lunes, 24 de noviembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: Muerte de Merlín, 1985. La sabiduría arcana de un mago versificador.



1. El destino, una incógnita inescrutable.


La leyenda cuenta que Merlín tenía las cualidades de mago, pero también de poeta o versador. Fue un ejemplo de sabiduría para el Rey Arturo. Merlín tenía la capacidad para vivir en los bosques en contacto con los gnomos, las hadas y los dragones. Se ganó la amistad de todos ellos por su sabiduría y, sobre todo, por sus dotes poéticas y artísticas.

Giovanni Quessep surca su cosmovisión de la vida basada en la leyenda o el mito con un aliento imaginario y, a veces, suprasensorial. Dicho de otro modo, el poeta no piensa la realidad críticamente, la intuye y, en cierto modo, la crea: "La hoja seca suena / con el rumor / de las praderas antiguas. / ¿Quién sabe qué países / no conocemos, / qué cielo no oímos / en su ala profunda?"

Con la “Muerte de Merlín”, Quessep se vuelve reflexivo . Sin embargo, no se quita el traje de “mago de la poesía” para versificar de modo que nos asombre con su arte. Merced a los desvelos que le traen sus cavilaciones es que logra desvelar la sabiduría poética –como Merlín al Rey Arturo–, es decir, los hallazgos más profundos de su conciencia.

Para llegar hasta aquí, hasta la cumbre, ya no hacen falta compañías, te quedas solo, porque hay un punto en la vida en que, a solas contigo mismo, tienes que seguir hasta la cima más alta: “Vas solo con tu alma, barajando / canciones y presagios / que hablan del bosque donde la hierba es tenue / lejos de la desgracia que en ti se confabula”.

El destino, que nadie conoce a ciencia cierta, no se puede conjurar con un sortilegio. ¿Cómo encarar el destino sin una luz, un asidero? ¿Con qué podemos ahondar en su inescrutable misterio?: “Mas el destino es tan oscuro / que nada conocemos todavía” ¿Qué hacer ante esta inexorable verdad que arropa la conciencia del poeta? ¿Cómo la aborda él en tanto que visionario, mago de la poesía? Para lograr una respuesta el bardo nos invita a seguirlo hasta el castillo, lugar donde la leyenda adquiere la categoría de encanto: "Por eso vamos al castillo / en busca de la cámara encantada / para dejar la vida / por lo que aún sigue siendo una sombra".

El poeta sueña un mundo en el que reine la armonía. Un mundo sin nada que lo afee ni mancille. Y eso es lo que versifica Quessep. Construye el mundo que él desea desde la poesía. Por eso la realidad objetiva, concreta, como hecho social e histórico, está sublimada en su “poética de la fábula” quesspiana.

La fuerza misma de la realidad lo imanta a la tierra y lo induce a pensar que “Acaso todo esto sea / una visión no más de lo esperado”. La visión, obviamente, es sólo eso, una visión que, una vez pasa, te arroja al mundo, a la vida misma en toda su crudeza. A pesar de ello, el poeta descubre el territorio encantado de la poesía y cree que ese mundo existe, aunque sea sólo como una sospecha que “sólo lo teje la fantasía / por la vida desesperada”. En verdad, nadie posee la certeza de que ese mundo ideal existe, de que hubo un Jardín primigenio. De lo que sí está cierto el poeta es de que: “Sólo tenemos la certeza / del girasol quemado por la luna”.

Por más que nos empeñemos en vivir en un estado de “encantamiento” siempre nos puede ese abismo que separa lo natural y lo sobrenatural, lo trascendente y lo inmanente: “El árbol florido / lleva un fatal preludio / de lo que nos separa / de las cosas y el cielo”. El poeta es consciente de eso, sin embargo, si lo que nos separa de las cosas y del cielo es innegable, no es menos cierto que, aunque sea como sonámbulo: “Es posible que muera / soñando un país de dátiles / un barco donde cantan navegantes fenicios”.

La vida, el destino, la belleza, la música secreta de las cosas que nos rodean y de las que se ocultan, porque sencillamente no las vemos con el sentido de la vista, sino con los sentidos interiores, es un privilegio del que toma nota el poeta: “Si vivo es porque el aire / me otorga su escondida claridad”.

La muerte polariza necesariamente con la vida. Gozamos la vida, pero también sentimos el aguijón de la muerte. Sombra y luz, vida y muerte, es la constante que nos asombra y al mismo tiempo nos deslumbra: “Tu sombra deseada / me da el camino que me transfigura”.

La soledad, el amor, se convierten para el poeta en un tesoro, en una fantasía-fábula donde “un aire suelta la constelación diminuta / de su crisálida, raíz de la vida y la muerte”. La realidad que nos convoca desde la otra orilla, como fábula o cuento, nos habla y nos prepara con su “rumor de lirios profundos”.

La actitud poética frente a la vida es, para Quessep, esencial, pues lo sostiene y salva de la muerte, aunque haya que aguardar lo que no se conoce más que entre bambalinas: “Como quien va a morir / esperas en la puerta de tu casa: / Duro oficio esperar lo que se ignora, / buscando, entre las ruinas, una mágica sombra”.

Ciertamente, esperar lo que no se ve, lo que se ignora es un oficio que, cuando no se cree, es doloroso, frustrante. Sin embargo, en el caso de nuestro poeta, es preferible esperar, aunque el telar de lo mortal parezca inútil y la muerte nos paralice. El poeta ensalma, conjura con la palabra poética sus sombras: “Pero si yo no guardo / sino la tela inútil / que muestra lo mortal, / lo que se pierde desde el alma al cielo”.

La corrosión, el envejecimiento de las cosas, son signo de desesperanza. La caducidad, el paso inexorable del tiempo que devora lo palpable, ¿qué estado de conciencia produce en nuestro poeta? Las cosas brillan un tiempo, pero acaban por perder su fugaz apariencia. El hombre también lucha contra el tiempo que lo acorrala, “protegiéndose de la muerte que avanza”. Nuestra existencia perdurará y se conservará en la memoria. Siempre hay una luz que no se apaga jamás, aunque no la veamos, que alienta el corazón para que la encuentre, ya sea como verdad absoluta o como fábula: “Quién sabe hasta cuándo, por el don de la memoria, persistiremos en hallar una estrella”. “Duro es vivir si olvidamos el cielo”.

El misterioso azul del cielo es un aviso, esto es, un preludio, de que existe otra tierra, otra memoria que perdura siempre. Será una fantasía, pero en esta fantasía no conoce la muerte, sino el canto, el vuelo de los pájaros, la tarde que nace. Aquí surte la pregunta del poeta: “¿Existe una tierra donde nadie / se aventure en el alba de tonos misteriosos?” El poeta intuye que sí, por eso se dispone a luchar con tenacidad contra la desesperanza, contra la muerte. Le podemos rebatir que todo es una quimera, una proyección meramente subjetiva, pero él nos dirá que puede oír algo grande, que no es tiempo: “Apenas, en el fondo del naranjal / se oye un agua lejana, de otro tiempo; /nada tenemos aquí que pueda alegrarnos, / pisamos la hoja caída, no miramos el cielo”.

2. La muerte no es una destrucción.

La muerte no sobreviene al poeta como una tragedia; acaece para los otros, no para él pues perdurará en la memoria: “La muerte es una historia de los otros”. La durabilidad no está exactamente en lo bello, pues “lo bello es lo que pasa”, sino en el cielo o, para ser más precisos, en el Jardín o cielo que simboliza el lugar de lo atemporal y eterno.

El poeta desea habitar en el reino de la fábula y siente nostalgia de ese mundo que es, para él, el Jardín, el bosque donde habita Merlín, o sea, él. Ese Jardín existe, oye su rumor. No alcanzar ese extraño hábitat es como un castigo o un premio que la muerte le regala: “Todo azul perdido, un gris deseante / habita en su rumor, / nadie lo sabe, sólo mi nostalgia / entre el jardín, joya temible. / ¿No será el premio que la muerte / me otorga por tanto reino dilapidado?”

La muerte y los muertos pernoctan en la tierra. El bardo no se mira entre ellos, sino que verá transfigurada la vida. La muerte no es el cielo, sino el lugar “donde el vuelo de un pájaro / no es sino un para de hojas desprendidas”. “Nuevamente la vida se transfigura / en un fluir de música”. Si la muerte no es una destrucción, sino una transfiguración, ¿qué sustancia queda de nosotros?, ¿adónde quedará el ardor de haber soñado la fábula de Merlín, del poeta?: “De nosotros no queda sino un canto, /¿claridad de todo lo que vimos? / Perdida está la muerte, como a una fábula al volver / amamos la crisálida del tiempo”.

Transfigurada la vida, la muerte se convierte en objeto de versificación. En las manos del mago Merlín, de Quessep, la muerte no preocupa más que para ser cantada, a pesar de que desconozca las melodías que surten de ella o los matices con que se manifiesta: “Te sientes, así, transfigurado, /y es para ti la muerte una historia cantable; / pero no sabes su color / o qué pájaros cantarán en su cielo”.

La noche cerrada, sin estrellas ni luna, engaña el alma desprevenida y la induce a la duda, a la sospecha de que alguien “hace el revés de los tapices”; “la oscuridad del cielo / despierta a los que yacen / y les hace creer / en la segunda muerte”.

Los sueños rotos, los anhelos más genuinos, que a menudo tardan en hacerse realidad, ¿valen la pena? La vida y los que somos conscientes de su valor, ¿es una garrafal mentira, una ilusión?, ¿tiene sentido inventar la fábula del bosque y habitar en él poéticamente?, ¿dónde está la verdad, lo puro y limpio de esta vida?; ¿vivimos engañados en una mentira? Y el poeta nos dirá: “Tal vez no todo sea falso, quizá tenga / ese color que dura después de la muerte”.

Biblos, además de ciudad antigua de sus antepasados es, también un símbolo de la muerte. En “Canto del extranjero” en el poema “Elegía” dice: “La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte”. Pero también es un símbolo del lugar originario de la vida plena: “Quiero tornar a Biblos”, dice, evocando con ello el deseo y la nostalgia del paraíso. La ciudad de sus antepasados se convierte así en fuerza interior de búsqueda y sentido: “Entonces, ya no puedo / vivir en desesperanza / en este pozo en que me sepultaron / sin mi túnica de jeroglíficos y pájaros”.

Giovanni Quessep, en su poema “Tráeme el alba”, tal vez el mejor del poemario “Muerte de Merlín”, –que transcribo íntegro- nos alecciona positivamente. Una vez más nos demuestra que su poesía está hecha, no para alienar, sino para engrandecer lo que somos. Podría decir, en atención a la sabiduría de Merlín, que este es el poema de la sabiduría de este otro mago del verso, Giovanni Quessep. De nuevo nos trae a la memoria “Canto de vida y esperanza” de Rubén Darío. Pero aquí es otra cosa, como veremos. Este canto de vida y esperanza tiene un tono y melodía quessepiano, el canto de quien tiene una voz singular, diáfana. Naturalmente, el poemario “Madrigales de vida y muerte” de Quessep está también aquí latente. He aquí el poema “Tráeme el alba”:

“Tráeme el alba del abril soñado, / sus pájaros que inician el asombro / o la violeta blanca del destino / que guarda todavía la llave de oro de su pétalos.

Quiero abrir el alcázar de la fuente / prometedora de la vida y del canto, / lejos de la ceniza / que cae de las sombras.

Sólo en el agua, bajo los almendros, / podré ver el tapiz de la esperanza; / busco una tierra en lo hondo, en su espesura / de lirios y de maravillas mortales: Quizá el país que todo lo reúne / como espejo, la fábula / donde la constelación es una piedra diminuta / y alguien canta a la muerte como a una crisálida.

Quiero tornar a lo que ya no existe / sino en la imagen del hilo sagrado, / tal vez un mito sea, pero mi alma / no se resigna a perder su tesoro.

Tráeme el alba del abril soñado, / sus pájaros que inician el asombro / o la violeta blanca del destino / que guarda todavía la llave de oro de sus pétalos".

“Muerte de Merlín”, viene a ser una alegoría que nos revela que una vida nueva, diferente, es posible; que la existencia humana, aunque se vea empañada por el mal y la culpa, es una verdad a la tendemos. Será un mito o una fábula, pero apuntamos a ella. Si no alcanzamos esa vida es por necesidad, por la torpeza de negarnos a alcanzarla: “Hay otra forma de vivir, / pero seguimos aferrándonos / al acantilado, sobre la espuma del mal”.

Somos aves de paso y, sin apenas darnos cuenta, nos esfumamos. Vivir es estar en vigilia, en espera de la muerte, aunque no nos percatemos de ese postrer momento: “Como sonata imposible / de un lento son para morir […] así mi imagen en el agua / gira contra libélulas de vidrio / y ve en el fondo una rosa granate / que se cierra, así como Merlín cuando cerró sus ojos”.

A veces damos coces contra el aguijón, empeñados en la amargura. Las energías hay que emplearlas a fondo en vivir la vida aun sea como sueño o como mito, dejando en la orilla el complejo de los erizos que por herir el mar pierden la razón de ser: “Los erizos acuden, hieren el mar […] se olvidan de vivir”.

El mar, símbolo de la vida, acuna en su profundidad la ausencia de la muerte. En el mar la muerte no recuerda lo que fuimos, por eso el poeta quiere volver al mar, pues “El mar es lo que vive / y hace que el polvo que nos llama / no recuerde el ayer / o el final de los huertos”.

El aeda desea volver a ese mar porque en su vera, en su bahía, permanece lo que es él en su dimensión espiritual y física: “Para que mi alma y cuerpo no se alejen / de la olvidada orilla de un puerto silencioso”. En realidad, si fuera imposible el retorno al mar, da igual pues “para vivir me basta lo que he amado”.

Con la muerte se borra la memoria. Todo aquello a lo que nos aferramos se desprende y se borra de nuestra mente como un cuento que olvidamos. Perdemos el aire que respiramos, se olvidan los rumores, todo. En nuestra memoria nada es eterno, nada perdura porque la muerte lo engulle: “Nos persigue una luz / que aún no se decide, / una premura de algo / como el don de la muerte”.

En la dicha reside el antídoto contra la muerte. El fin no está en la noche, en la muerte, por eso, aunque no conozcamos nuestro destino, hay que conservar la esperanza de lanzarnos al mar con el fin de pasar a la otra orilla: “Si en la piedra escribimos nuestra dicha / algo contra la muerte atesoramos […] no devuelvas tu remo ni tu barca”.

3. La felicidad prima sobre la muerte.

“Muerte de Merlín” es un canto a la vida feliz, a la dicha. Esta felicidad y alegría no está libre de las amenazas del mundo exterior. Dicho de otro modo, el oro que se extrae de la tierra sale sucio y plagado de aristas y adherencias inútiles. Así en la vida la alegría y la felicidad no están libres de adherencias que la afecten y contraríen. De ahí que no es posible comprender los sentimientos del mago-poeta a no ser que se tenga los códigos secretos de la magia de sus palabras: “Estoy feliz, a pesar de la muerte / que me acecha desde las araucarias, / mi alegría proviene de otro cielo / donde los pájaros adoran la mirada del tigre […] Nadie podría detenerme, nadie / que no tenga el secreto de mis palabras”.

El duelo, las cenizas, el polvo, acompañan a la muerte. Sin embargo, más allá del bien y del mal perdura lo que para los antiguos griegos era el “país de los bienaventurados”, para Ulises Laertes “Ítaca”. Nuestro poeta lo dice con estas palabras: “A pesar de la muerte / alguien canta a un país desconocido”. Queda la sospecha –y la nostalgia- de que el destino humano, lejos de terminar en la extinción, existe al menos como posibilidad; y que la dicha nos aguarda, aunque sea como la paradoja de la vida: “Acaso sea duelo la ventura, / aquel destino que nos fuera negado”.

No hay un estado puro de felicidad, al menos en esta vida, por eso el poeta sufre en su alma la pena de no haber visto en toda su fuerza y esplendor lo que sí a contemplado en la leyenda o la fábula: “Tal vez mi alma / no sea sino un espacio / vacío, donde crece / lo que he perdido, lo que nunca / vieron mis ojos […] A solas y en silencio / conservo esta penuria / de no ser la leyenda que me sigue”. La tristeza del alma se agudiza por la incerteza de saber si por inventar la leyenda de su poética ha inventado, sin saberlo, su final: “Y no saber si soy / el que ha inventado el día de su muerte”.

Después de todo, ¿qué queda?, ¿qué permanece después de la muerte?: “En la memoria queda la epifanía / del amor, / y un camino de lilas / desciende de los ojos / en quien ha visto más allá de la muerte”. El poeta siente el orgullo de, al menos en sueños, haber llegado a la otra orilla. Nuestro nombre resonará más allá de la muerte, lo volveremos a escuchar, porque jamás se pierde en el cuento, en la fábula, lo que hemos sido y somos. La memoria, el amor, aguardan la epifanía, el inicio de una vida nueva: “Guardada para siempre en su crisálida /está nuestra memoria y en ella están los cuentos; / allí estará el amor, en esa sombra / donde la vida vuelve a comenzar”.

El poeta, inserto en su leyenda, invoca a la primavera del Jardín –la dicha, la felicidad- como a una amada a la que quiere tener cerca porque la muerte lo acecha: “Ven que la muerte espera, /como floresta magnífica espera la muerte; / si eres tú la que busco / ven protegida por un cielo”.

“Muerte de Merlín” revela los anhelos profundos del alma, nos descubre lo que siente el corazón, sus miedos, sus vigilias, sus insomnios. El poeta-mago, hechizado por la realidad de ensueño que presiente, no puede callar. Su misión es mostrarnos con su magia lo que se oculta a los mortales: “A cada paso mío / se oculta lo que soy, y el otro / que me persigue en sueños / y aun en la vigilia […] Quiero callar; / tal vez en el silencio / se revele su rostro que presiento / semejante a un país que no he olvidado”.

El destino mantiene sus enigmas indescifrables. El revés de la vida nadie lo conoce, simplemente se presiente: “No nos pidas la rama / secreta del destino […] No nos pidas la forma / del revés de la vida”.

Con la inocencia de los niños –y sólo si somos como niños- descendemos a lo profundo del aljibe donde todo se convierte en fábula, en tapiz tejido con el hilo sagrado de la vida. Para contemplar el mundo hay que tener la capacidad de asombro de los niños. Sólo así podemos decir: “Venga la muerte así, como ha venido la infancia en un juguete; y encontraremos / al bajar por la sombra a su floresta / un tapiz que se teja eterno, fábulas”.

El reino encantado por el poeta-mago llega a su final. Todo era una realidad poética fantástica que, mientras duró, mantuvo la ilusión en el bosque, en la imaginación. Sin embargo, queda un reducto de verdad en la fábula cargado de significado, que es, en suma, lo que permanece intacto porque es eterno: “Existe un rincón desconocido / que brindan la constelación y la rosa”. Es en este lugar donde “el tiempo guarda sus libélulas / para dorar los ojos de los muertos”.

4. Conclusiones.


1. Lo que tiene de incógnita el destino lo tiene de excitante. Si bien es verdad que no podemos escrutar el destino, no es menos atractivo para la aventura imaginaria e interior. El poeta se adentra en él como se entra a un castillo encantado. Allí todo es posible. En el país de los dátiles –territorio donde nada es caduco ni donde nada se apolilla- la muerte no rivaliza con nuestros miedos ni con el tiempo ni con la vida.

2. El autor llega a la conclusión de que la muerte no destruye la vida. Para llegar a esta idea el poeta, criatura sujeta a la muerte, inventa una leyenda y la habita. Es desde aquí desde donde él canta la muerte, no como tragedia, sino como transfiguración de la vida. Porque la muerte es cantable podemos tejer el telar de la vida como si ésta fuera una fábula. Si no alcanzamos es otra vida posible será porque nos empeñamos en otras sendas perversas que nos abocan al mal y la culpa.

3. La felicidad no se da en estado puro, pero es posible. La felicidad está por encima de la muerte. A pesar de la muerte y las aristas de la vida, podemos sentir el gozo, la alegría. Dicho con otras palabras, más allá del bien y del mal podemos aspirar al “país de los bienaventurados”. Hay en el corazón humano una nostalgia por llegar a esa patria, como Ulises Laertes que no descansó hasta llegar a su Ítaca natal.



Nota 1: Para una hacernos la idea de quién era el Mago Merlín Cf. Internet, URL: http://es.wikipedia.org/wiki/Merl%C3%ADn

Nota 2: Para una lectura comparada creo fundamental recordar al poeta mexicano Javier Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, (1938). Así como su otra obra: Décima muerte (1941). José Gorostiza, también poeta mexicano, escribió Muerte sin fin (1939). Esas obras, publicadas con más de cuarenta años de diferencia, pueden ayudarnos a obtener una clave de lectura interesante. Hay, también, un joven poeta centroamericano, de Honduras, que escribió la obra poética Morir todavía (Letra Negra, Guatemala, 2005) que, finalmente, puede arrojar, aunque sea posterior a Muerte de Merlín, otra luz sobre la obra quessepiana.

sábado, 18 de octubre de 2008

«SUCESIONES», por Marily Morales Segovia, poeta.

«SUCESIONES»

Si un mérito debe atribuirse a Fausto Leonardo Henríquez por sobre otros que indudablemente tiene en el libro que vamos a presentar, éste es sin duda la audacia. La audacia para lanzarse a una tarea llena de riesgos como es la de escribir un libro que contiene una visión totalizadora del devenir cíclico de la naturaleza, del ritmo cósmico y de la vida humana, utilizando para ello las clave de la música.

Lo hizo Vivaldi en sus famosas “Cuatro Estaciones”, otros artistas han intentado la síntesis, entre ellos Picasso, en su cuadro de la época azul titulado “La vida” y lo hace Fausto Leonardo Henríquez en su libro “Sucesiones”. Sucesión del tiempo, de los ciclos de todo lo viviente, desde el nacimiento a la muerte.

Como una sinfonía de imágenes y sonidos comienza el PRIMER MOVIMIENTO, en una composición barroca de LA PRIMAVERA llena de pajarillos, flores, mariposas y música embriagante y sugestiva que nos recuerda “La Primavera” de Boticelli.

“Empuñan los rosales los infantiles pétalos por erupcionar
y así los jardines, como violines preparan,
en el pentagrama abrileño,
los colores que oirán los ojos de mayo”.

Y en la “Sonata del Ruiseñor”:

“El ruiseñor entreabre el pico y vibra su buche
Mientras emite notas sonoras que elevan, olvidadas de sí,
El alma, hasta el fondo de la altura”.

Y luego en la “Suite del riatillo”, en la que él descubre su secreto de escritor que crea su propia música de palabras; y en “Coda” donde la omnipresencia de Dios se manifiesta.

Y pasamos ya al SEGUNDO MOVIMIENTO que nos abre las puertas del verano. Aquí la juventud del poeta Fausto, esa juventud, energía y vitalidad que ambicionaba eternas el FAUSTO de la literatura, aún a costa de su alma, desborda con naturalidad en imágenes rurales y urbanas, hasta que el alma se turba, en el último poema, ante el castigo implacable de la sofocante estación.

Ya en el TERCER MOVIMIENTO, el otoño con sus ocres. Dice el poeta:

“No hay cantos, más que el frío
Piar de gorriones y urracas o de ciguas viudas”.

Los días cenicientos y las lluvias envían al alma hacia adentro y dice Fausto:

“las hormigas buscan asilo bajo las piedras y las cuevas”.

La delicada melodía otoñal se desliza en cada verso y el poeta siente que las hojas del hablan y cantan. También el ser humano encuentra en la madurez otoñal, el reposo reflexivo, la pausa necesaria para gustar de los matices y las sutiles veladuras del tiempo.

Por último en el CUARTO MOVIMIENTO llegará el invierno, con los pies helados, pisando de puntillas sobre el teclado de la nieve y Fausto poeta iniciará el descenso, el soto voce de su sinfonía poética hacia lo que él llama la “mansa paz de museo” de reliquia atesorada en el corazón.

En este libro es posible, gracias al dominio que tiene Fausto del ritmo, para dibujar el ritmo cósmico con el lenguaje de la música. El invierno, el silencio, la nieve extrema son símbolos de la muerte, sin embargo Fausto nos deja la esperanza de una música eterna, de la eterna música de la repetición infinita de los ciclos, cuando nos dice:

“Todo afuera es frío como una partitura sin tocar”.
“Abrid los oídos para ver la sonoridad del agua nieve”.
“Por mis oídos sabré que vivo”.

Marily Morales Segovia, poeta. Instito de Estudios Modernistas, Valencia, España, 1995.

EMPATÍA CÓSMICA Y POESÍA METAFÍSICA EN FAUSTO LEONARDO HENRÍQUEZ

Por Bruno Rosario Candelier


La crisis espiritual, ética, ideológica, de cosmovisión trascendente, que está viviendo la humanidad es una magnífica oportunidad, dice el monje benedictino Simón Pedro Arnold, para que la imaginación eclesial proponga una nueva imaginación. El monje belga, inserto en el pueblo Aymara del Perú, habla de una nueva opción mística, entendiendo por mística “una apuesta por la vida que atraviese la historia (…), esta percepción del más allá de las cosas, de la historia. Revelación del Misterio vital que atraviesa la historia, la gente, los pueblos, las culturas (…), que abra caminos de tipo místico, y dejar que Dios hable como el más allá de lo racional, de lo explicativo directamente” (1).

Al leer el poemario de Fausto Leonardo Henríquez (2) pensé en el planteamiento del monje benedictino porque la obra de Fausto Leonardo es la de un sacerdote poeta que asume la palabra como una nueva opción, como una nueva propuesta enraizada en una empatía cósmica desde la peculiar dimensión de la expresión lírica y estética.

La razón antropológica y espiritual que explica entre los hombres de todas las culturas la tendencia indeclinable hacia la espiritualidad obedece a la necesidad celestial como lo establece el texto bíblico del Génesis de que fuimos creados “a imagen y semejanza” del Creador, pues “Yaveh Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida” (3).

La cosmología, en tanto estudio del universo de lo viviente, nos recuerda nuestro origen y nuestro destino final, y con ese fin busca el sentido de la reconciliación con las cosas en una especie de empatía universal. El poeta lo intuye y el contemplativo lo vive. Y la poesía cósmica conjuga esas dos apelaciones del sentimiento más sublime.

La poesía y la empatía cósmica se hallan entrañablemente unidas al sentido del misterio. Se hermanan en la búsqueda de la belleza y en la conciliación de los elementos. Arrancan de una misma fuente, el corazón humano, y desatan las más ardientes pasiones en el ámbito espiritual. Su conjunción expresiva se determina en la palabra, vértice de la sensibilidad y fragua de las emociones.

Fausto Leonardo Henríquez (4) ha dado sobradas evidencias de su vocación estética y su sensibilidad trascendente. La creación poética y la sensibilidad espiritual así lo delatan. Dotado de empatía cósmica, y del don de la creación poética, le concita lo viviente, que expresa en una identificación entrañable con el cosmos, huella de la esencia divina que le embriaga. En La otra latitud, Leonardo Henríquez (5) confirma los lineamientos fundamentales de su trayectoria lírica: la asunción del mundo desde su vertiente simbólica y trascendente con un sentido de la belleza y el misterio. En la primera parte toma a Adán, expresión simbólica de la Humanidad , o de la Humanitud , en su sentido hondo y entrañable, con un enfoque interiorista sobre la condición humana: afirmación y certidumbre de que los humanos estamos orientados hacia la plenitud, que es el amor, la vocación espiritual, el ideal sublime y trascendente. Es la completud de una vocación universal, de una apelación cósmica. Ronda de lo sublime, valoración del misterio, ponderación de lo maravilloso que hay en todo lo viviente.

Con el lenguaje del yo profundo asume y empalma la vertiente trascendente en su afirmación del ideario interiorista recalado en fondo cósmico y en visión altruista y humanizante. El absoluto que lo apela, como se aprecia en la segunda parte del poemario, subyace en su mirada inquisitiva, en su búsqueda y en su pasión más honda. Exploración de la existencia, del tiempo, lo transitorio y lo permanente desde la otra ladera, la vinculación de lo pasajero con lo eterno.

La concepción cósmica de que somos uno con el Universo aparece esbozada estéticamente en este hermoso poemario que intenta mostrar el principio de los tiempos:

“Cuando pinta el autorretrato de sí mismo, lentamente, con pulso firme, delineante y va unificando las medidas con los colores, entonces su imagen se vuelve pura, auténtica, opalina. A más pureza de luz, más unida de rayos, y por tanto más perfección del semblante. En la medida en que Adán se acerca al ojo de la aguja de su mismidad y descubre en su fondo cristalino el pez nadando sereno, resurgirá para abrazarse al mundo. Él y el mundo serán uno y confluirán como los ríos y correrán juntos hacia otros derroteros, al mar acaso. La conquista consistirá en ser luz de luz, la mirada y lo mirado, la empatía ultrafina con el otro”.

Se trata, en efecto, de una compenetración total con el ser de las cosas. El sujeto lírico experimenta el sentimiento de compenetración con lo viviente y en éxtasis de contemplación mediante en contacto afectivo, imaginativo y sensorial con el alma del mundo, en una empatía entrañable con el otro:“En el medio día del placer, el tiempo pasa imperceptible, montando en Pegaso, en este clímax no hay pasado, solamente las Cenizas de un eco que palpita en el inconsciente. El futuro es un rumor de ausencia, polvo estelar perdido en lo incierto. Solo queda el presente, pirámide donde se enciende el vértice del alma y donde se vierte entera sobre la luna que argenta con su arte e ingenio la órbita de sus ojos”.

El denso poemario de Leonardo Henríquez explora lírica y estéticamente el origen del mundo, se instaura en el ab origine de los tiempos, y en cautivantes imágenes retoma el mito del origen y el hablante lírico recrea simbólicamente la creación del mundo y “vive” ese estadio primordial, genesíaco, original, para “sentir” el mundo visceral, empáticamente: “Pasa el reino de los dioses, el del ruiseñor, al de la mazorca del maíz, al de las constelaciones. Levita con los pies en la tierra, piesa el cielo en el suelo. Actúa con certeza de rayo láser, y mira más allá de la mirada con asombrosa agudeza del telescopio. Mientras dura el arrebato el vaso del alma se llena, incluso se desborda como una cascada. Todo lo posee en todo. El mundo cambia del color, de un color visible sólo al alma, aunque luego desaparezca diluido en el aire”.

Lo mismo en prosa que en verso, el sacerdote poeta asume interiormente una actitud vitalista y radiante, y desde el dominio espiritual de su visión del mundo su mirada profunda, auscultadora, holística, poética, retoma fenómenos y elementos y reconstruye el mundo para vivirlo poéticamente. Su aliento poético, bíblico e interiorizado, en actitud de compenetración y ternura se reconcilia con el sentido del mundo, y en tono gozoso y empático suma a su vocación sus percepciones o revelaciones trascendentes: “Desperté en un mundo/ donde no oía el ruido arenoso/ de los carros, lejos del mundo y grotesco/ tambor de la violencia./ Vi el cielo abierto como un túnel iluminado/ por el cual entraban,/ vestidos del blanco, silbando, los lirios./ Cuando entré en un clima sobrenatural/ tocaba mi piel y la sentía como de aire,/ y al hablar no hacía falta la voz,/ sino la mirada/ y la sinceridad del cristal desnudo/ del alma rutilante”.

Poseído por la fuerza sobrenatural que lo imanta a lo divino, nuestro poeta saborea el gozo de sentirse tocado por la Divinidad , y ya dijo Plotino que en cada criatura habita la huella del Uno, el Eterno, destello que se hace lumbre creadora en Leonardo Henríquez y le despierta el sentimiento espiritual que lo inunda y lo estremece en gozo profundo y elocuente en un don creador pleno de fruición y pasión: “por el cristal de la ventana/ entró tu voz como una luz./ En el interior/ de mi habitación una semilla sembraste./ La tierra oreada/ de mi mismidad se estremece./ Se entiende/ porqué se reúnen las aves/ para delatar mi dichas y propalar el gozo del agua/ entre las piedras de mis huesos florecidos”.

Con su visión amorosa del mundo, el cosmopoeta siente que el Universo se abre a su corazón, y así lo experimenta nuestro agraciado poeta al comprobar que el mundo se recrea cada día ante las pupilas asombradas de quien contempla la belleza de las cosas como la ven los que creen en el milagro de la Creación. El poeta lo expresa simbólicamente: “En el hueco de mis manos/recojo tu voz/y me la bebo”.

Con Fausto Leonardo Henríquez el Movimiento Interiorista suma una voz lírica, fresca y remozante, impregnada de aliento numinoso con empatía universal. Expresa su creación poética hondura expresiva y sensibilidad trascendente con la gracia del decir y el donaire clásico que amasa y engarza el ideario interiorista de una vocación estética. La lírica de Fausto Leonardo Henríquez confirma que poesía y sensibilidad cósmica son afines en virtud de su inserción en el misterio y la belleza. La sensibilidad trascendente, espiritual y empática, se potencia en los poetas que sienten el llamado de la Fuerza Espiritual del Cosmos, como se aprecia en este nuevo valor de las letras dominicanas, que recibió el don del sacerdocio y el don de la creación poética, y ha sabido conciliar en su expresión estética esa augusta inclinación espiritual que le distingue y enaltece, la palabra como vínculo de la creación y lo sagrado del mundo, y un poeta signado por lo sagrado, como lo es Fausto Leonardo, hace de la poesía un vínculo trascendente en favor del más hondo sentido de la vida.

Santiago, Tertulia del Ateneo Insular,

21 de junio de 2000.

Notas:

1.Simón Pedro Arnold, “La reivindicación del sentido”, en “Los Domingos” del Listín Diario, Santo Domingo, 30 de marzo de 1997, p. 3.

2.Fausto Leonardo Henríquez, La otra latitud, Santiago de los Caballeros, Publicación del Ateneo Insular, 1999.

3.Génesis, 2,7.

4. Oriundo de La Vega , República Dominicana, Fausto Leonardo Henríquez nació el 20 de noviembre de 1966. Estudió el bachillerato en New York, Filosofía y Humanidades en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo, y Teología en Barcelona y Valencia, España. Ordenado de Sacerdote por la Congregación de los Paúles, ejerce su ministerio sacerdotal en San Pedro Sula, Honduras, y en esa ciudad centroamericana dirige el Grupo Literario del Ateneo Insular y promueve el Movimiento Interiorista.

5. El padre Fausto Leonardo Henríquez ha publicado los poemarios Claridades (1994) y Sucesiones (1995) La otra latitud (2001). Con Insula presentida (2004), bajo la Colección Insulas Extrañas, el padre Fausto Leonardo Henríquez afirma su vocación poética, asume la estética interiorista y encauza su sensibilidad trascendente hacia la resolución de una empatía armoniosa y cósmica.

lunes, 22 de septiembre de 2008

INICIOS DEL INTERIORISMO EN HONDURAS


presentacion Tulio Cordero 18-1-99

Conservo en mi archivo unos apuntes históricos sobre los inicios del Interiorismo en Honduras. Tulio Cordero, de muchos conocido, es un poeta-sacerdote, ensayista y escritor. En una visita a Honduras dejó un dulce sabor de boca en esta tierra de hondos surcos humanos. Hube depresentar al público a Tulio, mi colega, con las palabras que siguen. Las comunico a todos ustedes porque, dentro de la sencillez y modestia, son significativas por estar referidas a una persona de una trayectoria conocida en Santo Domingo. Acaso sirvan para los recopiladores de pequeñas cosas.

Conferencia sobre Interiorismo en el Museo De Antropología e Historia, 18 de enero de 1999. San Pedro Sula, Honduras.

Distinguidas Señoras y Señores: «Pido la paz y la palabra», como dijera el poeta Blas de Otero; la paz como fruto de la justicia y la palabra como manantial del lenguaje, de la poesía. «El halago de las palabras, cuando no corresponde con la realidad, dice Demóstenes (Disc. Político, p. 50) se convierte en castigo». Sin olvidar esta advertencia, permítanme, que les diga algunos rasgos en torno al ilustre poetaTulio Cordero.

¿Quién es Tulio Cordero? Es un sacerdote poeta que va "buscando los arroyos sonoros en arenosas calles" (Lope de Vega, poema: El siglo de oro). Es un hombre de hoy con destellos de la mística hispánica, tan celebrada por los críticos dela Edad de Oro; un poeta con improntas de la mística china y oriental.

Los vivos ojos inquietos de nuestro poeta, escudriñan la ladera oculta de la realidad visible para ver con los ojos del alma, el rostro de un Tú sólo diferenciable desde el umbral de su interioridad más íntima. El inconfundible y célebre San Juan de la Cruz ilustra lo que queremos mostrar cuando dice: «véante mis ojos, véate yo cara a cara con los ojos de mi alma, pues eres lumbre dellos» (Cant. Esp., canción 10)

Lo más original de nuestro eximio poeta no es que vea intuitivamente con los ojos del alma, sino que vea con los ojos del entendimiento, es decir, con la inteligencia, las cosas que no se pueden ver a simple vista. Octavio Paz, el más grande de los poetas mejicanos, y posiblemente el más relevante de todos los críticos de fin de siglo en América Latina, dice a este respecto: «hay una parte escondida que no podemos ver con los ojos, sino con el entendimiento» (Llama Doble, p. 44).

A mi juicio nuestro poeta posee la dote tanto de mirar místicamente las cosas y los acontecimientos y la dote de mirar con el entendimiento más allá de lo que lo hacen los demás mortales. Tulio Cordero tiene otra faceta original: su alma fecunda. A propósito de esto dice O. Paz: "Aquellos que son fecundos por el alma, conciben por el pensamiento: poetas, artistas y sabios" (ídem o.c.).

El alma de nuestro invitado, tengan la certeza de ello, es sumamente feraz como las tierras del valle de Sula. Su vasta cultura y su espíritu superior lo caracterizan como uno de los poetas más importantes del Movimiento Interiorista.

Por su intelecto ha concebido obras importantes, entre ellas Latido Cierto, primer libro de poesía, Si el Alba se tardara y La Sed del Junco. Y para que el hacha de la máxima de Demóstenes deje de amenazarme debo decir, para terminar, que Tulio Cordero es licenciado en Filosofía por la PUCMM, 1986 y licenciado en Teología en el Teresianum de Roma, en el año 1992. Es profesor deTeología en el Seminario Santo Tomás de Aquino y coordinador del Grupo de poetasy escritores Fernando Arturo Meriño.

Es un creador de opinión en uno de los periódicos más influyentes de la República Dominicana; es, por otra parte, crítico y ensayista, poeta interiorista, pintor y músico, laderas éstas menos conocidas, pero vivas en supersonalidad.

Finalmente, nuestro poeta es un pequeño Orfeo cuya lira de agua estremece de ternura y cuyas palabras son dulces y suaves como agua que engendra vida más allá de las sombras temblorosas del mar de una mirada azul.Tulio es de esos seres que deja vida a su paso, como escribiera A. Machado: «Oh, agua buena, deja vida en tu huida» (poema del día).

PRESENTACIÓN DEL "EL INTERIORISMO" EN BUENOS AIRES

Esta conferencia fue dada en el Centro de Farmación de Profesores de Buenos Aires, Argentina, septiembre de 2003. Tuve la cooperación incondicional del poeta Carlos Alberto Roldán y la solícita cercanía de Susana Santamarina.

1. Origen del Interiorismo.

El Movimiento Interiorista es una corriente de creación literaria que nace como fruto de la inquietud de un grupo de intelectuales, escritores y poetas en la República Dominicana en el año 1990.

El Ateneo Insular es el ente jurídico que ampara la nueva estética. En el mismo año de fundación se realiza el I Congreso del Ateneo Insular en el cual se hace público el ideario estético del movimiento recién nacido. Siete grupos o talleres literarios apoyaron la primera fase del Ateneo Insular.

Posteriormente se realizan coloquios con poetas importantes, como el puertorriqueño Francisco Matos Paoli; encuentros nacionales y locales para seguir el trabajo de promoción interiorista.

El Ateneo Insular, que es presidido por el actual presidente de la Academia Dominicana de la Lengua Española, el Dr. Bruno Rosario Candelier, ha editado varias antologías: Poética Interior, 1992, El Movimiento Interiorista, La Creación Interiorista y El Interiorismo. Ha publicado el folleto Por las amenas liras, el anuario Ínsulas Extrañas y una serie de libros con el sello del Ateneo. A ello hay que sumar la publicación significativa –fuera del auspicio del Ateneo Insular- de obras de diversos autores inspiradas en el interiorismo.

En la actualidad dominicana el Ateneo Insular, o sea, el Movimiento Interiorista, es la organización literaria: con mayor número de escritores afiliados; con numerosos grupos en todo el país y en el extranjero; con un ideario estético nuevo y articulado estructuralmente; con un equipo de intelectuales que dan seguimiento y formación a los que se incardinan en la estética interior; con un plan de trabajo, de formación y promoción permanentes.

El Interiorismo propugna el cultivo de la Realidad Trascendente, es decir, de aquello que se sitúa más allá de lo circundante y objetivo, más allá incluso de lo imaginario, para priorizar la atención a la voz del Yo profundo, la búsqueda de sentido, la valoración de lo Absoluto, la técnica, el tono interiorista, la aplicación de los principios y valores trascendentes sobre los cuales reposa la estética.

La Realidad Trascendente es una veta para la creación literaria, como lo es la realidad objetiva y la realidad imaginaria. El Interiorismo acentúa la Realidad Trascendente como un nuevo modo de ficción que comprende la visión mitopoética, metafísica y la mística.

2. Vertientes expresivas de la estética interiorista.

Vivimos en unos tiempos en que lo superficial predomina y casi todo es desecho. A penas si hay tiempo para mirar las cosas esenciales e importantes. Como una reacción el Interiorismo retorna a las cosas duraderas, vitales y trascendentes. La praxis interiorista no es nueva, lo es su estructuración teórica y sus postulados.

Es característico del interiorismo: a) Atención a la dimensión espiritual del ser humano. b) Exploración del Yo profundo, es decir, de la interioridad. c) Valoración del sentido de las cosas, fenómenos y acontecimientos. d) Atención a los valores interiores y permanentes: ternura cósmica, el amor divino, la paz inefable, la verdad profunda, la belleza sublime, la luz espiritual, etc.

El principio creativo del Interiorismo se fundamenta en el dato de que el ser humano posee en su interioridad unas “ínsulas extrañas” -como diría San Juan de la Cruz- na sensibilidad trascendente que permite sentir espiritualmente y descubrir el valor profundo de las cosas y de la naturaleza. El ser humano posee un potencial hacia lo sobrenatural y metafísico.

La estética interiorista tiene, pues como rasgos fundamentales: la búsqueda de lo divino, la expresión de los valores trascendentes, ternura hacia las criaturas y las cosas, valoración del sentido de lo existente y valoración de la verdad poética que resuena en el interior, el bien y la belleza sublime.

La técnica interiorista es el proceso de interiorización del creador que permite captar la singularidad de las cosas y la propia visión intelectual, emocional y sensorial del mundo.

La imagen interiorista pone al descubierto la visión o percepción particular y única del creador, el cual fusiona –en su búsqueda de lo intangible- los elementos sensoriales con los suprasensoriales.

El tono interiorista revela la empatía, cordialidad e identificación emocional del creador con aquello que lo concita.

3. El método interiorista.

La Poética Interior propone el método de los siguientes principios:


  1. Situarnos en el interior de la cosa para captarla, sentirla y valorarla como realmente es.

  2. Atrapar el impacto del mundo circundante en la conciencia del sujeto creador.

  3. Identificarnos sensorial, afectiva y espiritualmente con la cosa.

  4. Vivir y expresar los valores interiores, como empatía universal, ternura cósmica, silencio contemplativo o soledad sonora.

  5. Revelar verdades profundas, que son las verdades poéticas, verdades metafísicas o verdades trascendentes de vida.

  6. Exaltar los valores universales, como la verdad metafísica, la belleza sublime o el bien supremo.

  7. Desarrollar los poderes interiores con el concurso de los sentidos interiores, la capacidad de creación y la visión espiritual y estética del mundo.

  8. Identificar y expresar la voz interior y la voz universal como una forma de habitar interiormente el mundo con valor y sentido.

  9. Comprender y valorar la voz del yo profundo, el sentido de lo existente y la búsqueda de lo Absoluto.

  10. Ponderar nuestro vínculo espiritual con la Totalidad en razón de nuestra pertenencia a un destino mayor que confirma que somos uno con el Universo.

“El creador interiorista puede ver el mundo, por su sensibilidad trascendente, como lo veían los antiguos griegos o como lo sentían los que creían en los dioses, con el talante originario y puro que permite situarse en el mundo como parte entrañable de la Naturaleza, sentir lo real como presencia viva de lo sagrado y valorar fenómenos y elementos como una expresión de lo divino. Esa sensibilidad trascendente hace posible la vivencia espiritual, la actitud numinosa y la creación artística que exprese ese sentimiento de sacralidad y misterio, de filiación y empatía cósmica, de vínculo con la Totalidad. Por consiguiente, optamos por lo real trascendente como veta creativa para asumir, interpretar y valorar la vertiente intangible que nuestra sensibilidad atrapa mediante la inmersión en la interioridad de lo existente o por la vía del mito, la metafísica y la mística. A la dimensión mitopoética se llega cuando se siente la presencia viva del mundo; a la metafísica, cuando interrogamos el sentido de cosas y fenómenos; y a la mística, cuando sentimos y afirmamos la presencia de lo divino” (Bruno R. Candelier”.


4. Filosofía de la estética interiorista:

    • Expresión de la interioridad de la persona y de las cosas mediante la auscultación de la voz interior. Se trata de escuchar la voz interior del ser, que nos reclama un ideal profundo y universal: “Oye la tierra / cómo gime larga. Son pasos, o su idea. No consigo / decir aún lo que en el pecho vive. / Vive tu sueño y mira tus cabellos. ¿Son ellos los que ondulan / cuando los pienso? ¿O es la noche a solas? / Oh tú la nunca vista y siempre hallada. / La no escuchada –y la siempre ensordecido. / De tu rumor continuo voy viviendo” (Vicente Aleixandre, Los amantes viejos).

    • Contemplación del mundo como expresión de lo divino. El mundo es expresión de la divinidad, expresión de amor y ternura sublime. Tulio Cordero: "Búscame Tú con tus ojos de rocío./Llámame Tú con tu voz de paloma./Sostenme Tú con tus manos de espigas./Y ríeme con tus dientes de lirio./Mírame y cuídame Tú/ que conoces ya todos los olvidos./Búscame Tú que sabes de memoria las puertas/(las has tocado todas)./ Y ámame con tu Centro zaherido,/ saltamonte de hiel, de miel y de trigo" ("Búscame").

    • Búsqueda metafísica o la búsqueda del sentido trascendente. Se trata de situarse reflexivamente frente al misterio para intuir el otro lado de la realidad, lo intangible, para atrapar el sentido de lo Absoluto. “Esta ventana está abierta hacia sí misma: / anillo entre dos sombras, / túnel por donde regresan mis ojos / a mi rincón de sangre. / Esta ventana no está abierta a nada, / no hay un chorro de humanidad / hirviendo entre sus párpados, ni un camino rodando en su distancia / ni el olor a presencia de algún pájaro. / Esta ventana no está abierta a todo, / no tiene un hombre hundido en su estatura / no tiene una lámpara empujando las tinieblas / no tiene un gato dormido en su misterio / ni una voz trepando los espacios” (José Acosta, Esta ventana)

    • La creación mitopoética como expresión sacral del mundo. Mirar el mundo como los que creían en los dioses, es habitarlo poéticamente, como algo vivo y sagrado. “Templo que el agua levantó dichosa / al dios que en la noche, solitario, pasa / hacia el bosque umbrío donde el verde / es sombra, / donde se hace inmensa la luna y el alma / templo de frescura, savia de los campos, / hacia ti, borracho de amor y ausencia / alzo mi esperanza, mi vida disuelta, mi existencia. / Arrebolada ternura, catedral de blancura: cuerpo / vientre estremecido del rocío, espuma de los vientos: cuerpo / lenta ola hacia un Mar perdido / espejo de sangre del ocaso. / Río de los sueños abogando tigres y amadas miradas / en su noche verde / ¡Oh río, oh templo donde mis ojos de agua beben lo que olvidan!” (Pedro José Gris, Oda a la nube)

    • Auscultación del lenguaje del yo profundo. Esto es, identificar la voz del ser, la voz de las cosas, la voz del mito, mediante la intuición y el instinto. “ Aquí me encuentro, me dije, / y empecé a sacar arena. / Luego vi el agua en el fondo, / y en ella el cielo y mi cara. / Después… / Me bebí el azul, pensando / que mi sed / no era de agua”. (Manuel del Cabral, Sed de agua).

    • Ternura cósmica en una compenetración sensorial, emocional, imaginaria e intelectual con todo lo existente. María del Carmen Soler: “Caminamos sin pausa la vida hasta la muerte./ Caminamos la suerte que nos toca, y es bueno/ que juntemos las manos a otras manos/ bailando una sardana solitaria./ Caminamos la vida con objetivos varios. /Caminamos sin pausa, el tiempo señalado/ y es bueno detenerse al borde del camino/ para escuchar la voz de las pequeñas flores/ que nos hablan de Dios” (“Caminamos”).

    • Valoración de la verdad interior, como verdad metafísica o poética. Es la verdad que cada persona intuye del mundo, una verdad profunda y trascendente. “He escrito la palabra profundo / y ha nacido un pozo en mi papel / donde cabe el mundo. Cruzo el / lindero de la palabra y ya profundo / es una mancha donde se pierde la mirada. / Escribo agua y bebo. Sangre y lloro. / Hoy todo lo escrito ha buscado su efigie / su osadía de ser, su forma. / Y he aquí escribo hombre / y surge alguien que me besa. / Escribo Dios y algo se esconde / y mi papel simplemente tiembla” (José Acosta, Transformación).

    • Canalización de los sentidos interiores: la intuición, la imaginación, el instinto, el sentido común y la memoria sensible. Estos sentidos nos abren a la vivencias entrañables y trascendentes, o sea, suprasensoriales. “…Salté por una brecha: eran las cuatro/ en este mundo. El cuarto era mi cuarto / y en cada cosa estaba mi fantasma… En sí mismas las cosas se abismaban / y mis ojos de carne las veían / abrumadas de estar, realidades / desnudas de sus nombres. Mis dos ojos eran almas en pena por el mundo. / En la calle la presencia / pasaba sin pasar, desvanecida / en sus hechuras,… Mirar deshabitado, la presencia / con los ojos de nadie me miraba: haz de reflejos sobre precipicios. / Miré hacia adentro: el cuarto era mi cuarto / y yo no estaba”. (Octavio Paz, Un despertar).

    • Aplicación de los valores interiores: el amor, la ternura cósmica, la verdad profunda y el bien, la belleza sublime, la paz interior, la soledad sonora, el anhelo de lo divino. “¡Vuelvo a nacer!... –Milagro de la aurora / repetida y distinta siempre…- / Soy la recién nacida de esta hora / pura. / Y como los niños buenos, no sé de dónde vine. / Silenciosa / he mirado la luz –tu luz…- ¡Mi luz! / Y lloré de alegría ante una rosa”. (Dulce María Loynaz, Vuelvo a nacer en ti).

    • El empleo de los signos interiores o metasemas. Estos apuntan a la realidad trascendente, a lo intangible. El metasema conjuga lo extrasensorial con lo sensorial. Éstos son: penumbra, neblina, humo, niebla, sombra, llama, murmullo, celaje, rumor, etc. "Hermano sol/ hermana luna/ pastando estoy con mi lobo/ en la soledad del alto aposento/ Escuchad el silencio del monje/ dormir con su flauta las cavernas/ La prontitud se aposenta en el no-tiempo del bosque/ donde los lienzos de sombra prístina/ se gozan en la eternidad de la hora" (Ramón Antonio Jiménez , Encuentro en la presencia).

    • El empleo de los símbolos interiores. Son recursos que el creador utiliza para simbolizar la realidad trascendente. A saber: la noche, el valle, el cirio, el espejo, el cocuyo, etc. “Oscuridad de los orígenes, / te amo más que a la luna / que deslinda el mundo / y que ilumina cualquier círculo / fuera del cual nadie sabe nada de ella. / Pero tú, oscuridad, todo lo tienes / en tu contra: rostros, llamas, fieras y hasta yo mismo, / como bestias de presa, / hombres, potencias… / Pero es posible que alguna inmensa fuerza / palpite muy cerca de aquí. / Creo en la noche”. (Rainer María Rilke, Oscuridad de los orígenes).

    • La vía de unión universal mediante el vínculo místico. Es el anhelo de vivir en armonía con la naturaleza, con la familia humana, y con el cosmos. "Fray Texada estaba inquieto. Se levantaba. Se echaba. Volvía a levantarse. De repente, bajó de la nao y a oscuras se internó entre los matorrales. Siguió la huella de celajes, de murmullos tal vez. Al fondo divisó una llama insinuante. Era un celaje de sombra, dijo. Y poco a poco fue distinguiendo la visión. La voz comenzó a aclararse. Sí, oyó una voz clara. Pudo comunicarse con el desconocido castellano..." (Bruno R. Candelier, Novela: El sueño era Cipango, “Arribo a la Española”).
(Debo los ejes de esta conferencia, al ensayo “Fundamentos del Interiorismo” de Bruno Rosario Candelier. ).

viernes, 19 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Preludios" (1980)


“Preludios”, (1980). Este poemario de Giovanni Quessep inicia con una elegía que parte de la convicción de que, después de muchos desvelos de búsqueda existencial de la belleza, de vuelos presumiblemente altos, «Nada tiene ese azul / para darte la dicha, / nada esos árboles donde habitan / princesas que no son de la tierra». Sin embargo, el poeta, pese a esa desazón y vacío, mantiene una actitud positiva: «y aún conservas la esperanza, un vuelo».

El tono elegíaco adquiere relevancia en este reposado poemario, cuya fuerza radica precisamente, en reafirmar el compromiso con el arte. Bajo el supuesto de que «Quizá todo ha pasado / nada ya hay que hacer», de que ya todo está escrito y dicho en el arte, en la poesía, el bardo se resiste a la teoría del cansancio artístico, a la repetición y falta de novedad en la poesía: «Pero mis ojos buscan y hallan / lo que no tiene nombre» porque tiene la certeza de que «hay algo que no conocemos / y espera nuestra canción en el alba».

La desdicha de la que da cuenta el aeda se dice, no de la desdicha que proviene del fracaso o el infortunio social o económico, sino del destierro del bosque encantado. Él no es por naturaleza un duende o un hada, pero como poeta goza del privilegio de la visión de la fábula y se le concede únicamente poetizar, fabular, –desde fuera, como un exiliado– la leyenda: «La desdicha me acerca a mi destino / y a mi naturaleza verdadera […] Esperanza no tengo si no es en la leyenda».

El pasado, la belleza, la música que brota de la naturaleza, del cosmos, perdura en el tiempo. La misión del poeta es rescatar todo eso. Aún más, aquellas cosas que se ocultan a nuestros ojos e incluso lo que se nos resiste, tras afanosa búsqueda, a ser encontrado, son objeto de desvelos para nuestro aeda. Lo imposible se hace eco en el intelecto y de aquí se materializa en la palabra: «El alma sueña / lo que no hallamos y hace de ello un canto».

“Preludios” es un libro cuyo vuelo es de crucero, es decir, un texto en el que autor adquiere la altura ideal de su obra creadora. La “poética de la fábula” a la que he hecho alusión en mi comentario al poemario “Madrigales de vida y muerte”, es en verdad, una clave de lectura que, al menos a mí, me ha servido para escudriñar el periplo de la obra poética de Quessep. El poeta teje y desteje un único discurso, el de la vida, el de la dicha de su alma, inmersa en el sueño y la leyenda «sin que ni tú ni yo sintiéramos / su edénico rumor de alondra, / fábula que se teje / del tiempo a nuestras manos, / sin que nada en nosotros revele que ya somos / pétalos de la rosa indescifrable».

El paraíso, el jardín de la inocencia, la felicidad, son fugaces. El hombre aspira a la felicidad y la busca, cosa, por cierto, legítima desde todo punto, pero algo lo impide. El carácter inmanente de nuestra naturaleza, esto es, nuestra dimensión antropológica, que de suyo es débil y vulnerable, frena o retarda la felicidad. El hombre tiende a la felicidad plena y eterna por naturaleza, pero a penas saborea bocados de la misma. El poeta se pregunta, al hilo de nihilismo, con el relato de Adán y Eva de telón de fondo: «¿No puede el hombre ser feliz? Por un designio / escrito en su memoria, lo dorado del tiempo / se mueve en la ceniza / y aparecen la culpa y la caída, pues todo edén es transitorio».

La obra poética conjunta de Giovanni Quessep está tejida, como hemos dicho, en la fábula, en la leyenda, el único lugar donde el sueño es realidad y donde la realidad es trascendida por el deseo y lo anhelos del alma. Existe la felicidad y la dicha, breves, sí, truncas, sin embargo inventarla poéticamente es un acto que sana las heridas y la fatalidad del mundo y la sociedad. El poeta levanta un escudo anticrítica: «No espero sino el escarnio, la burla / de quienes saben que la dicha no existe».

El poeta insiste en el hallazgo de ese reino perdido o, mejor, escondido. Percibe una voz que le llama a rescatar los retazos de la eternidad que se le revela como fábula: «alguien me nombra, y pienso entonces / que no todo he perdido de la vida […] y existo para alguien, para un azul o reino solitario, / pero es fiel mi demonio y torna el sufrimiento, / mi pasión en los valles de la muerte». Hay, definitivamente, una causa por la que el poeta se juega todas sus cartas: la poesía, su fábula favorita: «Juzgadme si queréis, / pero deseo irme / al mágico Jardín que en nuestra vida / teje y desteje la invisible rosa».

El amor, que aparece por primer vez como fuente de sentido existencial, se convierte en materia esencial del pensamiento de nuestro autor: «No quiero sino el amor / que me acerca a los míos […] Sólo quiero el amor, / lo celeste, lejos de todo». El aeda descubre, al fin, cuál es su destino, su última conquista: «Destino del poeta es el amor. / En tu país sin nombre ¿acaso has visto / a la que amó mi alma, a la celeste / pasión que me redime de la vida?». El destino del cultor de la palabra es, por tanto, sublime.

En “Preludios” se reafirma aquel pensamiento presente en “El ser no es una fábula”: «Todo te pertenece en esperanza». El poeta sabe que el amor es vida, su esperanza. Hay, pues, un giro en la poética de Quessep. Vuelve a resonar, como instrumento de fondo, el ruiseñor de Keats de “Duración y Leyenda”: «Ese pájaro no destinado a la muerte», sino al amor. La instancia última heideggeriana es, para el poeta, el amor, la vida. Esto es, en verdad, lo que dura, la leyenda. ¿No será que el Jardín, símbolo clave en toda la obra de Quessep, es un símbolo de la nostalgia de la felicidad y del amor? Queda lejos, creo, la desoladora atmósfera de “Madrigales de vida y muerte”: «Estoy cansado de llamar / a la puerta de los que amo». Y se perfila a un poeta maduro, no sólo en el oficio, sino en el pensar.

La vida, como el mar, es una paradoja. Mientras la dicha nos viene en la desdicha, como la bella flor en el fango, aguardamos que «el mar retorne a nuestra barca». Lo que buscamos es el goce del alma en las cosas pequeñas y diarias. Quessep se apoya en John Keats para sentenciar sus “Preludios”: «A thing of beauty is a joy fore ever (Una cosa bella es un goce eterno)».

martes, 16 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Madrigales de vida y muerte" (1978)

“Madrigales de vida y muerte” (1978). Este poemario me trae a la mente la ineludible intertextualidad de la Rubén Darío: “Canto de vida y esperanza”. No es nada extraño que, para un autor culto y conocedor de la poesía hispanoamericana y universal, tenga la influencia de los grandes maestros de la lírica. Más aún de la lírica del más grande exponente del Modernismo, Rubén Darío.

De suyo los madrigales, tal como los concibe el bardo, son cantos, cantos rimados con maestría y cadencia al mejor estilo castellano. Hallamos en este poemario a un artista consumado y, podría decir, invariable, salvo en la temática, como veremos. “Madrigales de vida y muerte”, me adelanto tal vez un poco, contiene una lírica extraordinaria, sencilla, ágil. Me recuerda, por instantes, la espontaneidad de la lírica de Antonio Machado o Lorca, por citar solamente un par de ejemplos, y, por supuesto, Darío, como hemos apuntado arriba.

El poemario inicia con una sorprendente revelación emocional: «Estoy cansado de llamar / a la muerta de los que amo». Este es el punto de partida de “Madrigales de vida y muerte”. ¿A quiénes invoca el poeta: a los seres queridos de su “fábula”, a sus duendes y quimeras de sus sueños o a los de su raza y condición? Sean cuales sean esos seres amados, el poeta se siente abandonado de todos ellos, su soledad es la muerte. Su desdicha es tal que exclama: «Quiero vivir o morir, lo mismo / me debe ser la muerte que la vida». Por eso canta para revivir en la esperanza, en la desdicha: «¿Quisieras tú decirme la canción / de la esperanza o la desdicha?».

Nuestro autor siente un compromiso vital con la lira orfeica, es decir, con la palabra poética. Por eso no hay noche, muerte, que le impidan buscar aquel motivo por el que seguir cantando: «¿Quién ha perdido el sueño / y lo busca en la música o la sombra […] Ay de mí que te escucho en la penumbra, / me pierde la canción que me desvela». Es posible que Quessep al escribir estos versos se acordara del ruiseñor de Keats, cuya resonancia aparece en aquellos versos de “Duración y Leyenda”: «Que nunca será polvo / quien vio su vuelo / o escuchó su canto».

La muerte de la que habla el poeta es la del Fénix. Morir, sí, mas en el canto, en el poema, para, desde ahí, resurgir en la sonoridad, en la lírica. Morir es abrir los sentidos la vida, a la música del poema. Morir es callar para oír las cenizas, el polvo de la muerte en la viva palabra: «Callar es bello, entonces, / oír el polvo amado […] Dime, ¿qué azul me guardará en tu cuerpo / perdido, dime, hay otra forma / de no morir sino es el canto / que se desvela a solas?» El poeta muere cantando y es, justamente, esta muerte la que le da vida. La muerte ha de venir a cerrar nuestro ojos, qué duda cabe, y con ello el reino de las fábulas. Mientras tanto, «callar es bello en la desdicha».

El poeta auténtico, como pasaba con los profetas verdaderos de la Sagradas Escrituras, habla de lo que oye a otro, de lo que le dicta una voz profunda y misteriosa. De esto da cuenta Martín Heidegger en su ensayo “Hörderlin y la esencia de la poesía”. Para los profetas bíblicos Dios es el que habla, para los poetas, las Musas los dioses. El Jardín es para nuestro artista un símbolo trascendente desde el cual escucha la voz, la música de la lira de Orfeo. Angustiado porque no oye esa voz que le inspira, escribe: «Ya no puedo escuchar en el jardín profundo / donde solías empezar un sueño / de naves blancas por el mar oscuro». Este estado interior del poeta es una señal de muerte, por esta razón su canto es un canto enlutado: «Nada hay que responda / del ayer de tus pasos, / ni la viola de mi alma por los patios de piedra, / ni la pasión del enlutado canto».

El poeta se siente expulsado del reino de las hadas, lejos del paraíso, a oscuras, pero conserva la esperanza. El sueño o la leyenda contienen algo que perdura y trasciende la fábula. Y eso que perdura es eterno. Lo oye el poeta con claridad meridiana: «No sé de dónde viene / la canción que en la niebla / me da lo permanente y fugitivo / del sueño o la leyenda». Ni la muerte ni el olvido arredran al aeda que, impasible, avanza a la otra orilla: «pero mi alma ya sabe / de la orilla esperada».

Como el poeta no ha podido lograr atrapar del todo la fábula, la verdad poética que él ha descubierto como filón del arte, siente que la vida se le ha ido de las manos. ¿Quién, en verdad, alcanza la perfección del arte? ¿Quién es, siempre y en todo momento, un vocero fiel de la belleza, de a lira, de la poesía? No es extraño que nuestro artista sienta que, por no haber fabulado enteramente, algo se le haya ido de las manos. Se siente triste, de luto, cansado. No ha conseguido hilar el tapiz de su arte, es decir, comunicar todas sus vivencias poéticas, sus metáforas más queridas: «La vida se ha ido / por la desdicha, acaso / sin encontrar ya nunca / las fábulas que he amado […] ya es un telar cansado y polvoriento, / quizá mi muerte sean / los tapices que hallara por tu cielo».

No hay descanso para el corazón del artista. Se desvela por el canto porque sabe que el infierno o el paraíso, el castillo de sus sueños, la música de las alas de las hadas, son «la rueca invisible» con la que hila el tapiz de su poesía: «Si de la muerte fueras / infierno o paraíso […] no tendría mi corazón ese rumor del desvelado / que nos hace encontrar lo que perdimos / ya vuelto maravilla por el canto».

Violeta, la amada, la musa que le inspira, salva de la muerte al aeda; ella le devuelve el aliento, la razón última de la vida. Con resonancia clásica: «Adónde descendiste, / a qué región oscura, / para salvarme de la muerte / Violeta, por la luna». Así que, pese a no sentir la dicha plena de la creación artística, el poeta sabe que su misión es seguir fabulando.

Algo se le ha perdido por el camino al poeta. Siente no haber podido cantar toda la música del jardín, del bosque encantado de su sueño de donde surte la magia, la melodía, la dicha. Su única obsesión ha sido buscar el acceso al lugar de las hadas, lugar de los sueños. El poeta necesita el aliento de una “instancia superior” que le inyecte fuerzas como flor ilesa que vive en los pantanos, en la muerte. El que antes era convocado, el poeta, ahora invoca: «Yo anduve tras el sueño / enajenado de mi alma […] ¿Dónde estuviste que tu cuerpo / sabe de otra canción y vuelves / cubierta de polvo / de una pena mortal? […] De ti todo lo alejas / como las flores que en la muerte viven […] Vago solo por tu país / lejano de mí mismo y para siempre / llamándome en tu sueño / por los caminos de la muerte […] Si me nombraras desde ti, / si me nombraras, ay, si me nombraras, / mi corazón pudiera entonces / ver tu sombra cantada».

“Madrigales de vida y muerte” viene a reconfirmar la “poética de la fábula” de Quessep. Las vibraciones divinas, las vivencias del alma son, para nuestro autor, dignas de ser pergeñadas por los poetas. Se lamenta porque falta quien teja con autenticidad los momentos en que la belleza sale al paso de la sensibilidad del alma. Los poetas tienen la misión de cantar el caer de la nieve, la música blanca de la luna, el rumor de quien pasa por el jardín: «Sólo, a veces, presiento / que a los cielos del alma / ya no los teje nadie y son apenas / el polvo de las fábulas». «Ay del cielo en mi alma / si el soñador no quiso / fabular en tus ojos / el paraíso […] Ah del jardín profundo / en todo lo perdido».

El paraíso poético de nuestro bardo es «ya fugitiva música del polvo». No puedes perdurar largo tiempo soñando. Terminado el hechizo, el encantamiento, vuelves a ser un simple mortal. La experiencia poética es, hasta cierto punto, extática y, por lo mismo, breve. Por eso, cuando ya ha pasado su encanto, nos deja ese sabor agridulce del que no quisiéramos saber nunca. Dentro del mismo acto creador, justo en que el alma conecta con la belleza sublime, el poeta descubre que esa gozosa experiencia es fugitiva: «Felicidad en ruinas / lo que ha visto mi alma en el encanto». Esto es, en la vida, la muerte.

Claro, si los sueños te traen la alegría, la felicidad, ¿qué mérito tiene soñar, fabular, si luego queda todo en ruinas? Eres feliz cuando sueñas, como Alicia ante el espejo, ¡pero qué infeliz eres cuándo te das cuenta de que todo era un sueño! Entonces surte la pregunta, ¿Merece la pena ser feliz, aunque sea sólo en la fábula?, ¿vale la pena el hechizo para caer en la desdicha del alma?: «Desdicha de los sueños / pasados, y mis voces / perdidas, que nombraban / las piedras o las flores […] Tornaban en la sombra / las voces encantadas: / Desdicha de ese polvo / que cae sobre el alma».

Parece que el poeta sí está dispuesto al hechizo. Sin la muerte, ¿cómo podríamos valorar la vida? El hechizo es más intenso si sientes que la muerte, el polvo, la noche, atenazan tu vida. En el fondo, la experiencia del acto poético es morir en el poema. La belleza le es dada el poeta en sueño, en la visión, para que desee volver a probar de sus mieles: «Volvería a sentir / el embeleso de la muerte».

Amar en sueños es amar poéticamente el mundo. Amar en sueños es vivir en la inocencia, en la bondad de la belleza. Soñar es un acto de felicidad, pero paradójicamente, es una desdicha. Feliz desdicha, pues, «flor de la muerte», el sueño: «¿No es ésta la desdicha / hacer del alma un sueño[…]?

En el poema “Madrigal del encantado” nuestro autor confirma certeramente nuestro comentario, acerca de su “poética de la fábula”. El poeta invierte la clásica noción de Calderón de la Barca de “la vida es sueño” y nos deja claro que es a la inversa: el sueño es la vida. ¡Genial!: «Yo soy el encantado / del sueño o del destino, / el que retorna de la muerte / con una rama de ciprés florido […] Torné a soñar, y el sueño sea la vida, / y la muerte una fábula del canto».

El poeta encantado ve el mundo, la vida, y las cosas todas desde este estado alterado de la conciencia. Violeta, su Beatriz en el séptimo cielo, su musa, inspira al poeta para que cante: «¿Me contarás en qué país nocturno / cantas para que el cielo se desvele, / o abra sus puertas al dolor del hada / que hila en tu corazón para la muerte?».

El madrigal “El que no ha de contar su fábula” es extraordinario. En él se vuelca enteramente el poeta, quien canta, aunque el tiempo lo devore. Inventa la magia de la palabra, la música de todo lo que parece ruina, de aquello que se ha perdido. De su sueño lo que perdura es al alma; de la muerte, de la fábula, la vida: «¿Por qué esta reina dolorosa / que en la noche de mi alma canta: / Deja los huertos de la vida, / bella es la muerte, cuéntame tu fábula? […] No sé de dónde es esta voz / que me ofrece el olvido de su música […] ¿Pero qué podría decirte desde las ruinas? ¿Qué podría decir / quien todo lo ha perdido? / ¿Cómo hablarte de mi desdicha? […] Mi vida es esto y nada más, / érase una vez, érase mi alma […] el que no ha de contar su fábula / sino a las hadas de su muerte».

El reino de la poesía es el de las hadas. El poeta se dispone a retornar a la cotidianeidad y salir del hechizo: «y guarda las cenizas / de la palabra o del encantamiento […] Vuelve más bien a la doliente isla / donde tu corazón es viento y polvo, / vuelve a tu nave púrpura / que eres de sueño y mar, amargo y solo».

Finalmente, “Madrigales de vida y muerte” es una obra madura, sincera. Queda depurada la poética de Quessep: la “poética de la fábula”, que consiste en situarse en el mito, en la leyenda, para desde ahí construir con palabra y tejer el poema, la obra de arte. Este ejercicio es, a veces, frustrante, doloroso, pero también te reporta momentos felices. Poetizar es fabular, es soñar un reino posible, diferente al que tantas desdichas nos trae. Esto es, a mi juicio, lo que hace Quessep, no sólo en estos madrigales, sino en todas sus obras poéticas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Canto del extranjero" (1976)

“Canto del extranjero” (1976). Todos tenemos, de alguna manera, derecho a hacernos nuestro universo mental y vivir acorde a ese reino que es sólo nuestro. Tal vez nadie sea capaz de entender del todo qué motivaciones mueven lo hilos de lo que pudiera ser el Edén o el paraíso, el mío o el de otro, realidad imaginaria que se convierte en razón, en causa del arte poético. Ese reino se ve afectado por la amargura, la soledad, la desdicha y la muerte: «Vigiladora de violeta amarga / a la entrada del reino […] De dónde la desdicha / de nuestras naves en la noche blanca?».

En este poemario el autor, que ya ha recorrido trecho en su creación con sus libros anteriores, consolida su genio artístico, es decir, su propia voz. El recuerdo de seres amados que ya no están, pero que perviven en el recuerdo, inundan el alma del poeta con profunda melancolía: «Ni siquiera tus pasos recordados, / ese blanco rumor que te acercaba / por el cielo nocturno / por la oscura vigilia; […] No sé qué soledades / habitan tu alma, / no sé qué cielo impronunciable».

Voz y estilos propios caracterizan a Giovanni Quessep. “Canto extranjero” nos muestra a un poeta con una voz desgarrada, elegíaca, pero también con un estilo sereno, formal, culto. Elementos estos presentes en “El ser no es una fábula” y “Duración y leyenda”. Sus desvelos consisten en hablar de la vida y de la muerte, pero en sueños, así, encantado por las musas: «No han de cerrarse nunca / mis ojos que ya son / el polvo de otra luna […] Hablando en sueños de la muerte / entre flores y las ruinas […] Hablando en sueños de la vida / vendrá una sombra amada».

Ante la imposibilidad de volver al país de origen, a la cuna madre, al lugar de los ancestros, el poeta recrea esa memoria en sus versos. Es consciente de que su pasado se difumina inexorablemente y sólo la palabra hecha fábula poética, que también está sometida al tiempo, mantendrá vivo el recuerdo: «(Tejió el amor la túnica imprecisa) […] Dónde la oculta voz que te nombraba / El extranjero la doliente luna».

El mar, las naves que lo surcan, forman parte del imaginario artístico de Giovanni Quessep. La imagen de la nave y de la otra orilla del mar es una constante en la obra de nuestro autor, quien recurre a ellas para descubrirnos su estado interior. Todos habitamos en la otra orilla del mar. Navegamos, unos conscientemente y otros llevados por el viento, por el azar, hacia algún destino: «El hombre solo habita / una orilla lejana […] Extranjero de todo / La dicha lo maldice».

Extranjero no sólo de su tierra natal, sino también en la mirada de los otros; extranjero de sí mismo, extranjero de la dicha, de su fábula: «Si supiera qué cielo / perdido hay en mi alma, / qué flor oculta esparce en ella / su historia de desdicha. Nada / me queda para el sueño / de aquel hermoso país blanco». El bardo canta para reconstruir aquel cielo perdido, o sea, el Jardín del Edén, el paraíso. Pero sólo lo puede soñar, como Alicia ante el espejo, porque la realidad concreta repele la realidad imaginaria. No obstante, él cohabita con sus hadas y duendes. No renunciará a este reino jamás. Él oye, ve y convive con los seres del Jardín: «¿Dónde podrías mirarte si no fuera en la fábula, / si está roto en la sombra el espejo de plata?». // «Alguien cruza el jardín / desvelado de fábulas».

“Canto extranjero” es la obra del lamento, del canto hondo y elegíaco. Quessep dedica una sentida elegía a su padre. En ella recuerda la música, las leyendas, la lengua materna, el árabe; las ruinas de Biblios, antigua ciudad fenicia, hoy ciudad del Líbano, Jubail, el cedro, la rueca de las hilanderas, las ánforas, y el sabroso dátil de las palmeras del desierto: «Y me contaba en el idioma / de su lejana Biblos / donde hay un ánfora que guarda / una alondra color de vino […] La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte». // «Si te olvido si no florece una nostalgia / y en la memoria cierra sus páginas un cuento / es que el edén tu nombre amado / será tal vez la muerte». Una vez más, la imagen de su padre aparece más nítidamente cuando más fuerte es el sentimiento que en mi comentario al “libro “El ser no es una fábula” llamé “complejo de Ulises Laertíada”, esto es, la nostalgia de la tierra natal y de los seres amados. Este “complejo” elegíaco no abandonará al poeta en ninguna de las etapas de su creación poética: «Para siempre recuerdo / la piedad de tus ojos en la sombra / donde habitan las fábulas […] Todavía mi alma percibe tu rumor entre las hojas / de aquel blanco jardín».

En el poema “Canto del extranjero”, el más emblemático de este libro, aparte de “A la sombra de Violeta” y “Elegía” nuestro bardo hila –aquí viene de nuevo el símil de la hilandera o del artesano de tapices– los secretos de su alma. Canta, teje y desteje la poesía, porque de esta manera vence la hostilidad que le circunda –como Penélope vence a sus numerosos pretendientes– y nos lleva también a nosotros a visualizar, aunque sea en un abrir y cerrar de ojos, el Jardín de Claudia, como si de Dante el cielo de Beatriz : «Dime el secreto de tu voz oculta / la fábula que tejes y destejes / dormida apenas por la voz del hada / blanca Penélope […] en tu noche se pierde el extranjero / Blancura de isla […] El extranjero asciende a tu colina / siempre más solo […] Jardín de Claudia como por el cielo / Claudia celeste».

El hombre es un ser infieri, en constante búsqueda. Quessep busca coherentemente una verdad que lo sostenga. Escribe, fabula, para construir esa verdad. Verdad que habita en un reino mágico, onírico. Somos parte de ese “país de las maravillas”, mas nos sentimos fuera de él, extranjeros. Cuando descubres, como le sucede a nuestro poeta, que eres parte consustancial de ese Edén, que te hechiza su belleza, entonces se ahonda el deseo volver a él, de echarte a la mar como Ulises que gime por Ítaca.

GIOVANNI QUESSEP: "Canto del extranjero" (1976)

“Canto del extranjero” (1976). Todos tenemos, de alguna manera, derecho a hacernos nuestro universo mental y vivir acorde a ese reino que es sólo nuestro. Tal vez nadie sea capaz de entender del todo qué motivaciones mueven lo hilos de lo que pudiera ser el Edén o el paraíso, el mío o el de otro, realidad imaginaria que se convierte en razón, en causa del arte poético. Ese reino se ve afectado por la amargura, la soledad, la desdicha y la muerte: «Vigiladora de violeta amarga / a la entrada del reino […] De dónde la desdicha / de nuestras naves en la noche blanca?».

En este poemario el autor, que ya ha recorrido trecho en su creación con sus libros anteriores, consolida su genio artístico, es decir, su propia voz. El recuerdo de seres amados que ya no están, pero que perviven en el recuerdo, inundan el alma del poeta con profunda melancolía: «Ni siquiera tus pasos recordados, / ese blanco rumor que te acercaba / por el cielo nocturno / por la oscura vigilia; […] No sé qué soledades / habitan tu alma, / no sé qué cielo impronunciable».

Voz y estilos propios caracterizan a Giovanni Quessep. “Canto extranjero” nos muestra a un poeta con una voz desgarrada, elegíaca, pero también con un estilo sereno, formal, culto. Elementos estos presentes en “El ser no es una fábula” y “Duración y leyenda”. Sus desvelos consisten en hablar de la vida y de la muerte, pero en sueños, así, encantado por las musas: «No han de cerrarse nunca / mis ojos que ya son / el polvo de otra luna […] Hablando en sueños de la muerte / entre flores y las ruinas […] Hablando en sueños de la vida / vendrá una sombra amada».

Ante la imposibilidad de volver al país de origen, a la cuna madre, al lugar de los ancestros, el poeta recrea esa memoria en sus versos. Es consciente de que su pasado se difumina inexorablemente y sólo la palabra hecha fábula poética, que también está sometida al tiempo, mantendrá vivo el recuerdo: «(Tejió el amor la túnica imprecisa) […] Dónde la oculta voz que te nombraba / El extranjero la doliente luna».

El mar, las naves que lo surcan, forman parte del imaginario artístico de Giovanni Quessep. La imagen de la nave y de la otra orilla del mar es una constante en la obra de nuestro autor, quien recurre a ellas para descubrirnos su estado interior. Todos habitamos en la otra orilla del mar. Navegamos, unos conscientemente y otros llevados por el viento, por el azar, hacia algún destino: «El hombre solo habita / una orilla lejana […] Extranjero de todo / La dicha lo maldice».

Extranjero no sólo de su tierra natal, sino también en la mirada de los otros; extranjero de sí mismo, extranjero de la dicha, de su fábula: «Si supiera qué cielo / perdido hay en mi alma, / qué flor oculta esparce en ella / su historia de desdicha. Nada / me queda para el sueño / de aquel hermoso país blanco». El bardo canta para reconstruir aquel cielo perdido, o sea, el Jardín del Edén, el paraíso. Pero sólo lo puede soñar, como Alicia ante el espejo, porque la realidad concreta repele la realidad imaginaria. No obstante, él cohabita con sus hadas y duendes. No renunciará a este reino jamás. Él oye, ve y convive con los seres del Jardín: «¿Dónde podrías mirarte si no fuera en la fábula, / si está roto en la sombra el espejo de plata?». // «Alguien cruza el jardín / desvelado de fábulas».

“Canto extranjero” es la obra del lamento, del canto hondo y elegíaco. Quessep dedica una sentida elegía a su padre. En ella recuerda la música, las leyendas, la lengua materna, el árabe; las ruinas de Biblios, antigua ciudad fenicia, hoy ciudad del Líbano, Jubail, el cedro, la rueca de las hilanderas, las ánforas, y el sabroso dátil de las palmeras del desierto: «Y me contaba en el idioma / de su lejana Biblos / donde hay un ánfora que guarda / una alondra color de vino […] La soledad de piedra / de esa otra Biblos que es la muerte». // «Si te olvido si no florece una nostalgia / y en la memoria cierra sus páginas un cuento / es que el edén tu nombre amado / será tal vez la muerte». Una vez más, la imagen de su padre aparece más nítidamente cuando más fuerte es el sentimiento que en mi comentario al “libro “El ser no es una fábula” llamé “complejo de Ulises Laertíada”, esto es, la nostalgia de la tierra natal y de los seres amados. Este “complejo” elegíaco no abandonará al poeta en ninguna de las etapas de su creación poética: «Para siempre recuerdo / la piedad de tus ojos en la sombra / donde habitan las fábulas […] Todavía mi alma percibe tu rumor entre las hojas / de aquel blanco jardín».

En el poema “Canto del extranjero”, el más emblemático de este libro, aparte de “A la sombra de Violeta” y “Elegía” nuestro bardo hila –aquí viene de nuevo el símil de la hilandera o del artesano de tapices– los secretos de su alma. Canta, teje y desteje la poesía, porque de esta manera vence la hostilidad que le circunda –como Penélope vence a sus numerosos pretendientes– y nos lleva también a nosotros a visualizar, aunque sea en un abrir y cerrar de ojos, el Jardín de Claudia, como si de Dante el cielo de Beatriz : «Dime el secreto de tu voz oculta / la fábula que tejes y destejes / dormida apenas por la voz del hada / blanca Penélope […] en tu noche se pierde el extranjero / Blancura de isla […] El extranjero asciende a tu colina / siempre más solo […] Jardín de Claudia como por el cielo / Claudia celeste».

El hombre es un ser infieri, en constante búsqueda. Quessep busca coherentemente una verdad que los sostenga. Escribe, fabula, para construir esa verdad. Verdad que habita en un reino mágico, onírico. Somos parte de ese “país de las maravillas”, mas nos sentimos fuera de él, extranjeros. Cuando descubres, como le sucede a nuestro poeta, que eres parte consustancial de ese Edén, que te hechiza su belleza, entonces se ahonda el deseo ir volver a él, de echarte a la mar como Ulises que gime por Ítaca.

jueves, 11 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "Duración y leyenda" (1972)

“Duración y leyenda” (1972). El aeda utiliza el bagaje cultural y ancestral en la construcción del poema “Epitafio del poeta adolescente”. Acude a la mítica Delos, bañada por los mares, como una isla encantada, y a Ulises Laertes para hacer una declaración de intenciones –cantar, antes de olvidar y morir, su odisea personal– al inicio del poemario. Delos es una de las innumerables islas localizadas en el corazón del mar Egeo. Su actividad mercantil y cultural adquirió gran notoriedad en la antigüedad. Los mitos griegos enaltecieron la isla, en cuyo territorio se edificó el gran templo en honor a Apolo, el gran teatro, la terraza de los leones.

Quessep utiliza también la tradición de la poesía china de Li Po para, a la manera de alegoría, hacernos saber que lo único que le basta es la poesía, su único laurel, y no la gloria del mundo. De ahí su pretensión de darnos a conocer «al que no necesita de la piedra o el bronce para durar […] A aquel que reposa en el bosque vedado / nunca será polvo entre los pinos».

Si en su libro “El ser no es una fábula” ya vislumbrados una poética mítica, fantástica, en “Duración y leyenda” se acentúa aún más este hallazgo. Nuestro autor es “el caballero inocente” que, a la manera de los caballeros andantes de las fábulas quijotescas, no lucha sino para defender y desencantar su dama: «Llevo la lanza púrpura / Y en escudo y espada / Las sangre destellando / Pero ha sido en defensa de mi dama». El tiempo y la desmemoria amenazan a esa dama, que no es sino la belleza, la lírica, el canto, la poesía. De ahí su inquisitiva pregunta: «¿Es nuestro el canto / Durable en su leyenda?».

La historia del poeta teje lo real y lo fantástico. Este dato es esencial. Mito y realidad, leyenda e historia se armonizan de manera que se convierten en una misma cosa: leyenda, Jardín encantado. Ahí está la trasmutación, el salto a lo maravilloso, el encantamiento. Ese es el reino de la poesía, el reino de Orfeo, el de Alicia ante el espejo: «Nuestra historia resulta semejante / a la de esa muchacha maravillosa que penetró en el espejo / Estuvo a punto de desaparecer […] Que lo único que tenía que hacer era despertarse».

El poeta se busca a sí mismo e intenta responder a las grandes preguntas de la humanidad, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? Él responde, no como pensador, sino como soñador, como artista de la palabra y dice de una forma muy elocuente: «Tal vez somos un cuento / la nave de Ulises / o el ruiseñor de Keats / (ese pájaro no destinado a la muerte)».

La poética de Quessep está minada de castillos, duendes, gnomos, leyendas, hadas, adivinos, hechizos, encantamientos, sueños, reinos, jardines, fábulas. Todos esos elementos, lejos de ser una banalidad, son los hilos con los cuales el artista teje el tapiz de su poética, si esto es válido hemos dado con una de las claves de su obra, –como hemos dicho de su primer libro “El ser no es una fábula”: «Tejida está de olvido / la ilimitable rosa / Y en el jardín o púrpura aduendada / desdibuja su forma». // «De lo real la rosa fabulada / No tenemos conjuros / Quien crea en la leyenda / Puede mirar las nubes / Verá que empieza a detenerse el tiempo». // «Al borde de las hadas […] Una sola palabra el hondo patio / Te da sombra en el tiempo / Tu historia es lo que sueñas / Lo real es ya fábula naciendo de tu mano».

El temor a ser olvidado, a ser polvo de ruinas persiste en la poesía de nuestro autor: «El ruiseñor cantó / Sobre esta piedra/ Porque al tocarla / el tiempo no nos hiere […] No todo es tuyo olvido / Algo nos queda / Entre las ruinas pienso / Que nunca será polvo / Quien vio su vuelo / O escuchó su canto».

El poeta vive el mundo y lo siente como un sueño o una fábula y eso es lo que canta y cuenta. El medio que tiene para hablarnos de su visión es la palabra, como el músico la música, el pintor la pintura, el escultor la materia o el arquitecto las formas: «La palabra nos sueña / Todo transcurre (El fuego / Regresa a ser penumbra / Viejas colinas cuento».

Finalmente, sin pretender que sea un tópico, me pregunto: ¿Será posible hablar de un “realismo mágico” en la poesía de Giovanni Quessep? Aunque negásemos el cliché, no cabe duda de que realidad y ficción forman un ritmo isócrono de sístole y diástole en la poética del poeta colombiano.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

GIOVANNI QUESSEP: "El ser no es una fábula" (1968).

Iniciamos un periplo por la obra de este notable poeta colombiano, desconocido para muchos. Su poesía, como la de los grandes maestros de la creación artística, me ha cautivado. Sus obras poéticas, publicadas en España bajo el título de “Metamorfosis del jardín”, poesía reunida (1968-2007), Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2007, es una joya patrimonial de la literatura hispanoamericana. Expongo mi lectura de sus poemarios a sabiendas de que siempre nos quedamos cortos en la interpretación o hermenéutica de la obra.

“El ser no es una fábula” (1968). Este libro marca el camino que el autor va a seguir a lo largo de toda su obra poética. El hilo conductor con el cual el poeta teje el tapiz de su poética es la nostalgia, la melancolía: «La nostalgia es vivir sin recordar / de qué palabra fuimos inventados». Hay, naturalmente, muchos otros hilos –que trataremos de descubrir a lo largo de sus obras- con los que el artista zurce el tapiz de su fábula.

Podemos subsistir a los lugares y al tiempo gracias a que podemos soñar o, lo que es igual, inventar un mundo, el deseado o el perdido, en el cual poder vivir y superar la adversidad. La vida humana, lo real y lo doloroso, es como un juego de dados en la que a veces se gana o se pierde. El poeta fluctúa entre ambas cosas: «Soñamos y perdemos. Los dados falsos, las huecas imágenes en la tierra». Existe una tensión en el alma del poeta entre el pasado y el futuro. Y esa tensión del presente es la esperanza: «Vamos perdiéndonos, precipitándonos de esperanza […] El resto es camino. ¿Dios? Silencio». Hamlet, del célebre William Shakespeare, en el momento de expirar exclamó: “El resto es silencio”.

La lucha por no perder la memoria, el pasado ancestral es otra constante en la obra de Giovanni Quessep. Esa lucha interior es sufrida en silencio y sosegada con la palabra poética: «¿Algún día no fue nuestro / el mar, su ciclo de labios y pájaros, / su complicado amor, el son eterno de su discordia?» No hay calma en el alma del poeta que, como el mar, se bate en la orilla: «Hoy el silencio se hace nuevamente discordia».

La experiencia humana del creador le impele a madurar en la sombra, es decir, en la soledad. El artista se ve obligado a inventar un mundo en el que pueda, poéticamente, habitar a pesar de las complicadas grietas de la vida: «Nosotros caminamos / a la ausencia / como fantasmas / en la viva sombra». Empujados por el tiempo, por todas las tormentas de la existencia, el poeta comprende que: «La vida no es / el volumen de ser en lo que sueñas. / La vida es esto que madura en sombra».

Cargamos con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con nuestros recuerdos más recónditos. Soñamos lo que fuimos, la nostalgia lo reinventa, y, ante el miedo a la muerte y de que desaparezca eso que somos, sólo nos queda el canto, es decir, la palabra, la única que nos salva de toda negación posible, de la muerte misma desde la cual resurge como un sol el poeta: «Nadie / olvida que morir es esta impura / claridad».

El poeta, que crece en tierra extranjera, conoce su pasado árabe. La nostalgia de la que hemos hecho mención arriba tiene su raíz más profunda en el desarraigo de la cultura y la tierra de la que es oriundo el poeta, o mejor, sus padres y abuelos. Durante muchos años el poeta vive con el alma desgarrada: «Todo es exilio y mar». «Cuando oí su relato del exilio / vino la gran desolación».

Podemos decir que a partir de cuando el poeta tiene conciencia de ser extranjero, de ser otro, de otra raza, que tiene que empezar de cero, sin posibilidad de volver a su tierra ancestral, carcomido por la melancolía, es cuando empieza en verdad a vencer la soledad y el vacío, la nostalgia y la lejanía. Aquí se inicia el canto elegíaco –el complejo de Ulises Laertes-, la poética de la discordia, la fábula, la leyenda, el tapiz de su visión onírica y poética. «Tienes la fábula al fondo, no te afirmas / sino en olvido y músicas pasadas». El poeta vive poéticamente su ser y estar en el mundo y su escritura certifica que realmente cuenta su propia existencia: «El ser no es una fábula, se vive / como se cuenta, al fin de las palabras».

Desde la ficción poética, que es un invención o un dictado a la conciencia, el artista mira las cosas –que son tuyas para cantarlas- como propias, aunque sea como una sombra: «Todo te pertenece en esperanza: / El canto de los pájaros, el nombre / de tu destino […] Nunca los sueños, nunca el paraíso: / Todo te pertenece, en sombra y agua».

El tiempo fluye, con dos cauces, el temporal y el intemporal, eterno, como agua imparable y ese sentido heraclitano de la existencia despierta la intuición del poeta: «No se detiene el agua que te busca, / que te nombra los sueños y las manos. […] Ah doble cauce de tiempo encarnado».

Así las cosas, para ganarle tiempo al tiempo, para sacarle partido a esta vida que es transitoria, aunque con una chispa de no tiempo, es fundamental sentir el amor: «Se ganan días si el amor invade / la hermosura del ser». Sin embargo, al hombre le invade con frecuencia la desolación, la noche, la muerte. La esperanza, que ya apareció más arriba en este poemario, forjada precisamente en esas experiencias duras de la vida, y asumida como actitud vital, llena de sentido: «Cada esperanza tiene su memoria, / su sol de hierro, su llanto de exilio; […] cada esperanza cruza por la muerte / con dura transparencia y dura sombra».

La esperanza despierta en la conciencia humana del poeta la claridad de que no todo está perdido, que hasta de lo que parece que es sombra y nada más, una luz brilla y sale a nuestro encuentro: «Esta luz de la tarde no termina / sino en nosotros: tiempo que revierte / a la esperanza, nos acerca sueños / perdidos en las cosas».

La muerte, que domina el tiempo, amenaza la esperanza e incluso los anhelos, lo sueños del alma humana. Esto es bien importante para el poeta, quien se refugia en la poesía, como un alquimista de la belleza y de la palabra, para hechizar, encantar o exorcizar el influjo atroz del tiempo y muerte: «La muerte comienza a exhalar / ese aroma nocturno, ácido, / que va por dentro de los sueños».

El mar y la soledad son una moneda de dos caras. El mar solo, siempre en discordia, es un símbolo de la soledad del alma del artista, que está en el mundo, exiliado: «El mar que nunca vuelve / nos lleva en su oleaje. […] (Oh exilio y hundimiento / irrefutable.) / La soledad es esto: / El mar en todas partes». «El mar abre la noche, quema sueños / con su tiempo hacia abajo».

Giovanni Quessep, transido de nostalgia y soledad interior, para afrontar los azares de la vida y situarse ante el tiempo y la muerte, intenta responder de forma coherente a todo ello con la palabra. La poesía, con la que fabula y sueña, le da aliento y esperanza. Cantando su soledad, exorciza, encanta, los laberintos, las noches.

lunes, 8 de septiembre de 2008

LA PESTE

Albert Camus, Nobel de Literatura, en su célebre novela “La Peste” de 1947, destaca que el gran sufrimiento de su época, el más hondo y generalizado, era la “separación”. Separación de la familia, de la sociedad, de uno mismo. La causa era la guerra, el exilio, interior y exterior; el hambre y, el peor de todos, la muerte.


Este hallazgo me trae hoy aquí con un hormigueo en la conciencia, en la cabeza. Pienso en nuestro continente, en nuestros países y miro a Honduras con objetividad, la que se puede, y trato de no abstraer demasiado cuál es su talón de Aquiles, su punto más débil y doloroso, lo que más le rasga sus sentimientos. En mi opinión considero que “la peste” que asola a Honduras es un tejido de cosas que tiran las unas de las otras: la violencia, la inseguridad, el desempleo, la miseria, la emigración, el hambre, la corrupción.


El Estado paternalista está separado del pueblo. La justicia está separada del pueblo. El Congreso está separado del pueblo, de la sociedad. El Estado no sufre el dolor de los miserables. Consuela con la mentira, con confites, sin embargo, la realidad se le impone con su peso inexorable. Al fin la necesidad aplasta a la demagogia y por eso se echa la gente a las calles. Esto me hace pensar que puede más la lágrima de una madre que el discurso de un presidente. En fin, sólo el “comal” conoce cuánto calienta el fuego.


Todavía hay gente que vive en su burbuja de cristal, gente que no cree que la violencia o la muerte puede tocar a sus puertas, como en Egipto o en Orán de la que habla Camus y se refugian en el aire acondicionado de los moles o suben los muros a sus casas. Hay quien desafía la peste llevando una vida suntuosa, ostentando con el lujo en charcos de miseria.


Miles de familias se han visto brutalmente separadas de sus seres queridos por un secuestro, un asesinato o porque un día partieron en manada con los “coyotes” en busca de un norte.


Es terrible negociar con el hambre de los pobres. No se puede sepultar en vida la esperanza de quien, con el sudor de su frente, desea ganarse el pan. Con la fuerza del amor podemos aplastar una montaña. Hagamos bien nuestros “negocios” para que ceje la peste, y dé lugar a una nueva época en la que, no sin otras luchas y dificultades, sintamos que no son tantas las cosas que nos separan.

Localización tierra natal, República Dominicana