viernes, 28 de marzo de 2008

“VISIÓN DE ESPAÑA” DE JOAQUÍN SOROLLA

La exposición “Visión de España”, del célebre pintor español Joaquín Sorolla, es extraordinaria. Mientras hacía fila en la parte exterior del Centro de Cultura Bancaja de Valencia, España, leí en una pizarra electrónica: “Usted es el visitante número 394.894”. La colección de la Hispanic Society of America, consta de catorce obras maestras de dimensiones que, a mí, espectador ocasional, me parecieron a las que expone el museo del Louvre, París, de la época del Renacimiento. Quiero decir que son verdaderamente grandes, imponentes. Huelga dar medidas, puesto que eso no es lo estrictamente importante en una obra de arte. Es más, me obligo a mencionar una: “Castilla. La fiesta del pan” mide 351,5 x 1393,5 cm. Es verdaderamente imponente contemplar semejante óleo sobre lienzo.

En mi opinión, lo fundamental está en el estilo, en el sello y en la belleza que el pintor imprime al lienzo y no tanto en las proporciones, está claro. El maestro Sorolla captura momentos del tiempo y del espacio de la España, no de toda su geografía por cierto, de segunda década del siglo veinte. Pese a no estar toda España en la obra del artista, sí queda en evidencia el ser del país de aquellos años. Las regiones inmortalizadas por el artista son Andalucía, Galicia, Cataluña, Castilla, Valencia, Extremadura, Guipúzcoa, Navarra y Elche.

Al contemplar, no como turista, sino como particular que se propuso expresamente deleitarse con la obra pictórica de Sorolla, he quedado como niño boquiabierto. Cuando uno va al cine y la película le ha resultado interesante, queda en la memoria sensible una sensación de realidad virtual agradable. Pues bien, al ver la obra de Sorolla queda en mi interior una sensación de haber estado en un mundo fantástico, luminoso, festivo, folklórico; un mundo de gentes, fiestas populares, devociones, costumbres y diversión. Es todo eso, precisamente, lo que me lleva a escribir el impacto que me produjo la obra de este artista del óleo.

El cuadro que más me impactó, el que marcó profundamente mi espíritu fue “Ayamonte. La pesca de atún”. Nada acontece por casualidad en esta obra en la que se combina el sosiego, la plasticidad, la fuerza, la luz y los contrastes de los colores, los necesarios y los del instante. Hay una armonía perfecta de los colores y la luz, entre los pescadores, los marineros, los peces y las barcas pesqueras colindantes. El mar bruñido de plata por la luz indirecta del sol ondea manso, como si también él hubiera terminado de faenar con los pescadores que culminan la jornada con una impresionante pesca. Tres marineros, en el ángulo derecho del cuadro, con su clásico uniforme de blanco y su boina clásica, descansan en el muelle o puerto, de pie, relajados, recibiendo de seguro el aire de la bahía, mientras conversan sin que el tiempo parezca interesarles. También ellos, como el mar, se muestran tranquilos tal como delata las posturas de sus cuerpos.

Esta escena contrasta con cuatro pescadores que, con movimiento y fuerza, arrastran los atunes para colocarlos a la vista de todos, especialmente a la vista de los espectadores del tramo izquierdo del cuadro y los espectadores que yacen fuera del mismo, o sea, nosotros, de los que el pintor sabe que se paran para mirar la robustez de los atunes. Los cuerpos de los pescadores, tensos por la fuerza que hacen, firmes los brazos, tiran de un atún inmenso, rollizo y de panza prominente y blancuzca, como todos los demás atunes ordenados de tal manera que jamás pasarían desapercibidos. Estos pescadores denotan que han estado largo rato en la brega, trajinando con los atunes.

La belleza de “La pesca de atún”, bajo mi punto de vista, reside en el magnetismo que produce el lote de pescado sobre el piso del desembarcadero. Los peces lucen frescos, mojados, recién sacados del mar. El artista no entra en los microdetalles, mejor dicho, en la definición de lo pequeño, sino en los detalles que engendran encanto y belleza, a saber: en saber orientar la luz del sol, no sólo al mar, sino sobre todo al cuerpo inerte de los atunes, logrando así darles más brillo, naturalidad, realismo y, por ende, más belleza. La luz marinera contrasta con la panza argentina atunes. Finalmente, si tuviera que emitir un juicio lacónico de “La pesca de atún” diría: Sorolla sustrae la sustancia del mar, el sentido de la colaboración y el trabajo en equipo de los hombres del mar, poniendo de relieve la experiencia natural y rutinaria de la forma de vida costeña de Ayamonte: la pesca.

Otro de los cuadros que me dejó un buen sabor de boca fue “Andalucía. El encierro”. Esta es una obra que difícilmente olvide en mientras vida tenga. Es un cuadro terriblemente bello, vigoroso y con gran personalidad. Refleja con exactitud una escena en la que unos vaqueros, cinco, montados en caballos de brega, con sendas varas largas en su haber, arrean en el campo a una recua de toros, justo en el paso de una vía de tren. Llama la atención el vaquero que está en primer plano, exactamente en el centro de la escena pictórica, aunque su caballo está en movimiento, él sostiene su vara sobre su hombro, al desgaire, sin ademán alguno, con la mirada fija a un punto, que no son los toros, como posando para el artista. Este jinete viste sombrero andaluz y camisa blanca y su elegancia contrasta con su esbelta juventud. Los ganaderos de la época quedan muy bien reflejados en este y en los demás jinetes distribuidos por el pintor a derecha –parte atrás- centro, e izquierda.

El campo sobriamente verde con flores veraniegas, los matojos de tunas y la franja grisácea del horizonte preparan el segundo plano de toros y vaqueros. El tropel de toros, que vienen sofocados por el trote y el arreo de los jinetes, levantando polvo entre sus patas es el mejor logro, a mi entender, de este cuadro. Y esto se consigue por la astucia con que el artista dibuja los contornos de los elementos –los toros-, capta la luz y la esparce en el lienzo. La luz realza las formas de los toros, especialmente los del primer plano, a la izquierda, donde con mucha fuerza se personifica el ser mismo del animal en cuestión. La luz oculta entre sombras y revela entre blancos. En “El encierro” todo es movimiento, ritmo de pasos, fuerza y bravura.

“Visión de España” es un banquete de luz y colorido para los sentidos. Placer ante lo maravilloso, goce ante la obra de arte. Cada región de España llevada al lienzo permanece intacta, incorrupta, cargada de realismo y frescura, detenida en el tiempo. Cabe decir que Sorolla está detrás de color, no se le mira, se le percibe derramado en la luminosidad, en los detalles, en los matices y claves de la obra. Podemos decir, con Martín Heidegger, que “la obra debe ser abandonada a su puro reposar en sí misma”. Y es eso, en verdad, lo que pasa con la plástica de este artista, la belleza de sus cuadros es tal que el arte se sostiene en sí mismo. Las obras de Sorolla reposan en sí mismas como monumentos consagrados a la vista, a los espíritus sensibles que admiran con inocencia el lado bello de la vida y de la realidad que nos concierne en cualquier momento la historia humana. (Marzo 2008)

Como complemento a lo arriba escrito, quiero indicar que el 24 de enero, 2008, visité en Madrid , calle General Martínez Campos, 37, el Museo Sorolla, o sea, la casa del pintor convertida hoy en museo. Es claro que las obras más importantes del célebre pintor no están la casa-museo. Sin embargo, hay cuadros que sin duda dan al lugar el debido realce, así como objetos domésticos relacionados con la vida de Sorolla.

A mí me produjo una especial atracción el cuadro "La bata rosa" (1916), pintado en el El Cabañal, Valencia. Una mujer, joven viste la bata rosa, de tirantes en los hombros, dejando la piel de cuello y brazo derecho al desnudo. Leve brisa pega al cuerpo la tela fina, marcando las formas de cadera y muslo, en claro contraste sensual de las formas. No podía faltar la luz, acento que Sorolla remarca con el blando del vestido de una dama que abrocha el tirante izquierdo de la moza de "la bata rosa" -que la mira el trajín de su auxiliar- y con la cortina de la ventana, hinchada suavemente por la brisa. El sol se filtra por las brechas de los setos de cañas que semajan el bambú fino, y baña con su luz el cuerpo prominente de la joven que parece disfrutar del día y de la frescura del aire, cuyo deleite crece con la suavidad de su vestido.

El cuadro "Paseo a orillas del mar", (1909) es soberanamente delicado. Una joven viste un vestido enteramente blanco, fino. Al fondo el mar azul, que acentúa la eburneidad. El aire de la playa circula con delicadeza y alza al vuelo lo más fino del sedoso vestido, dándole a la mujer, que sostiene una pamela en su mano derecha, un talante de nobleza suprema.

En fin, "La instantánaez", Biarritz (1906), "La siesta" o la expresiva "Trata de blancas" son obras que también dicen al espectador.

lunes, 10 de marzo de 2008

Eduardo Arroyo, pintor.

El 8 de marzo de 2008 fui a la exposición de Eduardo Arroyo en el centro cultural Ivam, Valencia, España. Aunque había siete exposiciones diferentes preferí quedarme con el área de pintura de Arroyo. La exposición recoge las obras más sobresalientes del artista desde 1999 hasta el 2006.

El artista aborda diferentes temas desde perspectivas también diferentes, a saber: personajes místicos y del mundo, la urbe, lo moderno, lo sombrío y la escultura, basada en la naturaleza muerta. La realidad es llevada al lienzo, al óleo, no tal cual la capta la vista, sino la imaginación. En este sentido podríamos decir que fragmentada o, dicho de otro modo, para ser completada por el espectador. Es una pintura alusiva, insinuante, jamás fotográfica. Prácticamente todos sus cuadros dicen más por lo se lee en sus trazos que lo que en sí exhiben los colores. Así, por ejemplo, hay figuras humanas, de animales, de insectos y de objetos inanimados que coadyuvan a armonizar el conjunto de la obra dándole con ello mayor belleza. Un ejemplo de esto lo es la obra “piano-místico”, la cual presenta un piano negro armonizado bellamente con pocos colores: el teclado blanco, blancas alas de moscas, puntos blancos en las patas del piano y luz clara en la faz del místico, cuyo rostro se desdobla en improntas de asombro, éxtasis, turbación y gozo, según el ángulo que uno lo contemple.

Arroyo dedica varias obras a personalidades como Van Gogh, Richard Lidnen, Dorian Gray y Elisabeth Vidal. De todas estas obras me llamó la atención la obra “los últimos días Van Gogh”. Arroyo lo pinta de tal manera que te transmite, en verdad, los sentimientos del impresionista, a saber: nostalgia, tristeza, soledad y una terrible sensación de que se lleva en las espaldas toda su vida, con la irremediable certeza de que se va para jamás volver.

Decía que Arroyo aborda el tema místico y lo hace con una maestría que no deja de atraer al espectador. El artista de la plástica, justamente en los tiempos en que la increencia, el secularismo exacerbado parecen haber alcanzado su máxima expresión, nos remite a la tradición mística del arte, porque sin duda él sabe que también ese lado del alma humana no puede ser soslayado. Pues bien, Arroyo lleva al lienzo dos obras dedicadas a San Jerónimo. La primera la hallo más simbólica: varios cráneos con distintos aspectos y tonalidades y la cabeza, bellísima, de un león sufriente. La lectura que hago de esta obra es la siguiente: lo sagrado y espiritual está reflejado en la frente iluminada del santo y en la biblia. El león sufriente viene a ser una alegoría del Cristo crucificado. Los cráneos el dolor y la muerte. En definitiva, el dolor, el sufrimiento y la muerte, quedan salvados, iluminados por la Palabra divina y la sabiduría de Dios que alumbra la mente humana. El camino de la sabiduría de Dios es doloroso y comporta sacrificios y a veces la muerte.

En el segundo óleo dedicado a San Jerónimo nos encontramos con un hombre agraciado por una luz, no la luz de la iluminación de la razón, que también, sino del alma. El cuadro es sereno, pero a la vez representa la lucha entre la luz y las tinieblas, la muerte y la vida. La Sagrada Escritura es fuente de luz. En la misma temática están las obras dedicadas a San Sebastián y a San Eustaquio. Ésta última es más alegórica, aquélla es, sin duda más atractiva, para mi gusto, por la forma en que el artista da su peculiar versión de la muerte del santo. San Sebastián, flechado cuatro veces, tiene un rostro de resignación indolora, de angustia pacificada; brevemente sonriente, algo complacido, y eso sí, el cuerpo entero irradiando la impronta divina, no asoma ni un guiño de aflicción en su cara de ángel martirizado. El arquero, en cambio, mientras tensa el arco para dar el flechazo de gracia, muestra una sonrisa de burla, propia del malvado que ejecuta con placer y cinismo su acción.

Obras como “Toujours plus vite”, “España al revés”, “el caballero, la muerte y el diablo” y “apocalipsi” nos dan una amplia impresión de la visión que tiene Arroyo de la vida, el mundo, de la sociedad, del presente y del futuro. Todas sus obras traen a la tela un fragmento elocuente de la realidad, la que nos desborda por la vista y que no siempre vemos, y la que el artista concibe en su mente y lleva al lienzo con trazos que deleitan, desconciertan y cautivan. “Cuadro fracturado” es, tal vez, el que define a este creador, al menos en esta exposición, quien mira a través del prisma de sus ojos, como un fotógrafo, cuyo objetivo es captar la luz, la imagen y el lado inédito de la realidad. En este cuadro Arroyo deja entrever que la belleza se revela en todas las cosas de forma fragmentada, pero que si vemos con agudeza, como por el objetivo de una cámara, podremos descubrir mucho más de lo que normalmente vemos.

Finalmente, en la parte de escultura Arroyo nos descubre el lado genial e ingenioso de su sensibilidad artística. La naturaleza muerta es fuente de inspiración y de creación. El artista, interesado por hallar en la misma naturaleza, no sólo criaturas inertes, sino obras forjadas por el tiempo, reúne una serie de piedras con formas de testuz de animales. Como la naturaleza muerta no tiene toda la vida que se espera, Arroyo ha dispuesto recrearla para insuflarle un aliento de vida y, por ende de belleza. Para conseguirlo ha tenido que trabajar con hierro, plomo, madera y aluminio. Lo que para muchos habrían sido simples moles de un despeñadero, para Arroyo y para quienes aprecian las bellas artes, aquellas lápidas son la cabeza de un toro con los cuernos curvos y retorcidos, de un rinoceronte o de un jabalí. Naturaleza muerte, cierto, pero con vida, con arte.

En general, el arte de Eduardo Arroyo me gusta por sus tonos fuertes y vigorosos, porque de la oscuridad del lienzo inventa la luz, y finalmente, porque rehace la realidad, la reconstruye para darle una nueva existencia.

martes, 19 de febrero de 2008

EL ARCA

Óscar Acosta, a caballo entre la poesía y el cuento, presenta de nuevo, cincuenta años después, El Arca, un libro de cuentos breves que ha hecho escuela en el panorama nacional hondureño. Cuentos que, aunque breves, no dejan de tener la sustancia de los cuentos largos. Es probable, considero yo, que sea más difícil escribir un cuento corto, breve, que un cuento de aliento más prolongado.

La reciente antología “De la vida breve” de Helen Umaña recoge lo más notable de los autores de narrativa corta. Y, naturalmente, aparece nuestro ínclito escritor Acosta. El olfato de Helen para escoger y antologar, no sólo es fino, sino de probada calidadad y excelencia.

En mi lectura de El Arca descubro -aparte de los aspectos que comentan algunos autores que hallamos al final del texto en cuestión- algunos rasgos que podrían llamar la atención a quienes, a buen seguro, leerán la obra. Me refiero, por una parte, al onirismo. Acosta se remonta al mundo de los sueños, al mundo donde lo imposible es posible y nos cautiva trayéndonos a la consciencia. El uso técnico del onirismo empleado por Acosta lo podemos percibir en los cuentos “El novio”, “El cazador” y “La búsqueda”.

Otro aspecto, no menos interesante, es el empleo del mito autóctono como fuente de creación (El vengador, El intrigante, los poetas, El duende). Hallo, dicho sea de paso, un virtual paralelismo, al menos en la intencionalidad y en la presencia de algunos elementos del presagio fatal, entre “El vengador” y el mito griego de Meleagro y Altea.

El mito le sirve al fabulador para recrear imaginativamente el dato o el material que le ha inspirado (El duende). En suma, tanto el onirismo como el mito son parte de las herramientas de las cuales hace uso diestramente el autor.

Quien se adentre en la lectura de El Arca se va a encontrar con una serie de cuentos en los cuales realidad y ficción nos transportan a una atmósfera fresca (La veleta, Los combatientes). El fabulador parte de la realidad y nos introduce repentinamente –ahí reside el logro mayor- en una nueva realidad producto de la imaginación.

Finalmente, hay ciertos cuentos como “El hombre feliz”, “Palabra de honor” y “La búsqueda” que, advierto, por su moraleja, denotan la huella de Hesopo. Si esto es así, habremos encontrado otra clave de lectura de El Arca.

(publicado en La Prensa, Honduras, 2007)

martes, 15 de enero de 2008

ENTREVISTA “Los poetas son la voz del pueblo",

Por el poeta Giovanni Rodríguez, del colectivo mimalapalabra, Honduras.
2007
2007

www.laprensahn.com

PUBLICADA EN EL DIARIO LA PRENSA, HONDURAS, EL DOMINGO 13 DE ENERO DE 2008

¿En qué se diferencian el Fausto sacerdote y el Fausto escritor? Lo primero me lleva a lo segundo. Es como un médico que ejerce en su consultorio y luego hace algún deporte. Dos planos distintos para un objeto. ¿Conviven en armonía su temperamento cristiano y su temperamento artístico?

Sin duda, como el agua mezclada con el vino. Si le damos un vistazo a la historia del arte, nos vamos a hallar con la agradable sorpresa de que, tanto en la plástica como en la arquitectura, la música y la creación literaria (poesía concretamente), ha habido de forma casi natural una fusión tal entre fe y arte que no veo yo que exista contradicción.

¿Con qué debe estar comprometido un escritor?

Con su oficio. Un escritor que no se dedica de lleno a cultivar su talento, a perfeccionar el espíritu, difícilmente podrá lograr una obra acabada. Hacia afuera, el escritor debe rescatar lo verdaderamente humano, el sentir de su época y plasmarlo en la página. Los griegos y los romanos escribieron la vida, los hechos, la historia, los anhelos espirituales de su tiempo y nos lo legaron en sus obras inmortales. Los que tienen vocación de escritores, en cualesquiera de sus manifestaciones, tienen el deber inclaudicable de ser testigos de su época. Los poetas son la voz del pueblo.

¿Qué es la literatura? ¿Qué es Dios?

La literatura es una forma de recrear, de reinventar el mundo con la imaginación. Dios, en términos filosóficos, el Ser, el Absoluto; en términos teologales, el Creador, el Padre que comunica al mundo su amor infinito.

¿Qué opinión le merece la más reciente generación de poetas y narradores hondureños? ¿Cree que se está diciendo algo verdaderamente nuevo o es sólo una fábrica de espuma condenada a la desaparición inmediata?

En mis diez años de estancia en Honduras he seguido de cerca a la generación de "poetas emergentes", para usar los términos del animador cultural y poeta Salvador Madrid, y me hago la idea de que las obras publicadas en poesía apuntan a obras mayores, más serenas y profundas. No hay nada nuevo bajo el sol, reza el adagio, pero no cabe duda de que cada uno de los autores jóvenes trata de plasmar su propia visión del mundo y el arte literario, aunque sea de forma incipiente e inacabada. En este sentido, eso sí es nuevo.

Además de la poesía, usted ha incursionado en la crítica literaria. ¿Cuál es su diagnóstico acerca de la actual literatura hondureña con respecto a la literatura mundial contemporánea?
Para Pablo Neruda, lo particular es una forma certera de universalización. En este sentido, no es menos narrativa la de Julio Escoto, Armando García, José Bográn, entre otros, que la de cualquier premio Planeta, Alfaguara o Casa de las Américas; ni es menos poesía la de Óscar Acosta, Roberto Sosa, Rolando Kattán o Giovanni Rodríguez, que la de uno de los poetas de la Poesía de la Experiencia de España o uno de los poetas del movimiento interiorista de República Dominicana. Cuanto más auténticos seamos, cuanto más valoremos lo hondureño, en consideración al pensamiento nerudiano, más universales seremos. El último libro de José Adán Castelar, "Cauces de la última estación", 2007, por poner un ejemplo, es una obra maestra que se sostiene de pie y compite, en términos genuinamente poéticos, con cualquier obra de poesía contemporánea o clásica.

¿Qué aspectos considera indispensable abordar a la hora de criticar una obra literaria?

Conocer el texto y contexto a fondo, leer en distintas claves al autor en cuestión, comparar, si fuera posible, la obra con otras publicadas por el mismo. Si la obra se enmarca en una generación o corriente literaria, también hay que tomarlo en cuenta. El crítico debe ser sincero e imparcial, riguroso. La crítica literaria es una forma de recrear, de ahí el género ensayístico, la obra en cuestión.

Ha dicho que "no hay que frustrar espíritus". ¿Qué sería lo contrario a eso: aplaudir la necesidad de expresarse de cualquier individuo, aunque carezca de recursos artísticos, o aclararle el panorama para que en el futuro no meta las de andar?

Los jóvenes escritores y poetas -así empezamos todos- en sus primeros vuelos son proclives a movimientos erráticos, pero después, los que verdaderamente tienen el genio para cultivar el oficio en todo rigor, terminan planeando libremente con profesionalismo y estilo propio. Hay que dejar que vuelen, pero afinando bien el instrumento. A eso me refiero con "no frustrar espíritus".

¿Cuál es la diferencia entre escribir bien y hacer literatura?

Un periodista, por ejemplo, puede escribir bien y no necesariamente tiene que ser un literato. Éste, en cambio, tiene que escribir como el periodista y, además, usar la imaginación y todos los recursos y técnicas para crear la obra de arte.

¿Qué opina de quienes publican libros, se hacen llamar escritores y ni siquiera han aprendido a redactar?

Tengo un hermano que canta karaoke, imita a cantautores, sigue la pista y el compás, y lo hace bastante bien, pero no es artista. Aunque pretenda ser Juan Luis Guerra o Juanes, siempre será un cantante de karaoke.

Como abanderado del movimiento interiorista en Honduras, ¿cree que su poética ha sido adecuadamente exteriorizada en este país?

En mi opinión sí, pero no del todo. Sí en lo divulgativo y expositivo. La Poética Interior ha sido divulgada oral y escrituralmente en periódicos, en la revista CriticArte, en conversatorios en el Centro Cultural Sampedrano, en colegios y universidades. No del todo por la poca producción poética en una década de tintinear la estética interiorista. Poca, pero suficiente para empezar con tentativas como "Muestra poética: los novísimos"; "Horizonte que me toca" y "Voz en el agua" de María de los Ángeles López; "La otra latitud", "Ínsula presentida" de quien suscribe; más la "Antología mayor del movimiento interiorista" puesta a circular en octubre de 2007 en San Pedro Sula. La obra poética "Morir todavía" de Giovanni Rodríguez, también está, por los hilos que la tejen, bajo la égida del movimiento interiorista.

¿Existen dentro del Interiorismo escritores de esos denominados "malditos", o en las filas de este movimiento sólo hay lugar para beatos y personas decentes?

El movimiento interiorista aglutina a artistas de cualquier condición, siempre que sus ideales, por antagónicos que sean, exploren la dimensión trascendente de la realidad en cualquier orden, esto es, el metafísico, el mítico y el místico. En el movimiento interiorista hay poetas de la angustia, inconformes, inencasillables, rebeldes, inadaptados, bonachones, etc.

En todos sus libros publicados la experiencia mística se percibe como un elemento importante. ¿Cree, como Platón, que a los poetas les es "revelada" la verdad? De ser afirmativa su respuesta, como creo que lo es, ¿asumiría de buena gana su expulsión de la república de las letras en favor de su incursión en la república de Dios?

¿Qué serían las letras sin el halo de lo divino, de la trascendencia? ¿Qué el pensamiento platónico sin el mundo de las ideas divinas? Si se van los poetas de ese territorio, ¿quién se encargará de revelar la verdad? ¿Qué sería la poesía sin San Juan de la Cruz, Reiner Maria Rilke o Rabindranath Tagore? Aceptaría ser expulsado si no me suscribiera, para decirlo con san Agustín, a la Ciudad de Dios.

¿Ha leído al Marqués de Sade, a Henry Miller, a George Bataille? Éste último consideraba los burdeles como sus auténticas iglesias, quiso ser sacerdote en su juventud, pero perdió su fe a los 25 años. ¿Qué opinión le merece?

No los he leído. En los últimos quince años me he concentrado más en la literatura grecorromana, con la manía de ir a las fuentes, al origen de nuestra cultura occidental; en la poesía española, hispanoamericana, centroamericana y caribeña. He ido terciando con novelas, pero confieso que tengo una deuda con muchos autores universales y, en particular, de mi país, República Dominicana.

¿Alguna vez ha sentido, por un instante al menos, perder su fe?

Perder la fe no, la motivación sí. He tenido muchos momentos de alegría indescriptible fruto de mi vivencia de fe que me han reafirmado en la vocación misionera. Pero también he tenido momentos de decepción y desánimo.

¿Qué opina de la verdad? ¿Es única? ¿Cree, como Vargas Llosa, que la literatura es una mentira que dice la verdad?

En literatura y en las artes nada es absoluto, cada artista aporta un trozo de verdad. Baste pensar, por ejemplo, en el impresionismo, el cubismo o la pintura abstracta. La verdad absoluta sólo está en Dios, la verdad que nos acerca a Dios y "nos hace libres" "se hizo carne" y la verdad que nos deleita en una obra se hizo arte.

El sacerdote y las letras

Fiel a su condición clerical y apelando a la palabra como arma de defensa, Fausto Leonardo Henríquez responde a esta entrevista de mimalapalabra en su edición 28. Para él la literatura es un deporte que le permite "reinventar el mundo con la imaginación" y los falsos escritores son como cantantes de karaoke que se creen artistas mientras dure la melodía. Poeta, narrador y ensayista, también ha sido promotor cultural durante su permanencia en San Pedro Sula. El pasado diciembre salió del país para radicarse en España y continuar su trabajo con la Iglesia, pero antes quiso dejarnos estas respuestas escurridizas que hablan, entre otras cosas, de libros y de Dios, de la fe y la verdad, del compromiso y de la crítica literaria.


jueves, 10 de enero de 2008

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Octavio Paz ha escrito un tomo completo acerca de Juana Inés de la Cruz, una monja intelectual de Nueva España, de origen mexicano. Paz nos da su visión histórico literaria de la brillante Sor Juana Inés.
Hubo otra mujer, también monja, Sor Leonor de Ovando, de principios del descubrimiento, que destaca por ser la primera mujer poeta en habla castellana. No fue tan prolífica como Sor Juana Inés ni tan brillante, juzgo yo, como ésta. Pero sí tiene el mérito de iniciar la aventura femenina en suelo criollo.
Sor Juan fue una monja de convento dedicada al estudio, a la piedad y a la escritura. No es nada extraño que en un convento haya figuras inclinadas a las Humanidades. Es sabido que la cultura grecolatina entró a Europa, a Occidente, por el filtro de los monasterios, o sea, por mano de los monjes que tradujeron incontables obras primitivas y que son, hoy por hoy, el sustrato de la cultura occidental. Las familias nobles del Medioevo educaban a sus hijos en los monasterios. Allí, para entonces, reposaba la ciencia y el conocimiento más importantes y no eran pocas las familias de prosapia que se interesaban en adquirirlos.
Sor Juana Inés, de este lado del mar, en el mundo nuevo en el que se radicaban las familias nobles, aprovecha la coyuntura conventual para, sin ser consciente de ello, continuar la tradición humanista de los monasterios. El convento fue su nido espiritual y su soporte intelectual.
Sor Juana escribió romanses, villancicos, sonetos, poemas de ocasión como Neptuno Alegórico, silvas (El Sueño) su más sobresaliente y original creación; y obras de teatro (Los Empeños de una casa); autosacramentales entre los que sobresale El Divino Narciso, uno de los más interesantes poemas largos en el que recorre la vida y mistero de Jesucristo: “Su muerte a mostrar el fruto / de aquel misterioso Grano / que escondido en lo profundo / pareció muerto, y después / tantas espigas produjo”. “El mismo quiso quedarse / en blanca Flor convertido”.

Ser monja e intelectual le acarreó críticas, pero también aplausos. Sus más de veinte años en el convento San Jerónimo los pasó estudiando y leyendo, esta fue su vocación primera, pero también llevaba una vida de piedad fuerte, acorde a las reglas conventuales de la época. No fue una libre pensadora, sino una libre creadora.

VILLANCICOS PARA LEER EN NOCHE BUENA

He escrito unos villancicos para leer el día de Noche Buena, en los días de Navidad. Se los dedico a Carla y Diana Lemus y a Cinthia, Michel y Eduardo Panayoti; Melissa, Miguel y Tania que han crecido al calor de la fe cristiana. Feliz Navidad para ellos y sus padres.

Nanvidad: Nació Diosito, / dulce Niño./ ¡Canta pastorsito! / Estrella titilante / detiene la noche;/ nace Sol brillante.// Ángeles tocan,/ cantan glorias al Niño,/ los Reyes lo invocan.// María al bebé / arrulla con ternura,/ abre los ojitos y la ve.// Ella medita./ El Sol recién nacido,/ la alumbra con tierna luz.

Repiques de campanas: Hoy es Noche Buena, tocad las campanas,/ ponedlas a volar, hacedlas hablar/ hasta que amanezca, no dejen que respiren.// Pascua de Navidad, oh dulce noche/ cuyo portal inmortal Luz irradia/ y hace temblar a las tinieblas.// Reyes al Rey del cielo adoran./ La estrella descansa gozosa,/ mientras mira al Tierno Niño.// La Madre contempla la Luz,/ acurrucada en sus brazos, calientita/ al calor de su pecho virgen.// Las campanas continúan sus alegres repiques,/ mientras las gentes ven brillar/ en el regazo de María el rostro de Dios.

Nacimiento: Padre, hoy me hago carne, hoy conjugo/ el tiempo con la eternidad, sin/ estridencias.// Padre, no hallamos posada, ni corazones./ Ya van a ser las doce, Mamá se queja,/ la burrita resuella, José silba salmos.// Padre, ya voy a alumbrar, voy a ser Luz,/ voy a dar luz. Mi Madre se duele, sus manos/ me sostienen y serenan. ¿Ya puedo ser gloria?// Ese seno es el cielo, Padre. Cielo materno, Padre./ ¡La cuna, el pesebre, los brazos, ya salgo! / ¡La burrita, el buey y la mula, la paja, José, los pastorsitos,/ la estrella! // José, sostenme, alumbradme Madre,/ que Virgen te quiere mi Padre.// Agua pura, el líquido santo,/ Jordán del Espíritu tus entrañas inmaculadas,/ oh, Madre. Así te quiere mi Padre.// Hijo, ¡ven fuera!, sal ya para que huya/ la oscuridad. La estrella solloza/ ahí en lo alto, esperándote. Es tarde y hace frío./ Ven Sol a prender fuego al mundo.// Esposa, sé causa de nuestra alegría./ El buey, la mula, la burrita, la estrella/ y los pastorsitos están embelesados en este Tabor./ Trae ya al Salvador./ ¡Puja, Madre, que nace Dios!/ Tengo ansias de ser. Me muero por vivir./ ¡Puja, Madre, que sólo el amor me hace nacer!

TÉCNICA E IMAGEN DE LA POÉTICA INTERIOR

Los afiliados a nuestra estética se cuentan por docenas. Sin embargo, los nombres de los poetas más sobresalientes de la estética interiorista son, a mi juicio: Pedro José Gris, Julio Adames, Sally Rodríguez, José Frank Rosario, Yky Tejada, Ramón Antonio Jiménez, Tulio Cordero, José Acosta, Óscar de León Silverio, Guillermo Pérez, Güido Riggio Pou, Fausto Leonardo Henríquez, Ángel Rivera Juliao, Carmen Pérez Valerio, Roberto José Adames, Argelia Aybar, Fray Pablo de Jesús, Teodoro Rubio, Juan Miguel Domínguez, Jaime Tatem Brache.

1. Distintas rutas y un puerto común: la interioridad trascendente. La actividad creadora de todos los autores arriba mencionados –conservando su singularidad y su visión única como poetas- tiene como eje transversal la realidad trascendente. Es decir, esa peculiar forma de aplicar la técnica de mirar desde el interior de las cosas aquella otra realidad que trasciende el territorio de los sentidos comunes. Los cultores del Ideal Interior, como los organistas de catedrales, tocan todos los registros: místicos, míticos y metafísicos. Esas tres vertientes son los filones sobre los que construyen su obra los antologados, cada uno con su sello de originalidad, con el objeto de –como decía Hörderlin- “hacer llegar al pueblo envuelto en cantos el don celeste”.

Los poetas interioristas apuntan a lo esencial, a aquella sustancia permanente de las cosas. La Poética Interior, lejos de promover el juego de palabras, recupera del sentido profundo del bello decir, devolviéndole a la palabra lo que la poesía social y la poesía experimentalista le arrebataron en su momento y lo que el vacío de la época le ha quitado a la conciencia creadora.

El Interiorismo plantea un discurso nuevo, un método nuevo de hacer y de crear poesía, no tanto para agradar al oído y complacer a contertulios, sino para exponer los hallazgos de la conciencia y de la intuición humana en su búsqueda profunda del sentido de lo existente y de lo absoluto.

Hemos pasado –y esta antología es nuestro mejor aval, por no decir las sustanciosas obras publicadas de los interioristas- de las teorías a los hechos consumados. Más que demostrar una teoría, pasados ya dieciséis años, les mostramos –sin aire de grandezas- las riquezas de nuestro tesoro, y se las damos como legado a esta generación y a las venideras.

2. Un aporte fundamental del Interiorismo: la imagen. El Movimiento Interiorista, como el Romanticismo o el Modernismo, ha creado su propia imagen. Esta es, a saber, “verinto”, neologismo que significa que en el interior de cada cosa hay una fuerza, una verdad profunda y trascendente, una sustancia intuida o revelada –no siempre explicable, al decir de Gris, con nuestras palabras- que te atrapa en el poema y no te suelta. ”Ejemplos: “Oh río, oh templo donde mis ojos de agua / beben lo que olvidan” (Oda a una nube, Pedro Gris). “Invisible oropéndola rozándome la carne / invisible” (Huésped en la noche, Julio Adames). “Déjame entrar en tu hondura / conocer el rubio resplandor / de tus heridas” (La oración, Sally Rodríguez). “Hazme lugar / en la ceniza / de los mil abismos de tu nombre” (La noche, Dios, los astros, José Frank Rosario). “¿Acaso no vuelve la llama sobre sí misma? ¿Y no grita el ave cuando sobre su sombra vuela?” (Lagartos fugitivos, Yky Tejada). “El mar es sólo la acumulación / del llanto” (Angustia, Ramón Antonio Jiménez). “¿Será tu voz, oh Dios mío, / aquel silencio / que rutila en el abismo?” (Aquel silencio, Óscar de León Silverio). “Me espera la lluvia detrás de la vida” (Aquí no ha pasado el tiempo todavía”, Jaime Tatem Brache). “Ven / Que mis manos se abrasan / y esta sed se hace honda” (Esta sed, Tulio Cordero). “Temprana antigüedad de albor reciente / tus ojos guardan” (Pantocrator, Juan Miguel Domínguez). “He escrito la palabra profundo / y ha nacido un pozo en mi papel / donde cabe el mundo” (Transformación, José Acosta). “Al verte llego hasta tu parto en la aurora” (Indio desnudo, Fausto Leonardo.

PINTURA: MUSEO NACIONAL

Hoy nos vamos a centrar en la pintura. El arte forma parte de la memoria de los pueblos. Qué seríamos sin arte, sin los artistas que nos comunican experiencias del alma.

Recientemente estuve en Tegucigalpa. Con motivo de dicho viaje saldé una deuda que tenía desde hacía mucho tiempo: visitar el Museo Nacional. Empecé mi recorrido por el primer piso en cuyas vitrinas se exhibían vasijas de barro de los mayas y objetos religiosos antiguos.
De todas las obras situadas en el primer nivel, la que me sedujo fue “El ángel del Micht” de Juan Murgi. La centralidad del ángel que baja del cielo, iluminado por una impronta de luz dorada y divina, sus alas desesperadamente abiertas, y sus manos extendidas hacia abajo –en un gesto solidario sin límites– al rescate de la figura humana, es verdaderamente conmovedor.

En el segundo piso, caminaba lento y comtemplativo, me sorprendió el cuadro “Las Monjas” de Pablo Zelaya, pintado al óleo. Dos monjas, al parecer de clausura, con cofia celeste tierno, clarito, caída serenamente sobre las espaldas les dan una impronta espiritual llena de paz.

Las dos monjas, jóvenes, de pie una, sentada la otra, tienen en sus manos unas partituras, las cuales leen al desgaire junto a un violín que yace sobre su estribo en el suelo, y a un arpa, al centro de ambas. Los dos instrumentos son de fina y delicada melodía.

La claridad del cuadro crea una atmósfera espiritual, trascendente y mística. El rostro dulce de la monjita que lee su partitura sentada es soberanamente bello y la luz le angeliza su figura femenina haciéndola aún más atractiva.

Llama la atención el corazón que cuelga sobre el pectorín blanco que cubre su pecho. En sus manos delicadas, la partitura, y más arriba, a la altura del pecho, justo en el lado izquierdo, pende el corazón como una medalla que habla.

Otro cuadro de una belleza extraordinaria es el “Contemplado”, firmado por Matute, oriundo de San Pedro Sula. Representa la caída de Cristo con la cruz. Es la silueta al desnudo, sin detalles de rostro. Sus dos rodillas en el suelo y su mano izquierda aliviando la caída y con la otra mano asiendo la cruz, imprimen al cuadro una auténtica escena de la Pasión de Cristo. Es una figura sufriente y solitaria. Es un Cristo solo, sólo con su cruz a cuestas. Es, en verdad, para contemplarlo.

Hasta no ver…

En el nuevo libro de Armando García, “Hasta no ver…” (Munir XXI Editores, San Pedro Sula, América Central, 2007) hallamos una pieza fundamental de la idiosincrasia catracha, compuesta de una serie de narraciones cortas, escritas con deleite y viveza.

El uso de la palabra es criollo, es decir, muy hondureño, entendible y ágil. El léxico creativo de “Hasta no ver…” es característico de nuestro autor quien, no sólo escribe con garbo, sino que seduce con su palabra y su sentido del humor.

El estilo que presenta “Hasta no ver…” es fresco, encabritado y chispeante. Se sale del formalismo del cuentista tradicional que teme crear nuevos sentidos semánticos con las palabras.

En el conjunto de “Hasta no ver…” hay una crítica, a menudo hecha con fina ironía, a estamentos sociales –el militar, el judicial- los cuales tienen, de suyo, una tradición empañada por las excentricidades que les permiten sus fueros internos.

Asimismo, “Hasta no ver…” lleva a la hoguera la controversial actividad humana, la política. El autor lo hace rescatando la vida de personajes de leyenda de la tradición política popular hondureña.

Por otra parte, “Hasta no ver…” cuenta hechos rurales –muertes, venganzas- que se convierten en mosaicos imaginarios y que, a su vez, perduran en la memoria colectiva y literaria. Como ejemplo cito el cuento “Como a la una de la tarde”, para mí una historia muy bien contada. O la de “Nadie lo duda, el finado murió ahogado”.

La nueva obra de Armando García oscila entre lo real y lo imaginario. Los personajes que construye el escritor son tan reales que uno los siente como parte de la vida. Un ejemplo claro es la conmovedora historia de un salvadoreño –“Chero, el Guanaco”- que prosperó de la nada y termina en la nada. Otro ejemplo más real aún que el mencionado es el cuento “Una historia mojada” y que retrata el espíritu obsesivo de los que se van de mojados a EUA.
El látigo también se estrella en el lomo de ese misterioso fantasma que se escabulle en las estructuras de poder, el narcotráfico –“Cómo pasa el tiempo”-.

“Hasta no ver…” es, en definitiva, un libro que, a fuerza de ser claro, retrata el ser y el hacer de los hondureños como pocas veces he leído. Quien lea “Hasta no ver…” puede decir que “se echó un sorbo grueso, exhaló un placentero ¡aj!, de cura en misa”.

CULTORES DE LA BELLEZA

Ningún ser humano puede sustraerse a la belleza, venga ésta de donde venga. Uno queda prendado de sus efluvios como si de un encanto se tratara. Todos andamos buscando goce, el disfrute, la felicidad. Unos se enredan en las marañas de los sentidos y en vez de saciar su hambre de plenitud, se hunden en el vacío de su existencia; y otros, a tientas y con riesgo de despeñarse, orillan el misterioso sendero que hace feliz el espíritu insatisfecho del género humano.

San Pedro Sula, y esta es la paradoja de una ciudad en despunte que presume de niña-mujer, conserva un secreto apego a las artes y un callado grito de pasión por las cosas que elevan el espíritu a otro estadio, a otra esfera en donde lo grotesco y perverso se pierde por unos momentos.

Los sabios orientales y los místicos han visto en la flor del loto, el nenúfar, que crece en el fango, un misterioso indicio de que la belleza puede emerger hasta en los lugares más insólitos e inesperados. No es extraño, pues, que en Honduras, que está hasta el cuello de “sangrientas amapolas” y hediondos fangales, surtan nuevos talentos que pongan de manifiesto la aparición súbita y gozosa de la belleza.

Intuyo que en el inconsciente colectivo hondureño, me atrevería a decir que es algo que está en toda raza y pueblo, hay un deseo profundo de encontrar el sentido de la vida y los pintores, concretamente, lo manifiestan en sus obras. En un nivel más llano nos vamos a encontrar con artistas de la plástica que basta sólo un deslizamiento hacia una academia de Bellas Artes par que adquieran técnica y dominio del oficio de pintores.

El pasado 28 de noviembre, 2006, asistí al Teatro Francisco Saybe, con motivo del II certamen de pintura para jóvenes, organizado por la Alianza Francesa. Al repasar las obras pictóricas de los noveles artistas, unos treinta, fui anotando apreciaciones en mi agenda. Me atraparon con sus pinceles Zaida Z. y Rolando R. Sus obras apuntan a la gran pintura y su técnica rompe los lugares comunes y manidos de quienes auscultan la belleza.

Hubo, ciertamente, muchas más obras con hallazgos interesantes de pintores en agraz que, sin duda, a fuerza de frotar en la paleta el pincel y la espátula, despertarán al genio que les hará cumplido a los deseos más genuinos de atrapar a la esquiva diosa de la Belleza.

ARROYO DEL BOSQUE

Este artículo fue publicado en La Prensa hondureña en los días de la muerte del papa Juan Pablo II

Sería impensable que un columnista estos días sea indiferente a la gran conmoción que ha causado la muerte del Papa Juan Pablo II. Aun más, un buen observador sería incapaz de obviar en sus escritos cómo este acontecimiento ha removido la sensibilidad de cristianos y no cristianos alrededor del mundo.

La muerte de Juan Pablo II ha paralizado la boda del Príncipe Carlos, ha paralizado partidos de bútbol, ha hecho gemir y compungir a millones de cristianos de los cinco continentes.
A mí siempre me llamó la atención la cercanía con la juventud. Fue un gran amigo de los jóvenes. Tenía un imán para ellos. Muchos fuimos cautivados por sus mensajes de esperanza. Nunca se proclamó a sí mismo, sino a Jesucristo como el camino, la verdad y la vida. Eso lo hizo un auténtico mensajero de Dios. Nunca se aprovechó de los jóvenes, al contrario, los alentó y animó para que sean coherentes.

Desarrolló el diálogo interreligioso entre las religiones del mundo, oró con los que son diferentes en su fe y marcó hitos en la búsqueda de la unidad de los cristianos. Eso también es un gran avance.

Defendió las etnias, a la mujer, las culturas de los pueblos, la justicia y la paz. Esto es fácil decirlo, pero nada fácil hacerlo, y sin embargo, Juan Pablo II lo hizo, prueba de ello son sus grandes documentos acerca de las cosas temporales.

Abiertamente se opuso a las guerras y propuso la concordia de los pueblos. Mantuvo el talante respecto a las nuevas corrientes que amenazan a la moral y a las buenas costumbres.
El Papa Juan Pablo II fue deportista, literato, teólogo y místico. Imagino que las cosas debieron suceder así en ese orden. Transcribo un fragmento de uno de sus poemas místicos más selectos: “La bahía del bosque baja / al ritmo de arroyos de montaña, / en este ritmo te me revelas, / Verbo eterno. / Qué admirable es tu silencio / en todo desde que se manifiesta / el mundo creado… / que junto con la bahía del bosque / por cada cuesta va bajando… / todo lo que arrastra / la cascada argentina del torrente / que cae rítmicamente desde las alturas / llevado por su propia corriente. / Llevado, ¿adónde? / ¿Qué me dices, arroyo de montaña? / ¿En qué lugar te encuentras conmigo? / Conmigo que también voy de paso –semejante a ti… ¿Semejante a ti?”

jueves, 13 de diciembre de 2007

El Ángulo de la Hermosura, 1995.

Primera Parte

EL ÁNGULO DE LA HERMOSURA

I

Idílicos parajes,
los colores reían, atracción sibilina,
acariciaba mi alma.
Cristalizabas en todo.

Sonoro recuerdo,
sensación de frescura.
Es “suave tu risa”.

II

Doncella, brillan tus ojos.
Tu ternura excita los follajes,
exalta silencios.

Tu mirada anima a los montes,
despierta sombras.

Doncella, me seduce, no lo que pareces,
sino lo que tú eres: Belleza.

III

Te busco, Beatriz.
Escalo tu mirada. Vence tu alma.
Por ella, todo, hasta las raíces
de mi árbol.

IV

Hago alianza contigo.
Has bajado descalza, blanco el vestido,
hasta mí.

El aliento que me vivifica te vio.
Me hiciste pasar a tu jardín,
y, allí, sin poseernos, quedamos prendidos.

V

Cruzas frente a mí.
Asciendes hasta tu residencia.
La música es rumor de compases,
lluvia haragana de la tarde.

VI

Ojos ingobernables
escapan tras la gacela de la Belleza.
Museo de luz el iris.

Milagro grande a mis ojos
verle el rostro a la Belleza,
el sonido.

VII

Desgasto mi voz,
esmalto la palabra. Música tus aleteos,
acordes insaciables.

No niegues audiencia a mi pluma,
a mi lira. Cíñeme el alma con la aurora.
Hazme sentir el calor, el silvo del ruiseñor.

VIII

Belleza te doy la desnudez,
los sentidos del alma, abiertos.

Deseo econtrarte con lo último.
Olvidado de todo me sumerjo
en tus corrientes interiores,
allí el mundo se torna cercano,
iluminación.

IX

Lluvia, septiembre, brilla el sol.
Te cubre el arco de las promesas.
Mojados los pies llevas.

Te vi arder en el crepuscular otoño
de los chopos.

Multiplicaste el oro fundido
de la tarde en el lago.

Fuiste Flora, rubor de savia, frutal sueño.
El arroyo perpetúa, faladoladamente, tus pasos.

X

Con tus alas agitas los pensamientos.
Salto a la eternidad, breve en tus brazos.

Tensas mi voz,
provocas la melodía, el iris.

XI

Belleza, fragua de oro en el ancho océano.
Belleza, lo insólito del arullo; asombro
desnudo del río, limpio e inocente.

Belleza, diamante asaltado por la luz;
rostro tallado en divina piedra.

XII

Semblante sumergido en el espejo,
exposición en el aire,
perfil supralineal, el ángulo de la hermosura,
lunar infinito.

A mí llega, álbea, auroral,
suspirando por mis sentidos.

Simple salta,
fuente de luz insaciable.



Segunda Parte

OTROS ÁNGULOS

XIII

¿Después de ti, Belleza, qué?
Escándalo de hermosura, tu rostro.
Alta vibración, tu ternura.

A mis ojos les negaron la verdad,
fueron engañados.

Mi alma halló tus latidos,
los retazos de tu niñez.

XIV

Aprendí el canto del pájaro,
el idioma de la brizna,
de la araña sobre el remanso
de cristal.

Mis ojos se han educado
al amparo de la beldad que te orna.

XV

Apolo succiona el néctar
de la hermosura.

La Belleza se sienta en tus ojos,
muchacha virgen. Sobrevuela los límites
de los compases.

XVI

Respetuoso el pincel
recorre la tela. El lienzo,
reflejo del alma, arrostra el misterio.
Pintura, idioma de la vista.

XVII

Monalisa, viva brasa tu mirada.

El ciego entiende con el tacto.
Yo te contemplo con los dedos.

Una sucesión de ángeles
bulle en la galería de mi alma.

XVIII

Hambre indescriptible mis manos
desdibujan. Verbo el pincel.
Me adentro más allá de las luces,
es latente la divinidad, la plenitud.

XIX

Ilustres piedras delinean sus cuerpos.
Armonía de átomos, materia dediviva.
Versos de lápidas se tornan altura.

XX

Música, séptimo cielo,
afluente. Rocío destella.
Vuelvo a la vida con el Concierto de Aranjuez,
límite de la dulzura, alma metarritmizada.

XXI

Hay sangre en el canto,
pretendido escondite de tus huellas.
Voz, sinfonía, Venus.

Cuerdas, tu dulzura de arroyuelo,
silvo luminoso del amanecer.

XXII

Palabra bruñida más allá de la forma,
ocaso desnudo.

Detrás de la materia, cascada oculta,
húmedo mirar, tu presencia.

Palabra ígnea, sol que brilla
y tiembla en el mar.

XXIII

Lenguaje, pozo, lago
blando y serpenteante.

Siembro la palabra en el arado.
Nacerá en otro ojos.

Mi juventud, cántaro que se llena
para llenar, ancla que engancha en la roca.

Quedaré derramado. Aquí hallarán
la semántica enaltecida por el fuego.

XXIV

Fonética líquida
se arremolina en la caracola.

Oh Dios, delira la lira.

Labios para el silencio,
crepúsculo, eco de la luz,
pastor de las olas, Orfeo.

Lengua, cae en la pluma barda.

XXV

Nafne, acércate, que pueda contemplarte
por que brille el alba. No ocultes
tus soles a mis mares.

Mírame, luce, diamante encendido,
“al sol que os mira, mirad”.
Vuelve el rostro, deseo contemplar
los lilios blancos de tu boca.

Detente, Dafne, en ese el umbral.

XXV

Sol, tu sonrisa, tu ardiente mirada.
Mar, río, la sangre de tu cuerpo.

La calandria y el colibrí
han colocado tu imagen
en la urna de mi alma.

XXVI

Voz de cristales rotos
en agua feliz fluye,
fina serpiente por el angosto cauce.
Más vida.
Degustar el mundo
con lo que dure el tiempo.

XXVII

Quedo con mi tallos
llenos de otoño.

Súper nova la esperanza.

Buscaré la raíz de mi voz en la luz,
en el logos.

XXVIII

Penélope, urdes besos,
encendidos crepúsculos.
“Oh dueña del amor, en tu descanso
fundé mi sueño”.

En ti está mi infinito,
el centro en que el sol y la lluvia resucitan.

XXIX

Estás triste, cornamente de plata.
Echaré de menos a la hormiga.
Extrañaré el rumor del mar de la ciudad,
fiera domesticada.

Que no sepan los geráneos,
y menos mi guitarra Del Pilar,
que emprendí un viaje
a la ternura.

XXX

Homero, Ovidio, Virgilio,
Dante, Góngora, San Juan, Lope,
Garcilaso, Quevedo, Quintana, Herrera, Darío,
Tagore, Juan Ramón, Machado,
Generación del 27, Neruda, Aleixandre,
Paz, Cardenal, y a todos los poetas menores,
gracias por atisbar la Belleza,
por encender el brasero,
expandir el cosmos, agrietar las formas.

XXXI

Te entregué todo,
vacié el alma por la lira.

Desvelé noches enteras.

En este instante cae la última gota,
la nota última.

sábado, 13 de octubre de 2007

LA BLANCA HIERBA DE LA NOCHE, Marco A. Madrid



AFÁN ETERNO DE ALCANZAR EL MAR

La blanca hierba de la noche, de Marco Antonio Madrid, Centro Editorial, San Pedro Sula, 2000.


El hombre se asemeja al río de Heráclito, es flujo, paso. Su estancia en la tierra no es más que el temblar de su decir: “Su palabra queda temblando un instante sobre el agua”. Algo acontece en el interior del hombre que el poeta intuye e intenta descifrarlo con la palabra: “no escuchas el incesante batir / de unas olas en su sangre”. El hombre anda de viaje por el mundo, el tiempo le surca la conciencia y la cronología: “El tiempo es un acero / que se abre paso entre las rocas”. En La blanca hierba de la noche encontraremos imágenes vigorosas y frescas que nos deleintan : “¿El reproche de unas huellas, / el antiguo rencor de unas pisadas?”

En la búsqueda de la propia verdad el poeta experimenta desaliento existencial: el hombre es fugaz. Ante la dureza de la vida el poeta se pregunta sobre la verdad que ahora somos, sobre la soledad que se confunde con el hombre como tal: “¿Qué cosa somos ahora / cuando nuestro afán es tan sólo la roída fortaleza de un sueño?” No hay respuesta, pues “una es la soledad y el hombre”. Solo, en sí mismo, el poeta fenece en la angustia de no hablar la verdad en su pureza.

Hay un tono elegíaco en Madrid. Su canto borbotonea en el amargo recuerdo y su palabra emerge del dolor, de la herida perdida en el tiempo: “buscabas la palabra en el surco de una flor…./ y la encontraste / junto a la playa de unas lágrimas, / sobre tu antigua herida y su dolor”.

La impronta de los clásicos grecorromanos, que no es casual, sino consciente y sabiamente manejada, da un toque culto a la poesía de Madrid. En la reciente poesía hondureña esta vuelta al pozo de la tradición literaria constituye un aporte sustancioso, digno de imitar. Lo jugoso del hallazgo reside en trasponer el amor propio al de Dido a Eneas. El tratamiento que recibe el amor, cedaceado por la imagen poética resulta atractivo: “¡Ah! Frágil nave entre el filo / de las aguas, feroz es la pasión que os consume”. La memoria pasada, el recuerdo de un amor perdido arde aún, y duele, como espada anclada al alma: “En vano tratas de huir en el acero, / en esa pira que aún persiste en tu memoria”.

El alma del poeta pone de manifiesto la universalidad del corazón humano inconforme, inquietom inacabado y ávido de otra fuente que no sea la de los sentidos. Se puede constatar la sed del aeda, una sed suprasensorial que no puede saciar, aunque quiera, por sí mismo. Sufre como Tántalo que castigado por los dioses permanece, hundido en un lago hasta el cuello y, siempre que intenta beber, el agua se retira, imposibilitándole saciar su sed.

El sostenido aliento creador de Madrid se acicala en la tradición literaria modernista y grecorromana: “La noche y el mar, en lo alto las estrellas / como el reflejo de otro mar en su recuerdo”. Su estilo, vigoroso y límpido, gravita entre lo culto y lo moderno: “Dónde está la barca de Ulises, / el herido ojo del cíclope, el oro / de la verde Ítaca sepultado / en la urna de agua y ceniza”.

Al hombre le es imposible ascender al nido en el que reposarán sus más profundas inquietudes humanas. El hombre, a juicio del poeta, está predestinado, con todo lo que él es, a la aridez de sus utopías y sueños al estilo calderoniano. El camino del hombre se presenta amenazador y se troca su anhelo de ascender como Ícaro en imposible batir de las alas: “Nadie asciende con una mancha de limo / en su costado”.

El poeta hurga “en la última luz de la tarde” el dulce hallazgo de sus experiencias bellas. Esto demuestra la calidad de un artista que, concitado por el rumor profundo de la vida, rescata “el fruto que nos llama desde el fondo de las aguas”.

Uno de los poemas más brillantes es el “Poema en la noche”, en él poeta apuntala el símbolo de la noche en la cual queda atrapado el hombre, indemne, acuciado por el tiempo que lo arroja al vacío, que ruge en la sangre, que corre y no se detiene como río monte abajo. El tema dominante es, de nuevo, el eterno fluir heraclitano.

La noche apela la conciencia poética de Madrid. En ella halla los elementos de su bello decir: el agua, el silencio, el árbol y las estrellas. Pocos finales en sus poemas son tan agudos como este: “el hombre con un golpe de sombra en los labios / y a sus pies la sed de viejos caminos”.

El amor cantado por Madrid es un amor que fue y que es herida y cenizas a la vez: “amor ahora lejano, amor… dolor”. “Por los besos, mujer... y la piel que acariciaste ignorando la ceniza”. “Preguntaré por ti, mujer, en Josafat, / con el naufragio de mi dolor herido”. “Sólo el amor me acerca a tu piel distante / sólo el amor como una vieja herida / tan dulce y entrañable”.

Vertebran el poemario, según la clave de lectura empleada por mí, aspectos universales como:

a) La nostalgia, en su doble movimiento de retrospección y prospección, esto es, hacia el pasado (lo perdido y añorado) y hacia el futuro (lo anhelado e inalcazado por ser deseo y utopía, pero que entra en el marco de lo real trascendente).

b) El hombre como ente permanente fluir, para lo cual utiliza símbolos como el mar, la noche, el río y el tiempo.

c) El amor ido y truncado que resuena en la memoria removiendo los hilos del alma.

Negativamente, en su abstracción el poeta olvida o margina los elementos de su propia cultura; su poesía se presta más para el goce intelectual, que bueno, pero con la dificultad de que los lectores comunes podrán descifrar claves interpretativas para su comprensión y disfrute.

En suma, La blanca bierba de la noche es un poemario limpio, escrito con la madurez de un hombre que, apurando los intersticios de la imagen poética, comunica sus vivencias sin poses ridículas.

sábado, 6 de octubre de 2007

PRESENTACIÓN DE ANTOLOGÍA MAYOR DEL MOVIMIENTO INTERIORISTA





Armando García presenta obra






El jueves 4 de octubre fue puesta en circulación la Antología Mayor del Movimiento Interiorista. Sito, Centro Cultural Sampedrano (Honduras). El escritor Armando García reseñó la trayectoria de FLH y su apoyo a la cualtura regional en la última década. La presencia numerosa del público, entre los cuales destacaban escritores de la ciudad, y amigos, dio realce al lanzamiento de la obra editada por Letra Negra, Guatemala.



En esta gráfica, Armando García, Elisa Pineda, dir. de eventos culturales y FLH.

La Prensa creó expectavas de la presentación y a evento acudieron los medios Vica-TV y diario Tiempo.

Después hubo un cóctel con boquitas y firmas de libros.



domingo, 9 de septiembre de 2007

ESENCIAS COTIDIANAS, poesía de experiencia, 1996

EMPRESARIO

Corbata de plurales colores.
El traje de cielo o mar. Zapatos africanados.
Gafas de oro, de vivos espejos. Pelo dormido,
tumbado hacia atrás,
hermanado con el calzado.

Maletín en mano, preso entre sus dedos.
Monta su coche. Mira el reloj.
Hay prisa por llegar. Enciende un cigarrillo.
El humo se pasea por el aposento móvil
y se retuerce en el aire
con adolorida pesadez.

Llega a la oficina, saluda sin mirar,
da un vistazo a la agenda : muy ocupada.
Llama a la secretaria, le dice unas cuantas cosas
que se evaporan,
hace pasar a los clientes ;
y así va desplumando el tiempo
como a la más vil perdiz.

Al atardecer monta de nuevo su nave
y emigra hacia la nada de la noche
como un pájaro taciturno.

AUTOBÚS PÚBLICO

En el autobús las miradas
son fugaces, locas ; unas caen al suelo
y otras salen por la ventana buscando el aire, una excusa,
perdidas.

Las caras se vuelven cuadros fijos,
recios e inusitados, mecánicos, crueles,
a veces dulces.

Los labios se endurecen y toman
una extraña curvatura
de odio. Usuarios sentados como parejas de tórtolas,
se rozan, mas como si llevasen paredes
de cristal, largas y anchas en las sienes, acorceladas ;
y varillas de metal en el cuello.

Usuarios de pie, como en una red una multitud
de peces casi al filo de un beso,
sin ni siquiera permitir a sus ojos
un ligero encuentro con otros ojos.

En el autobús público
la gente terriblemente junta, pero lejos de sí, a años luz,
como planetas que se repelen, pero
que giran en un mismo sistema, distantes entre sí,
sin embargo, necesitándose.

HORA PUNTA

Un hormiguero humano puebla
la gran avenida. El semáforo, como brasa encendida,
detiene con su barrera de sangre,
en el borde de la acera, al pelotón que, impaciente,
militarmente parado, armado de una feroz prisa.

Al otro lado de la negra calle aguarda, de frente,
listo para emprender una batalla
de hombros y trompicones en el paso de cebra, otro pelotón.

Pitan los taxis. Cambia a verde la luz : dos ríos
desembocan entre sí formando un remolino humano.
Observo la confusión, linda confusión
de la ciudad posmoderna.

El semáforo continúa dando órdenes,
vuelvo los ojos al rededor.

Fluye el gentío. El bullicio penetra
esta hora aguda. Poco a poco se va apagando
con el girar de la tierra que gira
sobre su cintura.

ANCIANO

Es domingo de mañana de verano.
Le veo hojear el periódico, formando un cuatro
con su pies cruzados en el balcón.
Mueve vivaces los ojitos.

De pronto les brillan como el sol, una noticia
le interesa. Pasea la mirada por las estrechas calles
de los párrafos. Para. Piensa para sus adentros.
Mueve la esquina labial
derecha, revela incertidumbre, desacuerdo, acaso.

Salta de página, y va floreando los títulos
de cada sección. Cierra un momento el diario.
Se peina, suave, los ojos. Bosteza. Vuelve
la mirada hacia la ventana desde donde la torre
de una iglesia, como un cohete se yergue
hacia las nubes.

Continúa la lectura sobre cultura. Ahí se queda
largamente bebiendo información, fina como arena
de un reloj de tiempo. Al acabar se recuesta amodorrado
sobre el mueble.

Sopla la brisa y se tropieza con Don Dámaso
y con el diario cansado, tendido sobre sus piernas
cruzadas en equis.

BAR

Hay un hombre sentado en el bar.
Lo veo con la cámara de mis ojos. Sus dedos
aprietan el cuello de un cigarrillo encendido.
El humo sale de sus cavidades
con blanda paciencia. Piensa, distante,
con la mirada fija, perdida.

Los dedos de la mano derecha trotan
sobre la mesa como caballitos de madera.
Desganado levanta un vaso de cerveza ;
sorbe, largo, el trago.

La luz rebota en los cristales
y alumbra el rostro de ése hombre
de pelo plomizo. Hay música popular sonando.
Se oyen voces que forman un cóctel
entre humo y risas.

De repente, una sombra se levantó
del recodo que yo observaba con las manos
en los bolsillos, y ascendió a los cielos.

CAJERA

Me acerco a la caja para pagar,
una muchacha rubia, de ojos zarcos, me espera.
Tiene ahorcado, en forma de cola
de trigo agavillado, sus cortos y lacios cabellos.

Pica con sus dedos divinos
los huesos cuadrados de la calculadora,
devuelve monedas de oro y billetes de simpatía.

A todos sonríe inéditamente con su sonrisa álbea.

Hay dulzura en su corazón público. Estoy
apunto de pagar. Es bella como la Venus de Milo.
Por ser ella quien es eleva a su dignidad el oficio
que realiza, vive y premia con su nevada boca.

Está entregada a su trabajo haciendo
felices a los bolsillos tristes y a los codos duros.

De perfil, la estatua, como tallada con manos de seda,
se mueve con movimientos profesionales. ¡Qué canora
su voz cuando habla !, ¡es un ángel !

PASEANDO EL CAN

Es de tarde. El día es provecto, se encorva
a medida que danza el blanquiazul globo
que nos mece en sus brazos.

Un mujer de la edad del día
pasea a su mascota canina por las aceras.
Ayer y antes de ayer la vi con el can, y hoy.

La cuerda plástica reprimía al animal los instintos,
y él le reprochaba con la mirada sus prohibiciones,
y continuaba consultando el suelo
con su nariz e iba bautizando
los recodos y las esquinas de las casas
dejando mensajes en código.

En el tronco de un árbol, acuclillado,
el chucho evacuó. Dejó el aire envenenado,
herido, rancio.

La anciana, acostumbrada a las mareas fétidas
se alejó dirigiéndole el camino el canino.

Se muere la tarde.
Dormida se va sepultando entre sombras.


CALIXTO Y MELIBEA

«De tal modo se amaban que,
siendo dos en amor,
sólo eran uno en esencia»
(Shakespeare)

Una joven pareja sentada en un banco
del parque central, toman el uno del otro
la miel que las abejas del amor en sus labios
produjeron de silvestres miradas
de amíbal, miradas que eran flores
sedientas de tacto y caricias.

Hay chopos otoñados en su derredor
y su amarillor corona su entorno con excitante
brillantez.

Mientras consumen las últimas brasas
la gente que transcurre, con disimulo, mira y no mira.

Se enciende el sol y sus rayos pasan entre los follajes
creando lagos minúsculos de luz en el concreto pasadizo.

Las dos tórtolas, mientras, se miran a los ojos. No,
quiero decir : se besan a los ojos.
Juntan su frente, y retozan,
breves, con sus narices.
Y sonríen.

BIBLIOTECA

El silencio es purísimo. Sólo la vibración
de las lámparas de mercurio
se percibe microscópicamente, como remotos grillos
de la noche.

El hojeo de los apuntes, libros y cuadernos,
es música, y el rumor
de los lapiceros, al jugar en la arena de la página,
dando vueltas, es el colmo
de la ternura.

El susurro de las palabras que se cruzan los estudiantes
es de exquisita asonancia
y premura ; las eses cortan el silencioso templo
de la sabiduría con su bisturí,
y su fina melodía
ondea en el caracol de mis oídos.

Las sillas evitan el ruido, las puertas
se abren y se cierran con meditativo sigilo litúrgico ;
los pasos mongiles temen herir el suelo
con sus tacos.

Hay aquí un sabio silencio de intelectualidad.


PLAZA DE LA FUENTE

Las palomas níveas y mansas
de la Plaza de la fuente van a los pies
de la anciana, blanca como ellas,
la cual vuelve arena los mendrugos de pan
que lleva en su saco.

Algunas palomas se asientan, amistosamente,
en sus hombros, y con sus piquitos ingenuos
les dicen, picando el cuello,
secretos a voces. Y ella les habla como a hijos
mientras les pone en sus picos
pequeñas migas.

Hasta en las manos se posan las más sociables
y comen y vuelan y vuelven.

En el centro de la Plaza de la Fuente
parece que ha nevado, y es verano. Hay todo
un círculo de ebúrneo plumaje
que rodea a la provecta mujer.

La fuente, como si de Rodrigo el Concierto de Aranjuez,
hace feliz el oído ; es lo último en dulzura
encarnado en lo blanco de lo blanco
de tantas alas.

La anciana se ha marchado seguida
alados ángeles de plumas y espumas.


DANZA CIUDADANA

Hay una armonía ciudadana
de azules magnetismos, una música
que es perla plural
en las anchas y estrechas calles,
avenidas y bulevares.

En el ojo de la capital, el zumbido de los abejorros
mecánicos es el eco de una danza
ejecutada en el anfiteatro del aire libre.

Es una danza cotidiana, martilleante,
armonía vulgar, si se quiere, mas digna de admiración.

El elástico
alejarse del sonido de los coches
araña como un gato el petrificado asfalto
de duros músculos.

Con imperativo kantiano
pestañean los tres ojos de los semáforos.
Detienen la danza o la autorizan.

Dentro de este desorden hay un orden ; no, hay
un orden desordenado en esta sonata urbana.

He acabado ebrio de ciudad,
envuelto en las ondas apócrifas del murmullo
de la civilización.


EL PERIÓDICO

En el diario del día, como en muchos días,
una fotografía detuvo
los últimos gestos de dolor
de un hombre que pasó la frontera de la vida
violentamente, sin querer, como forzado por el sino.

Tiene la cara rota por la crueldad, llena de sangre.
Además, tiene pálida la mirada fija,
y abierta la boca,
cual si tuviese en la punta de la lengua
la mitad de una palabra inconclusa.

Un cariz de la tristeza de Don Quijote
en una de sus fracasadas luchas
hay dibujada en su rostro.

El cadáver se mantiene inerte en el periódico
durante muchos días, sin pudrirse.

A las dos semanas, reciclado el papel,
vuelvo a ver el lamento estático
del cadáver de la primera plana,
pero ya no me impresiona porque otras
imágenes atroces han asaltado mis ojos.


HISTORIA

Sobre la corteza de la realidad
se asientan la historia, el mar.

Esta historia que teje la araña del presente
se va poblando de periódicos, revistas, agendas,
libros, cuyas palabras enmudecen en los archivos
oscuros del tiempo.

Cuanto más años se suceden, cuantos más siglos
se petrifiquen en el devenir
de esta corriente impetuosa, irreversible y sabia
de la existencia, más profunda se avendrá la historia,
como un pozo que en vez de crecer en agua,
crece en fondo y agua.

Crecer es sumergirse en el mar, como hacen los ríos
ambiciosos, en el mar de la realidad, y buscar
los granos de trigo que hay escondidos
en las espigas de la vida,
que es oro, alba, sueño.

Hay que romper la timidez de la inteligencia
como un cristal de coche
y salir como un rayo al encuentro del mundo.


PARAGUAS

Arena de agua, grana, vidriosa, la nubes
grises desgranan como maíz.

El cielo expresa sus emociones. Cuando
quiere llorar, no llora.

Una gran capota, del color de la tristeza
está tendida en el combado azul plúmbeo.

Pequeños cielos rojos, negros, verdes, etcétera,
cobijan el hormiguero humano
que sale de trabajar. Saltan escurridizos
los diamantes sobre los calderones en movimiento.

El paraguas es para mojarse de una forma
más disimulada ; te mojas y no te mojas con él.

Las nubes son ubres de agua, minas de arena,
de nieve, rocío y escarcha.


ESTACIÓN DE TRENES

Salen y llegan los trenes. Estoy sentado
en los asientos acostumbrados a la espera.

Al frente, la pizarra con los horarios. A su lado
un gran reloj público.

Bullen los motores de los largos gusanos de hierro.
De pronto, silencian y se quedan dormidos,
pero despiertan sobresaltados,
como de una pesadilla, y emprenden,
mordiéndose los dientes en los rieles,
y tirando chispas, protestando como esclavos.

La gente viene y va con prisas, arrastrando
las maletas y bultos de mano.

Cambia el horario de la pizarra electrónica.

Un hombre aguarda sentado, mueve la punta
de su pie derecho ; fuma, absorbe y expira el humo
que se desintegra en el aire como un pensamiento.

Fluye la gente, ansiosa por llegar a algún lugar,
a un sitio que acaso no esté muy lejos
de sí mismos.


EL SOL

Arde en puro fuego las 24 horas,
incansablemente como paja seca,
derritiendo el frío añil inmenso
del espacio.

Busca la piel y un mar donde reposar
su crepuscular cabellera.

En el fondo del cielo una moneda fraguada
pende del vacío sustentada tan sólo
en las raíces que le surten
de su elíptica cara flamante.

El sol es feliz. Se entrega al cosmos.

El sol sonríe continuamente, y no muere
su sinceridad.

Aunque las nubes se empeñen en entristecerlo,
allá arriba, muy atrás de ellas, sigue dándose
al mundo con dulzura y amor de fuego.


EN EL CINE

Un larga cola humana se extiende
en la entrada del cine. Se mueve lentamente
como las cosas de palacio.

Celebra el tiempo su paz. Las luces parpadean
i tiemblan en el entorno pardo de la ciudad.

Un abejoneo puebla, junto al rodar moribundo
de los coches, la entrada roja del cine.
La fila, a la vez que se acorta, se alarga.
Más rápida cada vez, pero más lenta.

Novios impulsivos roban rosas al rosal.
Es invierno, quizá por eso el amor, con premura
busca el amor y palpa los rincones sutiles.

El fin de semana pasa, agotado de besos,
imágenes y luces. Este es mi ambiente noventuno.


LA TELEVISIÓN

La TV ata con el imán
de sus colores ; sus imágenes se mueven
mas no piensan ni sienten.

La TV habla, aunque es muda ; es ciega,
pero hace ver.

Habla de lo perruno y lo vil,
lo hedonista ; la bruma mórbida de la tierras frías
y faltas de calor.

La TV obedece ciegamente, sin embargo,
a unos metros de uno,
te controla a distancia con el mando.

La TV hurta la masa gris de la frente,
anula la razón y la encierra en las rejas de lo frágil
y lo fugaz.

Se evaporan como vaho en el aire
las ideas creativas y las miradas aedas.

La imaginación ante la TV es un bote a la deriva,
un ave que se despluma.


CABINA TELEFÓNICA

En una esquina de la calle
la cabina telefónica es concurrida.

En el closet de cristal se encierran en sí mismos
sombras que emiten una voz que emigra en la distancia
y viaja a la velocidad del sonido
y encuentra, al otro lado, un caracol.

Hay gestos amargos, tiernos, y duras
frentes arrugadas que no percibe
en el que escucha y que sólo es testigo
el estrecho armario público.

Por todas partes hay teléfonos.
Se puede llorar, reír, fingir,
burlarse por el auricular,
y crear una nube negra en la voz que oscurezca
de falsedad e hipocresía
el arco iris canoro de la lengua.

El teléfono acorta distancia,
pero estás lejos, del tú y de ti, acaso.


GUARDA URBANO

El guardia urbano detiene la velocidad
con las palmas de la mano, la asusta con el pito.

Baja la pared de su mano izquierda
y levanta otra con la derecha.

Los coches arrancan desesperadamente,
zumbando como abejas,
a la vez que dejan una gris mancha quemada
de humo tóxico, ¿de la vida ?

¿Hacia dónde vamos ?, dímelo tú, ruido
de la ciudad. ¿Nos ahogará la amalgama
de la posmoderno ?

¿Por qué calle
del tiempo llegaremos a nuestro destino ?
Quizá el guardia urbano, le preguntaré,
pueda decirnos cómo llegar
al corazón del diamante.


POBRE RICO

Jóse cabalga por la pobreza como Don Quijote
en Rocinante de la esperanza.

Lucha con la lanza afilada de la ilusión
y desea alcanzar la Dulcinea
de la dignidad humana.

Él anda de calle en calle, como un murciélago,
buscando caballeros andantes
como él, pero no los encuentra.

La gente le huye porque tiene el pelo
a lo Beethoven, a lo Einstein,
y la barba rala y curtida
como los caballeros andantes.

Parece loco, pero es listo como una liebre.
Tiene la mirada luenga, y desde el fondo de sus ojos
surte una voz pálida,
reseca y hambrienta.

Su casa es la intemperie ; sus amigos,
los enemigos. Se alimenta como las aves
y su corazón late y vive porque un sueño
le tiene activado : el de poder besar la
Dulcinea de la dignidad humana.


NEUROSIS DE DOMINGO

El domingo ya no es de Dios
ni del descanso ; sus largas y perezosas horas
torturan con sus minutos
el hábito de estar siempre con las manos
llenas de espejos y de mariposas.

El domingo, día de neurosis, de tiempo libre,
es el eco de una sociedad que avanza,
más rápida que una loba perseguida
por sus propias pesadillas.

Las calles se aburren, vacías de ruidos
y de cláxones. El hastío se refleja
hasta en los cristales de los escaparates.

Las casas se convierten en un lugar extraño,
en el que no se sabe estar.

El domingo es una tela
que la tijera de los labios sisan. No trabajar
en domingo es el mayor trabajo,
el único empleo en el cual no se sabe qué hacer.

La gente odia no hacer nada
aunque necesita el domingo para descansar.
Amarga paradoja de esta época.


EFIGIE

El ídolo es de barro, pero de carne.
Gusta de aplausos sonoros como lluvias tropicales ;
de bailes amorfos de nubes
mareadas por el alcohólico viento boreal.

En el escenario brillan sus pendientes de plata
mientras la masa imita sus gestos patógenos.
Su voz pedregosa, raída por los trasnoches,
hiere el oído.

Hay gritos y movimientos
en los súbditos. En el escenario
la efigie rockera recibe alabanzas.
Los brazos ondean en alto
rindiéndole.

Tres meses atrás, tras largas horas
para comprar las entradas,
ciegamente, al precio de la vida, se
adquirían las entradas para entrar al templo
de mi triste época sifilítica.
HOMBRE URBANO

La soledad y el vacío son prendas
que el hombre posmoderno lleva puestas
en la sonrisa de estrés y obligaciones.

Los ojos del hombre urbano
son hondos pozos vacíos donde nadan
espectros de peces de anchas colas
tras otros océanos.

El hombre urbano ha alcanzado la luna,
mas está desengañado
de los mares navegados y de los caminos recorridos.

Ha experimentado todos los éxtasis,
sin embargo, le hace falta un algo a su alma,
acaso un rayo láser que vibre en las olas
inquietas de su ser.
MODA
Un río caudaloso es la moda,
aguas que se filtran en la arena de la multitud.

Las libertades son hojas secas,
que el viento de la publicidad airea como brisas de otoño.

Para cada temporada
tropeles de diseños de colores invaden los cuerpos.

Muslos divinos se exhiben en tacones
y faltas cortas. Peinados, cortes de pelo, pinta labios,
y gomina para el pelo aspavientan la vanidad.

El hedonismo se viste de lino, de seda
y finas colonias se esconden en el Eros de los anuncios
publicitarios.

Top Model, noventa, sesenta, noventa. Un coche de lujo
para subir al cielo y una tarjeta de crédito
para volar como gaviotas
por la clase alta.
ANTE EL ESPEJO

Todos los días me miro en el espejo,
sin embargo, hoy precisamente me he visto.
El espejo tenía mi rostro
en su liso cristal más allá de su transparencia.

No sé si era yo el que mi miraba
desde dentro del espejo. Alguien me miraba
desde el otro lado y el brillo de sus ojos,
los gestos, el pestañear se parecían a los míos.

Algo había en él, aunque fuese yo.
Me palpé para saber si yo estaba allí,
intenté tocar mi clonación en el cristal,
y topé con un muro infranqueable.

Acabé de afeitarme con religiosos movimientos
mientras un rostro de mirada penetrante
me observaba filosóficamente.
SIMPLEMENTE HUMANOS

Hoy he caminado con la gente de la calle
como uno más por el andén,
y he visto el alma en los ojos de cada persona,
testas con bahías de orillas espumosas.

La multitud andaba según la altura de la vida,
es decir justo donde hay una rampa
hacia el cielo.

Yo experimentaba en mis pupilas ese don de ser
dulcemente humanos, la inconfundible
certeza de ser parecidos. Un collar
de perlas, en esos instantes quiso saltar
de emoción en mi alma.

Sentíme hermano de tantos desconocidos
y a todos les decía Hola con la mirada,
porque todos eran como yo : caminantes.

HOSPITAL

El paciente está en cama derribado
como una estatua. Como un árbol que se alimenta
por las raíces, se alimenta por las venas.

El hospital es blanco como la nieve,
como los vestidos de las enfermeras, sin embargo,
en el fondo de tanta eburneidad
una negra sombra,
con pasos sigilosos y manos delgadas
se acerca al cuarto Nº 9.

De repente, se eclipsa la habitación, los sabios
del bisturí están conturbados,
atajando la vida que se marcha por el pasillo.

El paciente pasó a la otra orilla
en brazos de Caronte, el cual con una luz
de linterna rasgaba la oscuridad de la muerte.

OLOR A LOBOS

Un sabor a odio hay entre los seres humanos.
Se puede palpar el olor a lobos
en el aire. El amor es el odio ; la solidaridad,
la espalda de unos ojos que no quieren ver.

Los colmillos de los canes se clavan
sobre las costillas del presente. El acero
de la maldad hiere el cutis del Bien,
el busto de la historia.

El vacío existencial llena hasta el borde
el vaso roto de la ilusión
de las ranas.

Pero aún quedan muchos retoños
en el tronco del devenir,
galerías de esperanza.


AULA DE CLASES

El profesor, con el látigo de su discurso, aceitoso,
azota la paciencia de los estudiantes. Alguien
bosteza y se alarga en la butaca,
duerme un joven en la última fina
disimuladamente detrás de un compañero.

Hay caras aburridas, perdidas, lejanas,
lápices que juegan al desinterés. Una chica lee
una novela de G. G. Márquez, a su lado
una compañera estudia para examen.

La hora de hace eterna y el profesor
desenrolla y enrolla su rollo. Saltan sus pensamientos
como grillos, su imaginación teje
imágenes pendulares. Se le seca la lengua
que lucha contra el verbo como una perdiz herida.

Ha sonado el timbre y el profesor
aún está liado en la telaraña
de su discurso.


HACHE Y EME

Ni es ella ni es él, ni deja de ser ni lo uno ni lo otro.
Parece mar, pero es río. Los dos se confunden
porque son uno. Ni es H ni es M,
y es ambas cosas a la vez.

Esta guerra desconcierta
a los que pasan por su campo de batalla
porque es un tipo de enfrentamiento
donde los artefactos son más
de sombres e imagen
que de pólvora y plomo.

El alma de él es el alma de las sirenas
y el cuerpo es el de Apolo. Sólo que Apolo,
al menos por esta primavera,
es mujer que es hombre.

Los dos casados, pero divorciados
unidos como dos gotas de agua, pero distantes
de sí cual el sol dela tierra. Su separación
es la alergia que produce la unión.


EDIFICIOS DE LA CIUDAD

La población crece
y por eso planta en vez de árboles, edificios
que se convierten en laberintos
de hormigas, en cuyos pasadizos
se mueven asustadizas.

Los edificios de la ciudad son grandes jaulas
de ladrillos, maquetas
atrincheradas urbanamente. Las antenas
como libélulas disecadas
aúpan las ondas televisivas.

En las ventanas cuelgan párpados
que prohíben la claridad, las garras del sol.

El centro de la ciudad es un bosque
de ladrillos y cemento cada vez más denso
por la fronda urbana
que se expande hacia el techo del cielo.


TIEMPO

Todos vamos montados en el caballo
del tiempo, galopando, trotando a paso lento.
Los frenos del tiempo son el reloj,
pero la tozudez de este alazán
no permite ser domesticado.

Con la punta de mi pluma lo pincho
como con espuelas por el largo
camino empolvado de la historia. Son ligeros
pasos de corcel alado.

Yo voy prendido a su crin,
siguiendo los movimientos de su largo pescuezo
de hierro. Va tan ligero que diríase estar inmóvil,
cual la tierra sobre su mismo eje.

No hay tiempo para perder el tiempo,
súbete a su caballete, para pasar juntos
por el camino real de lo cotidiano,
dejando la huella de las pezuñas
marcadas en la espalda
del pasado.

Come caballo mío la hierba dorada de la tarde
y bebe el agua teñida de oro y mar,
y enfílate por los rayos últimos
del león rojo que se esconde detrás del monte.


BRISAS

La tela fina de la brisa roza la piel de la ciudad,
y sus dedos de seda son fríos y hablan
de mundos extraños.

Su visible presencia mece los cabellos
de las muchachas jóvenes,
y lasciva las faldas levanta.

Eoladas olas agracian los árboles de las aceras,
y silban los cables y las brechas
tras sus pasos. Hilos de ternura zumban
en mis oídos.

Las brisas son mares aéreos cuyas aguas
espumosas ya no nos asombran. Como un baño
de manos nos tocan el cuerpo, mientras las
ignoramos como a amigos que hace años
que no vemos.

TENEDOR

El níquel de curvas femeninas
deslumbra entre los dedos del huésped.
Los labios roban, suaves, para sus blancas
hileras, lo que el afilado cuchillo
y diestra mano ayudó a ganar.

Infatigable el ejército de su punta
rematan el cuerpo cocido en el centro de la luna.

Después de duros tajos descansa en
el borde del anillo planetario,
mientras con una servilleta,
cumpliendo con el protocolo, el huésped
se limpia los labios y, de la copa tinta
sorbe con religioso movimiento
el añejo vino.

Al final de la escena, muerto en el centro
de la luna de cerámica, cae el tenedor, inerte, al lado
del instrumento de aguda orilla.

NARANJA

Adoro este pequeño sol rojiamarillo,
tallado de gajos como de piedras las pirámides.
El astro dorado cuelga opimo
en las ramas derrengadas.

El carnoso sol,
despierta las papilas con cítrico tacto,
deleita el gusto con su amarillento sabor.

La esfera jugosa
y milenaria es un planeta líquido.
Su cuerpo desnudo, blanco como jóvenes
nubes viajeras, tienta el paladar.

La naranja esconde en su clima interior
las semillas que continuarán
la dinastía real
de un cosmos de oro.


PRIVILEGIOS DE LA VISTA

Debajo de los párpados, salientes, cristalinos,
se recrean los dos astros, alegres presas de claridad,
en los cuales, impregnados de imágenes,
gozan de los “privilegios de la vista”.

Las pestañas, como toldos tendidos,
como colas de pavos reales,
bordean las orillas mojadas,
plateando los húmedos ceros.

Los ojos como cámaras automáticas
fotografían la esencia de la luz,
y guardan en visual memoria,
paisajes vangoghnianos o la mirada quieta
de la Gioconda.

La belleza y la palabra se crían
en las aguas claras de los lagos
que se han formados entre las peñas craneales.

La vista es el alma que emigra,
más allá de los cristales de los lentes,
a enamorarse de la beldad
de las cosas.


CABELLOS NEGROS

El día tiene como cabellos
la negra melena de la noche.

Las estrellas, entretanto la noche sale de sus escondites,
se comunican con las farolas
de las calles, ya que son amigas de nocturnidades.

En invierno los días se dejan crecer el pelo.
Por las mañanas el alba se los recoge
y les hace un nudo
o una trenza de luz hasta el atardecer
cuando se los vuelve a soltar.

El día, pues, se arregla sus cabellos
como una actriz, justo al desembocar
el último rayo de oro del ocaso.


SONRISA

La sonrisa es la dulzura de la nieve,
la paz alegre de las nubes castas.

Una sonrisa amansa el odio felino
y la ira flamígera de una mirada inomable.
Cuántas guerras se habrán perdido
con esta arma de mortal ternura.

El mundo, al final de los tiempos, será blanco
como las plumas de los cisnes.

El último paso
de la evolución será el de convertir al mundo
en una sonrisa homónima a la de las olas,
porque nuestro sino es la felicidad blanca
y porque la eternidad es ebúrnea.


PÓSTUMO


A todos nos llega la hora. La vida es una moneda
de dos caras.

No hay vida ni muerte, sólo eternidad —el tiempo
es su embrión.

El miedo a vivir en lo cotidiano
es la muerte más dura e injusta que jamás
ojos pueden tocar.

Sólo nos aterra la muerte
cuando estamos muertos. La vida y la muerte
son dos gotas de aguas que mi existencia
ha asumido para siempre.

Localización tierra natal, República Dominicana