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miércoles, 29 de mayo de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
ANIVERSARIO - POESÍA- PEDRO GRIS
ANIVERSARIO, UN CANTO DE MUERTE, VIDA Y ESPERANZA
Aniversario es una obra de gran significado en el proceso creativo de Pedro Gris.
Obra que está dedicada a quien fuera tu maestro de juventud, Romanof, como le llama literariamente a Nelson Minaya. El
tema de la muerte, horror vacui, la nostalgia, el suicidio, están muy presentes
en los versos que conforman este nuevo poemario.
Hay un evidente esfuerzo por entrar en el océano de
la memoria, como si entrara a navegar en internet, sin otra finalidad que la de
lograr exponer “la materialidad de lo vivido”. Gris aborda la muerte
introduciéndose en sus propias vivencias o, como lo llama él, en sus “verdades
de vida”. Y lo hace con el temblor de quien habla de la muerte con el extraño
deseo, el de Romanof, del suicidio: “Quizás el anhelo a de morir / sea por el
horror a la muerte”.
¿Qué hacer, pues, ante
el miedo a la muerte, ante el suicidio como única forma de superar la “versión
inaguantable de la realidad”? No hay respuesta fácil a esa pregunta. Pero como
salida momentánea solamente queda orar. Pero orar, paradójicamente, como mero
acto de consuelo subjetivo y no como acto confiado en Dios: “Oremos si te
apetece / aun sin fe”. Ese vacío
terrible, pero consciente, suplicante, es un “sabroso dolor llorado”.
Aniversario
preludia lo
que inevitablemente es, ya, aquí y ahora, la muerte como presagio, como
acontecimiento futuro, pero a la vez como singular instante que estalla en el
presente: “Ves esa ambulancia, salúdame, ¿crees que sobreviviré a lo que viene?
/ Aquel día la miseria se había acumulado sobre mí como la nieve / paralizando
el tránsito”.
El maestro es Romanof y el alumno RomanOn. El
primero piensa en la muerte y acaba matándose. “¡Pensar tanto en la muerte te va a matar!” El segundo atestigua el
suicidio de su maestro. RomanOn vive para contar “cosas no vividas”, las “imágenes soñadas”. La particularidad de Romanof es
el haberse precipitado al vacío de la muerte, como liberación de las manchas
del mundo, pues era un ser cuyos pies no tenían medida que le ajustara. RomanOn
no logra comprender el destino de su guía, pero sí alcanza a ver que “¡El mundo
puede ser basura cuando no lo soñamos!”
RomanOn añora las conversaciones con Romanof; echa
de menos el “ruiseñor ensordecedor que introducía el mar en la conversación”, y “la brisa esencial de las olas”. Ya sin su maestro RomanOn ha hecho su
síntesis: “Sólo en el sueño encontramos el sentido”. Dice el siquiatra vienés
Víktor Frankel en su obra “El hombre en busca de sentido", que
los hombres que estaban con él en los campos de concentración nazis se
arrojaban contra las alambradas, se suicidaban, cuando perdían el sentido de la
vida, cuando, en definitiva, dejaban de soñar con aquello que les sostenía con
vida. Esta síntesis existencial a la que llega Frankel, es exactamente a la que
llega en su poética Gris, aunque por otros caminos, claro. Y, es, precisamente,
dicha síntesis (¿saturación de ideas?) la que lo aboca a la conciencia que se
expande en un conjunto de ventanas: “¿Piensas refugiarte en el Windows de mi
conciencia, / hacerme asomos virtuales en la noche / de todas las
inauguraciones…?
Xavier Villaurrutia con su obra “Nostalgia de la muerte”, texto
fundamental del mejicano, la veo como plataforma de Aniversario. Posiblemente Gris conozca esta célebre obra. En mi
opinión, Aniversario tiene una
extraña ilación con la obra del poeta mejicano. Villaurrutia y Gris están
interconectados en tiempo y distancia con el concepto de la noche, pero sobre
todo, con el tema de la muerte. Villaurrutia asocia la noche con la muerte: “La
noche vierte sobre nosotros su misterio, / y algo nos dice que morir es
despertar” (Nocturno miedo).
Romanof era un ser refinado, “un aristócrata caribeño”, un refinado griego del siglo XX –por su cultura
universal- que “arribó, quién sabe mediante qué tipo de internet / de los
anhelos, en los mares mortuorios y repetitivos de su suicidio”. Aunque
respetaba el culto católico, Romanof era un místico sin Dios: “En el fondo
Romanof era un místico. Un místico sin Dios”.
Pero un ser como Romanof, tan refinado y culto, “amaba freudianamente a su abuela, que lo adoraba, y
a Polanquito, (especie de “muchacho andaluz”). ¿Qué quiere decir “freudianamente”? ¿Quiere decir que era enfermizo,
sicótico? ¿No era acaso una pasión amorosa platónica, o sea, imposible? Ese
amor platónico ¿pudo haber agrietado la estructura de su personalidad ese amor
“freudiano”? El hecho es que RomanOn se pregunta: “¿Por qué se habrá suicidado
este pobre amigo mío / que algún día llegará a ser mi maestro?” El suicidio de
Romanof fue la última enseñanza para RomanOn, que aún respira por la herida que
dejara su maestro.
RomanOn quiere dar el salto a Dios, pero no puede,
aunque quiera, puesto que es, como Romanof, un “místico sin Dios”. Aquí entra
en juego el fenómeno de la conciencia, de la autoconciencia, tema que aflora
continuamente en la creación poética de Gris. Esa conciencia universal “en
simetría con la nuestra”, posiblemente sea la “conciencia de los universos”, es decir, el “equivalente a un internet o refugio de la conciencia
humana”.
La razón poética de RomanOn cae por su propio peso,
debido a que “toda realidad es triste en esencia porque siempre será meramente
referencial”. Más aún, la realidad es una “sombra de paradigma”. El sentido
trágico de la vida unamuniano está presente en la poética de Gris, que ve crudamente la imperfección humana y la sopesa con la
tristeza profunda de saber que es prácticamente imposible alcanzar la
perfección: “La existencia trágica atada
a la nostalgia de su propia perfección inalcanzable”. Esa afirmación de que la
perfección es imposible se relativiza cuando el Galileo dice a sus discípulos:
“Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”. O cuando Teresa de Ávila,
la monja santa, dice en Las Moradas,
que la perfección se logra amando a Dios y amando a los semejantes.
Sin embargo, lo más triste y trágico de la vida, no
es tanto el lastre de la imperfección, sino la “consciencia de la muerte” que
tiene el hombre. “Ou plus tôt / ou plus
tard, / le trajet est égal / pour tous les voyageurs”, dirá el poeta Chateaubriand. Esa consciencia de la
muerte está en conexión con el pensamiento metafísico de Martín Heidegger, el
cual habla de que “el
hombre es un ser para la muerte”. Gris lo dice con otras palabras: “Nuestro pecado original es la consciencia de la
muerte”.
Lo que atormenta a RomanOn no es tanto la
imperfección humana, cuanto la consciencia de la muerte. La muerte como
problema existencial. Es el absurdo de la vida que tiene, sin duda forma y
belleza, pero aparejada con la inevitable realidad de la descomposición, la
destrucción, la muerte. El oro mezclado con el barro. “Belleza y forma humanas traen consigo principios de descomposición, de
destrucción de identidad y de la horma única, al final”. Ante esto, ¿qué hacer?
O reafirmarse en la vida o suicidarse. Romanof escogió lo segundo.
El discípulo, RomanOn, logra identificarse con su
maestro y recrea su imaginario poético con aciertos y originalidad: “confusión
dichosa; el cerebro en blanco pensando con los sentidos, / los sentidos pensando
sin el pensamiento, la sensación de que nuestra sensibilidad / andaba
levitando”. En esas extrañas experiencias interiores, “de un blanco rutilante”
es que RomanOn identifica lo que él llama “verdades de vida”, jugando entre el
dolor y el placer para aliviar la existencia: “armo y desarmo el puzzle del
dolor y sus placeres”.
La nostalgia será siempre eso, nostalgia, puesto que
jamás volveremos adonde estuvimos. La nostalgia del pasado está en todas partes
y en ninguna. Si una cosa es cierta, eso
es lo que hemos vivido. Mas lo vivido no deja de ser un vago producto químico
que pulula entre las sinapsis cerebrales que nos trae la memoria. “La nostalgia
no tiene territorio. / No regresaremos al lugar añorado / aunque lo visitemos. / Retirémonos al lugar de lo vivido. / ¡Sobre
lo que hemos sido no hay azar!” La agudeza de RomanOn alcanza cuotas de
genialidad: “El pasado no vendrá a nuestro encuentro / si acaso como fantasmas
indocumentados”. “Todo lo que hemos llegado a ser sin semejanza / regresará a
nosotros como espectros”. Dice también, con cuánta razón: “nunca podremos
juntarnos en lo vivido”.
RomanOn es consciente de que su fe, su escasa fe, no
es suficiente para creer que el cuerpo o el alma de su maestro Romanof, o la de
todos los que han vivido en la historia de la humanidad, estén en algún lugar.
Esta noción del más allá abisma todavía más el vacío y la angustia de la muerte
en el poeta. “Por la mala calidad
de mi fe (¿valdría decir “mi mala fe”? Comprendo que su cuerpo / enceguecido
por los peces no reposa en aquel nicho / ni en ninguna otra parte”.
RomanOn, sacudido por el recuerdo vivaz de la muerte
de su maestro Romanof, rayando el nihilismo más exacerbado llega a afirmar: “No
existiremos de ninguna forma / tampoco nosotros”. Ni siquiera pasando de unos a
otros el “recado genético”, pues “la reproducción no nos salva. Nada nos
salva”. ¿Por qué motivo o razones llega a este límite? Porque “he llegado a
notar que la muerte / anula nuestras existencias “reales” / transformándolas en
virtualidades de la memoria / de otros, que termina también borrada”.
¿Qué queda después de
que mueran los que nos recordarán? Queda, acaso, la posibilidad de una especie
de “internet de la conciencia” universal. “Resucitaremos en sus recordaciones y
ahí acabamos, / si acaso no emigramos a algún tipo de Internet de la
conciencia”. Estas palabras de Gris están en paralelo con las de Juan Bosch en su cuento "La muchacha de la Guaira": "Nosotros, los seres humanos, nos perdemos en la muerte, en la nada [...] Yo tengo un lindo recuerdo, un solo recuerdo bonito en mi vida, Hans, pero va a perderse, va a desaparecer cuando me muera".
Pero la cuestión que percute la conciencia del
poeta, de RomanOn, es el final de la vida: la muerte. “La muerte es el gran tabú de la vida”. Más aún, pone en duda, como
hacen los escépticos, no sólo la idea de la perfectibilidad humana, sino la
posibilidad de la vida en el más allá. Piensa que esa creencia es un producto
del miedo. “La obsesión por una supuesta sobrevivencia ultra terrenal / y la
presentación de la perfección de nuestra esencia vital / como pruebas de
trascendencia son para mí, / a veces, elaboraciones de nuestros genes metidos
en el miedo”. Sin embargo, hay visos de esperanza, paradójicamente, cuando el
mismo RomanOn afirma: “Nadie se muere dos veces ni tres o se refleja / sobre
cuerdas que tañen hacia otro universo”.
La realidad conocida, la experiencia acumulada,
viaja no sabemos hacia dónde: “Por razones que desconocemos / lo conocido viaja
/ hacia lo desconocido. / Nunca, al parecer,
podremos juntar lo que transcurre”. Lo cierto es que, y esta es otra
visión poética de RomanOn, “la realidad es un caballo desbocado expandiéndose
hacia la pradera”. Resuena aquí la teoría de la expansión del universo de Edwin Hubble y de Lemaitre.
Ni el pensamiento ni el cuerpo pueden abrir la
muerte. Es imposible. No es posible. “La muerte es una puerta cerrada que el
pensamiento no abre”. “El cuerpo no
puede abrir la muerte, es imposible / está al otro lado de su esencia”.
Nuevamente se avista un rayo de luz en esta poética
del tánatos de RomanOn. Moriremos, sí, pero la extinción no es absoluta ni total.
Hay una transformación de un cuerpo mortal a un cuerpo (si se puede decir así)
glorioso e inmortal. ¿Cuál es esa esperanza de vida más allá de la muerte? Ya
se ha dicho algo arriba, viviremos en un “collage de paraíso”, esto es, en un “internet de la conciencia”. No hay
una negación nihilista total, sino la duda que no cesa, la “mala fe” del poeta. “Juntos / vivos y en modo de
muerte, en lógica de sueño, / en las
atmósferas raras de la muerte despertaremos, / en collage de paraíso, suerte y
destino coexistiendo […] Vivirás en una especie de internet de la conciencia, /
vedado a tu imaginación que lo ha creado”.
Pero no le basta a RomanOn intuir esa forma de vida.
Pues lo que le mata en vida es saber, mientras vive ahora, que un día morirá
irremediablemente. Este es el gran problema de RomanOn, que es consciente de su
propia muerte. No le angustia tanto el después, sino este ahora muriente que
llega con la fuerza de un huracán a su conciencia. Aquí RomanOn escribe, tal
vez su mejores versos: “Saber que moriremos nos mata en vida / y luego el trance místico, los
segundos precisos / del tiempo imaginario de la muerte. / La diferenciación. El
salto. Y ya quizás muerto / la rosa contemplativa ¡el gozo de lo irreversible!,
el orgasmo de la conciencia sumergiendo / al mundo en su irrevocable
temporalidad”.
José Goroztiza, con su obrta “Muerte sin
fin”, aborda, al igual que Villaurrutia, el tema de la muerte. “Muerte sin fin”
es una obra fundamental en la poesía mejicana del siglo veinte. Goroztiza se ve
sacudido por el tiempo y la muerte. Aquejado por el tiempo escribe: “Es el
tiempo de Dios que aflora un día, / que cae, nada más, madura, ocurre, / para
tornar mañana por sorpresa… Es un vaso de tiempo que nos iza en sus azules
botareles de aire y nos pone su máscara grandiosa”. Su visión de la muerte no
tiene fin, el poeta mejicano lo dice así de forma insuperable: “Largas cintas
de cintas de sorpresas / que en un constante perecer enérgico, / en un morir
absorto, / arrasan sin cesar su bella fábrica / hasta que –hijo de su misma
muerte, / / gestado en la aridez de su escombros- / siente que su fatiga se
fatiga… / muerte sin fin de una obstinada muerte, / sueño de garza anochecido a
plomo / que cambia sí de pie, mas no de sueño, / que cambia sí la imagen, / mas
no la doncellez de su osadía”.
Para mí lo mejor de Aniversario está en este tramo final en que se vislumbra
un canto a la vida, un rayo de esperanza para la existencia, poética o
filosóficamente hablando, aunque falte el salto de la fe, que ya está en RomanOn
como semen fecundando el sinsentido de la vida.
El poeta intuye “lo que habremos de ser”, “lo que
hemos llegado a ser en el amor”. Su numen aflora con lucidez al afirmar:
“Algunos espíritus intensos miran por nuestros ojos / la luz arqueada por la
gravedad de lo que amamos”.
No hay fe en RomanOn, “buena fe”, en contradicción con su “mala fe”, -porque es pálida y
frágil y no porque sea mal intencionada-, pero hay amor, que es más grande que
la fe. Por el amor llegamos a ser en verdad lo que soñamos. En el amor
alcanzamos, no se sabe cómo, la plenitud de la existencia. “El icono formidable
de lo que hemos llegado a Ser en el amor / establecerá paradigma a los que
todavía no aman”. Sí, RomanOn, el amor es “paradigma” de la vida del hombre. Si
no hay amor, no somos nada. Si algo perdura, dice Pablo de Tarso, eso es el
amor, pues “el amor no pasa nunca”.
El discípulo se propuso una oda a la muerte de Romanof.
Sin embargo, al cantar la muerte de su maestro, se ha encontrado con sus
propios fantasmas. Aniversario no es sino una forma de decir al mundo que Romanof
sigue viviendo en la memoria de su discípulo, que el día que él también muera
se llevará a la tumba sus recuerdos. Pero con la salvedad remota de que pueda
pervivir en “collage de paraíso” o en un “internet de la conciencia” universal.
Le queda a RomanOn la posibilidad, imaginaria si se quiere, de que su maestro y
amigo “nade todavía mar adentro / sin llegar a saber / que ha muerto”.
Existencia intuida como posibilidad y no como negación en medio de la noche
como “el último rumor de los ahogados” como canta Francisco Matos Paoli en el Canto de la Locura.
Con este poemario Pedro Gris, a quien he llamado
RomanOn, en evidente paralelismo con su maestro, Nelson Minaya, Romanof, “tiene que haber arqueado el paso de la luz”. Aniversario le echa un pulso a la muerte. Es una
provocación a la muerte, que llega inexorablemente, y que le calcina la
inteligencia, la razón la razón al poeta.
Aniversario es una obra que reafirma que algo se va con la muerte y algo perdura.
En De convivio dice Dante: “Todos los
escritos, tanto de los filósofos como de los demás sabios escritores, están
todos concordes en que en nosotros hay algo de perpetuidad”. Aniversario, en toda lógica, con sus
paradojas, no escapa de esa afirmación del visionario italiano.
La poesía de Gris, RomanOn, es una poesía recia,
inquietante, universal. Poesía que hila el “collage de paraíso” que en lo
secreto anhela el alma. Porque el hombre es, en esencia, un ser que se resiste
a la muerte y desea, aún sin saberlo, el amor, la vida, la visión luminosa de
la perfección que Dante simboliza en la belleza divina de Beatriz. Aniversario conmemora la muerte de
Nelson Minaya y prefigura nuevas sendas, luminosas, para Pedro Gris.
Zaragoza (España) 6
de febrero de 2013.
jueves, 17 de enero de 2013
SEPELIO EN TEBAS
Una visión de Antígona de Sófocles de Seamus Heaney
Sepelio en Tebas, primera edición Madrid - México, septiembre 2012. Vaso Roto Editores. Versión de Hernán Bravo Varela.
Me sorprendió esta nueva obra de Seamus Heany. Lo digo porque lo he leído más como poeta de su tierra y de su tiempo en Irlanda que en el terreno del teatro, pero no todo teatro, sino el teatro griego.
La sorpresa me llega en dos niveles. Hay todo un trabajo de Heaney en Sepelio en Tebas en el cual se vierten por un lado, el manejo de la tradición cultural de la tragedia griega, que procesa poéticamente hasta alcanzar pasajes de altísimo nivel poético como el tramo donde Teresias se desfoga verbalmente contra Creonte (p. 72); y, por otro lado, la aplicación del drama de Creonte al contexto histórico contemporáneo.
El drama narra la actitud de Creonte que se niega a sepultar con honores militares –como hizo con Eteocles, que cayó defendiendo el Estado- a Polinises. Creonte condenaba a éste, por antipatriota, a no recibir ceremonia fúnebre, a una degradación pública y, por consiguiente, a ser alimento de las aves de rapiña. Este es el punto de partida del fundamental del drama.
La condena de Polinises pone en evidencia la soberbia de Creonte como jefe de un pueblo, Tebas. Y esto es lo que aprovecha Heaney para hacer una aplicación al momento histórico en que W. Bush, desoyendo las voces de la ONU y del mundo, abrió fuego en la guerra de Irak.
El diálogo entre Antígona y su hermana es vivísimo. Ellas hablan de derechos, del poder y las leyes de Creonte, de la situación desventajosa en la que ellas se hallan en virtud de la ley y de quien las dicta, que no es otro que el mismo Creonte. Con lo cual no queda otro camino que acatar sus órdenes o perecer. Antígona es más emocional y tiene las fibras del corazón más sensibles y se propone enterrar, como en efecto hace, a Polinises, su hermano; la otra hermana, Ismene, en cambio, es más fría, más racional, vamos. Ella se atiene a las leyes, sean justas o crueles. Tilda a su hermana de floja, de estúpida.
El mismo Creonte, a pesar de su soberbia, genera unas reflexiones de gran calado sobre las leyes, de quienes las hacen y de quienes tienen el poder del dinero (p. 37-38). Naturalmente, quien está interiorizando no es otro que el poeta Heaney.
Me produce un gran deleite el pasaje que pone en boca del Coro (p. 40) que canta el prodigio que es el hombre como criatura, de cómo aparece en el mundo, cómo de desarrolla y evoluciona, etc. Es un pasaje memorable. El hombre es, sin duda, una criatura excelente, pero a veces es capaz de la peor perversidad. Ese es el drama antropológico, filosófico de fondo, que Heaney trae a colación. El hombre es un ser luminoso, inteligente y noble, pero a veces es oscuro y retorcido deliberadamente.
En el reino de Creonte nadie se atrevía a desobedecer una ley, so pena de muerte. Antígona lo sabía y, con gran valor, decide enterrar a su hermano Polinises. Al ser descubieerta, ella acepta la acusación sin ambages ante Creonte y no le importaba morir porque, según su parecer y su conciencia, lo que ella había hecho era de justicia, aunque desobedeciese la ley: “La quebranté porque esa ley no era / la ley de Zeus ni la que ha ordenado la Justicia, que mora entre los dioses / de los muertos” (p. 44).
Creonte, que es un hombre de edad adulta, no acepta consejos de nadie y, aunque se sabe equivocado, sigue cabalgando, escudado en la investidura, sobre sus ideas y decisiones. Sus más cercanos seguidores no son capaces de decirle la verdad como Antígona, ppor hipocresía, por miedo a ser tachados de antipatriotas o por miedo a las represalias del rey.
El drama se agudiza más cuando Hemón, hijo de Creonte, se opone a su padre y le pide que no lastime a su novia y prometida, que es la mismísima Antígona, personaje clave en esta obra de Sófocles. Pero su padre hace oídos sordos y manda deshacerse de ella enviándola a una cueva en lo alto de unas sendas de difícil acceso. Ordenó ponerle algo de comida hasta que muriese. Creonte le da esta condena para, según él, no manchar sus manos de sangre: “En mis manos no hay sangre”, aludiendo a que Antígona es la culpable y que él solamente dicta justicia. Sin embargo, -en esto veo algo de cinismo- ordena que la lleven a la cueva escondida en lo alto de una roca, allá mandó atarla y dejarla morir.
Antígona genera compasión y en ningún momento uno deja de pensar en sus razones, en la defensa del cultro exequial y en lo que es justo más que de ley. Heaney explota al máximo su discurso poético y pone en su poca estas palabras: “Soy como Níobe, / como la pétrea Níobe / con nieve derretida y lluvia a cántaros, / una roca que llora para siempre; como hiedra durante un aguacero, / chorreando en una cresta / desde lo alto del Sípilo” (p. 62-63).
El delito de Antígona no fue sino enterrar a su hermano, por eso fue condenada. Todos los del pueblo lo sabían, pero no le llevaron la contraria al rey Creonte para, acaso, no correr con la misma suerte.
Antígona cree, porque era una mujer religiosa, que el castigo le había sobrevenido como parte de una fatalidad: la de su padre Edipo, que tanto ha dado que hablar a la teoría freudiana sicoanalítica. Queda claro, pues, -insistimos- que Antígona fue condenada por cumplir el rito religioso de dar sepultura a los muertos. Sin embargo, su final era la desembocadura de un sino fatal, esto es, ella seguía aún arrastrando la culpa del incesto de sus padres: Yocasta y Edipo. Como se sabe Edipo se casó con Yocasta sin saber que era su madre y tuvieron 4 hijos: Polinises, Eteocles, Ismene y Antígona. Su tragedia no era sino el producto de la tragedia de su propio pasado.
El contraste ente Antígona y Creonte es diamentralmente opuesto. Creonte no tiene ningún respeto al rito funerario, que era un acto religioso. Pero menos lo tiene por Antígona a quien condena a muerte, a una muerte vergonzosa y pública por haberle desobedecido. el no dar digna sepultura a Polinises. Ella se pregunta: “¿Condenada por qué? Por ser devota, por un justo favor”.
Cuando Tiresias entra en escena, el drama se contrae vertiginosamente. Digo que se contrae porque es el único personaje capaz de hacer en entrar en razón a Creonte, que se precipita en su soberbia y en su cruel resolución de castigar con la muerte a Antígona que se atrevió a transgredir su autoridad.
Tiresias, ciego, tenía la facultad de ver el porvenir y por lo mismo, de aconsejar. Los rituales del vidente, que estaba al servicio del rey, fracasaban porque Creonte había dictado la orden de no sepultar a Polinises y sobre todo por condenar a muerte a Antígona.
Teresias, que no tenía ya nada que perder, fue la única persona capaz de tocar las fibras más profundas de Creonte: “Medítalo, hijo mío. Los hombres se equivocan. / Pero ningún error tiene que ser eterno. / Es posible admitirlo y también expiarlo. El problema es el hombre prepotente. Retráctate. / Sométete a los muertos. No apuñales fantasmas” (p. 69-70).
Teresias, que no tenía ya nada que perder, fue la única persona capaz de tocar las fibras más profundas de Creonte: “Medítalo, hijo mío. Los hombres se equivocan. / Pero ningún error tiene que ser eterno. / Es posible admitirlo y también expiarlo. El problema es el hombre prepotente. Retráctate. / Sométete a los muertos. No apuñales fantasmas” (p. 69-70).
El advino hablaba en base a la verdad, al menos esta vez, porque quería el bien de Tebas. Aconsejaba a su rey sin interés personal, aunque sabía que los gobernantes son corruptos y pagan sobornos. Tiresias le echa en cara el hecho de “haber arrojado a una hija de la luz del sol a las tinieblas” y por supuesto, haber“prohibido el sepelio de alguien ya fallecido [Polinises], uno que pertenece a los dioses de abajo” (p. 72).
A partir del consejo del adivino Tiresias, Creonte empieza a revolverse en sus propias reflexiones. Orgulloso, no quiere dar marcha atrás en las dos grandes decisiones tomadas contra Polinises y su hermana Antígona. Ahora, por temor a los dioses, y abandonado de su profeta, que le había servido para sus fines en la realeza, quiere dar marcha atrás a toda prisa, pero su soberbia hace de muro de contención.
Creonte, al fin, cede y decide sacar de la cueva a Antígona, pero todavía persisten en él la voluntad de respetar la ley por encima de todo. En esta parte Heaney pone en boca del Coro unos tercetos de fábula, es decir, de encantadora composición (p. 74).
Sepelio en Tebas es, en mi opinión, la historia de cómo un héroe puede convertirse en un antihéroe. Creonte salvó Tebas, pero su futuro era impredecible. Un ser que salva a una nación con gran esfuerzo la puede echar a perder, como Creonte, por su actitud de cerrada y soberbia.
Heaney hace un discurso libre en este punto para dejar aleccionar al hombre de hoy, acaso sumido en la soberbia, goces y poderes, que “puedes morar en tu aposento, colgarte las medallas de la fama y del gusto, / pero si en tu interior no sabes disfrutarlos, ¿qué ocurre? Si los goces en tu vida se acaban, / quedas entre espejismos. Sombras y ceniza” (p. 75).
El drama deSepelio en Tebas llega a su clímax cuando el hijo de Creonte, Hemón, que era el prometido de Antígona, se suicida tras verla ahorcada. Cuando Creonte ve a su hijo muerto y a su lado la amada de éste, siente una gran culpa y grita: “Escóndanme, escóndame de mí” (p. 77). Palabras estas terribles y dramáticas.
Al fin Creonte reconoce su tozudez, la necedad en la que había caído como rey y como padre. Con el hijo muerto en sus brazos dice: “Abran paso al rey fallido. / Desatinado en el trono, / desatinado en su casa, / por los cielos humillado. Hijo mío, hijo muerto, hice mal en hostigarte […] El golpe de la justicia / me atrapó y me ha derribado. Bajo las ruedas del mundo. Fui por un dios hecho añicos” (p. 79).
Cuando Creonte quiso poner remedio al origen de todos los males generados en su familia, ya no había tiempo. En la cadena de hechos trágicos, se sigue el del suicido de Eurídice, su mujer y por consiguiente, madre de Hemón, que no pudo resistir la pérdida de su hijo.
Sepelio en Tebas es un drama intenso que exhibe a Creonte como un “traficante de muerte”, un ser orgulloso e imprudente, que con sus acciones acarreó la desdicha a su propia familia.
La conclusión no puede ser menos aleccionadora que la que canta el Coro al final del drama. Actuar con mesura y sabiduría, sobre todo cuando se detenta el poder es cosa digna de ser alabada. Y lo es también el gobernar teniendo en cuenta a Dios y su culto. Está claro, los gobernantes que se pasan de los límites reservados a la justicia y a la Divinidad, acaban pagando sus propios desmanes: “Es llave de la dicha una conducta sabia. / Reina según los dioses y venéralos siempre. / Quienes se extralimitan acabarán penando. / Con su horquilla, el destino los desgranará / y los hará ser sabios cuando llegue el momento” (p. 83).
Seamus Heaney, le ha dado un aire poético fresco a Sepelio en Tebas. Los pasajes más duros y fuertes del drama sofocleano adquieren un impulso en la palabra poética del célebre poeta irlandés. Si algún nombre se le puede atribuir a este nuevo trabajo de Heaney es el de “poesía dramática”, o, si se quiere, “drama poético”. Esta obra, como todas las tragedias griegas, no deja indiferente a nadie. Los clásicos griegos siguen aún hablando al mundo de hoy de las pasiones humanas, por eso, esta obra recreada por Heaney viene a avivar el brasero de la gran literatura que nunca muere. Digo con Antonio Machado: “Bueno es recordar / las palabras viejas / que han de volver a sonar”. FLH
lunes, 22 de octubre de 2012
Fausto Leonardo: “'Gemidos del ciervo herido' son el desgarro de quien descubre a Dios y sufre porque no lo alcanza del todo”
El sacerdote dominicano de la congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, ganador del Premio Fernando Rielo de poesía mística de 2009, presenta su libro en la Universidad Católica de Valencia
16/10/2012
Noticia extraída de la página de la UCV (https://www.ucv.es/noticias_2012.aspx)
José Luis Sánchez, Vicerrector de Extensión Universitaria y Cultural, ha presidido el acto. En la imagen, al lado de Juana Sánchez-Gey, Directora del Aula de Pensamiento Fundación Fernando Rielo; y de Ana Isabel Mercado, autora del cuadro ?Por Amor?, que ilustra la portada del libro.
El sacerdote dominicano de la congregación de la Misión de San Vicente de Paúl Fausto Antonio Leonardo Henríquez, Vicario de la parroquia Nuestra Señora de Monteolivete de Valencia y autor del libro “Gemidos del ciervo herido”, ha asegurado que “el amor de Dios está alcance de todos, sin condición, no es privado ni exclusivo para algunos que son premiados. Todos podemos conocer el amor de Dios y experimentarlo”.
El poeta Jaime Siles también ha participado en el acto de presnetación de la obra.
De igual forma, ha considerado que “la comunión con Dios, el expresar esos sentimientos y emociones interiores son un don de Dios, y si lo tenemos hay que explotarlo”. Estas palabras las ha pronunciado durante la presentación de esta obra galardonada en el año 2009 con el Premio Fernando Rielo de poesía mística.
El acto, celebrado en el Aula Maior del Campus de Valencia-Santa Úrsula, ha sido presidido por José Luis Sánchez, Vicerrector de Extensión Universitaria y Cultural, y ha contado con la participación de Jaime Siles, catedrático de la Universitat de València, poeta, ensayista y crítico literario; Juana Sánchez-Gey, Directora del Aula de Pensamiento Fundación Fernando Rielo; y Ana Isabel Mercado, artista, educadora y autora del cuadro “Por Amor”, que ilustra la portada del libro.
Preguntado por el título de la obra, Leonardo Henríquez ha subrayado que lo ve desde el punto de vista del “cristiano que busca y desea amar a Dios con intensidad y lo intenta y no puede y se siente desgarrado o herido”. Ocurre que “el amor de Dios te alcanza, pero uno descubre que no lo vive del todo y no llega plenamente y sufre, de ahí los gemidos de ese ciervo herido”, ha añadido.
“Tener hambre de Dios y no saciarse de todo; querer estar en comunión con Dios y todavía no estarlo; anhelar verlo cara a cara, pero todavía no. Creo que la única cosa que podrá curar esa herida será ver a Dios cara a cara y ese momento será especial”, ha expresado para explicitar lo místico de su obra.
El sacerdote poeta ha manifestado que fue la “experiencia de Dios” lo que le llevó a escribir. La vida de oración, los ejercicios espirituales, “en los que el alma está más porosa y dispuesta a comunicarse con el Señor y a asentar la mente y el corazón para tomar aquellas cosas que tienen sentido para un sacerdote”.
Leonardo Henríquez también se ha referido a los místicos del Siglo de Oro. “Son un referente ineludible, sin duda alguna ellos dijeron la palabra poética, comunicaron sus vivencias místicas en su tiempo”. Por este motivo ha aseverado que “a nosotros, a los cristianos de hoy, nos toca comunicar esas vivencias espirituales y hacer que este siglo sea también, como decía Rahner un siglo de místicos. Estamos llamados a comunicar esas vivencias de Dios y hacer posible que la poesía llegue a muchos”.
El autor de “Gemidos del ciervo herido” se ha mostrado convencido de que la lectura de su obra en los cristianos produce “identificación y regocijo”. Igualmente, cuestionado sobre los más alejados o, incluso, los agnósticos, Henríquez ha observado que “hay quien dice que, a veces, los que mejor interpretan la mística son los ateos”. “Creo que los que desde el otro lado contemplan la poesía mística cristiana algo descubren, es una invitación a descubrir una voz y un arte distinto, que viene de Dios”, se ha mostrado esperanzado.
La obra “Gemidos del ciervo herido” obtuvo el Premio ‘Fernando Rielo’ de Poesía Mística en su XXIX edición, en el año 2009. El sacerdote recibió el galardón en Roma, en la embajada de España ante la Santa Sede , en un acto presidido por el cardenal Antonio Cañizares.
Fausto A. Leonardo Henríquez, sacerdote de la congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, conocida como Padres Paúles, ha publicado varios libros de poesía, es fundador y editor de la revista CriticArte (www.revistacriticarte.com), ha sido columnista de opinión y animador de la Comisión Diocesana de Medios de Comunicación en la diócesis hondureña de San Pedro Sula de 1999 a 2005. Igualmente, ha sido misionero durante diez años en Centroamérica.
Última hora en la UCV
La obra “Gemidos del Ciervo Herido”, ganadora de un premio de poesía mística, será presentada hoy en la sede de Santa Úrsula
A las 19,30 en el Aula Maior, por su autor, Fausto Leonardo Henríquez, vicario parroquial de Nuestra Señora de Monteolivete
16/10/2012
Portada del libro "Gemidos del Ciervo Herido", obra del sacerdote hondureño Fausto Antonio Leonardo Henríquez, vicario de la parroquia Nuestra Señora de Monteolivete, de Valencia.
La obra obtuvo el Premio Mundial ‘Fernando Rielo’ de Poesía Mística en su XXIX edición, en el año 2009. El sacerdote recibió el galardón en Roma, en la embajada de España ante la Santa Sede , en un acto presidido por el cardenal Antonio Cañizares.
Se trata de “una poesía testimonial que, por la forma de comunicar la superación, la esperanza y el gozo de lo divino en lo humano, y de lo humano en lo divino”, según ha indicado el propio autor.
La presentación del libro tendrá lugar a las 19:30 horas en la sede de Santa Úrsula de la Universidad Católica de Valencia, ubicada en la calle Guillem de Castro, 94. El acto contará con la participación de Jose Luis Sánchez, Vicerrector de Extensión Universitaria y Cultural; Jaime Siles, catedrático de la Universidad de Valencia, poeta, ensayista y crítico literario; Ana Isabel Mercado, artista, educadora y autora del cuadro “Por Amor”, que ilustra la portada del libro y Juana Sánchez-Gey, directora del Aula de Pensamiento Fundación Fernando Rielo, así como el propio autor del libro.
Fausto A. Leonardo Henríquez, sacerdote de la congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, conocida como Padres Paúles, ha publicado varios libros de poesía, es fundador y editor de la revista CriticArte (www.revistacriticarte.com), ha sido columnista de opinión y animador de la Comisión Diocesana de Medios de Comunicación en la diócesis hondureña de San Pedro Sula de 1999 a 2005. Igualmente, ha sido misionero durante diez años en Centroamérica.
lunes, 8 de octubre de 2012
domingo, 22 de julio de 2012
SEAMUS HEANEY, "LA LINTERNA DEL ESPINO"
SEAMUS
HEANEY, La linterna del espino, Círculo de lectores, Barcelona, 1995. El oficio
de poeta no es otro que el de construir con la palabra. El edificio que se
construye tiene y ha te tener las mismas proporciones con que la arquitectura
realiza sus obras. Para conseguir el resultado de las proporciones y la belleza
de la obra acabada es menester un buen empleo de los recursos, pero también de
la técnica.
El poeta, que sabe cuál es su misión sostiene que
hay solamente dos maneras de situarse a la hora de pergeñar la palabra poética:
«hay una manera correcta y otra incorrecta de sujetar la pluma». De ahí depende
de que la visión, sueño o inspiración se apoderen del poeta como una luz nueva.
«El sueño del poeta se apoderó de él como una luz del sol».
La vastedad del mundo circundante, la memoria
originaria que registra nuestro cerebro –infancia, orígenes familiares- y los
influjos de la naturaleza con sus múltiples lenguajes, van más allá de los
límites que marcan los sentidos. El poeta ve el mundo mediatizado, no lo
percibe todo. «Igual que el astronauta que contempla desde su ventanilla todo
aquello de donde procede». (Alfabetos).
El pintor brega con los colores y con ellos hace
aflorar en el cuadro, como dirá Ortega y Gasset, las ideas. El genio del pintor
hace posible que emerja una criatura que no existía. Análogamente, el poeta
transforma sus vivencias, sus recuerdos y sus pensamientos en la obra, que es
el poema. «Y continúas conduciendo hasta la frontera de la escritura / donde
todo vuelve a suceder». (From the frontier of writen; Desde la frontera de la
escritura). Las cosas vuelven a suceder, pero de otra manera, es decir,
transformadas.
En el poema que da título a la obra, “The haw
lantern” (
La linterna del espino ) hallamos, a la manera de las sentencias de
los sabios, una invitación a conservar la ‘luz’, la ‘dignidad’, poniendo todo
nuestro esfuerzo en evitar que se apague. «Luz pequeña para gente pequeña, /
sólo les pide que sepan conservar / la mecha de dignidad sin que se apague del
todo / para no tenerlos que deslumbrar con iluminación».
La linterna del espino, es un símbolo de quien
busca la verdad en la oscuridad del mundo; un símbolo del hombre que, con la
luz de la fe y de la razón –recordemos que Heaney es cristiano católico-,
aspira a que la humanidad sea más justa y buena. El poeta, como el filósofo
Diógenes, toma su linterna y sale a las plazas públicas a buscar al hombre con
mayúsculas. «Pero a veces, cuando tu aliento forma penachos de humo / en la
escarcha, adopta la forma errante de Diógenes / que con su linterna busca a un
hombre justo».
La labor del poeta es análoga a la Penélope , es decir su
tarea es tejer, pergeñar día tras día la obra de arte, la del futuro irlandés.
La fiel Penélope esperó veinte años a Ulises Laertes. ¡Y cuántas pruebas no
tuvo que pasar –ella también- hasta verla sonreír nuevamente! Heaney nos
alecciona –como lo ha hecho con la ‘linterna del espino’- con su poesía,
testimoniando con ella que hay que tener la paciencia y la audacia de Penélope
para poder cosechar los frutos de la espera, del ideal cultivado durante
veinte, treinta o cincuenta años, aunque no tengamos garantías de un final
feliz. «Penélope trabajó con cierta garantía de argumento. / Todo lo que
destejía de noche / podía hacerle ganar un día más. // Yo, hace ya cincuenta
años que afilo las mismas piedras / y todo lo que he deshecho nunca ha sido lo
que hice. / Como la oscuridad delante del espejo, no he tenido recompensa».
(The stone grinder; El afilador).
El poeta, como los mineros que se colocan su
linterna en la frente, profundiza en los problemas humanos, sociales y
políticos con el fin de «extraer el mineral de la verdad». Esta búsqueda de la
verdad, como anotamos arriba en el poema “La linterna del espino”, resuena como
un campanario en el interior del poeta tocando «una sola nota cada mediodía /
en honor del ojo único del cielo». (Parable island; Isla parábola).
Obsérvese que la ‘luz’ del medio día, el
campanario, el ‘ojo’ de Dios y la palabra ‘cielo’ nos llevan a la conclusión de
que la búsqueda de la verdad y la búsqueda del hombre justo que busca Diógenes
con su linterna, deberá buscarse con el auxilio de la ‘luz’ divina, luz que es
abarcadora como el sol que brilla en lo alto.
En “From the republic of conscience” (Desde la
república de la conciencia) Heaney nos lleva hasta los terrenos del mito
ancestral, sus símbolos, las creencias de sus antepasados como si ya poseyeran
una sabiduría natural del mundo, de las cosas y de Dios: «Cuando aterricé en la
república de la conciencia […] Allí la niebla es muy mal presagio, pero el rayo
/ representa el bien universal y los padres, durante las tormentas, cuelgan de
los árboles a los niños en pañales […] y tienen que proclamar su fe en que toda
la vida surgió / de la sal de las lágrimas que derramó el dios del cielo /
después de soñar en su eterna soledad».
Hay una preocupación –elemento que ya hemos
puntualmente señalado arriba- por el triunfo de la verdad y la justicia en La
linterna del espino. No siempre queda de forma explícita, sin embargo, la
esperanza de un juicio certero y justo: «Que sea como el juicio de Hermes, /
dios de los túmulos, en el cual las piedras fueron veredictos / arrojados a sus
pies por unanimidad, amontonándose a su alrededor» (The stone verdict; El
veredicto de la piedra); «Mientras la justicia horrorizada todo lo contempla /
como el sol que mira la nieve ártica» (The song of the bullets; Canción de las
balas).
La linterna del espino, es la consciencia luminosa
de un pueblo que pugna por su identidad, por encontrar su propia voz y su
destino. Pueblo, el de Irlanda, solidario, rodeado de mar pervive ‘flotando
hacia el destino’. El poeta, poroso, permeable a la historia de su pueblo,
conserva el sustrato, la sustancia o esencia de sus orígenes: «Somos un pueblo
disperso cuya historia / es una sensación de fidelidad opaca […] Cuando
reconocemos a los nuestros, cogemos el paso / pero nunca llegamos a
alcanzarlos. / Mi contacto más profundo fue subterráneo». (From the land of the
unspoken; Desde la tierra de los callados). Le pueblo irlandés, con su lengua
autóctona, su gente con carácter y sabiduría adquirida de los ancestros y en la
naturaleza, pugna conservar la unidad, la identidad. «Si no logramos ver a un
pez / que hemos oído saltar y sólo percibimos las ondas, / eso significa que en
algún lugar se está muriendo otro de los nuestros» (ídem).
El alma del artista con frecuencia es jalonada
desde las profundidades, como pez que pica el anzuelo en las hondas aguas. «El
alma se puede comparar […] Una estrella fugaz sumergiéndose de nuevo en la
oscuridad […] O, fin al alternativo, un juguete de luz / se enrolló en sus
entrañas, río arriba, sin encontrar ningún escollo» (The spoonbait; La cuchara
de pescar).
No faltan referencias culturalistas en
La linterna del espino (Penélope, Hermes, Esopo, Sócrates, Diógenes, Shakespeare). Estas
referencias nos pueden dar un somero indicio del andamiaje intelectual de
nuestro poeta. Hay una sutil coincidencia o intertextualidad entre unos versos
de Heaney y la Odisea
de la cual querría llamar la atención. Observemos lo que escribe nuestro autor:
«Cuando la cuerda del arco ha cantado una nota de golondrina, / la flecha cuya
migración es su blanco / deja en cada encaje un aliento susurrado» (Memoriam:
Robert Fitzgerald). Ahora leamos con atención estos otros versos de Homero en la Odisea , canto xxi, 405:
«…por su diestra probada la cuerda [la de Ulises] resonó claro y bien como pío
que da la golondrina».
La linterna del espino conserva el gen de las
obras “Norte” y de “Muerte de un naturalista”. Pero con ciertos resortes que la
distinguen como las referencias a la sabiduría universal, la alusión al mito y
leyendas ancestrales, el anhelo de la democracia, la verdad y la justicia. Las
coincidencias van entre estas obras van más en la línea de la remembranza de
hechos, episodios, recuerdos, el influjo de la tierra y la naturaleza, la
agricultura y la vida familiar en un ambiente católico.
El niño que fuera Heaney absorbió todo eso como la
materia con que después haría su obra o, mejor, con que el arte mostraría
aquellos vestigios de la realidad de un pasado que aún resuena y emerge en su
memoria. Su madre, a la que le dedica un soneto secuenciado con un tono
elegíaco, amén de la naturaleza, fue su gran maestra. «Ella me enseñó lo que su
tío le había enseñado: la facilidad con que se parte el bloque de carbón más
grande […] El sonido de aquel golpe relajado y seductor, / su resonancia
compartida y el eco apagado me enseñaron a descubrir la música / entre el
martillo y el carbón»; «más allá del silencio que se escucha» (Crearances;
Vacíos); «Yo vengo del musgo y de campesinos escuálidos […] he nivelado mi voz
de carretero a tonos de jardín […] dejo ahora caer esto / como la pluma de un
pavo real sobre la hierba» (A peacock’s feather; Pluma de pavo real).
No puede faltar en un católico irlandés, y menos
en un poeta con un alto sentido de pertenencia a una cultura, a una tierra, a
unas gentes, la nota característica de la esperanza en un futuro mejor. En el
poema “From the canton of expectation” (Desde el cantón de la esperanza) nos
dice: «Vivíamos sumergidos en una tierra de modos optativos, / bajo nubes de
resignación altas y espesas […] El futuro está en lo que sube desde abajo». Ese
futuro emergerá desde abajo con la certeza de que «como barco flotará cuando se
desencadene la tempestad».
La linterna del espino, que tiene muchos resortes,
como hemos podido ir viendo a grandes rasgos, bien puede ser llamado ‘acta de
una consciencia iluminada’ porque expresa el sentir de su generación y el
sentir del propio poeta que se mira vulnerable, hombre de arcilla, de barro:
«Decidlo, pues, y contemplad a los que / tuvimos las oportunidad de ser hombres
de barro, convencidos y distantes / figurad en nuestros propios ojos para los
ojos del mundo» (The mud vision; La visión de barro).
CONCLUSIÓN
Varios hallazgos descubro en mi lectura de La
linterna del espino. Seis claves de lectura que pueden ser útiles a la hora de
acercarnos a la obra. 1. La consciencia del acto creador, tanto en el fondo
como en la forma. Hay una evidente preocupación artística y un compromiso con
la palabra poética. 2. La memoria originaria. Quiero decir con ello que la obra
está jalonada por la cultura ancestral, la tierra, la identidad cultural
irlandesa, sus gentes y los recuerdos vividos en la infancia. 3. La mecha de la
dignidad. Esta es la clave del poemario. La dignidad es la única cosa que da
sentido pleno, no sólo al quehacer de Heaney, sino a toda una raza, a un
pueblo, el irlandés, que defiende su identidad. La dignidad es la linterna encendida,
la luz para seguir avanzando en la oscuridad de los tiempos. 4. La esperanza
que no cesa. Es una visión de futuro, de anhelos posibles y realizables. Es una
nota de confianza, primero en sí mismos, entre los irlandeses, en el devenir y
en las relaciones humanas con el pueblo vecino de Inglaterra. 5. Mitos,
creencias y sabiduría popular ancestral. Irlanda, aunque es cristiana, conserva
aún vestigios de mitos que, de alguna forma, configuran el pensamiento natural
y espontáneo de sus habitantes. Hay una valoración de las creencias y la
sabiduría popular heredada de los mayores. 6. Irlanda, un destino flotante. La
isla irlandesa flota en el Pacífico. Flota su futuro, y flota la solución
permanente a conflictos sociales, cuyos intentos se ha cobrado innumerables
vidas a lo largo de los años. Pareciera que Irlanda esté abocada a un conflicto
permanente, a un futuro incierto. Sin embargo, la esperanza o confianza en
devenir late en el corazón del poeta, como una linterna encendida en la noche. FLH.
EL OTRO, EL MISMO, JORGE LUIS BORGES, 1964.
El Otro,El Mismo, 1964. La preocupaciónpor el tiempo atraviesa transversalmente la obra poética y el pensamiento deJorge Luis Borges. Él mismo dice en el prólogo a esta obra poética: «Lacontradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor deque el tiempo, nuestra substancia, pueda ser compartido».
La noche, símbolo de desvelos, de angustias ycavilaciones sorprende al poeta. Una noche en vigilia es como decirle a lamemoria, a la imaginación, que salgan de sus aposentos. La memoria es, comodice el mismo Borges, la ‘cuarta dimensión’ en la que el poeta se encuentra.«De fierro, / de encorvados dientes de enorme fierro, tiene que ser la noche, /para que no la revienten y la desfonden / las muchas cosas que mis abarrotadosojos han visto, / las duras cosas que insoportablemente la pueblan» (Insomnio).
Hay una identificación de Borges con el agua comocuarto elemento. Los otros tres son, recordemos, la tierra, el aire y el fuego.Muy celebrados por los antiguos filósofos de la Grecia Antigua. Sor Juana Inésde la Cruz , lamonja de Nueva España, México, canta a los cuatro elementos, pero desde unaperspectiva cristiana navideña. Octavio Paz dedica el tomo 5 de sus ObrasCompletas a la célebre poeta mexicana. Borges, decía, se siente atraído por elcuarto elemento, el agua. El agua está asociada con el transcurrir del tiempo.«Tiempo irreversible que nos hiere y que huye […] Agua, te lo suplico. Por estesoñoliento / nudo de numerosas palabras que te digo, / acuérdate de Borges, tunadador, tu amigo. No faltes a mis labios en el postrer momento» (Poema delcuarto elemento).
Un extraño aguijón punza la consciencia de ser, deexistir el poeta. Quiero decir, que el hombre es un misterio y el poeta afrontaesa inquietud con cierta desazón. Las preguntas eternas de ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?, ¿quién soy yo?, estremecen al poeta con una forma inusitada. No lesda respuesta, solamente las siente como una fuerza misteriosa. «Mi vida que noentiendo, esta agonía / de ser enigma, azar, criptografía / y toda la discordiade Babel. // Detrás del nombre hay lo que no se nombra; / hoy he sentidogravitar su sombra / en esta aguja azul, lúcida y leve, / que hacia el confínde un mar tiende su empeño, / con algo de reloj visto en un sueño / y algo de avedormida que se mueve» (Una brújula).
El hombre –de nuevo la angustia ante el enigma desu ser y su existencia-, pasa ligero por el mundo como si estuviera hecho detiempo. «Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura / menos que la livianamelodía» (El tango). «Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día / y con tres pieserrando por el vano / ámbito de la tarde, así veía / la eterna esfinge a suinconstante hermano, // el hombre […] Nos aniquilaría ver la ingente / forma denuestro ser; piadosamente / Dios nos depara sucesión y olvido» (Edipo y elEnigma).
En continuidad estrecha con “El Hacedor”,resuena con más fuerza en “El Otro, El mismo”, el nombre de Dios. «El infierno de Dios no necesita / elesplendor del fuego […] Dios no requiere / para alegrar los méritos del justo,/ orbes de luz» (Del infierno y del cielo). La Verdad está emparentada conDios, pues es su resplandor. Borges lo dice de otra manera: «¿Qué sucediócuando el inexorable / sol de Dios, La Verdad , mostró su fuego? / Quizá la luz de Dioslo dejó ciego / en mitad de la gloria interminable» (Baltasar Gracián). «Y,hecho de consonantes y vocales, / habrá un terrible Nombre, que la esencia /cifre de Dios y que la Omnipotencia / guarde en letras y sílabas cabales […] Sabemosque hubo un día / en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre / en las vigiliasde la judería» (El Golem). «Dios quiere andar entre los hombres // y nace deuna madre, como nacen / los linajes que en polvo se deshacen, / le seráentregado el orbe entero, // aire, agua, pan, mañana, piedra y lirio, / perodespués la sangre del martirio, / el escarnio, los clavos y el madero» (Juan 1,14). «Dios me ha devuelto al mundo de los hombres, / a espejos, puestas,números y nombres» (Alexander Selkirk). «Miraba / lo que ven los ojos terrenales:/ la ardiente geometría, el cristalino edificio de Dios y el remolino sórdidode los goces infernales». (Emmanuel Swedenborg). «No hay una cosa de Dios en elsereno ambiente / que no lo exalte misteriosamente» (Jonathan Edwards). «Dios,que sabe de alquimia, lo convierte / en polvo, en nadie, en nada y en olvido»(El Aquimista). «Ya es impreciso / en la memoria el Paraíso, / pero yo sé queexiste y que perdura» (Adam Cast Forth).
Como estamos hecho de tiempo, soñamos con unamañana sin tiempo; eterno mañana. ¿Será posible pasar de los sueños al sueñoque todos soñamos? «Entra la luz y asciendo torpemente / de los sueños al sueñocompartido […] ¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte, / me deparara un tiemposin memoria / de mi nombre y de todo lo que he sido!» (El despertar). «Perobien sabe / que el trino no es del árbol ni del ave / sino del tiempo y susvagos días» (París, 1856). «¿No es acaso / tu irreversible tiempo el de aquelrío / en cuyo espejo Heráclito vio el símbolo / de su fugacidad» (A quien estáleyéndome).
La adjetivación vigorosa, que viene desde suprimera obra poética, caracteriza la poesía de Borges. «Clara reina»,«insufrible sol», «incesantes ojos», «cóncava fama», «oscuro olvido», «blancuraciega», «hondo vino», «roja metáfora», «triste olvido», «dura tiniebla»,«insomne braseo», «oscura visión».
Hay una complicidad entre la palabra y el poeta.Él pergeña versos, el telar de su memoria, como Penélope que tejía su esperanzade volver a ver a Ulises. «Gastada por los años la memoria / deja caer la envano repetida palabra y es así como mi vida / teje y desteje su cansadahistoria […] Más allá de este afán y de este verso / me aguarda inagotable eluniverso». (Composición escrita…).
Nuestra estancia en el mundo es tan breve y fugazque, aunque vivamos largos años, apenas si es un suspiro la vida. Cuando eltiempo transcurrido se hace memoria, el pasado se vuelve la única certeza, talvez el único asidero. El poeta lo sabe, por eso dice: «Soy un instante / y elinstante ceniza, no diamante, / y sólo lo pasado es verdadero» (A una espada enCork Minster).
Pero este instante, aún sea glorioso, sedesvanece. El poeta desea que perdure, no su nombre, sino al menos un destellode su poesía. El aeda ha vivido más que para engrandecer su nombre, paraenaltecer la poesía. «La fama, ese reflejo / de sueños en el sueño de otroespejo» (Spinoza). «Que mi nombre sea Nadie como Ulises, / pero que algún versoperdure / en la noche propicia de la memoria» (A un poeta sajón). «La memoriaerige el tiempo» (El instante). «Vino, enséñame el arte de ver mi propiahistoria / como si ésta ya fuera ceniza en la memoria» (Soneto al vino).
Arriba hemos indicado en el poema “Una brújula” lagran inquietud de Borges ante el enigma que es el hombre, el ser humano. En unsoneto vuelve a retomar el tema, pero a la luz de la mitología. Proteo, segúnel mito, podía metamorfosearse o convertirse en uno de los elementos: tierra,agua o fuego. Proteo, además, según Virgilio (Geórgicas, IV) lo sabía todo, loque es, lo que fue y lo que será. Borges acude al mito para decirnos: «Yo quesoy el que ahora está cantando / seré mañana el misterioso, el muerto, / elmorador de un mágico y desierto / orbe sin antes ni después ni cuándo. / Asíafirma la mística. Me creo / indigno del Infierno o de la Gloria , / pero nadapredigo. Nuestra historia / cambia como las formas de Proteo. / ¿Qué errantelaberinto, qué blancura / ciega de resplandor será mi suerte, / cuando meentregue el fin de esta aventura / la curiosa experiencia de la muerte? /Quiero beber su cristalino Olvido, / ser para siempre; pero no haber sido» (Losenigmas).
La melancolía invade a ratos el músico de la lirade Orfeo. La tristeza nace de la terrible certeza de la brevedad de la vida. O,dicho con otras palabras, el miedo a la muerte, horror vacui, acecha al poeta yle hace pensar en el desenlace de la vida. «La vida es corta / y aunque las horasson tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese potro delmar, esa otra flecha / que nos libra del sol […] Sólo me queda el goce de estartriste» (1964, II).
Mientras vivimos, mientras estamos en este mundo,hay que agradecer, la admirable certeza de nuestra existencia. Cada día es unregalo, una oportunidad para la alegría. La no menos verdad de que la muertenos sobrevendrá nos apremia a valorar cada instante. Por eso el poeta dice ser:«Un hombre que ha aprendido a agradecer / las modestas limosnas de los días […]Quizá en la muerte para siempre seremos, / cuando el polvo sea polvo, / esaindescifrable raíz, / de la cual para siempre crecerá, ecuánime o atroz, / nuestro solitario cielo oinfierno». (Alguien). «Sólo del otro lado del ocaso / verás los Arquetipos ylos Esplendores». (Everness). «Sé que en la eternidad perdura y arde / lo muchoy lo precioso que he perdido: esa fragua, esa luna y esa tarde» (Ewigkeit).
En el poemario “El hacedor” (1960) Borges escribeel “Poema de los dones”. Ahora, en el “Otro, El mismo”, vuelve a escribir unnuevo “Otro poema de los dones”. En este poema hermoso del que espigo estosversos: «Por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad[…] por los ríos secretos e inmemoriales / que convergen en mí […] por el mar,que es un desierto resplandeciente […] por el oro, que relumbra en los versos».
En este poemario, “El Otro, El mismo” el poetaoscila entre la memoria, el tiempo, el enigma del hombre –de él mismo-, elsueño y la muerte, que nos persigue como una sombra de nuestro mismo cuerpo.«Nuestro deber es la gloriosa carga / que a nuestra sombra legan esas sombras /que debemos salvar […] Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / eselímpido fuego misterioso». (Oda escrita en 1966)
Los sueños crean una atmósfera de satisfacción, unestado del que no quisiéramos salir, porque ellos, acaso, son una replica deaquello anhelamos, no como realidad y deseo, a la manera freudiana, sino comolegítima aspiración del Paraíso. Sueños «que bien pueden ser reflejos / truncosde los tesoros de la sombra, / de un orbe intemporal que no se nombra» (El sueño).
El mar, de nuevo el mar. El mar como pregunta,como insondable imagen del misterio del hombre. El poeta sabe de su existencia,pero no está seguro de quién sea él. Lo entrevé en la dimensión telúrica delmar que impacta su propio ser. Dicho con otras palabras, el mar alude a unadimensión trascendente, metafísica que no le es ajena, para nada, a Borges.«¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares /de la tierra y es uno y muchos mares / y abismo y resplandor y azar y viento?[…] ¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día / ulterior que sucede a laagonía». (El mar); (véase “Singladura” del poemario “Luna de Enfrente).
¿Es la vida un laberinto en el que avanzamos entresueños y enigmas? ¿Hay una salida victoriosa a la existencia del hombre? Si laeternidad nos aguarda, ¿dónde se gesta la telaraña que aprisiona nuestros másprofundos anhelos de vida? «Mis pasos urden su incalculable laberinto […] Nonos une el amor sino el espanto» (Buenos aires). «La eternidad está en lascosas / del tiempo, que son formas presurosas» (Al hijo). FLH.
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