienso en nuestro continente, en nuestros países y miro a Honduras con objetividad, la que se puede, y trato de no abstraer demasiado cuál es su talón de Aquiles, su punto más débil y doloroso, lo que más le rasga sus sentimientos. En mi opinión considero que “la peste” que asola a Honduras es un tejido de cosas que tiran las unas de las otras: la violencia, la inseguridad, el desempleo, la miseria, la emigración, el hambre, la corrupción.


El Estado paternalista está separado del pueblo. La justicia está separada del pueblo. El Congreso está separado del pueblo, de la sociedad. El Estado no sufre el dolor de los miserables. Consuela con la mentira, con confites, sin embargo, la realidad se le impone con su peso inexorable. Al fin la necesidad aplasta a la demagogia y por eso se echa la gente a las calles. Esto me hace pensar que puede más la lágrima de una madre que el discurso de un presidente. En fin, sólo el “comal” conoce cuánto calienta el fuego.


Todavía hay gente que vive en su burbuja de cristal, gente que no cree que la violencia o la muerte puede tocar a sus puertas, como en Egipto o en Orán de la que habla Camus y se refugian en el aire acondicionado de los moles o suben los muros a sus casas. Hay quien desafía la peste llevando una vida suntuosa, ostentando con el lujo en charcos de miseria.


Miles de familias se han visto brutalmente separadas de sus seres queridos por un secuestro, un asesinato o porque un día partieron en manada con los “coyotes” en busca de un norte.


Es terrible negociar con el hambre de los pobres. No se puede sepultar en vida la esperanza de quien, con el sudor de su frente, desea ganarse el pan. Con la fuerza del amor podemos aplastar una montaña. Hagamos bien nuestros “negocios” para que ceje la peste, y dé lugar a una nueva época en la que, no sin otras luchas y dificultades, sintamos que no son tantas las cosas que nos separan.

jueves, 21 de agosto de 2008

ME CONMUEVEN ESOS ZAPATOS -ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Los zapatos llevan varios años colgados del cable eléctrico. Podemos mirarlos con lástima, como quien mira a un difunto o a un triste mendigo que la gente desprecia. Esos zapatos yacen con la boca abierta; abierta no de cualquier manera, sino como si contuvieran un grito eterno, un grito estentóreo pero que nadie oye. El sol los humilla, los tuesta cada día con la furia de sus manos de fuego, mas ellos resisten la justicia ardiente de Helio.

Esos zapatos, ubicados en el corazón de San Pedro Sula, contienen los pies de su dueño, los sudores mudos de unas plantas que nunca hallaron reposo. En esos zapatos todavía pervive la sustancia de una vida. Ahí están colgados, esperando la vuelta de su amo. Un día y otro día, así les pasa el tiempo. Pero ellos saben esperar. En su altura vigilan los pasos de Tomasita, ven sus salidas y sus llegadas. Ellos conocen la verdad del triángulo, adonde mataron a Osman. Nadie más que ellos pueden atestiguar los rayos que han partido en dos los cuerpos caídos en la intersección donde ellos serenan cada noche.

Zapatos admirables como los que pintara Vincent Van Gogh. Zapatos huérfanos, tirados al vacío como una cosa. No, esos zapatos no son una cosa, ellos están ahí para avisar con su descolorido aspecto que en sus suelas gastadas hay todo un universo flagelado, el compendio de la pobreza. Atados al cable eléctrico, como si hubieran sido amarrados adrede, no pueden moverse, ni protestar en huelgas. A veces la brisa los mece aligerándole la fatiga, la dura postura de estar separados del calor humano. Ellos que tanto querían a su dueño ahora se desgastan de soledad. Los he visto colgados como si alguien de mal corazón les aplicara la horca. Sin fuerzas penden en el aire.

Los zapatos de los que hablo son de la medida de Víctor, que en gloria esté, el que murió a manos de una mujer miskita en Medina; son de la medida de Maira, que cada día muerde el polvo tras la tortilla caliente; son de la medida de la miseria del país. Zapatos que guardan en su interior el rumor de la ciudad, el miedo, todos los fantasmas y toda la sangre de las acacias taladas. Un día, a saber cuándo, esos zapatos calzarán unos pies limpios y ya no olerán mal y ya no serán miserables porque los pies que los contendrán tal vez sean los pies de un recién nacido.


GORVACHOV Y MANDELA, ICONOS DE LA PAZ

Pocas veces he sentido tanta admiración por hombres de política como la he sentido por Mijail Gorvachov y Nelson Mandela. Ambos personajes han tenido un papel fundamental en el último cuarto de siglo veinte. A finales de los años ochenta, empezaba yo a pintar bigotes, leí el tocho más famoso, escrito por Gorvachov, de los tiempos de la guerra fría, la Perestroika. Esta obra constituyó una vacuna antimisil y un instrumento racional único para la paz global, sobre todo entre EUA y la Unisón Soviética. Gorvachov hizo un trabajo muy inteligente. Él utilizó el diálogo como principal instrumento de convicción. Este hombre, que quedó eclipsado por los siguientes políticos rusos, salvó al mundo moderno en el que vivimos hoy de un cataclismo que ni la II Guerra Mundial se le hubiera podido comparar. Gracias a Dios que sólo se habla de “guerra fría” porque de haberse “caldeado” tal vez ni yo lo pudiera contar. La inteligencia, la razón una vez más ganó a la fuerza. Gorvachov fue un embajador de la paz y un eminente intermediario que supo hallar el punto medio a crisis políticas muy complejas. Por todo su trabajo le dieron el Premio Nobel de la Paz. En Gorvachov se cumple lo que en los griegos, que vencieron con el pensamiento, con la razón, con las ideas, la fortaleza y el belicismo de los romanos. Gorvachov es lo que se llama un político en estado puro, genuino. Lo celebro.

Otro político icono es Nelson Mandela. Sudáfrica tiene en Mandela a un verdadero hombre de estado, a un hombre que encarna con autenticidad las ideas políticas en provecho de la sociedad. La grandeza de Mandela radica en ser bálsamo para paz, en ser un gran mediador entre las razas en conflicto de su tierra. Acaba de cumplir 90 años y a su edad es un imán que atrae todas las miradas, todos los elogios y toda admiración. Estuvo 27 años prisionero y a pesar de eso no perdió el tino ni el deseo de ver que su país diese un giro copernicano en la convivencia social. Mandela encarna los sueños, no sólo de una raza, sino de la raza humana toda. Él ha sido y es aún luz en la sombras del racismo de su tierra natal. Es un hombre con dinamismo reconciliador. Públicamente se le atribuyen valores envidiables, que bien pueden tomarlos como suyos nuestros políticos hondureños: modestia, cortesía y humanidad.


BARACK OBAMA UNA ESPERANZA

Es probable que Barack Obama sea el nuevo presidente de los Estados Unidos de América. De ser así recibirá una papa caliente de manos de la administración Bush. Si Obama gana las elecciones a finales de este año tendrá dos fantasmas reales haciéndole guiños. Uno hacia Oriente, hacia Irak, y otro hacia la Casa Blanca , o sea, hacia la economía de nacional, que ya está en las reservas.

Los problemas exteriores no son menos que los internos. Creo que pronto el júbilo con el que supuestamente ganará las elecciones generales se verá nublado y el seño del presidente poco a poco se convertirá en pesar y desazón. Si no, que se me haga la lengua chicharrón.

El conflicto iraquí y el golpe bajo de la economía nacional eclipsará la mirada del presidente y le impedirá mirar a América, a todo el continente de América. Pienso que Obama no apretará las leyes en contra del resto de países americanos, pero también pienso que no aflojará las amarras actuales. Nunca se sabe, en verdad, lo que puede suceder. Pero de que los demócratas estadounidenses se perfilan como más benévolos con los inmigrantes es un hecho que, si no eran mentira las promesas de campaña, se serán mejores tiempos. Los inmigrantes nacionalizados en EUA de los países de América, gente que en su mayoría ha viajado en busca de una mejor condición de vida, pueden elegir, votar, a los que han levantado el muro en la frontera con México –los republicanos- o a los que están en contra del mismo, los demócratas.

Obama, si gana las elecciones generales este año, estará muy ocupado para mirar a los países vecinos, de hecho ya lo está, basta mirar la agenda que ha tenido en su puesta a punto con Oriente y Europa. Ya podemos pedirle mangos a la acacia. Ni recuerdos enviará a Honduras.

Sin embargo, sería deseable que Obama, llegue o no a ser presidente de EUA, haga una visita a México, Argentina, Brasil, yo qué sé, que dé señales de que América empieza en la “tierra de fuego” en el cono sur. Los “países bajos”, entre los que estamos los centroamericanos y República Dominicana”, necesitan algo más que un TPS o que un Río Colorado y un muro que saltar. Necesitan un fuerte impulso integrador con políticas que saque de la miseria y de la pobreza a millones de ciudadanos de un continente que acoge a pobres y a ricos, América.


HUGO CHÁVEZ Y ESPAÑA

Cuando nos situamos ante una figura como la de Hugo Chávez, jefe de gobierno de Venezuela, me quedo perplejo y me hago y hago las preguntas del poeta Antonio Gamoneda: “¿Sabes tú lo que es vivir ante una puerta cerrada. /Yo amo la libertad y te amo a ti. /¿Sabes tú lo que es vivir ante un rostro cerrado?”

Me siento obligado a escribir sobre Hugo Chávez, (H.C.), digo que me siento obligado porque su genio y figura me causan escozor. Aparte de esta piquiña, levanto velas y me alzo a la mar.

H.C. viajará a España mañana viernes 25 de julio. Lo hace con la sombra del sonadísimo “por qué no te callas” del Rey Don Juan Carlos en la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile. Después de lo que H.C. ha dicho en contra el Rey y de Zapatero no creo que se atreva a mirar a los ojos a ninguno de los dos. En fin, el quid del viaje de H.C. a España no está tanto en resarcir el entuerto de la Cumbre , que eso, en verdad, sería lo de menos y lo más vacuo, tanto como en lo que está de fondo: su imagen. Esto es más complejo, lo veremos. La imagen del régimen chavista, caracterizado como férula, como gobierno populista, está decayendo y como no tiene respaldo más que de Rafael Correa (Ecuador), Daniel Ortega (Nicaragua) y Evo Morales (Bolivia) necesita, y aquí está el punto, compadrear en el exterior para legitimizar su gobierno. Esto es urgente para H.C. porque no tiene el apoyo, aunque haya amistad diplomática, de los fuertes del continente americano.

Por fuerza H.C., aun tenga que agachar la cabeza por la torpeza de aguijonear la corona española y su gobierno, necesita fortalecer las relaciones con España. Y lo conseguirá porque a España también le interesa debido a los trescientos mil españoles e hijos de españoles radicados en Venezuela. H.C. es astuto, cederá cuanto tenga que ceder en las negociaciones, pero tendrá a cambio la foto grande con el Rey Don Juan Carlos y con José Luis Rodríguez Zapatero. La luna le pide prestada la luz al sol para brillar en la oscuridad, ¡qué ironía tiene la vida! H.C. está empotrado en el poder y para mantenerlo hace lo que hacen los estrategas cuando se sienten inseguros: aliarse con los fuertes. H.C., “le da cuerda al reloj de su ingenio” (Shakespeare) y no dejará de hacerlo hasta que un día se enmohezca su férula y su gloria termine.


SITUACIÓN MUNDIAL

“Cuando la esperanza, en el fondo de nuestros corazones despierta, nos suplica el valor” (Lord Byron). Empiezo con esta cita del célebre poeta inglés porque, a raíz de los acontecimientos mundiales de este año 2008, uno tiene que anclar bien sus ánimos. En esta ocasión, además de conservar en nuestro interior la esperanza en el presente, en el futuro, en Dios, en la buena y recta razón de los hombres que conducen los destinos de los pueblos, debemos tener una fuerte dosis de valor para avanzar, para continuar el áspero camino hacia un mundo en que habite la justicia.

Pasado el meridiano del 2008 los seres humanos que habitamos la tierra acusamos, amén de las guerras y terrorismo en Irán, Irak, Jerusalén y otros países que no salen más que en notas marginales de algunos periódicos, la crisis alimentaria, la crisis del oro negro, el cambio climático y la emigración masiva de los países empobrecidos a los países ricos.

El fantasma terrorista queda en un plano secundario, pero siempre importante para los estrategas de la seguridad internacional. Sin dejar de lado el terrorismo, ha surgido este año un grave problema especulativo que afecta, se calcula, a unos 800 millones de seres humanos. Mientras los países ricos derrochan, en lo que llamo yo un hedonismo salvaje, otras gentes carecen de lo básico para subsistir. Y digo esto, no como una ñoña frase, porque yo también tengo servida la mesa con alimentos calientes, sino como una forma tomar conciencia, de que puedo hacer algo para que el que no tiene qué comer pueda hacerlo; y yo que tengo pan, no hartarme hasta la glotonería.

Al hilo de lo enunciado arriba, el oro negro, el petróleo, lleva de cabeza a todo el mundo, es decir, a todos los países del mundo, salvo a los que exportan el crudo. Venezuela, por ejemplo, vende a los suyos a precio de risa el galón de gasolina, pero en Honduras, República Dominicana o España se compra escandalosamente a precios inaguantables.

El cambio climático empieza a ser, ¡al fin!, atendido por los 8 países más ricos del mundo. Para el año 2050 se prevé bajar la emisión de gases que destruyen nuestro entorno vital para la vida. Sin embargo, mientras llega ese año los habitantes del sur de África y de América peregrinan como sompopos en busca de mejor suerte.

Valor, esperanza, ánimo.


ROBERT MUGABE ES CUESTIONADO

Zimbabwe, África, 27 de junio, 2008.

Robert Mugabe, de 84 años, ha vuelto a manipular las elecciones generales del país africano Zimbabwe, siendo él el único candidato. El opositor, Morgan Tsvangirai, fue obligado a hacerse a un lado so pena de que las amenazas proferidas contra él terminasen cumpliéndose.

No es nada extraño que un hombre como Mugabe, que lleva veintiocho años enclavado a la silla presidencial, aplique toda clase de artimañas para momificar su figura en la sufrida historia de Zimbabwe.

Antes de que Mugabe tomase el poder, unos treinta años atrás, Zimbabwe, país situado entre Zambia, Mozambique y Botswana, era considerado un país con muchísimas posibilidades de desarrollo. Hoy, sin embargo, el 80% de la gente con capacidad laboral está sin trabajo. Allí hay mucha hambre, carestías y mil penas que sufrir. Antes que morir, huir. Como la calamidad es total en Zimbabwe se cuentan por muchos miles los que escapan hacia tierras de promisión.

Ricardo III, de quien William Shakespeare escribió una magnífica tragedia, después de arrasar con sus posibles contrincantes y en su desesperación por mantenerse en el poder, exclamó: “Mi reino por un caballo”. Mugabe, también, debió haber exclamado: “Mi presidencia, cueste lo que cueste”.

Mugabe viene de la escuela militar, ¿suena esto a cacho quemado, verdad? Pues, sí. A. Pinochet fue militar, F. Franco, F. Castro, H. Chávez y muchos gobiernos y seudogobiernos de nuestra historia americana han tenido su cuna en los mandos militares. Es una dura y triste realidad, cuya influencia sigue vigente en algunos países vecinos.

Los países americanos, qué duda cabe, siguen siendo vulnerables al autoritarismo militar, a la demagogia y a la vocinglería adormecedora de hombres con un afán desmedido por subir al trono.

Mugabe, por su parte, es cuestionado porque no acepta ningún tipo de transición democrática. Napoleón, cuyo ego está visiblemente simbolizado con el obelisco egipcio en el corazón de París, consideraba que nadie estaba sobre él, ni la Iglesia ni Dios. En mi opinión algo así está sucediendo con Mugabe, quien es criticado por su intransigencia, porque no es un hombre de diálogo. Los observadores internacionales consideran que los últimos comicios presidenciales fueron turbios. En buen castellano, hubo mano peluda.

B. BELLIARD, M.S. GAUTIER, S. ROLLA M.J. PINEDA

BASILIO BELLIARD, publica la obra "La espirial sonora", Ediciones Librería La Trinitaria, R.D. 2006. En este libro antologa los poemas en prosa más importantes, según su criterio, de los autores dominicanos. Va de los escritores más antiguos a los más recientes. La pureza del poema en prosa es muy desigual y a veces casi imperceptible en algunos autores. Sin embargo, el acierto en poemas en prosa de Manuel del Cabral, José Mármol o José Acosta es incuestionable. El amplio abanico de escritores y poetas seleccionados te da una visión considerable del panorama del poema en prosa producidos en la isla caribeña. En esto "La espriral sonora" cumple su finalidad.

MANUEL SALVADOR GAUTIER, "El asesino de las lluvias", Ediciones Cedibil, R.D., 2006. La novela teje la trama con dos hilos: el de la pasión de un hombre mayor por una colegiala y la disquisición filosófica e interiorizante de uno de los personajes. Lo más interesante acontece en el segundo aspecto. En éste el novelista emplea poemas de calado interiorista, para el caso cita poemas de R. M. Rilke, F. Mieses Burgos, D. M. Jimenes. "El asesino de las lluvias" se lee con extrema soltura. Cuando llegas al final como que algo quedó en el tintero.

SARA ROLLA -- MANUEL DE JESÚS PINEDA, "País de luceros". Comunica, Tegucigalpa, Honduras, 2007. Antología de cuentos para niños y niñas. En este libro hay ternura, sorpresa, colorido e imaginación para llegar al corazón de los niños. Cuantos como "El caracol de cristal", "Mazpán", "El comal" o "Confesiones de una niño descalzo" te llevan a un universo en donde la memoria fotográfica y las emociones son protagonistas. No todos los cuentos son enteramente para niños, pensados en la sicología infantil y escritos desde ahí. Ejemplo valioso en esto son R. Berríos, M. Pineda y Débora Ramos. Más los dos primeros. La antología de cuentos para niños y niñas de Sara y Manuel nos devuelve a aquella patria insobornable y siempre vida: la infancia.

OCTAVIO PAZ

Hasta que no conoces las obras completas de un autor, hasta que termina su ciclo vital de producción y su existencia, como es el caso del célebre Nobel de Literatura, Octavio Paz, no te das cuenta de los hilos que, secretamente, insconscientes muchos, movieron sus ideales y sus inquietudes intelectuales. A mí me gusta mucho el poeta de "Árbol adentro" y de "Piedra de sol", pero me gusta más el poeta ensayista, el de "La casa de la presencia", el de "Excursiones / Incursiones", el de "Fundación y disidencia" y el de "Ideas y costumbres". Es en las obras ensayísticas en donde O. P. es genial. Insuperable es el "Arco y la lira", "Llama Doble" y los ensayos políticos. O. Paz discernió todas las ideologías del siglo veinte, las cuestionó a tiempo y a despiento. Con una salvedad: que nunca se apartó de la literatura y, en concreto de la poesía. En este sentido su pensamiento fue la mejor herramienta en favor de la democracia. Tuvo una visión del mundo, y digo bien, muy exacta, bastante objetiva. En sus obras habla de la India, China, Rusia, EUA o de Hispanoamérica como si estuviera leyendo la palma de sus manos. Ni progre ni conservador, ni cínico ni mosca muerta. Es un extraño ser con intuiciones lúcidas y deslumbrantes. No le echa agua bendita al liberalismo ni al mercado -como hace Vargas Llosa, para quien todo vale y todo sirve, o como hace Andrés Oppenheimer en "Cuentos Chinos"-, sino que conoce bien la debilidad del sistema democrático, el mejor, aunque vulnerable, de todos los sistemas de organización política. Esto es más evidente cuanto más lo comparamos con los sistemas fundados en ideologías o en dictaduras. Como libre pensador cuestionó la jerarquía de la Iglesia, caso evidente es el tomo dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz, y aunque no confesó tácitamente el credo cristiano católico, tampoco hizo gala de agnóstico o ateo, al contrario te deja abierto el camino de la trascendencia, del mundo divino, el mundo de Dios. Pero O.P. era más un hombre de la tierra, de los hombres. Un humanista que pasó por el mundo desfragmentando "ideas y costumbres", despertando a los intelectuales dormidos en los laureles o encriptados en ideas cuyo santo es Maquiavelo. Me queda el regusto de saber que O.P. es uno de los escritores más aunténticos que he leído y sigo leyendo.

martes, 5 de agosto de 2008

G. FLAUBERT: MADAME BOVARY, una mujer en adulterio. / JOSÉ BOGRÁN

Emma se casó poco convencida, sin sentir del todo amor por el hombre con quien iba vivir toda su vida. Ella se casó con un médico bonachón que no conocía más mundo que su profesión ni más obligación que la de trabajar y abastecer en todo las necesidades de la nueva familia.

Emma, en cambio, se aburría en su casa, muy ocupada en no hacer nada productivo. A lo sumo leía libros y daba órdenes a los empleados domésticos. La ociosidad, el tedio, el aburrimiento, la fueron llevando por senderos insospechados. Por los libros y revistas que leía se fue haciendo un mundo a su medida. La vanidad y los caprichos la llevaron a adquirir objetos de lujo, a comprar prendas y vestidos refinados.

El marido se complacía de ver feliz a su adorada Emma quien, por el contrario, empezó a hallarle defectos físicos e incluso a su manera de ser. No era, pensó ella, el príncipe azul para entregarse a él con locura y pasión. Pronto empezó a aceptar los cortejos y halagos de un hombre. Emma, educada en un colegio católico, llevaba dentro unos principios morales que fue dejando de lado hasta que inició una relación extramatrimonial con un joven caballero. El juego pasó después a un segundo galán, pícaro y mujeriego a quien Emma convenció para que se escapase con ella. El día pactado para la fuga él no apareció y ella cayó en una depresión que casi le cuesta la vida. El bueno del marido gastó un dineral en devolverle la salud. Con esta crisis rebrotó en ella la piedad cristiana: iba a misa, hacía obras de caridad. Cuando se recuperó del todo reapareció el primer amante, más joven que ella, abogado, y se enrolló de tal manera con él que fue capaz de las peores mentiras y patrañas para engañar a su marido. Su desenfreno, sin perder los formalismos sociales de mujer casada, llegó a límites increíbles. Su doble moral era un escándalo amordazado. Entre la pasión, el desencanto, las deudas y el vacío interior, el abandono de los que dijeron ser sus amigos, incluidos los dos amantes que tuvo, la empujaron a tomar mata ratas.

Cuando la falta de fe, el bienestar, el dinero, la comodidad, el lujo y el placer pierden su atractivo y no llenan, viene la decepción, el desencanto, la pérdida de sentido de la vida.

CONCLUSIONES:
Aparte de todo lo dicho hay algunas conclusiones adicionales a las que he llegado tras mi lectura de Flaubert en esta obra célebre: 1. Los ataques contra la Iglesia, aunque intermitentes, revelan un acerado anticlericalismo al más puro estilo voltaireano. 2. El concepto de familia o de matrimonio queda ridiculizado, vuelto una caricatura. 3. La vida de Emma pone sobre el tapete el mundo de los deseos prohibidos, el desenfreno, la transgresión de las normas convencionales, el placer de comerse la fruta prohibida cueste lo que cueste. La sicología de Emma revela la sicología de la mujer adúltera: sus sentimientos, sus angustias, sus miedos, sus engaños y sus humores cambiantes --lo mejor para mí de esta novela--. A todo esto las descripciones de lugares y personas es otro aspecto importante. El retrato de una época, de unas costumbres y de un lugar determinados permite hacerte la idea de que hay cosas que a los seres humanos nos asemejan en cualquier momento de la historia. A saber: nuestras pasiones, envidias, avaricias, sueños, afanes, esperanzas y sufrimientos. Finalmente, el estilo llano, comprensible, de la novela agiliza la lectura. El hilo no se rompe sino hasta cuanto estalla como un castillo de fuegos artificiales. En la tumba de Emma este epitafio me hizo cranear: "Sta viator, amabilem cojugem calcas".

Los Cuentos "Un corazón sencillo", "La leyenda de san Julián el Hospitalario" y "Herodías", de resonancia cristiana son un elocuente ejemplo de cómo el cuento puede escribirse con soltura, naturalidad y maestría. Gustave Flaubert es un espejo en el que todo narrador debe mirarse y mirar la escritura. No en vano es un escritor, a pesar de su tiempo, de permanente referencia.


JOSÉ H. BOGRÁN, "Heredero del mal", Editorial Letra Negra, Guatemala, 2007. El autor, de nacionalidad hondureña, tiene una idea original con la cual trabaja y desarrolla su novela: un heredero de Hitler. Los resortes narrativos empleados por Bográn en "Herederos del mal" son tan ágiles que sorprenden. El autor conoce de antemano la historia por eso la cuenta con un ritmo natural. Los escenarios en los que se mueven los personajes es uno de los elementos más interesantes de la obra, así como el contexto en el que se desenvuelven, lo cual da a entender que se estudió bien la atmósfera que los envolvería, a fin de imprimir una imagen real de la vida de todos ellos. El hilo de la narración se corta cuando se desvela la verdad acerca del heredero del Fürer. La novela posee guiños policíacos de hélite y, a veces, que no siempre, la sombra de Ágatha Christi aparece de telón de fondo. Finalmente, Honduras tiene en Bográn a un joven narrador versátil, que escribe en inglés y castellano sin que su imaginería merme. Sin duda el arresto y el dinamismo con el que se avienta como escritor hará que acierte con el "Macondo" que sueña todo escritor.

VOLTAIRE, APOLINAIRE, KABIR, LORD BYRON

VOLTAIRE, "La princesa de Babilonia". Editorial Astri, 2000. Barcelona, España. La obrita "La princesa de Babilonia" bien pueder ser la historia de un ángel fiel caído. La ociosidad, la frivolidad y la libertad sin límites relajan el espíritu y la voluntad hasta dominarla y hacerla claudicar. Así como Penélope se mantuvo fiel ante la seducción y asedio de los pretendientes que a diario la cortejaban, estableció una estratagema --ocupó su tiempo y su mente en tejer-- para distraerlos y se conservó hasta la vuelta de Ulises, no así con Amazán, quien jurara amar a Formosanta, la huidiza e idealizada mujer de sus sueños: "La princesa de Babilonia". Una muestra clara de que la sola voluntad y el esfuerzo por ser virtuoso sin la ayuda divina acaba debilitando los buenos propósitos y, por ende, arrojándolos por la borda. Voltaire, anticlerical, no deja de clavar su astilla, cada vez que puede, en el lado sensible de la Iglesia de su época, los Jesuitas.

APOLINAIRE, "Poemas selectos". Edicomunicación, 1994. Barcelona, España. Espíritu sin reposo, alma porosa, eso es, para mí este poeta. Sus versos discurren con fácil ritmo como el agua que destila sin parar de un peñasco. Me guta de él el poema "Zona", lo siento más él, más auténtido: "Gira para siempre la flamante gloria de Cristo / Es el bello lirio que todos cultivamos/ Es la eterna antorcha de cabellos rojizos / Es el hijo pálido y bermejo de la dolorosa madre / Es el árbol siempre frondoso de todas las oraciones 7 Es la estrella se seis puntas / es Dios que muere el viernes y resucita el domingo / Es el Cristo que sube al cielo mejor que los aviadores / Detenta el récord mundial de altura". También me gusta "Vendimiario": "Esos racimos de nuestros sentidos que parío nuestro sol / Se sacrifican para desalterarse muy ávida maravilla/ Te traemos todos los cerebros los cementerios las murallas / Esas cunas llenas de gritos que no oirás". Genio y fuerza caracterizan estos versos. Sus mejores vibraciones dimanan de la sensualidad y de la impronta elegíaca.

KABIR, "Cien poemas". Edicomunicación, 2003. Barcelona, España. Versos sencillos, llenos de una mística natural. José María Pemán, en "La vida sencilla", es, en nuestro idioma y en España, un ejemplo de una mística cristiana sin rebuscamientos, pero sincera. Los versos de Kabir (s. XV) revelan, insinúan, dicen, muestran el camino de la sabiduría. La serenidad y pureza de este poemario contrasta con el ruido del mundo. Kabir nos avisa de que hay una realidad espiritual, no ajena al hombre y mujer de cualquier época, a la cual se puede acceder. Para lograrlo es preciso el desprendimiento de todo oropel y del ruido del mundano. "Este océano mundano es difícil de cruzar: sus aguas son muy profundas". Versos como estos valen la pena: "Nadie me habla de este pájaro que canta dentro de mí"; "mi corazón está siempre inquieto, dentro y fuera de casa"; "¿Qué es esa flauta cuya música me estrece de alegría?".

LORD BYRON, "Poemas". Edimat Libros, S.A. 2005. Madrid, España. Este libro reúne los poemas del joven Byron. Me sorprende su natural genio para la palabra y el mundo ficticio que elabora en "El pirata" y "Lara". Su poesía son el fiel reflejo de su vida y sus andanzas mundanas. Influido por el confort que le diera en el s. XIX su condición social noble se permitió los gustos y dislates más dispares. Por emplo, financiar en 1823 una batalla en Grecia e involucrarse físicamente en ella. Poeta rebelde, del mundo, rompeolas de las buenas costumbres. Noto en Byron una impronta shakespeareana, y no precisamente por hallar un parentesco con el célebre dramaturgo, sino por la desenvoltura y espontaneidad de su estilo. "No hay palabras con que pintar el estado secreto del alma". "Las aguas están de tal manera tranquilas, que parecen inmóviles, no obstante que huyen con la rapidez de la dicha, reflejando en su mágico espejo las inmortales radiaciones". "Voy a dormir", dijo cuando ya iba a expirar.

sábado, 2 de agosto de 2008

JULIO ADAMES, LEÓN FÉLIX BATISTA

JULIO ADAMES, Cuerpo de baile, Delfos Editores, Sto. Dgo., Rep. Dom., 2002. Es un libro en el que concurren la vida, la pasión, los deseos y la sensualidad. A veces hay resortes freudianos, es decir, de onirismo, de un mundo subjetivo impresionante que linda con lo surrealista. Los mejores pasajes los consigue el autor cuando surca el mundo subjetivo. El hablante hurga lo profundo, la memoria como si de una Caja de Pandora se tratara para extraer todos los rostros que puede reflejar un cuarto de espejos. El genio fabulador de Julio Adames aflora a cada descuido como si de un relámpago se tratase: "Delirante vagido del huésped"; "Tus ojos: dos peces lanzando cuchillos a la memoria"; "Beba este largo lamento de placer"; "El ojo se queda retozando en el pabilo de esa imagen". Cada frase, en su contexto, crean aún más placer en la lectura. En Cuerpo de baile los personajes develan sus miedos, sus deseos más secretos. Esos personajes, que actúan realmente en la vida y en la memoria, se ponen y se quitan la máscara o simplemente gravitan, confusos, en la atmósfera de la historia que los encierra.

Julio Adames es un escritor comprometido con la palabra, acaso por eso en sus obras, ya sea de poesía como en prosa, hallamos rigor, fuerza expresiva, verismo. La escritura de este escritor dominicano es de una vitalidad que sacude al lector que, con agudeza, entra al mundo de este autor que subyuga.


LEÓN FÉLIX BATISTA, Negro Eterno, Casa de Teatro, 2006, Rep. Dom. Al terminar de leer este poemario me quedó un sabor a fruta exótica, es decir la extraña sensación de haber incursionado en un tipo de escritura experimental, vertiginosa. A ratos el hilo se me rompía y tenía que volver a anudarlo reiniciando el poema de cero. La poética de "Negro Eterno" se escapa a lo común por su discurso vallejiano, para ser exactos "trilciano". En "Negro Eterno" predomina el artificio de la imaginación: "Lo que anhelo es propiciar un zumbido y tolerarlo". La reflexión poética del autor mantiene el pulso hasta el final, mas se fragmenta como los costados de un diamante: "Me acomodo a mi nada, / pleno de microfracturas". Esto es, justamente, lo que hace difícil armar el puzzle de "Negro Eterno", y por ende, lo que impide tener una clara percepción de conjunto del trabajo de Batista. Ráfagas de ingeniosidad, laberinto, abismo, torbellino construyen y desconstruyen el mundo, la visión de "Negro Eterno". El impacto que me produjo "Negro Eterno" fue más racional que emocional. Goce de artificio, emoción desarticulada. Voltaire, en su obrita "La princesa de Babilonia", escribe que la verdadera poesía toca las fibras del corazón y las del espíritu: "La verdadera poesía, es decir, aquella que es natural y armoniosa, la que halaga el corazón tanto como el espíritu...". ¿Acaso es esto lo que he percibido que falta en "Negro Eterno"? Sería decir demasiado. Valoro el trabajo intelectual de Batista en esta obra, está claro, sin embargo no puedo ocultar que la poética de "Negro Eterno" contiene un no sé qué de huida, de verdad casi dicha, de sinceridad oculta. Basilio Beliard, (Espiral Sonora, Ed. Trinitaria, 2003, pág. 138, a propósito de la poesía de Batista, dice que "cultiva una poesía de raigambre barroca, cuyos poemas semejan teoremas tejidos por una red infranqueable".


lunes, 28 de julio de 2008

WILLIAM SHAKESPEARE: el genio del drama.

Este año 2008 he resuelto leer algo de William Shakespeare. A vuelo de pájaro --sin tener en cuenta el orden cronológico de las obras leídas-- tomo mis impresiones como una forma de guardar memoria de mi paso por algunas de sus obras. "La fierecilla domada", no me impresionó absolutamente nada. Una joven rebelde que termina, entre broma y broma, sometida al hombre. La sentí, tal vez por ser de la etapa joven de W.S., insustancial y frívola. Es graciosa, para qué negarlo, y ocurrente.

"Ricardo III", tragedia con un fondo histórico, es una obra con cuerpo. Caracteriza la figura de un rey malvado, apegado al poder y capaz de sacarle el hígado a cualquiera y dormir tranquilo, al menos en apariencia. Es una tragedia impactante, cuyo mejor logro radica, según mi parecer, en la caracterización de la sicología de Ricardo. "Otelo", es una obra con una fuerza subyugante. Los celos de un hombre, Otelo, acaban por llevarlo a terminar con la vida de su amada y con la suya propia. El hilo conductor de esta tragedia no se rompe sino cuando termina el drama. Con razón es una de la tragedias inmortales de W.S. No puedo menos que recordar la potencia de las tragedias griegas de Esquilo, (Prometeo encadenado); Erurípides (Orestes) y de Sófocles (Edipo). "La tempestad" no me dio frío ni calor. Está magistralmente escrita, por ser de la etapa madura del autor, pero confieso que a mí no me emocionó absolutamente nada.

"Macbeth", en cambio, es una tragedia, bajo mi punto de vista, de la categoría de Ricardo III, y de Otelo. Macbeth es un ser frío quien, influenciado por los deseos oscuros del inconsciente e impulsado por las fuerzas del mal, así como de la malignidad de su mujer, Lady Macbeth, concibe y comete crímenes jamás imaginados por él ni por nadie, amén de que se hayan perpetrado en otros tiempos y lugares. W. S. en esto es genial maestro. Y lo que consigue de Otelo y de Ricardo III, lo consigue en este drama, Macbeth, en el cual revela los rincones más inéditos e inconscientes del alma humana. Lady Macbeth, cave decir, tiene una importancia central en la tragedia, pues ella es quien sacude la voluntad y hombría de su marido para que saque a flote la monstruosidad de la que es capaz un ser humano. Vi en ella un cierto paralelismo con Herodías, tanto en la maldad de su corazón como en los tormentos de su alma y sus pesadillas. Cuando a Bacbeth le dieron la noticia del fallecimiento de su mujer constestó estas palabras, que no ameritan juicio alguno, ya que lo dicen todo: "había de morir tarde o temprano; alguna vez vendría la noticia". El que a hierro mata, a hierro muere. Cabal, Macbeth terminó cocechando lo que había sembrado: la muerte.

"Julio César" es una tragedia en la que los protagonistas fluctúan, en términos éticos, entre valores y antivalores. Esto es, la amistad, el honor, por un lado; la envidia, la confabulación y la muerte, por otra. Digamos que por salvar un ideal, el bien común, se justifica el crimen con espantosa frialdad. Bajo la sospecha de que Julio César podía ir más lejos --que ya se creía dios y demasiado grande-- era mejor cortarle las alas a tiempo, es decir, eliminarlo. Claro, llegar a esta conclusión no fue fácil ni mucho menos ejecutar la abominable acción del crimen imperial.

La tragedia se desarrolla sinmuchos rodeos, como Antonio y Cleopatra, para ir al grano. La tensión crece de tal manera que prácticamente uno si de da cuenta de que ya sientes cierta complicidad con los honorables asesinos de Julio César, Bruto y Casio. Es un crimen honorable, razonado, político. Así se planeó, se ejecutó y se explicó después al pueblo, que creyó y aceptó la muerte de Julio César. La muerte de Julio César en esta obra es un crimen elegante, perpetrado, según los conjurados, para salvar Roma. Shakespeare fascina cuando destapa el mundo interior de sus personajes. Los hace viles o héroes, los eleva o los hunde con facilidad asombrosa.

Las pasiones más recónditas, nobles o perversas, están a la orden del día, no sólo en esta obra, Julio César, sino también en la demás tragedias del autor. Julio César es un símbolo de la grandeza, del poder, el dominio y las influencias de los que gobiernan el mundo, con la salvedad de que, aunque se crean dioses, son de la misma pasta que los simples mortales. Los poderosos del mundo son gigantes con pies de barro. En Julio César contrastan la grandeza del alma humana, con sus virtudes --lealtad, amistad, honor, afecto, cariño-- pero también las sombras que la empañan.

Llama la atención cómo personas inteligentes y honorables, para el caso Bruto, que aportan el bien común, se dejan contagiar por una extraña fuerza maligna que, atizada por la envidia de personas allegadas, abocan a acciones reprobables e inhumanas. Esta tragedia nos hace comprender que gente con convicciones profundas, con principios, puede actuar y actúa de la noche a la mañana de forma que nadie sabe ni cómo ni cuándo pudo haber cambiado o sobrepasado su escala de valores.

La tragedia de Julio César te hace comprender el lado vulnerable de los hombres de estado y, en realidad de cualquier persona. La participación en el poder te hace importante, te da categoría, pero también te puede corromeper y hasta destruir. Los hombres de estado no son infalibles, su destino es exactamente el mismo que de todo viviente: la muerte.

"Antonio y Cleopatra", tragedia de amor de reyes. Antonio, que se ve urgido por el deber como ciudadano romano, es atrapado por el amor de la egipcia Cleopatra. Poder, pasión, amor, se mezclan con una fuerza que sólo Shakespeare puede imprimirle. La lectura la sentí dispersa, o sea, arenosa. Cuesta no despistarse. Los momentos previos a la muerte de Antonio, sobre todo su angustiosa agonía aunado al encuentro con Cleopatra, son extraordinarios. Lo es, también, bajo mi punto de vista, el tramo último de la obra, esto es, el momento en el cual Cleopatra decide quitarse la vida, pero no de una forma convencional, como la de Antonio, sino con el veneno de una serpiente. Es memorable la frase de Cleopatra: "Ven, ser mortal, deshaz con tus comillos este nudo inextricable de la vida". En esta tragedia eché a faltar el brío de un "Otelo", "Macbeth".

"Hamlet". Vi por televisión, hace aproximadamente un año, una versión en blanco y negro de la tragedia Hamlet. Quedé impresionado. Los actores, sobre todo quien interpretó a Hamlet, fueron sumamente fieles a la idea original de W.S. Acabo de leer el texto y la verdad es que, desde principio a fin, se crea una atmósfera que te atrapa. Esta química autor-lector-espectador sólo la he hallado en obras en Otelo, Macbeth y Ricardo III. Este impacto trágico lo he tenido al leer las tragedias de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Séneca.

Hamlet es movido por el deseo de venganza. Su tío Claudio, ávido de poder, mata al rey, su hermano, para hacerse con la corona y, por si parece poco, para quedarse con la viuda, Gertrudis, mujer de su hermano, cuñada suya y madre del príncipe Hamlet. El dolor por la muerte de su padre fue, de suyo, duro para Hamlet. Unamos a eso la prontísima unión marital de la viuda con su cuñado. Por más fuerte que fuera Hamlet debió hacerle mucha mella emocional. Yo me pregunto si hoy, en nuestro tiempo fuéramos nosotros Hamlet y si viviéramos su misma situación, ¿qué no sentiríamos? ¿qué no haríamos? Pienso que Hamlet debió haber estado realmente afectado emocionalmente por el crimen de su padre, no sólo por el luto, y por consiguiente, debió tener algún tipo trastorno conductual. Shakespeare explota al máximo esta dimensión sicológica para darle más fuerza emocional al relato.

El rey Claudio ocultó el crimen de su hermano de tal modo que nadie sabía nada. Un día el espectro del rey asesinado –anzuelo escénico de la obra y la clave para desmadejar el crimen real- se le apareció a su hijo Hamlet y le reveló toda la verdad. Es a partir de aquí cuando Hamlet se transforma extrañamente. Esta situación convulsionó el estado emocional de Hamlet. Sin llegar a perder el juicio, simula perderlo para iniciar las pesquisas contra el asesino de su padre.

Entretanto, Hamlet asumió una actitud ácida con su madre y empezó a cuestionarla con tal agudeza que la obliga a verse así misma prácticamente como incestuosa y hasta lasciva. ¿Cómo una viuda se hace de marido, y nada menos que su cuñado y asesino del rey, a los pocos días de morir éste? Hamlet no podía aceptar ni entender esta perversión de su madre y de su tío, sólo sabía que debía sacudir la culpa de su madre. Y lo logró.

Con un estilo penetrante el autor pone en escena otra escena dentro de la escena principal, en la cual unos actores, bajo la guía de Hamlet, actúan con el fin de purgar la conciencia de su tío Claudio, quien viéndose reflejado en la dramatización, se revuelve en su interior. Hamlet trae a la conciencia de su tío lo que éste ocultaba y reprimía. Lo que consigue con su madre, lo logra también con su tío, aunque éste es más huidizo y malintencionado, pues, como se ve al final, trama la muerte incluso de su sobrino Hamlet.

La venganza, (realismo trágico) motor principal que impulsa a Hamlet, es un viejo sentimiento humano universal en el cual nos podemos mirar en cualquier época. En Hamlet tenemos un espejo de las pasiones y emociones humanas, de las reacciones y acciones que están vigentes en cada ser humano en sí. Dice Hamlet: “Yo soy bastante decente, pero puedo acusarme de cosas tales que más valdría que mi madre no me hubiese engendrado. Soy muy orgulloso, vengativo, ambicioso, con más disposición para hacer daño que ideas para concebirlo, imaginación para plasmarlo o tiempo para cumplirlo” (III. I).

¿Quién no ha sentido alguna vez orgullo?, ¿quién no ha sentido el impulso de devolver mal por mal?, ¿quién no ha sentido una pizca de ambición o deseo de poder? Si respodemos con honestidad a estas preguntas habríamos dado seguramente con una de las piedras de toque para entender la complejidad de la persona humana. Hamlet viene a ser como un compendio de lo que es potencialmente el hombre o la mujer en situaciones límites. Hamlet es un puzzle de los misterios, sueños, locuras, imaginaciones y razonamientos humanos.

"Sueño de una noche de verano". Más que para el goce de la lectura es una obra para la escena y el disfrute de contrastes. Los efectos de tiempo y lugar, el divertimento, dan a la obra el mayor de los atractivos y la popularidad de la que nos es conocida. La imaginación y la creatividad, lo fantástico y lo real es, sin duda el mayor mérito de W.S. en esta obra en particular. La genialidad de W.S. reside en alterar la realidad con la fantasía, los sueños, lo que fascina al espectador-lector, más al primero que al segundo.

"Noche de reyes", por otra parte, es, con sus enredos, una obra lineal en el diálogo entre los personajes. Es decir, los cambios de escena despistan menos que en "S. de una noche de verano". "Noche de reyes" no es, con mucho, tan viva y chispeante como "S. de una noche de verano". Si ésta es más para imaginar, para poner a volar el pensamiento, para soñar despierto, aquélla -"Noche de reyes"- es más para reír, para jugar con lo real, para desdoblar lo cotidiano y convertirlo en entretenimiento.

Localización tierra natal, República Dominicana